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Bulletin

Les nouvelles relations avec les laïcs -
Le jubilé de la vie bénédictine

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Bulletin

El Capítulo General de la OCSO -
El Jubileo de la Vida Benedictina

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Bulletin

Comunidades en Áreas de Conflicto

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Bulletin

Ley y Vida

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Bulletin

Transición

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Bulletin

La vida monástica hoy

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Bulletin

“Toda la Vida como Liturgia”

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Bulletin

Los Capítulos Generales Cistercienses
(OCSO y OCist, Septiembre y Octubre 2022)

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Bulletin

Vida Monástica y Sinodalidad

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Bulletin

La gestión de la Casa Común

El Capítulo General de la OCSO -
El Jubileo de la Vida Benedictina

Boletín AIM - No. 130, 2026

Contenido

EDITORIAL

Abad Bernard Lorent Tayart, OSB, Presidente de AIM


SOBRE AIM

• El Nuevo Estatuto de AIM

Abad Bernard Lorent Tayart, OSB


• Resumen del Informe Financiero

P. Charbel Pazat de Lys, OSB


IN MEMORIAM

P. Martin Neyt, OSB, ex presidente de AIM

Equipo Editorial


LECTIO DIVINA

Sermón en la Apertura del Capítulo General 2025

Dom Bernardus Peeters, OCSO


PERSPECTIVAS

• El Amor de Compartir y el Compartir el Amor

Dom Bernardus Peeters, OCSO


• EL Carisma Cisterciense en el Mundo Actual

Dom Mauro-Giuseppe Lepori, OCist


• Intervención Sobre el Carisma Cisterciense en el Capítulo General de la OCSO

M. Elizabeth Mary Mann, OCBE


• Intervención Sobre el Carisma Cisterciense en el Capítulo General de la OCSO

M. N. Ghijs, Bernard. Oudenaarde


529 – 2029: EL JUBILEO DE LA VIDA BENEDICTINA

• El Jubileo Benedictino

Abad Primado Jeremias Schröder, OSB


• Convertirnos en Peregrinos en el Tiempo

Abad Antonio Luca Fallica, OSB


• Presentación del Libro del Jubileo

Sr. Adam Simon, Coordinador


• ¡Despierta!

Abad Benedetto Nivakoff, OSB


GRANDES FIGURAS DE LA VIDA MONÁSTICA

• Dame Hilda Wood 1934 – 2025

Benedictinas de Stanbrook


• P. Augustine Baker OSB

Hna. Laurentia Johns, OSB


NOTICIAS

• El Año Santo en San Pablo Extramuros

P. Ludovico Torrisi, OSB


• XIII Reunión de los Benedictinos de Asia Oriental y Oceanía (BEAO)

Según las Notas del Hno. N. Koss, OSB


• XIII Reunión del EMLA (2025)

Hna. Cristina Lavinhati, OSB


• 1300 Años de la Abadía de Novalesa

P. Michael-Davide Semeraro, OSB


• El Monasterio de Morne Saint-Benoît, Haití

P. Jacques Montfort, OSB


• Las Filipinas durante las tormentas tropicales

Benedictinas de Tutzing


• La Situación de Kiribatí

Hna. Megan Kahler, OSB

Sommaire

Editorial

Este número contiene una gran cantidad de artículos! Una gran riqueza de reflexiones compartidas que ponen de manifiesto la vitalidad de nuestras comunidades y de nuestra familia benedictina.

Este número se abre con una presentación de algunos avances recientes relacionados con la estructura de AIM, que sigue evolucionando con el fin de fomentar una mayor comunión y apoyo mutuo entre las comunidades de la Confederación Benedictina, la CIB, la OCSO y la OCist. A continuación, se incluye el informe del secretario general sobre las finanzas de AIM, presentado durante la Asamblea de AIM celebrada en noviembre de 2025 en la Abadía de Maredsous (Bélgica).

Luego, ofrecemos un resumen del último Capítulo General de la Orden de los Cistercienses de la Estricta Observancia (OCSO). La expresión del carisma cisterciense plantea cuestiones que las comunidades benedictinas también comparten en muchos aspectos.

A partir de este número, inauguramos una nueva sección que se prolongará durante varios años. El Boletín se compromete a informar sobre los avances relativos al jubileo de Montecassino (1500 años en 2029), que pretende convertirse en un jubileo de la vida benedictina, para nuestras tres Órdenes, impulsado por el deseo de despertar, escuchar, crecer y florecer.

Estos temas se desarrollarán a partir de 2026, en los años previos al Jubileo de 2029. Además, se espera que este Jubileo no sea un acontecimiento puntual, sino que tenga un impacto duradero mucho más allá de los años del «jubileo», asegurando un futuro fiel y, si Dios quiere, próspero para nuestras comunidades.

Las demás secciones son muy completas y abarcan figuras monásticas destacadas, informes de diversos encuentros monásticos internacionales, los 1300 años de la fundación de la Abadía de Novalesa, noticias de comunidades que se enfrentan a retos y mucho más.

Los tiempos que se avecinan nos invitan a profundizar, a ser pacientes, a ser creativos y, sobre todo, a estar abiertos a las inspiraciones del Espíritu Santo. Sea cual sea nuestra edad, nuestras circunstancias, nuestro número o nuestras preocupaciones, el Señor nos llama: «Ha llegado la hora de despertar de nuestro letargo y abrirnos a la luz que nos diviniza», como sugieren las hermosas palabras iniciales del Prólogo a la Regla de San Benito. De este modo, podremos ser cada vez más testigos de la paz que Dios desea para el mundo, y a la que los seres humanos tan a menudo levantan tantos obstáculos.

Que todos despertemos, escuchemos, crezcamos y florezcamos «bajo la guía del Evangelio».

Abad Bernard Lorent Tayart, OSB

Presidente de AIM

Articulos

Presentación del Nuevo Estatuto de AIM

1

Acerca de AIM

Abad Bernard Lorent Tayart, OSB

Presidente de AIM

 

Presentación del Nuevo Estatuto de AIM

 

AIM fue fundada en 1961 en el marco de la oleada de fundaciones monásticas de los años sesenta, setenta y ochenta, en la que comunidades occidentales se establecieron en países de misión. Su nombre original era «Aide à l’implantation monastique» (Ayuda para la implantación monástica). Posteriormente, AIM pasó a significar «Aide inter-monastères» (Ayuda Inter monásterios), reflejando así un nuevo enfoque en la solidaridad, así como en la formación. Desde 1996, AIM significa «Alliance InterMonastères» o «Alianza Inter Monasterios», indicando que cada monasterio es autónomo y, al mismo tiempo, está unido a todas las comunidades del mundo que siguen la Regla de San Benito, ya sea en la Orden Benedictina, la Confederación y la CIB, o en las dos Órdenes Cistercienses.

En la reunión anual del Consejo de AIM celebrada en Poblet en noviembre de 2024 y a raíz del sínodo sobre la sinodalidad, reflexionamos sobre una nueva forma de entender el papel de AIM al servicio de las comunidades monásticas. Una comisión ha examinado esta cuestión y propone nuevos estatutos, partiendo de los antiguos, pero con el deseo de una mejor representación de las tres órdenes monásticas y de las regiones del mundo. Me gustaría hacerles una breve presentación.

 

1. Naturaleza y finalidad

AIM pretende ser una alianza eficaz y una plataforma común entre los cuatro organismos representativos del mundo benedictino: la Confederación Benedictina, la CIB para las monjas benedictinas; la Orden Cisterciense y la Orden de los Cistercienses de la Estricta Observancia. AIM es la única organización que agrupa a las familias benedictinas, y queremos demostrarlo.

AIM busca promover:

– La comprensión de la vida monástica a través de la formación y la organización de lugares de formación de cualquier tipo;

– La vida monástica en el contexto de la sociedad, la iglesia y otras tradiciones monásticas.

– La solidaridad concreta entre monasterios para el desarrollo humano, cultural y religioso de las comunidades monásticas y de la población circundante.

 

2. Estructuras: Órganos sinodales

Es principalmente a nivel estructural donde entran en vigor los nuevos estatutos.

Consejo Moderador: Al frente de la Alianza se encuentra ahora el Consejo Moderador, compuesto por los cuatro responsables de la Confederación Benedictina, la CIB, los cistercienses y los trapenses. Por lo general, se invita al presidente de AIM a sus reuniones.

La Asamblea de AIM: Se trata del órgano consultivo que vincula a la AIM con las familias monásticas: aquí se comparten información e ideas, y se proponen iniciativas y proyectos. Entre sus miembros se encuentran: los cuatro moderadores; el presidente y el secretario general de AIM; la dirección de AIM-USA; los presidentes de las congregaciones Subiaco - Casinense, Santa Otilia, Anunciación y Tutzing; un delegado de la Orden Cisterciense; un delegado de la OCSO; un delegado elegido de las organizaciones regionales BEAO, ISBF, EMLA y un delegado de África; el secretario general de DIM-MID; representantes de los comités de AIM sobre proyectos, finanzas, comunicación y formación.

Comités: Se establecen cuatro comités: Finanzas, proyectos, comunicación y formación.

Otras estructuras: La Fundación Benedictus y la posibilidad de establecer oficinas regionales.

Funciones clave:

− El Presidente: Jefe de AIM. Nombrado por un mandato de cinco años por el Consejo Moderador.

− El Secretario General: Nombrado por el presidente de AIM por un mandato de cinco años, previa consulta del Consejo Moderador. Dirige la secretaría, coordina las comisiones, convoca las reuniones y elabora los órdenes del día.

− Responsable de la oficina: Se encarga de la gestión de la oficina de Vanves.

− Responsable de recaudación de fondos: Se encarga de la recaudación de fondos.

− Redactor del boletín informativo.

− Administrador del sitio web.

− Coordinador de formación.

− Representantes regionales.

Padre Martin Neyt (1939-2025)

3

In memoriam

Equipo Editorial

 

Padre Martin Neyt (1939-2025)

Ex Presidente de AIM

 

 

El P. Martin Neyt, monje del monasterio de Clerlande (Bélgica, Congregación de la Anunciación), falleció durante la noche del 25 de noviembre de 2025. Monje desde 1963, ocupó el cargo de presidente de AIM entre 1997 y 2013.

 

El Padre Martin fue nombrado presidente de AIM en 1997, en un momento en que el nuevo abad primado, Marcel Rooney, estaba reestructurando AIM para adaptarla mejor al servicio internacional que esta organización está llamada a prestar. Su secretario general fue el P. Jacques Côté (Saint-Benoît-du-Lac, Quebec), seguido por Hna. Gisela Happ (Abadía de Santa Hildegarda, Eibingen, Alemania, 2001-2016); la Hna. Placid Dolores Luz (Filipinas) se incorporó a la Secretaría en 2005 (2005-2020).

La Secretaría fue creciendo hasta convertirse en una herramienta eficaz al servicio de las fundaciones que no dejaban de surgir y desarrollarse. Bajo la dirección del P. Martin, AIM, al apoyar a las comunidades establecidas en todos los continentes, contribuyó a su manera a la aparición de encuentros regionales, nacionales e internacionales. En ocasiones fue la fuerza impulsora de estos encuentros, fomentando la reflexión sobre valores compartidos y enviando expertos o ponentes; en otras, simplemente ayudó a financiarlos, haciéndolos posibles, o trabajó a través de centros de formación y estudio que permitían a monjas y monjes de diferentes continentes convivir durante un tiempo. En dos ocasiones, AIM organizó un viaje para monjes y monjas a Egipto con el fin de descubrir los monasterios coptos y encontrar nueva inspiración para sus propias comunidades. AIM se esforzaba por mantenerse al corriente de los acontecimientos mundiales y por atender las preocupaciones de las comunidades afectadas por desastres naturales, guerras internas y crisis económicas y financieras repentinas.


Visita a la India: P. Martin Neyt acompañado de P. Mark Butlin (Equipo Internacional de AIM).
Visita a la India: P. Martin Neyt acompañado de P. Mark Butlin (Equipo Internacional de AIM).

El P. Martin tuvo la alegría de organizar los 50 años de AIM en 2011. Deseaba que tuviera lugar en la abadía de Ligugé, donde la organización había visto la luz durante la reunión de abades benedictinos y cistercienses para conmemorar los 1600 años de la fundación del monasterio por San Martín. Fue un momento de alegría, encuentro, intercambio y reflexión.


A lo largo de su mandato como presidente de AIM, P. Martin se interesó especialmente por el Boletín. A partir de los números del año 2000, el Boletín publicó artículos de fondo sobre diversos temas monásticos, escritos por diferentes autores: lectio, gobierno, formación, así como informes de los monasterios y diversas noticias relacionadas con la vida monástica, la vida de la Iglesia y el mundo.

La página web de AIM se puso en marcha durante la presidencia del P. Martin. El Centro Juan XXIII, fundado en 2005 en el monasterio de Vanves y ahora cerrado, acogió durante muchos años a monjas que cursaban sus estudios de teología en París.

Por lo tanto, AIM le debe mucho al P. Martin. Con motivo del 50.º aniversario de AIM, escribió:

«“Amarra tu barca a las embarcaciones de tus Padres”, repetía un padre de Egipto que vivía en Gaza. Los retos de nuestro tiempo someten a cada monje o monja, a cada comunidad, a graves pruebas, inherentes a la condición humana y a menudo amplificadas por los medios de comunicación de nuestros días: la desviación sexual y la pedofilia, la violencia que puede llegar hasta el genocidio, la cruel brecha entre ricos y pobres, la exportación de vocaciones jóvenes a otros continentes, la tentación de utilizar los monasterios para la realización personal a través de los estudios u otras actividades, y el atractivo del estatus religioso se suman a la lista de pecados capitales.

Existe una forma de vida en la que uno puede distanciarse de la agitación del mundo, acoger a los demás con equidad y respeto, y trascender las perspectivas limitadas de la identidad social o, cultural. Las pruebas a las que se enfrentan las comunidades hoy en día son tan formidables como las del pasado, aunque muy diferentes. «En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os amáis los unos a los otros». Formar juntos el Cuerpo de Cristo y hacer del amor mutuo una escuela de servicio al Señor son signos inconfundibles. Pero el camino es largo, y AIM, tal vez como el Buen Samaritano, acompaña, discierne, asume riesgos y nos recuerda constantemente el corazón de la tradición monástica. Las comunidades deben ganarse el pan de cada día, buscar la orientación y el consejo de personas competentes y trabajar juntas para vender los productos monásticos. Hay muchos retos que afrontar y nuevas tareas que llevar a cabo: el largo camino de autodescubrimiento, la relación adecuada con los demás, proyectos a escala humana (en lugar de iniciativas grandiosas y costosas), la acogida de los pobres y los desamparados, y el apoyo al desarrollo de las comunidades que rodean al monasterio.

Así, con humildad, se fundó AIM y sigue creciendo en un mundo en constante cambio, donde cada comunidad no elige su contexto, sino que busca forjar su identidad dentro de él lo mejor que puede. Existe para contribuir a la construcción de un mundo nuevo. Al fomentar las conexiones locales, toma en serio las palabras iniciales de la Regla de San Benito: «Escucha, hijo mío, los preceptos…». La escucha sigue siendo primordial; conduce al descubrimiento del otro, aclara ambigüedades y malentendidos en la comunicación, establece un diálogo genuino y tiene como objetivo, respetando la autonomía de cada uno, crear una Alianza.»

 

De izquierda a derecha: Hna. Gisela Happ, Secretaria General; Hna. Mary Placid Dolores, Secretaria; P. Martin Neyt.
De izquierda a derecha: Hna. Gisela Happ, Secretaria General; Hna. Mary Placid Dolores, Secretaria; P. Martin Neyt.

Contribución de un amigo del P. Martin

François Neyt nació el 17 de julio de 1939 en el hospital dirigido por las Hermanas de la Caridad en Jadotville, hoy conocido como Likasi (RDC). Allí pasó una infancia feliz, rodeado de una familia cariñosa, junto a sus padres, su hermana mayor y su hermano menor. La vida allí era sencilla, hermosa y, sobre todo, libre. Cursó toda su etapa escolar en el colegio de los Hermanos Javerianos, situado junto a la parroquia dirigida por los misioneros benedictinos del Monasterio de Saint-André en Brujas, conocido popularmente como «Zeven Kerken». Cuando la familia tuvo que regresar a Bélgica, ingresó en el Colegio Saint-Michel de Bruselas, dirigido por los jesuitas, donde completó su educación secundaria.

Todos los domingos, la familia asistía a la misa celebrada por los benedictinos; François y su hermano hacían de monaguillos. La biblioteca abría después de la misa, y François nunca dejaba de tomar prestados numerosos libros para la semana, ya que por entonces ya era un apasionado de la literatura y la poesía.

Fue alrededor de los 15 años cuando sintió por primera vez la llamada a servir al Señor. Al principio se mostró bastante reacio y le dijo al Señor: «Si quieres que sea monje, tendrás que luchar por ello». Alrededor de los 18 años, su vocación se confirmó. Una dolorosa situación familiar, que implicó la pérdida de su hermana, que había estado gravemente enferma, le llevó a decidir posponer su ingreso en el noviciado. Continuó sus estudios de filología clásica y, tras obtener su título universitario y el título de profesor, fue aceptado como novicio en el monasterio benedictino de Brujas el 11 de noviembre de 1961. Allí se le dio el nombre de Martin, en relación directa con la fundación en Ligugé, de lo que más tarde se convertiría en AIM. Inicialmente decepcionado por no haber podido conservar su nombre de pila como había solicitado, no fue hasta 50 años después, mientras celebraba el 50.º aniversario de AIM en Ligugé como presidente de esa misma Fundación, cuando llegó a comprender cómo el Señor le había acompañado misteriosamente a lo largo de su vocación.

Sermón en la Apertura del Capítulo General 2025

4

Lectio divina

Dom Bernardus Peeters, OCSO

Abad General

 

 

Sermón en la Apertura del Capítulo General 2025


Lecturas de la Eucaristía el 03 de septiembre:

Colosenses 1,1-8 ; Lucas 4,38-44

 

 

Hermanos y hermanas,

Quienes acudieron a Jesús en busca de ayuda para la suegra de Simón, que yacía postrada con una fiebre alta, estaban sin duda llenos de esperanza. Habían presenciado la falta de salud en la suegra de Pedro. La esperanza de la curación era, al parecer, la única ancla que les quedaba. Pero, ¿dónde debían echar esa ancla?

Eligieron a Jesús, probablemente después de haber recurrido al médico local y a muchos otros sanadores. «La esperanza no es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que vale la pena», según afirma un teólogo contemporáneo. Esperaban algo de Jesús. Él es digno de que anclemos ahí nuestra esperanza. Y en esa esperanza, no quedan defraudados.

Quienes pidieron ayuda a Jesús permanecen sin nombre. Al igual que los amigos del paralítico, que fue llevado hasta Jesús por ellos. Los que invocaron a Jesús, impulsados por la esperanza. Hermanos y hermanas, ¿no es ésta una maravillosa descripción de la misión que tenemos como contemplativos en la Iglesia y en el mundo de hoy? (El carisma cisterciense en el mundo actual como signo de esperanza.)

En este momento de la historia de nuestra Orden, nos enfrentamos a un gran sentimiento de vulnerabilidad. No solo en la Orden, sino también en nuestro mundo: violencia, hambre, refugiados y las consecuencias del cambio climático. ¿Llevamos esta vulnerabilidad a Jesús, o más bien a «la esperanza que nos está reservada en el cielo» (Col. 1,4)? ¿O nos dejamos tentar a negar la realidad, a mirar hacia otro lado? ¿O estamos paralizados por la tristeza y el miedo? ¿Tal vez estamos atrapados por el temor a la muerte? ¿O intentamos por todos los medios evitar las preguntas más profundas que suscita esta vulnerabilidad? Llevar nuestra vulnerabilidad a Jesús parece tan sencillo y ordinario, ¡y sin embargo qué difícil es!

«La esperanza no es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que vale la pena».

¿Es Jesús para nosotros digno de poner toda nuestra esperanza solo en Él y de llevarle nuestra vulnerabilidad? ¿Por qué querríamos hacer eso? Para que Él pueda tocar y sanar nuestra vulnerabilidad, pronunciar su palabra de redención, pero más aún: para que nosotros podamos servir.

La suegra se levantó y se puso a servirles. Ella lleva a Jesús a la gente. ¿No es esa nuestra misión como contemplativos? Llenos de esperanza, llevamos la vulnerabilidad de nosotros mismos, de la Iglesia y del mundo, a Jesús. En ese encuentro se produce un maravilloso intercambio. Nuestra vulnerabilidad se convierte en la suya, nuestra esperanza se convierte en la suya. (¿No es este el papel de la eucaristía en nuestra vida monástica?)

Hermanos y hermanas, que este Capítulo General sea para todos nosotros la oportunidad de llevar nuestra vulnerabilidad a Jesús. Que sea la ocasión en la que llevamos la vulnerabilidad de otros a Jesús porque solo en Él podemos anclar nuestra esperanza. Que podamos caminar juntos como peregrinos de esperanza hacia Él. Entonces Él nos tocará y nos levantará con sus manos sanadoras, para que podamos volver a estar al servicio, en la Iglesia y en el mundo.

Que el Capítulo General sea como la habitación de la suegra de Simón. Que experimentemos la presencia de Jesús. Él, que en nuestra debilidad es nuestra única esperanza. Que nuestra debilidad se vuelva su debilidad, y así, nuestra fuerza para vivir nuestra misión en la Iglesia y el mundo de hoy como un signo de esperanza.

«El Amor de Compartir el Compartir el Amor»

5

Perspectivas

Dom Bernardus Peeters, OCSO

Abad General

 

 

«El Amor de Compartir el Compartir el Amor»[1]

Trabajar juntos como signo cisterciense de Esperanza en la Iglesia y en el mundo actual

Conferencia de apertura

del Capítulo General OCSO (3 de septiembre de 2025)

 


«Ninguno de nosotros vive para sí mismo, y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor, si morimos, morimos para el Señor, así que ya vivamos ya muramos, somos del Señor.» (Rom 14, 7-8)

 


Recientemente leí la reseña de Emilia Jamroziak sobre la historia de la Orden. Lo que más me llamó la atención fue su conclusión: «La capacidad de adaptarse y responder a estas condiciones sociales y económicas tan diferentes es lo que ha hecho tan exitosos a los cistercienses».[2] Yo mismo lo veo y lo experimento una y otra vez durante mis visitas a nuestras comunidades en todo el mundo; en muchos monasterios, la capacidad de adaptación es realmente notable.

Algunos pueden fruncir el ceño ante la palabra «adaptación» o incluso contener la respiración. Sin embargo, me gustaría recordar las palabras del recientemente fallecido profesor David N. Bell (1943-2025):

«La adaptación no es necesariamente decadencia, aunque si los morbosos desean buscar ejemplos de decadencia, sin duda los encontrarán».[3]

Hoy, sin embargo, no quiero centrarme en la adaptabilidad, sino en otro signo de esperanza que, especialmente en nuestra época, plantea un reto claro a la forma en que vivimos nuestro carisma cisterciense tanto en la Iglesia como en el mundo. Este signo de esperanza exige a menudo un espíritu de flexibilidad, no solo por parte de monjes y monjas, sino también de los superiores, las comunidades, las Reuniones Regionales, el abad general e incluso el Capítulo General.

Me refiero a la colaboración como signo de esperanza. Cuando hablo de ello como signo de esperanza en nuestra Iglesia y en nuestro mundo profundamente polarizados, lo hago porque la tendencia de las personas y las comunidades a encerrarse en sí mismas y aislarse es muy frecuente.[4] Estoy profundamente convencido de que solo a través de una colaboración auténtica toda nuestra Orden podrá responder de manera significativa a las realidades que enfrentamos hoy. Al hacerlo, no solo seremos capaces de profundizar en el vivir nuestra vocación, sino también de convertirnos en un signo visible de esperanza, tanto dentro de la Iglesia, en nuestra propia Orden, como en la sociedad en general. Como escribió el Papa Francisco en Fratelli tutti:

«Soñemos como una única humanidad, como caminantes de la misma carne humana, como hijos de esta misma tierra que nos cobija a todos, cada uno con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz, todos hermanos. [5] »

En esta conferencia inaugural, me gustaría mostrar que la colaboración es el signo cisterciense de esperanza para nuestro tiempo y que la celebración del Capítulo General es una excelente oportunidad para hacer visible esta esperanza.


¿Está enferma o en crisis la Orden?

Durante mis viajes y visitas a diversas comunidades, encuentro con frecuencia hermanos y hermanas que me preguntan sobre el estado de la Orden. Preguntas como: ¿Está desapareciendo la Orden? ¿Está en crisis? ¿Está enferma? ¿Hacia dónde se dirige? Cuando les pregunto por qué piensan así, a menudo escucho respuestas como que en muchos lugares ya casi no hay vocaciones, que se cierran más monasterios, que muchos hermanos y hermanas abandonan la Orden y que hay numerosos escándalos. Aunque estas preguntas y preocupaciones pueden estar justificadas, me cuesta aceptar esta actitud. No porque quiera negar la realidad, sino precisamente porque esta forma de pensar deja claro por qué la Orden está en crisis y por qué está enferma.

Los hermanos y hermanas que piensan así, y sí, hay algunos aquí en esta sala, se acercan a la Orden como si ellos mismos no formaran parte de ella. Se sitúan a una distancia cómoda, desde la que juzgan críticamente a la Orden, a otras comunidades, a los demás o a monjes y monjas concretos, sin implicarse. La situación se vuelve aún más dolorosa cuando se empieza a señalar con el dedo. Parece como si todas las dificultades se encontraran exclusivamente fuera de la propia comunidad o de la propia vida monástica y personal.

Lo que más me molesta de esta forma de pensar es que la gente siempre culpa a los demás y se olvida de mirarse a sí misma con ojo crítico. Al hacerlo, se colocan por encima de los demás. Esa actitud no tiene cabida en una comunidad cristiana. El Papa Francisco nos lo ha recordado muchas veces: cuando señalamos con el dedo a otra persona, tres dedos nos señalan a nosotros mismos. Las Sagradas Escrituras nos exhortan a «considerar a los demás mejores que nosotros mismos» (Fil 2, 3). En el capítulo 72 de la Regla, san Benito subraya el buen celo que debe caracterizarnos: «"adelántense para honrarse unos a otros" (Rm 12,10); tolérense con suma paciencia sus debilidades, tanto físicas como morales; obedézcanse unos a otros a porfía; nadie busque lo que le parezca útil para sí, sino más bien para los otros; practiquen la caridad fraterna castamente ».[6]

A la luz de esto, las palabras de san Pablo son aún más impactantes: «si un miembro sufre, todos sufren con él.» (1 Cor 12, 26). Los hermanos y hermanas que razonan así no se dan cuenta de que forman parte de ese único Cuerpo que es la Iglesia, al que también pertenece la Orden, al que pertenece cada comunidad, cada monje o monja individual. Por eso es valioso citar aquí íntegramente las palabras de san Pablo:

«… y los miembros del Cuerpo, a pesar de ser muchos, no son más que un solo Cuerpo, así es también Cristo. Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo Cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu. Pues el Cuerpo no lo forma un solo miembro, sino muchos. Si dijera el pie: “Puesto que no soy mano, no formo parte del Cuerpo”, ¿dejaría por eso de ser parte del Cuerpo? Y si el oído dijera: “Puesto que no soy ojo, no formo parte del Cuerpo”, ¿dejaría por eso de ser parte del Cuerpo? Si el Cuerpo entero fuera ojo, ¿dónde estaría el oído?; si fuera todo oído, ¿dónde estaría el olfato? Pues bien, Dios distribuyó cada uno de los miembros en el Cuerpo como quiso. Si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el Cuerpo? Sin embargo, aunque es cierto que los miembros son muchos, el Cuerpo es uno solo. El ojo no puede decir a la mano: “No te necesito”; y la cabeza no puede decir a los pies: “No os necesito”. Sino todo lo contrario, los miembros que parecen más débiles son necesarios.». (1 Cor 12, 12 – 22)

Todos formamos parte del mismo Cuerpo, ya sea la Orden en su conjunto, nuestra propia comunidad o cada uno de nosotros individualmente. ¿Cómo puedo situarme fuera de eso y pensar que soy más que otra persona? ¿Cómo puedo afirmar que no necesito a los demás o decir que no quiero tener nada que ver con ellos? ¿No es precisamente esa la actitud del fariseo en el templo, mientras que Jesús y san Benito nos llaman a seguir la humildad del recaudador de impuestos?

Sí, creo sinceramente que la Orden está enferma y que todas las comunidades padecen esta enfermedad. Sí, estoy convencido de que todos nosotros, y yo el primero, estamos afectados por esta enfermedad. ¡Afortunadamente! Porque Jesús no vino para los sanos ni para los justos, sino para los enfermos y los pecadores que necesitan un médico.[7] El problema que padecemos gira en torno a juzgarnos y condenarnos constantemente a nosotros mismos y a los demás, situándonos así, fuera, por encima o separados de los demás, de la comunidad o incluso de la Orden. La polarización acecha constantemente cuando permanecemos atrapados en nuestra visión del mundo cerrada y autoimpuesta.

Lo que vemos hoy en día en todas partes, tanto en la sociedad como en la Iglesia, es que se ha convertido en algo normal culpar a los demás. Los políticos de derecha señalan a la izquierda como causa de los problemas, mientras que los políticos de izquierda hacen lo mismo con la derecha. Los políticos del centro culpan tanto a la izquierda como a la derecha. En el Sur, la gente señala al Norte, y en el Norte, la gente piensa que el Sur es incapaz de hacer nada. Siempre nos mantenemos al margen de la situación o del problema para no tener que asumir ninguna responsabilidad. El problema siempre es el otro. Esta mentalidad mundana también se ha infiltrado en la Iglesia, en la Orden y en nuestras comunidades, y lamentablemente se ha vuelto muy común.

El verdadero problema no es que haya pocas vocaciones en algunas partes del mundo, o que los hermanos y hermanas de ciertas comunidades no cumplan sus votos. El problema es que todos nosotros, sin excepción, nos hemos visto afectados por una mentalidad mundana en la que cosas como la realización personal, la libertad individual y la reivindicación de los derechos se han elevado al rango de ídolos. Solo se puede llegar a esta conclusión si se atreve uno a mirar con honestidad su propio corazón, su comunidad y la Orden, y se sitúa de nuevo en el centro de la Iglesia. El amor solo puede florecer allí, no al margen, ni fuera, ni por encima. Como escribió acertadamente Thomas Merton:

«El amor comienza por permitir que los que amamos sean ellos mismos, sin intentar convertirlos en versiones que se ajusten a nuestra propia imagen».[8]

En todo el mundo veo cómo los hermanos y hermanas, pero también las comunidades y las Regiones, tienden cada vez más a centrarse en sí mismos, en su propio grupo o en su propia Región, cerrándose a los demás y encerrándose en sí mismos. Esto crea el riesgo de que los demás dejen de ser considerados importantes, sean presentados como inferiores o incluso como «no correctos en su doctrina». Noto que la libertad personal ha cobrado tal importancia que un valor monástico esencial como la obediencia se vive principalmente como una limitación, no solo para el individuo, sino también para la autonomía de una comunidad o incluso de una Región. Cada vez con mayor frecuencia veo a hermanos y hermanas, comunidades y Regiones reivindicando sus derechos, a menudo a expensas de los demás, y como si solo existieran derechos y no deberes.

Quizás la mayor amenaza sea que nos estamos volviendo indiferentes los unos hacia los otros y hacia el corazón del Evangelio: dar la vida por amor. Es una mentalidad mundana que poco a poco se ha ido arraigando en nuestros corazones, en nuestras comunidades, en nuestras Regiones y en nuestra Orden. Por supuesto, la libertad individual, el desarrollo personal y los derechos son cosas buenas en sí mismas, pero si los convertimos en valores absolutos y los idolatramos, estamos haciendo exactamente lo mismo que el mundo y dejamos de distinguirnos como cristianos, como monjes y monjas. Lo mismo ocurre con cosas como el poder, el dinero y la sexualidad. Precisamente al pronunciar nuestros votos queremos hacer oír una voz diferente, marcar la diferencia basándonos en el Evangelio y en el ejemplo de Jesús. Pero si convertimos estas cosas buenas en ídolos, la «sal» pierde su poder (Mt 5, 13) y, como comunidad, no valemos nada.

El papa León XIV se dirigió recientemente a un millón de jóvenes reunidos en Roma:

«Nosotros también, queridos amigos, estamos hechos así, estamos hechos para esto. No estamos hechos para una vida en la que todo se da por sentado y es estático, sino para una existencia que se renueva constantemente a través del don de sí mismo en el amor». Y añadió: «por eso aspiramos continuamente a un “más” que ninguna realidad creada nos puede dar; sentimos una sed tan grande y abrasadora, que ninguna bebida de este mundo puede saciar. [9] »

¿Experimentamos realmente este deseo de «más»? ¿Encuentran los jóvenes de hoy, que tienen hambre y sed de este «más», un lugar en nuestras comunidades? Sí, ¡la Orden está realmente enferma! Y sí, la Orden está verdaderamente en crisis, porque tú y yo estamos enfermos, porque tú y yo, nosotros mismos, estamos en crisis, porque todos estamos influenciados por el espíritu mundano.

E incluso si, Dios no lo quiera, pensara que no estoy afectado por esta mentalidad mundana, seguiría estando enfermo o en crisis, porque formo parte del todo: estoy enfermo junto con la Iglesia, en crisis junto con la Orden.

 

El remedio

Durante mis visitas a diversas comunidades, me sorprende una y otra vez que, a pesar de la enfermedad y la crisis, hay mucho bien y que hay hermanos, hermanas y comunidades en toda nuestra Orden que son verdaderas fuentes de esperanza. Demuestran que realmente existe un remedio para el espíritu mundano de encerrarse en el propio mundo y la polarización: trabajar juntos. Pero ¿qué significa «trabajar juntos»?

Trabajar juntos está intrínsecamente ligado al carisma cisterciense. La Carta Caritatis sentó las bases para la cooperación entre las diferentes comunidades, porque nuestros predecesores sabían por experiencia propia que la tendencia a dominar y las relaciones de poder entre el maestro y el discípulo se arraigan más rápidamente que la llamada evangélica al servicio amoroso mutuo. En lugar de un modelo jerárquico o monárquico, los cistercienses eligieron conscientemente la cooperación, en la que el Amor es el punto de partida para el cambio y la renovación.[10] Solo a través del Amor, visible en la cooperación concreta, el monje/monja, la comunidad y la Orden pueden reformarse y renovarse continuamente.

El Capítulo General recurrió repetidamente a la cooperación como medio para promover la renovación y el cambio dentro de la Orden. Pensemos en estructuras como la filiación/paternidad, el Padre Inmediato y las Visitas Regulares. Más tarde, se fomentó también la cooperación reconociendo a las Congregaciones en cooperación con el Capítulo General, especialmente en tiempos de crisis, para que hubiera espacio para la renovación en situaciones específicas.

El Capítulo General demostró una gran sabiduría al aplicar siempre la medicina de la cooperación de manera adaptada, de modo que no se formaran grupos cerrados que crearan un «nosotros» en oposición a los demás. Una y otra vez, el Capítulo General supo responder a las necesidades locales adaptando constantemente su enfoque de la cooperación. Durante el siglo XIX, esta actitud abierta desapareció gradualmente debido al deseo de uniformidad. En muchos casos, esta uniformidad tuvo un efecto asfixiante. Afortunadamente, en 1969 se restableció una sana unidad en la diversidad con el Estatuto para la Unidad y el Pluralismo. No obstante, sigue siendo tarea de todos nosotros interiorizar más profundamente el espíritu de ese Estatuto. Es precisamente aquí donde la encíclica Fratelli tutti del papa Francisco puede ayudarnos.

Cuánto necesita aprender nuestra familia humana a vivir juntos en armonía y paz sin necesidad de que tengamos que ser todos igualitos.[11]

 

Trabajar juntos en el Cuerpo de Cristo

Trabajar juntos no es solo una actividad, sino, ante todo, ocupar el lugar que nos corresponde como miembros bautizados del Cuerpo de Cristo, al que pertenecemos nosotros mismos, nuestra comunidad, nuestra Región y la Orden, con espíritu de responsabilidad y libertad.

Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica No. 1267:«El bautismo nos hace miembros del Cuerpo de Cristo»:

“El Bautismo hace de nosotros miembros del Cuerpo de Cristo. "Por tanto [...] somos miembros los unos de los otros" (Ef 4,25). El Bautismo incorpora a la Iglesia. De las fuentes bautismales nace el único pueblo de Dios de la Nueva Alianza que trasciende todos los límites naturales o humanos de las naciones, las culturas, las razas y los sexos: "Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo" (1 Co 12,13).

A través del bautismo, nos convertimos en participantes de la cooperación amorosa del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Jesús dice en Juan 14,10: «El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras.» Y más adelante: «Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre». (Juan 14, 11-12).

La cooperación nos lleva al corazón de la Trinidad y a su «caridad incomprensible», una generosidad que quiere amar y ser amada infinitamente, compartir todo y recibir todo.[12] Como cisterciense, es inevitable llegar al Tratado XV de Balduino de Ford (1125-1190) sobre la vida cenobítica. Para él, «compartir es la base de la vida común», tanto por naturaleza, en el pecado y en la gracia, como en la gloria.[13] Este texto cisterciense nos proporciona un remedio contra el espíritu mundano de polarización causado por la idolatría del desarrollo personal, la libertad individual y la búsqueda exclusiva de los derechos.

Balduino habla del «amor por compartir y el compartir el amor».[14] Aunque esto suene poético y su referencia a la Trinidad, a los coros angelicales, a los apóstoles y a la primera comunidad cristiana pueda parecer idealista, en una comunidad cenobítica se trata precisamente de compartir amor y el compartir del amor, precisamente en la vida cotidiana, en las pequeñas cosas.

Lo que me llama especialmente la atención en el texto de Balduino es su explicación teológica del compartir la gracia. Toda persona bautizada, por lo tanto, todo monje o monja, toda comunidad y toda la Orden, ha recibido la gracia no para guardarla para sí misma, sino para compartirla. En lugar de querer quedarnos todo para nosotros, dominar o criticar, esta visión nos invita a ver lo bueno en los demás y a descubrir cuál puede ser su contribución a mi vida, y viceversa. Esa contribución no es mérito nuestro, sino pura gracia. Es un intercambio al servicio del Cuerpo: la comunidad, la Iglesia.

Balduino escribe:

«Si prestas atención, verás cómo las cualidades que pertenecen a cada miembro individualmente sirven al bien común. El ojo no mira solo para sí mismo, sino que guía nuestros pies en sus pasos y nuestras manos en su trabajo. La boca no come solo para sí misma, ni el estómago digiere solo para sí mismo, sino que realizan un trabajo conjunto; y lo que todo el Cuerpo necesita para alimentarse, para satisfacer sus necesidades y ayudarlo a crecer, es lo que la boca ingiere y el estómago digiere. Si alguna parte del Cuerpo sufre, ¿no sufre con ella la lengua? Como si fuera ella misma herida, toma la voz de quien sufre y clama al que le infligió la herida: «¿Por qué me haces daño?».[15]

Y concluye:

«Queridos hermanos en Cristo, ¿adónde nos llevan estos ejemplos? ¿No es acaso a la paciencia mutua, a la humildad mutua, al amor mutuo? ¿No ha escrito Dios en nosotros una ley de amor que nos enseña sobre nosotros mismos? Si Aquel que nos dio la ley nos diera también su bendición, nos alimentara en la inocencia de nuestro corazón y nos guiara con mano experta por el camino de la paz (Sal 78, 72), entonces conservaríamos la unidad del espíritu en el vínculo de la paz y el amor a Dios en el amor al prójimo. Cuando amamos a Dios con una sola mente y un solo corazón, de acuerdo con la pureza de nuestra profesión, el amor de Dios se derrama sin duda en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo, y el Espíritu de Dios nos da vida a todos como si fuéramos un solo Cuerpo, de modo que ninguno de nosotros vive para sí mismo, sino para Dios; y para que todos vivamos juntos en unidad de espíritu por medio del único Espíritu que habita en nosotros».[16]

Este principio teológico, que está en el centro de la creencia en la communio sanctorum, también se encuentra en los documentos recientes de la Iglesia sobre la sinodalidad. El instrumentum laboris de la segunda sesión del Sínodo sobre la Sinodalidad se refiere al principio del «intercambio de dones». El Sínodo sitúa este intercambio de gracia en el centro de la Iglesia sinodal:

«Caminar juntos como bautizados en la diversidad de los carismas, de las vocaciones y de los ministerios, así como en el intercambio de dones entre las Iglesias, es un signo sacramental importante para el mundo actual, que, por una parte, experimenta formas cada vez más intensas de interconexión y, por otra, está inmerso en una cultura mercantil que margina la gratuidad.[17] »

Además, los autores del documento esperan que los dones se compartan concretamente en solidaridad entre las diferentes Iglesias, sin ningún deseo de dominación:

«Las Conferencias Episcopales desean que los bienes se compartan en un espíritu de solidaridad entre las Iglesias que constituyen la Iglesia católica, una y única, sin ningún afán de dominación ni pretensión de superioridad: la existencia de Iglesias ricas y de Iglesias que viven en condiciones de gran penuria es un escándalo. Por ello, se sugiere que se tomen disposiciones para promover los lazos mutuos y formar redes de apoyo también a nivel de las agrupaciones de Iglesias. Todas las Iglesias locales reciben y dan en la comunión de la única Iglesia. Hay Iglesias que necesitan el apoyo de recursos financieros y materiales; otras que se enriquecen con el testimonio de la fe viva y del servicio amoroso a los más pobres; otras necesitan, sobre todo, la ayuda de los evangelizadores que comparten su vida para comunicar el Evangelio a otros pueblos. En particular, se reconoce y solicita la generosidad de presbíteros, diáconos, consagradas y consagrados, laicos y laicas comprometidos en la misión ad gentes.».[18]

Esto subraya que el intercambio de dones no es un ideal abstracto, sino muy concreto, como subrayó San Juan Pablo II en Ut unum sint: «El diálogo no es sólo un intercambio de ideas. Siempre es de todos modos un “intercambio de dones”.[19] »

Por lo tanto, la sinodalidad es más que democratizar la Iglesia o la Orden. La sinodalidad significa que, como cristianos, como comunidad, como Orden, nos tomamos en serio nuestro bautismo y, a pesar de nuestra vulnerabilidad (nuestros pecados), vemos la gracia y los dones que Dios nos ha dado y que, a su vez, nos damos unos a otros más allá de las fronteras de raza, género, cultura, etc. Solo así puede surgir la sinodalidad, y no de agendas políticas (eclesiásticas) o del populismo. Ahí radica precisamente el reto de la sinodalidad para nuestra Orden, y no tanto en cambiar las estructuras, ¡aunque eso también será necesario!


Conclusión

Hermanos y hermanas, como he dicho antes, la Orden está enferma, pero en esa vulnerabilidad veo muchas formas de colaboración dentro y entre las comunidades. Una colaboración que es un intercambio de gracia y dones, en medio de una realidad vulnerable y, por lo tanto, un signo de esperanza. Es precisamente esta cooperación, arraigada en nuestro bautismo, la que constituye el signo de esperanza que nosotros, como cistercienses, podemos dar en una visión del mundo cerrada y en una Iglesia y un mundo polarizados.

Al igual que el tratado de Balduino, esto parece elevado y poético. Sin embargo, es muy concreto. Entiendo muy bien la reacción de la Hna. María Gonzalo de Crozet, que escribió tras una primera lectura del texto de Balduino: «El texto es como intentar arreglar un grifo con una llave inglesa en una mano y un libro de poesía en la otra».[20] Pero con ella, veo cada vez más el valor y la utilidad de este concepto de compartir la gracia y la gracia de compartir como base de nuestra vida común, también a nivel de la Orden.

Requiere una conversión por nuestra parte. Una conversión del «yo» al «nosotros», o como escribe el P. Chukwuka John Ife, monje de Awhum, en su libro Conversión Auténtica: «La conversión es una alteración radical de la vida de una persona, que pasa de centrarse en sí misma, en su ego, a centrarse en Dios, y de salir de sí misma para ponerse al servicio de los demás».[21] Sin esta conversión, no podemos ver estos signos de esperanza.

Veo ese signo de esperanza donde las comunidades trabajan juntas en la formación, donde las hermanas ayudan a los hermanos en la formación. Lo veo, por ejemplo, en Tre Fontane y Aque Salvie, donde hermanos y hermanas dan juntos testimonio de la vida cisterciense en el corazón de la Ciudad Eterna.

Veo esperanza en Irlanda, donde tres comunidades se han unido en una sola. Veo esperanza en el Oeste de Francia, donde las comunidades están tratando de dar forma a sus economías juntas. Veo esperanza en Mokoto, donde, a pesar de la violencia, se abren las puertas a miles de refugiados y la cooperación hace de la hospitalidad monástica un signo de esperanza. Veo ese signo de esperanza en nuestros monasterios en Siria, Israel o cualquier otro lugar en medio de la violencia.

en dificultad. Veo esperanza porque más comunidades están abiertas a una composición multicultural. En Estados Unidos, Japón y España también veo tímidos intentos de cooperación entre comunidades. Si miramos con atención y, sobre todo, nos atrevemos a mirar, veremos signos de esperanza por todas partes.

Podemos concretar esto aún más prestando atención a este intercambio de dones durante el Capítulo General al estudiar los Informes de Casas. Mirando más allá de nuestros propios intereses en los nombramientos, las elecciones, etc. Mirando primero a nosotros mismos y luego a los demás en situaciones difíciles y ayudándonos mutuamente en lugar de condenarnos o evitarnos. Siendo conscientes de las diferencias saludables. Siendo verdaderamente abiertos y comprometidos con el intercambio de dones entre los diferentes mundos y culturas que componen la Orden y este Capítulo General. Que este Capítulo General nos ayude a compartir con Amor y a amar el compartir, para que sea un ejercicio de Caridad y un crecimiento en nuestra conversión permanente para ver los signos de esperanza que Dios nos da hoy en medio de nuestra vulnerabilidad.

¿Está enferma la Orden? Sí, y debe seguir estándolo, porque solo así nos damos cuenta de que nos necesitamos unos a otros, que necesitamos los dones y las gracias de los demás para vivir. San Bernardo nos llama a seguir siendo peregrinos de la esperanza bajo la sombra del Altísimo.[22] Esa peregrinación es a veces difícil, pero todo peregrino sabe que necesita a sus compañeros de viaje para mantener viva la llama de la esperanza. Por eso, trabajemos juntos, de manera muy concreta en nuestras comunidades, entre nuestras comunidades y especialmente aquí, en el Capítulo General. Que nadie diga: «Yo no importo» o «tú no importas». Todos tienen un don, una gracia, para la edificación del conjunto. ¡Descubran ese don! ¡Descubran esa gracia!


1] Baldwin of Ford, Spiritual Tractates, volume two, Cistercian Fathers Series, 41, Kalamazoo, 1986, p. 165.

[2] E. Jamroziak, La orden cisterciense en la Europa medieval. 1090-1500. Routledge, 2013.

[3] David Bell, Printed books in English Cistercian Monasteries, Citeaux: Commentarii Cistercienses 53 (2002) p. 138.

[4] Para una descripción detallada de esta realidad, véase el Papa Francisco, Fratelli tutti, 9-55.

[5] Papa Francisco, Fratelli tutti, 8.

[6] RB 72,4-8.

[7] «No son los sanos los que necesitan médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores». Marcos 2, 17.

[8] Thomas Merton, Ningún hombre es una isla, Harcourt Brace, Nueva York, 1955. p. 149.

[9] Papa León XIV, Homilía del 3 de agosto de 2025.

[10] Cf. Monika Dihsmaier, Entscheidungsfindung und die versionen der Carta Caritatis, en: E. Delaissé, La Charte de charité 1119-2019. Un document pour préserver l’unité entre les communautés. Paris, 2020, pp. 69-109.

[11] Papa Francisco, Fratelli Tutti, 100.

[12] Cf. https://cistercian-mentors.webnode.es/materials/baldwin/?utm_source .

[13] Baldwin of Ford, Spiritual Tractates, volume two, Cistercian Fathers Series, 41, Kalamazoo, 1986, p. 165.

[14] Ibid., 159.

[15] Ídem.

[16] Ibid., p. 179.

[17] «Instrumentum laboris» para la segunda sesión de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos (octubre de 2024), n. 42.

[18] Ibid., nn. 44-45.

[19] San Juan Pablo II, Ut unum sint, 28.

[20] https://cistercian-mentors.webnode.es/materials/baldwin/

[21] Ife, Chukwuka John OCSO, Authentic conversion, pp. 55-56.

[22] Cf. Bernardo de Claraval, en Sermones sobre el Salmo 90 (91).

Intervención Sobre el Carisma Cisterciense en el Capítulo General de la OCSO

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Perspectivas

M. Elizabeth Mary Mann, OCBE

Priora General de las Cistercienses Bernardinas de Esquermes

 

Intervención Sobre el Carisma Cisterciense en el Capítulo General de la OCSO

 

 

Es una gran alegría y un privilegio estar aquí entre todos ustedes. Gracias por su amable invitación. Gracias por su cálida y generosa acogida de ayer por la tarde. A nivel personal, es maravilloso ver a tantos amigos; a un nivel más «oficial», es una lección de humildad que me acojan entre ustedes como hermana en Cristo.

Y, de los muchos elementos de nuestro carisma cisterciense que considero un signo de esperanza para nuestro mundo actual, he elegido compartir precisamente el de la «acogida», una acogida arraigada en Cristo, una acogida alimentada por nuestro voto de estabilidad, una acogida que es fruto de nuestro voto de estabilidad, una acogida gratuita, genuina y generosa.

Nuestra estabilidad nos convierte en «peregrinos con raíces» en este año jubilar. (Prácticas monásticas. Charles Cummings).

Nuestras Constituciones dicen: «La estabilidad monástica es para nosotros una forma de responder a la fidelidad inquebrantable de Dios con nuestra propia fidelidad, dondequiera que Él quiera que le busquemos. “El que nos llama es fiel”» (Const. 12). Me gusta pensar en esto como «simplemente estar ahí para Dios». Nuestra estabilidad monástica nos ayuda a encontrar nuestro lugar y nuestra paz en Dios, a «pertenecer» a Él. «Permaneced en mí, como yo en vosotros» (Juan 15, 4)

Thomas Merton destacó los aspectos comunitarios del voto de estabilidad cuando escribió:

«El verdadero secreto de la estabilidad monástica es la total aceptación del plan de Dios por el cual el monje/la monja se da cuenta de que está integrado en el misterio de Cristo a través de esta familia concreta y de ninguna otra. Es la aceptación definitiva de su comunión, en el tiempo y en la eternidad, con estos hermanos y hermanas concretos elegidos para él por Dios… es la feliz constatación de que todos los que han sido llamados juntos trabajarán por su salvación en común, se ayudarán mutuamente a encontrar a Dios más fácilmente y, de hecho, que hemos sido destinados desde toda la eternidad a acercarnos unos a otros a Él mediante nuestro amor, nuestra paciencia, nuestra tolerancia y nuestros esfuerzos por el entendimiento mutuo». (El camino monástico)

San Bernardo dice que «cuando la belleza y el resplandor han llenado lo más recóndito del corazón, deben hacerse visibles exteriormente» (Cantar de los Cantares 85:11). ¿Cuáles son los signos visibles exteriormente de nuestra estabilidad? Entre otros signos, quizá más evidentes, creo que nuestra estabilidad se hace visible exteriormente en la calidad de nuestra acogida. La estabilidad nos arraiga en Dios, en Dios que es inmutable, siempre fiel, nuestra roca, nuestra fuerza. Nuestro voto de estabilidad afianza nuestros pies en su amor incondicional y firme, liberando nuestros corazones y nuestros brazos para acoger. Como «el árbol» del Salmo 1, «plantado junto a corrientes de agua, que da su fruto a su tiempo y cuyas hojas nunca se marchitan», la savia brota de nuestro arraigo en Dios y da apertura, dulzura, amabilidad y energía a nuestra acogida.

La acogida es un proceso dinámico bidireccional: ofrecemos acogida y recibimos acogida. Todo el ministerio de Jesús fue un ministerio de acogida. Acogió a los niños pequeños (Mc 10, 13-16), acogió a los publicanos a su mesa (Mt 9, 10-13), acogió al ladrón moribundo en el paraíso (Lc 23, 39-43)… El mismo Jesús fue acogido: en la barca cuando los discípulos estaban aterrorizados por la tormenta (Mc 6, 45-57), fue acogido en la casa de Zaqueo (Lc 19, 1-10), en la casa de María, Marta y Lázaro (Lc 10, 38-42).

Nuestra vida monástica debería caracterizarse por una actitud de acogida: una actitud que sea liberadora, no posesiva, recelosa ni dominante; una actitud que nos abra a la gracia del momento, en lugar de encerrarnos en nosotros mismos; una actitud que construya en lugar de destruir, que anime y dé vida en lugar de asfixiar y matar; una actitud de aceptación, no de rechazo; una forma de vida desinteresada, no egoísta.

Cada día, a través de nuestra lectio, nos ponemos ante Dios para acoger su Palabra. Dom André Louf escribió que «la acogida de la Palabra es la clave de la existencia de un monje [o una monja]». Al igual que Nuestra Señora, nuestra vocación consiste en cultivar «corazones fecundados por la Palabra» (cf. Beato Guerrico). En nuestra celebración de la Eucaristía, acogemos la presencia sacramental de Cristo. Al desear que «nada se anteponga a la obra de Dios» (RB 43,3), acogemos el servicio de la oración y la alabanza que nos ha confiado la Iglesia y, a través de la orientación contemplativa de nuestras ajetreadas vidas, acogemos conscientemente la presencia del Señor, manteniéndonos atentos a los susurros de su Espíritu.

Nos acogemos a nosotros mismos, hechos a imagen y semejanza de Dios, con nuestros dones, nuestras personalidades, nuestras limitaciones, nuestros miedos. Acogemos cada día la belleza de nuestra vocación.

Nos acogemos unos a otros: edificando nuestras comunidades en ese «amor que es una esperanza activa de lo que el otro puede llegar a ser con la ayuda de nuestro apoyo fraterno» (Const. 59), y permitimos que los demás nos acojan. A todos nos anima una sonrisa, una respuesta amable, un gesto de bondad gratuita. «Aquí estamos, tú y yo, y espero que un tercero, Cristo, en medio de nosotros», escribió san Elredo (Amistad espiritual).

Acogemos con humildad los retos que plantean las situaciones de nuestras comunidades y Órdenes. Nuestras propias Constituciones nos recuerdan que «la estabilidad exige de cada hermano un profundo apego a la Orden y a su comunidad. Ella asume “las cualidades y deficiencias, las necesidades y aspiraciones, la realidad presente y la evolución futura” de ambas». (Const. 11)… y así acogemos, no sin una lucha interior, iniciativas y respuestas creativas sobre nuestro futuro, y estamos dispuestos a participar en ellas. Acogemos el cambio, en lugar de sentirlo como una amenaza. Porque, en palabras de san John Henry Newman, «vivir es cambiar». Confiamos en que, al vivir plenamente nuestro voto de conversión, el Espíritu «nos transformará cada vez más a la semejanza de Cristo resucitado» (Const. 8).

Acogemos en nuestra oración de intercesión las necesidades de nuestras diócesis, de la Iglesia universal y de nuestro mundo convulso.

Acogemos con fe los acontecimientos de cada día, los altibajos de nuestras vidas, con una serenidad llena de confianza, seguros de la promesa de Dios repetida a lo largo de las Escrituras: «No temáis, yo estoy con vosotros».

Acogemos a quienes se sienten atraídos por nuestros monasterios, acogiendo las cargas que llevan, compartiendo las alegrías, las complejidades, las confusiones y las dificultades de sus vidas.

El creciente número de personas que visitan nuestros monasterios desea encontrar algo inmutable en medio de la incertidumbre, la inquietud, la preocupación y la agitación que caracterizan su experiencia cotidiana del mundo actual. Al venir a nuestros monasterios, buscan lo que es constante y seguro, un estilo de vida que ha resistido el paso de los siglos, un paisaje que no cambia, un lugar que irradia belleza por su propia sencillez. Quieren conectar con la atemporalidad de nuestra vida monástica y, por un momento, dejar a un lado las presiones y el estrés de su vida cotidiana; anhelan un momento para «respirar», un tiempo simplemente para «ser».

San Benito era muy consciente de que en el monasterio nunca faltan huéspedes, e insistía en que todos fueran acogidos con «cordialidad, respeto y deferencia». Su capítulo 53, redactado con gran esmero, confirma la importancia de la «acogida» a nivel comunitario. Me gustaría compartir dos momentos de «acogida» en nuestras propias comunidades que me han conmovido profundamente este año.

El primero tuvo lugar a finales de enero en nuestra comunidad de Goma, en la parte oriental de la República Democrática del Congo. Tras días de intensos combates, la población se atrevió a volver con cautela a las calles, y allí estaban nuestras hermanas, todas ellas dispuestas a dar la bienvenida a todo el mundo a la misa dominical. Para muchos, fue un momento profundamente emotivo.

El segundo tuvo lugar en nuestra comunidad de Francia. Una tarde acogimos a una familia en apuros a la celebración de la misa con vísperas. Su hijo de 15 años, sin ningún indicio previo, se había quitado la vida esa misma mañana. Durante la hora que siguió, oleadas de jóvenes, muchos acompañados por un padre o un hermano mayor, inundaron nuestra iglesia a medida que la noticia de la misa se difundía en las redes sociales. Su conmoción era palpable, muchos lloraban, y se quedaron más de una hora después solo para estar juntos, tratando de consolarse uno al otro y dar sentido a lo que había sucedido. ¿Por qué vinieron? De alguna manera, la presencia de la comunidad monástica nos convertía, a sus ojos, en un lugar seguro al que acudir. Nuestra acogida, llena de oración y silencio, les permitió llorar juntos su pérdida en un lugar desconocido, pero acogedor.

Tendrás tus propias experiencias similares. Nuestra estabilidad, el simple hecho de «estar ahí», atrae a la gente, da la bienvenida a la gente, crea una comunidad en torno a la comunidad monástica, genera un sentido de pertenencia, crea un espacio donde los demás pueden sentirse «como en casa».

Tenemos muchos voluntarios que quieren experimentar, aunque sea un poco de la esencia de nuestra vida monástica, participar… y que piensan que es un privilegio lavar el coche de la comunidad, ayudar con el planchado, limpiar el jardín de ortigas…


La semana pasada estuve charlando con una amiga que lleva más de 20 años trayendo grupos a una de nuestras comunidades en Inglaterra. Cuando le pregunté qué elemento del carisma cisterciense es un signo de esperanza en el mundo actual, me respondió al instante: «¡Es vuestra estabilidad y vuestra acogida!». Animada, ya que estaba empezando a preparar este texto, le pedí que escribiera un par de frases. Las comparto con vosotros:

«Un carisma fundamental de los cistercienses es la estabilidad, la “presencia”. En un mundo en el que muchos sufren el desplazamiento, una infancia fracturada, adicciones y cambios constantes, el concepto de “estabilidad” es una experiencia contracultural muy necesaria y un espacio sanador al que las personas pueden acudir. Esta estabilidad alimenta una hermosa hospitalidad y se encarna y se siente cuando las personas entran en el espacio de un monasterio y son recibidas con amabilidad, acogida y “calidez”. La gente sabe al instante cuándo es bienvenida y reconoce la amabilidad de inmediato. Los efectos de esto en los seres humanos son profundos, de una manera muy hermosa y cotidiana; fomentan la relajación y la sensación de estar a gusto. Cada vez se habla menos del lenguaje de las virtudes en la sociedad actual, pero estas virtudes fundamentales, encarnadas y vividas en la experiencia cisterciense, ayudan a suavizar y aliviar, y son vitales en el mundo de hoy». (DW)

Al ofrecer acogida, damos. Al ser acogidos, recibimos. Dar y recibir, acoger y ser acogidos: esta es la dinámica que construye las relaciones y nos convierte en hermanos y hermanas en el Cuerpo de Cristo. La acogida exige apertura, generosidad, escucha, humildad, confianza; promueve la unidad, la paz, la comprensión, la comunión, todos ellos dones que nuestro mundo necesita tan desesperadamente.

Quizás podría concluir con unas palabras de agradecimiento… por la acogida que une a vuestros hermanos de Mokoto y a vuestras hermanas de La Clarté Dieu con nuestras hermanas de Goma, especialmente en estos últimos años con toda la inseguridad e inestabilidad que sufre la región.

Gracias también a las regiones de la CNE/CAN y de las Islas por vuestra acogida a nuestras hermanas (¡y a mí!) en vuestras reuniones regionales, intercambios pastorales, celebraciones… siempre es muy bueno estar juntos.

Gracias a Dom Bernardus y a los miembros de la Casa Generalicia por vuestro apoyo y amistad.

Dejaré las últimas palabras a san Pablo, tomadas del capítulo 15 de su carta a los Romanos:

«Aceptaos (acogeos) unos a otros, pues, por la gloria de Dios, como Cristo os aceptó. (v. 7)… Que el Dios de la esperanza os llene de toda alegría y paz en vuestra fe, para que, por el poder del Espíritu Santo, seáis ricos en esperanza» (v. 13).

Intervención Sobre el Carisma Cisterciense en el Capítulo General de la OCSO

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Perspectivas

M. Noëlla Ghijs

Priora General de las Bernardinas de Oudenaarde

 

Intervención Sobre el Carisma Cisterciense en el Capítulo General de la OCSO

 

 

Muchas gracias por la gracia de poder pasar un rato entre ustedes y por vuestra invitación a compartir con ustedes algunas de nuestras vivencias y experiencias. En sus discursos a los religiosos y religiosas, el papa Francisco a menudo ha lanzado la llamada a «frecuentar el futuro». No detenerse en aceptar la realidad tal y como es, ni encerrarse en la nostalgia del pasado, sino, por el contrario, atreverse a «frecuentar el futuro». Esto es en sí mismo un acto de fe y esperanza.

Sin embargo, eso no nos impide tener preguntas sobre este tema. Nuestra confianza y fe en el Espíritu de Dios están impregnadas de incertidumbre, y a veces de miedo, por lo que surge la pregunta de si contamos con guías fiables para «frecuentar el futuro».

En una reunión a nivel de nuestros dos consejos provinciales —la Provincia Flamenca/Belga y la Provincia Africana— celebrada en mayo de 2024 en Ruanda, se confirmó nuestra convicción de que nuestro carisma nos guiará hacia el futuro.

Hace varios años, resumimos nuestro carisma, a través del cual podemos participar en el carisma cisterciense, en esta pequeña frase: «Buscar a Dios y acoger al hombre, imagen de Dios». ¿Cómo podemos encarnar esto hoy con la mirada puesta en el futuro?

Intentaré responder a esta pregunta en dos puntos.

1. Nuestro carisma nos muestra el camino porque nos lleva de vuelta a las raíces de nuestra vida religiosa bernardina. Nos remite a la esencia de nuestra vida, a aquello a lo que aspiramos, a lo que nos llama y nos compromete.

– La búsqueda de Dios a través de la escucha de la Palabra, la liturgia, la meditación personal y la oración comunitaria. Es esta corriente monástica subyacente la que marca nuestra vida y de la que intentamos dar testimonio en la Bélgica tan secularizada, en medio de una multitud de sectas en Ruanda, y en las sociedades musulmanas de Chad y Burkina.

– Aunque estamos viviendo un envejecimiento significativo de nuestras hermanas, seguimos eligiendo conscientemente vivir nuestra fe cristiana en comunión con otros cristianos. Es un compromiso que da vida a nuestra propia vida cristiana y religiosa. Se nos permite vivir «una fraternidad», un «nosotros» que nos enriquece con aquellos que se cruzan con nosotros en la fe (por ejemplo, en la misa dominical). Las palabras de san Agustín, citadas por el papa León «Contigo soy cristiano», son tan significativas en los contextos concretos de nuestras sociedades.

La búsqueda de Dios, con toda su riqueza de formas y momentos, nos llama a esta nueva vida, que entró en nuestra historia humana en Jesús, el Cristo resucitado. Está anclada en la esperanza y nos orienta hacia el más allá del hoy, ya que es Él mismo, el Dios trino, quien es el futuro al que nos dirigimos y Él es el primero en ofrecernos este futuro.

2. La segunda parte de nuestro carisma: «Acoger al hombre, imagen de Dios». La hospitalidad está en el origen de nuestra congregación. A finales del siglo XII, a las afueras de las murallas de Oudenaarde, en Flandes, un pequeño grupo de hombres y mujeres acogía a los peregrinos y a los pobres que no podían entrar en la ciudad, sobre todo por la noche. Muy pronto, esto se convirtió en un hospital, donde se atendía a los pacientes pobres. Así ha sido durante siglos. El año pasado se cumplieron 800 años desde que esta pequeña comunidad recibió su primera regla de vida —en 1224—, en la que el obispo de Tournai expresaba su reconocimiento por la forma en que, y cito textualmente, «servíamos a Dios y a los pobres».


Acoger al otro, reconocer que ha sido creado a imagen de Dios, nos remite al significado más profundo de la comunión: algo que intentamos vivir tanto en comunidad como en relación con tantas otras personas. Una comunión con el corazón abierto, con ojos abiertos, con puertas abiertas. Nuestra fragilidad actual, especialmente en nuestras comunidades de Flandes, nos enseña a vivir prestando más atención los unos a los otros, con más escucha y más cercanía. Si bien la ayuda mutua es necesaria, también crea una oportunidad para el encuentro, para un intercambio de miradas y de manos. La fragilidad se convierte entonces en un camino hacia la conversión personal y comunitaria, una peregrinación de esperanza del «yo» al «nosotros».

Acoger al otro adopta diferentes formas, matizadas por situaciones diversas. A menudo, se trata de personas con las que nos encontramos y que nos confían su sufrimiento. Necesitan que se les escuche; nos piden una oración; se emocionan cuando recordamos su dolor. Lo llamamos «el apostolado del encuentro», casi invisible, pero beneficioso para quienes lo reciben.

Acoger a los demás se llama ahora «inclusión», respeto, cooperación, integración, solidaridad, fraternidad. En las sociedades en las que vivimos, estos son valores que debemos defender y practicar. ¿Aceptamos que una mujer musulmana con velo venga a trabajar para nosotros? ¿Estamos creando espacio en nuestras escuelas para los niños no autóctonos? ¿Cómo integramos el mundo multicultural al que pertenecemos? Una de nuestras comunidades en Ruanda lleva varios años organizando una educación inclusiva, que acoge a niños con discapacidades. La presencia de un niño sordomudo en la clase anima al resto de alumnos a aprender la lengua de signos. En el sur de Chad, nuestras hermanas ruandesas dirigen una escuela para niñas, que —en este entorno y esta cultura— suelen quedar excluidas de la educación. En Oudenaarde, nos comprometemos a acoger a mujeres de la India que vienen a completar sus estudios de enfermería.

Al promover la inclusión, contribuimos al proceso de humanización, tal y como nos indica el misterio de la Encarnación. La vida de Jesús, sus obras y sus palabras, dan testimonio de que el verdadero amor no se ve limitado por las barreras que los hombres erigimos por interés propio o por miedo al otro. La esperanza nos une al plan de nuestro Dios - Creador, que es el primero en acogernos y salir a nuestro encuentro. Creados a su imagen, es nuestro deber dejarnos transformar a esa imagen, tal y como Jesús lo hizo al encarnarse. Dejarnos transformar, viviendo juntos en la «escuela de la caridad», respetando la alteridad del otro como fuente de un enriquecido «nosotros».

La aceptación del otro —para concluir— se concreta en la interculturalidad y la comunión que queremos salvaguardar y promover dentro de la congregación. El papa Francisco, en su encíclica Fratelli tutti, llama a la interculturalidad «una profecía para nuestro tiempo». Nos preguntamos: ¿cómo podemos seguir concretando esta interculturalidad/comunión ahora que solo queda una hermana flamenca en Ruanda (de casi 100 años)? ¿Cómo se puede hacer esto, en el respeto mutuo, también dentro de África, sin que un grupo domine al otro? Lo mismo ocurre con nuestras comunidades en Flandes: promover el «nosotros» de la comunión y el respeto mutuo, sin que un grupo de edad domine a otro.

Nuestro carisma nos mostrará el camino; el carisma cisterciense nos mostrará el camino, insistiendo en el «nosotros» —del encuentro, la consulta y el compartir— y llamándonos a una conversión personal, comunitaria e incluso congregacional. Recorremos este camino juntos, aquí y ahora, pero se traza ante nosotros como «un camino de esperanza», con la fe de que el Espíritu Santo nos guiará y nos ayudará a «frecuentar el futuro». Que la exhortación de san Pablo en su carta a los Efesios: «Esforzaos por mantener la unidad del espíritu con el vínculo de la paz» (Ef 4, 3) nos recuerde siempre que volvamos a la fuente de la espiritualidad cisterciense. Ella nos mostrará el camino hacia el futuro.

El Jubileo Benedictino «Lugares de esperanza desde el año 529»

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529-2009 : el Jubileo de la Vida benedictina


Abad Jeremias Schröder, OSB

Abad Primado

 

El Jubileo Benedictino «Lugares de esperanza desde el año 529»

 

 

La Decisión

En septiembre de 2024, el Congreso de Abades tomó varias decisiones y eligió a un nuevo abad primado. Una decisión que me alegró mucho a mí, el nuevo abad primado, fue la de celebrar el año 2029 como un jubileo en toda nuestra familia benedictina. Como la mayoría de ustedes saben, según la cronología tradicional, San Benito fundó Montecasino en el año 529. El 1500.º aniversario de ese año es motivo de celebración para ese monasterio, al que en italiano solemos referirnos como el «archicenobio», la madre de todos los monasterios de toda nuestra Orden. Los abades reunidos, sin embargo, decidieron que esto debía ampliarse para convertirse en una celebración para todos nosotros. Se tomó la decisión y el jubileo se incluyó en nuestro calendario.

Luego, todos los abades regresaron a casa. Yo estaba muy entusiasmado, pero poco a poco me di cuenta de que se trataba de una empresa gigantesca. Organizar un jubileo mundial que se celebraría en diferentes países y culturas no es simplemente otra actividad menor, que yo o mis pobres secretarios pudiéramos hacer de pasada, además de todo lo demás. Esto iba a requerir energía, tiempo y dedicación.

 

Preparativos

A principios de 2025 comenzamos a prepararnos en serio. Pedimos a unos 40 pensadores y escritores de nuestro mundo monástico que nos enviaran sus reflexiones sobre este jubileo. Recibimos respuestas fabulosas, se están recopilando en un libro que, espero, vea pronto la luz. Servirá de inspiración a todos aquellos que participen en este jubileo.

A medida que la idea del jubileo iba tomando forma, pronto quedó claro que se necesitaría más gente para asumir el trabajo. Creamos un comité directivo y, más recientemente, también un comité científico que supervisa aquellas actividades que requieren un cierto rigor y seriedad académicos. Y lo más importante, encontramos a alguien que aceptó el nombramiento como coordinador internacional del jubileo, el Sr. Adam Simon, que vive cerca de Londres. Adam Simon probó la vocación benedictina en su juventud. Más tarde se casó, formó una familia y tuvo una exitosa carrera empresarial, pero nunca perdió su amor por san Benito y la vida monástica. Formó parte de la «Comunidad Laica de San Benito», un experimento que comenzó en la Abadía de Worth, en el Reino Unido, y que más tarde se independizó. Se trata de un grupo dinámico de varios cientos de «benedictinos laicos». Adam Simon es actualmente su líder. Aporta a este cargo un profundo conocimiento y amor por la vida benedictina, grandes dotes organizativas, una amplia red de contactos y un entusiasmo contagioso.

También necesitábamos asistencia profesional. La agencia londinense Peter’s House, especializada en facilitar el crecimiento eficaz de los ministerios católicos, resultó ser de gran ayuda. Ayudaron a los obispos ingleses a convertir la canonización de Newman en un acontecimiento popular, y prometen ayudarnos a lograr algo similar.

Pero basta ya de hablar de la organización.


Los principios de este jubileo

Desde el principio quedó claro que este no debía ser un evento de autocomplacencia, sino más bien una ocasión para dar gracias y reflexionar, incluso para «hacer examen de conciencia», como dijeron algunos.

También debería convertirse en un jubileo para toda la familia benedictina, no solo para nosotros aquí en Italia. Este jubileo será descentralizado. La idea es animar a los monasterios, congregaciones, regiones y países a organizar sus propias actividades jubilares, utilizando de forma creativa los recursos que estarán disponibles, pero sin que haya una autoridad central que decida qué forma parte del jubileo y qué no, lo cual es “muy benedictino”, en otras palabras: una semilla que se siembra y que puede dar fruto de diferentes maneras en diferentes lugares.

El jubileo también se concibe como una invitación. Queremos que llegue no solo a nuestros propios monjes y monjas, sino también a los oblatos y laicos benedictinos, a los buscadores y peregrinos, a la Iglesia en general, a los jóvenes, a los amigos ecuménicos, a los socios interreligiosos y a los líderes políticos y culturales.

Se espera que el jubileo deje un legado, al igual que lo hicieron los jubileos anteriores. Hablaré de ello más adelante. Prepararemos publicaciones y traducciones, tanto académicas como de divulgación. Esperamos contar con nuevos recursos digitales, obras de arte, películas, música y quizá incluso obras de teatro. Ya se está haciendo evidente que el jubileo acercará aún más a nuestras comunidades. Un centro digital que conecte nuestros monasterios, monjes y monjas, las actividades del jubileo y todos los demás que participen creará una familia benedictina mucho más fuerte.

Todo esto no debería limitarse a estallar en 2029 para luego volver a desvanecerse. Habrá un camino, o más bien una preparación gradual hacia el año jubilar. Le hemos dado a esto una estructura muy sencilla que sigue las etapas de la vida de San Benito:

2026 como el Año de Nurcia con el tema «Despertar»,

2027 como el Año de Roma – «Escuchar»,

2028 como el Año de Subiaco – «Crecer»,

2029 como el Año de Montecassino – «Florecer».

Con el tiempo habrá material disponible —textos, oraciones, meditaciones, audio y vídeo— que dará contenido a esos años y temas, permitiendo a nuestras comunidades trabajar con ellos y prepararse para el año jubilar.

 

«Lugares de esperanza desde el año 529»

El subtítulo del Jubileo Benedictino es «Lugares de esperanza desde el año 529». Estas palabras están cargadas de significado. «Lugares» se refiere a los monasterios. En el origen de todo esto está Montecassino, el lugar que san Benito eligió para establecer una forma de vida que contribuyó a transformar el cristianismo occidental. A través del voto de estabilidad, los benedictinos nos vinculamos a una comunidad en un lugar concreto, no a un ideal abstracto ni a una organización internacional. En esta edición del Boletín hay también un emotivo artículo de Dom Luca Fallica, abad de Montecassino, sobre el significado histórico y espiritual de Montecassino para todos nosotros.

La Iglesia Católica está organizada generalmente de forma territorial: conferencias episcopales nacionales, provincias eclesiásticas, diócesis, decanatos, parroquias. En muchos lugares, esa organización territorial ya no funciona. Los fieles (¡y más aun los que buscan!) vinculan su experiencia religiosa a lugares, santuarios y monasterios. Los benedictinos proporcionan estos lugares. Incluso cultivan un «amor por el lugar», como escribió Michael Casey OCSO en uno de sus libros.

San Benito escribió su Regla como un documento de esperanza. Esta tiene muchas facetas, y no dejan de inspirarme. «Jamás desesperar de la misericordia de Dios», escribe al final del capítulo 4. Toda la Regla es una oferta de esperanza para una vida buena que nos acerque a Dios. Muchos de nuestros monasterios son lugares de esperanza para visitantes, huéspedes y peregrinos.

La experiencia desde el año 529, en definitiva, ha sido una de altibajos, a veces de supervivencia, a veces de colapso y muerte, y una y otra vez de renacimiento. «Succisa virescit», ese antiguo lema benedictino no oficial, resume este sentido de la esperanza: ¡lo que ha sido cortado vuelve a florecer!

 

Jubileos pasados

No es la primera vez que los benedictinos se han preparado para celebrar. Destacan los años 1880, 1929 y 1980. El primero de ellos contribuyó a generar la dinámica que condujo a la fundación de San Anselmo y de nuestra Confederación. Un legado de 1980 es «RB 1980», una traducción y comentario de la Regla de San Benito que sigue siendo la versión más utilizada en el mundo angloparlante. Esperamos que 2029 nos deje con lazos más fuertes y una comprensión más profunda de quiénes somos.

 

Una reflexión personal

Últimamente he intentado comprender mejor el siglo VI. El monacato benedictino surgió en una época de grandes convulsiones, marcada por el colapso del Imperio Romano de Occidente, las «invasiones bárbaras» y el ocaso del mundo clásico. Da la casualidad de que, ese mismo año, el 529, el emperador Justiniano cerró la milenaria Academia de Platón en Atenas. Consideró que ya no era necesaria. En medio de toda esta agitación, se creó una nueva forma de vida que proporcionaba un espacio protegido para un nuevo tipo de aprendizaje, cristiano y monástico.

Los últimos años han sido testigos de una agitación a escala global, y se vislumbra más en el horizonte. Es muy posible que estemos entrando en otra era de turbulencias, un cambio de época. Un jubileo reflexivo puede ayudarnos a prepararnos para los tiempos difíciles que se avecinan y a centrarnos en lo que nuestra tradición monástica puede ofrecer a estos nuevos tiempos que se avecinan: un cristianismo humilde y arraigado, y un sentido de la humanidad y la resiliencia.Montecassino es un símbolo de todo eso. También es una realidad viva, y es con gran alegría que hemos sido testigos recientemente de un resurgimiento de vitalidad en esa antigua casa de nuestro padre. Estoy bastante convencido de que este jubileo será algo positivo, tanto para el Archicenobio como para todas nuestras casas —y también para muchas otras—.

Para obtener más información, visita www.jubilee.osb.org.

Montecassino es un símbolo de todo eso. También es una realidad viva, y es con gran alegría que hemos sido testigos recientemente de un resurgimiento de vitalidad en esa antigua casa de nuestro padre. Estoy bastante convencido de que este jubileo será algo positivo, tanto para el Archicenobio como para todas nuestras casas —y también para muchas otras—.

 

Para obtener más información, visita jubilee.osb.org

529-2029: Convertirnos en Peregrinos en el Tiempo

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529-2029: el Jubileo de la Vida benedictina


Abad Antonio Luca Fallica, OSB

Abad de Montecassino

 

529-2029 : Convertirnos en Peregrinos en el Tiempo, para Saborear Días de Felicidad

 

 

«¿Quien es el hombre que quiere la vida y desea ver días felices?» (RB, Prólogo 14–15) Con esta pregunta, que resuena en el Prólogo de su Regla, san Benito se dirige también a nosotros. Desear la vida auténtica es ser capaz de saborear con alegría el lento transcurrir de los días. Nuestro deseo se pone a prueba: ¿qué anhela verdaderamente nuestro corazón? La propia palabra «deseo» nos da una pista. Su etimología la vincula al latín sidera —«estrellas»— y, por tanto, a un mundo que está por encima de nosotros, que no podemos conocer ni controlar de forma inmediata con nuestros sentidos. Se hace eco de la promesa de Dios a Abraham: tus descendientes serán como las estrellas, si es que puedes contarlas.

Otra lectura etimológica destaca el prefijo «de» ante «sidera». «De» sugiere una carencia, que a su vez enciende una búsqueda. Anhelamos las estrellas porque nos faltan. Sin embargo, «de» también puede significar apartarse, dar un paso al costado. El deseo, entonces, puede invitarnos a dejar de mirar hacia arriba, a las estrellas. Dos caminos se abren ante nosotros: anhelar lo que nos falta, o dejar de buscar fuera de nosotros mismos lo que se puede encontrar en nuestro interior. La Regla de San Benito nos señala este segundo camino.

«Y cuando hayáis cumplido esto—si decís lo que es bueno y hacéis lo que es bueno—, mis ojos estarán fijos en vosotros y mis oídos atenderán vuestras súplicas; y antes incluso de que me invoquéis, os diré: “Aquí estoy”» (RB, Prólogo 18).

El encuentro con el Señor es la plenitud de nuestro anhelo de una vida feliz. Lo que nos falta no hay que buscarlo en alguna estrella lejana, sino en el bien que decimos y en el bien que hacemos, aquí y ahora. Allí se hace presente Dios, con su don y con la felicidad que ha prometido.

Cuando Benito abandona Subiaco y se dirige a Montecassino, donde fundará el monasterio que ahora custodia sus restos mortales, junto a los de su hermana Escolástica, lo que anima y sostiene su camino no son solo las penurias o las decepciones causadas por la hostilidad del sacerdote Florencio, sino su deseo de Dios y su búsqueda del rostro de Dios. Esto queda claro por el hecho de que, al enterarse de la muerte de Florencio, Benito llora por su enemigo y reza por él, pero no da media vuelta. Continúa su camino, porque es un itinerario espiritual que no depende de las circunstancias históricas, aunque madure en medio de ellas.

Además, lo primero que hace Benito al llegar a esta montaña es un gesto deliberadamente anti idólatra: destruye los templos y altares paganos que encuentra allí. En su lugar, construye un oratorio dedicado a san Martín y, después, en la cima de la colina, una capilla dedicada a san Juan Bautista, donde él mismo será enterrado junto a Escolástica. Incluso hoy, la lucha contra la idolatría —contra los muchos ídolos que amenazan nuestra fe— debe seguir siendo central en la vida monástica y en su búsqueda del verdadero rostro de Dios. No es menos significativo que Benito confíe esta búsqueda a la protección y la intercesión de san Martín y san Juan Bautista. San Martín es aquel que vive en la entrega total, desde el manto compartido con el pobre hasta su disposición —según Sulpicio Severo— a no rehuir el esfuerzo ni siquiera en la debilidad de la muerte inminente, para estar al servicio del pueblo que Dios le ha confiado. San Juan es quien nos señala al Señor, ayudándonos a reconocer su presencia entre nosotros a través de un camino de humillación, de descenso: «Es necesario que él crezca y que yo mengüe», como testifica en el cuarto Evangelio. Esta lógica se sitúa en el polo opuesto a las formas de pensar idólatras, que, por el contrario, nos aprisionan en el interés propio y la autoafirmación. Benedicto vive esta peregrinación en la fe, la esperanza y la caridad, probablemente en el año 529. Por eso nos estamos preparando para celebrar, dentro de tres años, en 2029, el 1500º aniversario de la fundación de Montecasino. Aquí vivirá y morirá Benito, tras haber escrito la Regla que hoy guía el camino de monjes y monjas en todo el mundo. Por esta razón, el Jubileo de 2029 no concierne solo a la Abadía de Montecasino y a la comunidad que aún la habita, ni solo al territorio circundante, ni siquiera a los cientos de miles de peregrinos que llegan aquí cada año desde todos los rincones del mundo. Concierne a todo el mundo monástico, a todas sus familias, tanto a hombres como a mujeres, que encuentran en la Regla de San Benito una referencia indispensable para la vida comunitaria y para el camino espiritual de cada persona.

A lo largo de la historia, Montecasino ha desempeñado un papel fundamental y motor no solo en la vida monástica y la búsqueda espiritual de Dios, sino también en muchas otras dimensiones de la vida humana: el trabajo y la cultura, el arte y la historia, la organización social y las estructuras económicas. Cuando san Pablo VI proclamó a san Benito Patrón de Europa aquí en Montecasino el 20 de octubre de 1964, en la carta apostólica Pacis nuntius, utilizó tres imágenes para resumir la contribución insustituible del monacato benedictino a la construcción de la civilización europea —y más allá, ya que su influencia ha llegado a todos los rincones de la tierra. Para el papa del Concilio, la cruz, el libro y el arado son los tres signos emblemáticos que expresan lo que el monacato, irradiado originalmente desde Montecassino, ha representado y puede seguir representando para la vida humana en todas sus expresiones. En la lógica «et… et…» característica de Benedicto, lo que importa no son las imágenes individuales en sí mismas, sino el hecho de que pertenecen juntas. La cruz —es decir, la fe— se convierte en el libro, y así en cultura; la cultura, a su vez, se encarna en el trabajo, y así en un compromiso histórico compartido con la transformación del mundo. Al mismo tiempo, el compromiso histórico se inspira en la fe y se anima con una visión cultural; la cultura en sí misma no separa a Dios de la persona humana, ni la inmanencia de la trascendencia; la vida espiritual es una huida de la mundanalidad, no del mundo, y no solo da alma al trabajo, sino que se nutre del trabajo mismo, abrazándolo como un lugar de crecimiento humano y espiritual. El P. Bartolomeo Sorge, en su discurso pronunciado en Montecasino en 1980 con motivo del decimoquinto centenario del nacimiento de San Benito, lo expresó así: «En esta síntesis de fe, cultura y trabajo reside la esencia del mensaje de San Benito, la originalidad de la institución benedictina. En esta síntesis de la cruz, el libro y el arado reside también la inspiración, la idea misma de Europa». Y podríamos añadir: no solo de Europa, sino de toda comunidad humana auténtica, dondequiera que se encuentre.

Por estas y muchas otras razones —que no es posible explorar aquí por falta de tiempo y espacio—, el Jubileo de 2029, en el que recordaremos los 1500 años de vida de Montecassino, con sus cuatro destrucciones y otros tantos renacimientos, debe ser algo más que una conmemoración de la construcción de un monasterio. Debe ser una memoria viva, aún vital hoy, capaz de dar sentido a nuestro presente y de abrirlo a un horizonte de esperanza. Puede y debe convertirse en una memoria profética. En hebreo, la raíz zakar designa tanto la memoria como el elemento masculino que fecunda al femenino para generar nueva vida. Así ocurre con la memoria auténtica: hace fecundo nuestro presente y genera un futuro diferente.


Nosotros, los monjes de Montecasino, conscientes de este legado —que deseamos no solo celebrar, sino sobre todo vivirlo y hacerlo vivo—, esperamos que todo el mundo monástico, que durante este Jubileo pueda converger, al menos idealmente, en Montecasino, se expanda de nuevo desde Montecasino hacia todos los rincones de la tierra, allá donde las comunidades benedictinas de hombres y mujeres vivan, recen, trabajen, estudien y ofrezcan hospitalidad. Al hacerlo, nos planteamos esta pregunta: ¿cómo nos plantea un desafío, hoy y para el mañana, la historia que recordamos? ¿Qué pueden y deben significar la cruz, el libro y el arado para nuestro mundo, nuestras culturas, nuestros pueblos, nuestro encuentro con otras tradiciones religiosas y culturales? ¿Cómo podemos mantener viva, para los hombres y mujeres de nuestro tiempo, la pregunta con la que San Benito sigue dirigiéndose a nosotros: «¿Quién es el que desea la vida y anhela ver días felices?» ¿Cómo podemos ayudar a nuestra gente hoy —y a todos los que, por cualquier motivo, se acercan a nuestras comunidades— a no descuidar esta pregunta, sino a buscar respuestas sabias y concretas?

Montecassino nace de una peregrinación: la que emprendió San Benito al partir de Subiaco. No fue solo un viaje geográfico, sino también espiritual. ¿Cómo nos permite el recuerdo del camino que él recorrió hace 1500 años volver a convertirnos en peregrinos —por los caminos de la búsqueda de Dios, de lo auténticamente humano, de la justicia y la paz, de la verdad y la bondad?

Desear la vida es anhelar días felices. La vida y su felicidad necesitan ver días felices; deben encarnarse en el tiempo y el espacio. Deseamos recordar lo que sucedió hace 1500 años, y lo que se ha desarrollado a lo largo de estos quince siglos, para discernir, por la gracia de Dios —Padre de nuestro Señor Jesucristo— y a la luz de su Espíritu Santo, qué espacio y qué tiempo debemos configurar hoy para que la vida humana encuentre sentido y llegue a regocijarse en la alegría de un deseo cumplido.

Presentación del Libro del Jubileo

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529-2029 : el Jubileo de la Vida benedictina


Adam Simon, Coordinateor del Proyecto Jubileo 2029

 

Lugares de Esperanza: Presentación del Libro del Jubileo con Motivo del 1500.º Aniversario de la Orden Benedictina

 

 

«¡celebrar un jubileo de 1500 años!». La hermana Myrèse Dupagne OSB, del monasterio de Notre-Dame d’Hurtebise (Bélgica), comienza con ese asombro que nos deja sin aliento. Quince siglos son «vertiginosos»; y, sin embargo, precisamente porque nuestra época está tan marcada por lo efímero y lo frágil, el jubileo se convierte en una provocación. Si algo puede durar tanto tiempo, entonces quizá nuestra esperanza no sea en vano después de todo.

Este nuevo libro jubilar —Lugares de esperanza desde el año 529— recoge voces de todo el mundo benedictino (y mucho más allá), en muchos idiomas y desde muchos contextos, en torno a una pregunta que el abad Jeremias Schröder, abad primado de la Confederación Benedictina, planteó a los colaboradores:

«¿Les resuena la visión de “Lugares de esperanza”? ¿Qué esperanza veis surgir del 1500.º aniversario de la fundación de Montecasino por San Benito?»

Las respuestas son ricas y variadas, y el libro se publicará a lo largo de 2026 como una invitación a comenzar a prepararse para el Jubileo. Los colaboradores no pretenden que los monasterios sean perfectos ni que la historia haya sido benévola. Hablan, en cambio, de una esperanza que ha sobrevivido al colapso, a la guerra, a la agitación cultural, al agotamiento interior y al lento dolor de la disminución. Nos invitan a reconocer la esperanza no como optimismo, sino como una forma de vida: un modelo de oración y trabajo, comunidad y conversión, hospitalidad y perseverancia.

 

Un estribillo global: Ghana como «lugar de esperanza»

Para poner de relieve el carácter genuinamente global de esta recopilación, uno de los ejemplos más elocuentes es el del P. Louis Kwadwo Osei OSB, de Kristo Buase (Ghana). Él plantea una idea fundamental: la esperanza que irradia Montecassino no se limita a una ladera en Italia. Ha viajado —a través de culturas, lenguas y continentes— y se ha arraigado en cada lugar sin perder su esencia.

Kristo Buase habla de un lugar benedictino de esperanza en África Occidental, entretejido con la comunidad que lo rodea. La tradición está viva. La Regla se vive en suelo africano, traducida a las realidades locales, encarnándose en el lenguaje, la música y la vida comunitaria. Aunque Kristo Buase está geográficamente lejos de Montecassino, comparte el mismo latido: un compromiso con la oración, el trabajo, la hospitalidad y la paz.

 

El «vacío» en el centro: hacer espacio para Aquel que da esperanza

La Hna. Myrèse ofrece una imagen de la fuente de nuestra esperanza: el espacio vacío en el corazón de la arquitectura monástica —la plaza abierta del claustro, el hueco deliberado del coro, la negativa a llenar cada centímetro por comodidad o eficiencia. ¿Por qué este vacío?, pregunta. ¿No da testimonio de que no somos nuestro propio centro —«que nuestro mundo está habitado por alguien más grande que él mismo»?

Es una pregunta profundamente benedictina, porque es práctica. No parte de teorías sobre la esperanza. Parte de la forma de un lugar construido para seguir haciendo espacio: espacio para Dios, espacio para la comunidad, espacio para el huésped, espacio para el futuro que no podemos controlar. En ese vacío, sugiere ella, dejamos que surja la presencia de Dios —su esperanza para nuestro mundo— y volvemos a aprender la paradoja de una vida de despojo de uno mismo.

 

La esperanza que surge de las ruinas

Una y otra vez, el libro vuelve a Montecassino: fundado, destruido, reconstruido; hecho añicos, recompuesto; perdurando no como un símbolo de invulnerabilidad, sino de resurrección. Los ensayos nos recuerdan que la esperanza no niega la devastación; aprende a empezar de nuevo. ¿Quién mejor para describir esto que el abad Luca Fallica de Montecassino?

«Desde que llegué en 2023, me he encariñado especialmente con un lugar dentro de la abadía: la “celda de San Benito”, en el interior de la torre romana mencionada por San Gregorio Magno en el Libro II de los Diálogos. Tras la reconstrucción que siguió a la destrucción de la guerra de 1944, se pintaron frescos en sus paredes que muestran escenas de la vida de Benito —escenas que Gregorio sitúa precisamente en ese escenario—. Dos de ellas me conmueven especialmente. En la pared izquierda, Benito predice la primera destrucción de Montecassino, a manos de los lombardos en 577. Enfrente, en la pared derecha, contempla el alma de su hermana Escolástica entrando en el cielo en forma de paloma. Una frente a otra, estas escenas nos invitan a leer las tragedias de la historia, simbolizadas por la destrucción de la abadía, a la luz del cumplimiento que Dios nos promete. La esperanza necesita esta doble visión, unida en una sola por la mirada con la que Benito ve al mundo entero reunido en un único rayo de sol».

 

Esperanza en un mundo agotado: acompañamiento y «desplazamiento de la esperanza»

Si el mundo moderno puede parecer un torrente incesante de malas noticias, el abad Christopher Jamison OSB, abad presidente de la Congregación Benedictina Inglesa (Reino Unido), define el problema con una expresión ya conocida: «desplazamiento de la fatalidad». Contrasta esto con el ritmo diario del monasterio, donde la liturgia y las Escrituras forman una especie de «desplazamiento de la esperanza»: un paciente retorno, día tras día, a la Buena Nueva que no desaparece cuando cambian los titulares.

Jamison relaciona esto con el llamamiento del papa Francisco al arte del acompañamiento de la Iglesia, una forma de caminar con las personas que trata al otro como terreno sagrado. En este sentido, el monasterio no es solo un refugio; es también una escuela de la atención: entrena los corazones para escuchar, para esperar, para confiar en que el Espíritu ya está actuando. En una cultura que premia la rapidez, el monasterio ofrece algo contracultural: un acompañamiento constante.

 

La era digital: renovación sin perder la esencia

Varias contribuciones hablan con franqueza sobre el declive, el cansancio y los puntos de tensión de la vida monástica contemporánea. El P. Jaechan Anselmo Park OSB, de la Abadía de San Benito de Waegwan (Corea), comienza con el dolor de ver cómo las comunidades envejecen y el temor de que la esperanza se desvanezca. Sin embargo, rechaza la desesperación, inspirándose en la estimulante paradoja de Thomas Merton: la esperanza perfecta se encuentra al borde de la desesperación, cuando el poder de Dios se revela en nuestra debilidad.

A partir de ahí, Park sostiene que una esperanza creíble en la era digital requiere una renovación reflexiva: una vida comunitaria marcada por la confianza y el liderazgo participativo; una formación que incluya la reflexión sobre la ética digital y la integración responsable de la tecnología; y prácticas que ayuden a las personas a recuperar el silencio y la atención. El objetivo no es perseguir la novedad, sino proteger el corazón contemplativo para que pueda seguir siendo un don para el mundo.

 

Un servicio que revela la «distancia» del Evangelio respecto al mundo

La Hna. Joan Chittister OSB, del Monasterio de Mount St Benedict (EE. UU.) es, como siempre, a la vez profética y práctica. Insiste en que, con 1500 años a nuestras espaldas, los monasterios deben ampliar su ámbito de influencia: convirtiéndose en centros de contemplación, conciencia social, desarrollo espiritual y comunidad.

Ella acentúa el significado del servicio monástico invitando a las comunidades a señalar «la distancia entre el mundo en el que vivimos y el Evangelio que predicamos». Y tiene un instinto misionero que le permite saber dónde se encuentra la gente hoy en día: la gente está en Internet, y ahí es donde debemos estar nosotros, haciendo sonar las campanas del monasterio de nuevas formas.

 

Un adelanto de otras voces bien conocidas

Junto a estas reflexiones, la recopilación incluye también una serie de colaboradores ampliamente reconocidos, que aquí se presentan a modo de adelanto:

Abad Christian Temu OSB, Abadía de Ndanda (Tanzania)

Hna. Lynn McKenzie OSB, Moderadora de la CIB (EE. UU.)

P. Michael Casey OCSO, Abadía de Tarrawarra (Australia)

Dr. Rowan Williams, ex arzobispo de Canterbury (Reino Unido)

Hna. Mary John Mananzan OSB, Academia de Santa Escolástica (Filipinas)

Hno. Matthew, prior de Taizé (Francia)

Cardenal Gianfranco Ravasi (Italia)

Hna. Asha Thayyil OSB, Madre Priora, Hermanas Benedictinas de Santa Lioba (India)

P. Anselm Grün OSB, Abadía de Münsterschwarzach (Alemania)

 

¿Por qué este libro y por qué ahora?

El abad Jean Pateau OSB, abad de Fontgombault (Francia), nos invita a cultivar otra forma de libertad. Con la llegada del jubileo, exhorta a la Orden a recuperar la vida de nuestro fundador y a vivir la Regla; y concluye, haciendo suya la insistencia del propio san Benito, con el último instrumento de la esperanza: «Nunca desesperar de la misericordia de Dios».

El jubileo trata de la renovación y la esperanza en el futuro. Se trata de redescubrir lo que el P. Mauro-Giuseppe Lepori, abad general de los cistercienses, llama la «primavera» de Montecassino. Un lugar se convierte en portador de esperanza cuando es una «fuente inagotable» de vida y paz, porque un agua viva sigue fluyendo a través del lugar y del carisma que este encarna. Para Lepori, esta agua es el amor que brota del corazón traspasado de Cristo; un monasterio se convierte en «fuente» cuando la comunión fraterna se nutre de la comunión filial con el Padre, y «el amor a Dios y el amor al prójimo se entrecruzan». El «vacío» de la Hna. Myrèse vuelve como una invitación final. El centro no nos corresponde a nosotros llenarlo. El centro es de Dios. Si mantenemos ese espacio abierto —arquitectónica, espiritual y comunitariamente—, entonces nuestros monasterios, y nuestras redes de amistad a su alrededor, podrán seguir convirtiéndose en lo que este libro proclama silenciosamente que son: lugares donde la esperanza no solo se explica, sino que se experimenta.

¡Despierta!

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529-2029: el Jubileo de la Vida benedictina


Abad Benedetto Nivakoff, OSB

Abad de Nurcia (Italia)

 

¡Despierta!

 

El gran Jubileo benedictino de 2029 comienza este año en Nurcia con el lema «Despierta», por lo que pensé que podría ser útil compartir la historia de otro despertar ocurrido hace algunos años.

El 24 de agosto de 2016, un terremoto sacudió la antigua ciudad de Nurcia y el monasterio de casi 2000 años de antigüedad que se alza en su plaza central. Eran poco más de las 4:00 de la madrugada, y los monjes estaban a punto de rezar maitines. ¡Despierta! Aunque los daños en el edificio eran evidentes, no fue hasta casi dos meses después, el 30 de octubre a las 7:30 de la mañana (¡De nuevo, despierten!), un terremoto mucho más fuerte —de 6,8 en la escala de Richter— hizo que el campanario del siglo XV se derrumbara sobre la nave de la basílica del siglo XII, llegando hasta la cripta donde nacieron los Santos Gemelos en el año 480.

Ese día, algunos de nuestros monjes se encontraban justo al lado de la iglesia, preparándose para celebrar la misa en la tienda de recuerdos para los pocos fieles que permanecían en el centro histórico. Por un milagro, ellos, y muchos otros, se salvaron. Era el día del cambio de hora y, debido a esta fortuita coincidencia, la mayoría de la gente aún dormía en lugar de seguir con su rutina matutina habitual.

Así, los monjes de Nurcia tomaron nuestro lugar, siguiendo los pasos de los monasterios de todo el mundo que han sabido hacer frente a todo tipo de tragedias. Cuántas veces habíamos leído en el refectorio la historia de famosas abadías que fueron destruidas por incendios, inundaciones o invasores. Basta con leer la Vida del propio San Benito y la visión que tuvo de que todo Monte Casino sería arrasado y solo sobrevivirían los monjes, para recordar dónde nos situábamos en esta secuencia. No estábamos solos. Y, sin embargo, cuando ocurre un acontecimiento así, uno no ve inmediatamente su lugar en los libros de historia. Uno ve necesidades urgentes que satisfacer por todas partes. Aquella fresca mañana de octubre, vimos una nube de humo en forma de hongo elevarse desde la ciudad, desde nuestra atalaya en la ladera de la montaña, y supimos que la primera y más apremiante necesidad era la de los últimos sacramentos. ¡Despierten! Se ordenó a los hermanos de la abadía que se arrodillaran y rezaran por los muertos; los sacerdotes se apresuraron al centro de la ciudad con estolas y óleos sagrados en la mano.

La devastación era intensa y había escombros por todas partes. Encontramos heridos, pero, para nuestra gran sorpresa, ningún muerto. Guiamos a los bomberos a través de los escombros y las peligrosas calles hasta las casas de personas mayores que conocíamos y que probablemente no habían podido salir. Tuvimos que presionar enérgicamente a los bomberos para que derribaran la puerta del convento de las monjas clarisas, de quienes sabíamos que solo saldrían por la fuerza. Los equipos de primera intervención estaban seguros de que las monjas se habían marchado. Nosotros estábamos seguros de que no. Cuando por fin se derribó la puerta y se descubrió a las hermanas rezando alrededor del altar, no fue tanto un momento de «se lo dije» como de sorpresa y alegría para todos. Y, sin embargo, no había tiempo que perder: había que visitar otras casas. Y rápido.


Se necesitaron excavadoras para despejar los caminos y rescatar a las aproximadamente 150 personas que se habían reunido en el único espacio abierto que quedaba, la plaza central. En una imagen que se hizo «viral», se fotografió a un monje dirigiendo a los fieles en oración de rodillas. Los demás monjes ayudaron a organizar las salidas. Guiamos a equipos de relevo por el Corso central junto con el personal de emergencias, después de que se considerara que el túnel de escape medieval era inaccesible y peligroso. Lo difícil de un terremoto, a diferencia de otros desastres, es que nunca se sabe cuándo ha terminado. Puede parecer que todo está en calma, que ya no hay temblores, y solo un segundo después, todo vuelve a temblar y a derrumbarse.

Los días, semanas, meses y años que siguieron trajeron consigo muchos retos. Con la ayuda de Dios, tantas cosas que parecían imposibles se hicieron posibles. A los monjes y monjas de todo el mundo que puedan leer estas palabras, les recordaría que nuestro voto de Conversatio es a menudo solicitado de la forma más inesperada. El día de nuestra Profesión, cada monje escucha las palabras: «Surge qui dormit», ¡Levántate, tú que duermes! ¡Despierta! Y, por supuesto, ese día pensamos que levantarnos fue precisamente lo que habíamos hecho.

Pero Dios tiene en mente tantos otros momentos, tantas otras «llamadas de atención». ¿Habríamos aceptado este camino si hubiéramos sabido lo que nos esperaba? Quizás no. En la sabiduría de Dios, a menudo decimos «Sí» a Dios, a «¡Despierta!», cuando somos muy jóvenes y esto parece fácil.

Y al igual que en el matrimonio, pueden pasar años o décadas hasta que la llamada a despertar (o a ¡Escuchar!, como dicen las primeras palabras del Prólogo) se escuche finalmente de verdad. En ese momento, serán los pequeños «síes» que hemos dado a lo largo de toda nuestra vida, a menudo en asuntos muy pequeños, los que nos ayudarán a decir «Sí» a uno grande. O será la primera vez que tantos «noes» pronunciados anteriormente se conviertan en nuestro primer «Sí» verdadero.

Dame Hilda Wood

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Grandes figuras de la vida monástica

Monjas Benedictinas de la Abadía de Stanbrook

Inglaterra

 

Dame Hilda Wood

1934-2025

 

La hermana Hilda fue monja de Stanbrook (Reino Unido) durante casi 70 años. La Congregación Benedictina Inglesa, de la que forma parte Stanbrook, es históricamente una congregación misionera, pero mientras los monjes partían «en misión», la hermana Hilda, desde el recinto del monasterio, trabajaba con dedicación y amor por las comunidades de todo el mundo que viven según la Regla de San Benito. Formó parte de AIM desde sus inicios y solía decir lo mucho que disfrutaba trabajando con Dom Marie-Bernard de Soos, quien se convirtió en presidente de AIM en 1984. Desde su «pigeonnier», su pequeña y oscura celda de trabajo en la quinta planta del monasterio de Worcester, distribuía estipendios a monasterios necesitados, reunía libros monásticos y espirituales de segunda mano y los enviaba por tierra a todo el mundo (y se preguntaba por qué tardaban tanto en recibir un «¡gracias!»). Tradujo al inglés, del francés original, el Curso de espiritualidad monástica de Dom Luc Bresard OCSO y colaboró en la publicación de Testigos de Cristo, una serie de textos paleocristianos, patrísticos y monásticos. Principalmente, trabajó en la edición inglesa del Boletín, traduciendo artículos del francés cuando era necesario (a veces se notaba que no dominaba el idioma al 100 %) y maquetándolos para su impresión. Este era sin duda su trabajo más estresante, como podemos atestiguar quienes formamos parte de su comunidad, ya que durante el periodo previo a cada publicación se ponía un poco de mal humor. Pero se le pasaba enseguida y siempre se sentía orgullosa, y con razón, del resultado final. Conocía el nombre y la historia de casi todos los monasterios a los que ayudaba AIM. De vez en cuando, iba a Vanves para asistir a reuniones, deleitándose con el hecho de ser la primera monja de Stanbrook en utilizar el entonces nuevo Eurostar. Solo una vez hizo un viaje de larga distancia: a Nueva Orleans, un viaje que disfrutó muchísimo, y de donde regresó intentando, sin éxito y para diversión de muchos, imitar el característico acento de Nueva Orleans.

Solo una vez hizo un viaje de larga distancia: a Nueva Orleans, un viaje que disfrutó muchísimo, y de donde regresó intentando, sin éxito y para diversión de muchos, imitar el característico acento de Nueva Orleans. La liturgia y la lectio eran su vida. Mientras pudo, celebró el Oficio en la iglesia con la comunidad. Austera, frugal y apasionadamente ordenada, solo permitía que un libro permaneciera fuera todo el día en su celda: su Biblia, abierta sobre su escritorio en la página de la lectio del día.

Tras romperse la cadera en una caída, la Hna. Hilda pasó el último periodo de su vida en una residencia. Luchadora hasta el final, llegó a reprocharle a Dios que la mantuviera con vida tanto tiempo: anhelaba estar con Él. En las primeras horas del 3 de septiembre de 2025, fiesta de San Gregorio Magno, quien inició la conversión de los ingleses, falleció, lista para vivir en la presencia de Dios para siempre. Casi se la podía oír decirle a Dios: «¡Bueno, ya era hora!».

El P. Augustine Baker (1575-1641): ¿Un guía benedictino para el siglo XXI?

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Grandes figuras de la Vida monástica

Hna. Laurentia Johns, OSB

Abadía de Stanbrook (Inglaterra)

 

EL P. Augustin Baker (1575-1641):

¿Un guía benedictino para el siglo XXI?

 

…¿Puedo resumir en una sola palabra tu verdadero camino hacia

el Paraíso? Es vuestra Regla, observadla bien;

protegerá vuestras almas del infierno.

Agustín Baker, «Tratado espiritual titulado A.B.C.» (c. 1627)


¿Quién fue el P. Augustine Baker?

Augustine (David) Baker fue un monje y sacerdote benedictino británico, nacido en Gales en el seno de una familia que, en apariencia, se había adherido a la Iglesia anglicana. Abogado de formación, tras una dramática experiencia de conversión cuando tenía veinticinco años, se convirtió al catolicismo, se hizo monje y sacerdote. Baker fue uno de los padres fundadores de la Congregación Benedictina Inglesa (EBC) «moderna» o «restaurada». Su labor jurídica está detrás de Apostolatus Benedictinorum in Anglia (1626), el voluminoso tomo que se propone demostrar la continuidad entre los benedictinos de Inglaterra anteriores y posteriores a la Reforma. En él se identifican cuatro dones (charisma) que marcan la vida benedictina en Inglaterra desde la Alta Edad Media: la celebración solemne del Oficio Divino, la hospitalidad, la clausura y el estudio. Como monje-sacerdote benedictino inglés afincado en Francia en una época en la que era ilegal ser sacerdote en Gran Bretaña, Baker dedicó varios años a la peligrosa misión de atender a la población católica de Inglaterra. Murió de fiebre en el Londres asolado por la peste en 1641.

Los años más fructíferos para su producción espiritual escrita fueron los que pasó en el recién fundado monasterio benedictino para monjas de Cambrai, en Flandes (hoy Abadía de Stanbrook, Inglaterra). Allí fue enviado en 1624 por el abad presidente, Rudesind Barlow, en respuesta a una petición de las monjas, que buscaban un guía que las introdujera en la oración contemplativa. Entre 1624 y 1633, Baker escribió unos 40 tratados para la comunidad incipiente sobre cómo llevar una vida de oración en un contexto benedictino; para convertirse, en sus propias palabras, en «vivientes interiores». A menudo recopilaciones de enseñanzas orales, estos tratados son en su mayoría breves y prácticos, y abarcan temas como «Discreción», «Confesión» e «Instrucciones para la contemplación», pero su traducción y comentario de la Regla de San Benito, presentada a la abadesa Catherine Gascoigne de Cambrai en 1633, alcanza casi las 500 páginas. Baker fue también un prodigioso coleccionista, traductor y recopilador de obras que podían alimentar las mentes y los corazones de sus jóvenes pupilos, por ejemplo, Los dichos de los Padres del Desierto, Casiano, los Padres de la Iglesia y contemporáneos más cercanos como Ludovicus Blosius (1506-1566), así como muchos autores espirituales medievales.

¿Qué puede aportar la enseñanza de Baker a los monjes y monjas hoy en día? Augustine Baker escribió sus tratados originales para monjas benedictinas que tenían muy poca experiencia de la vida monástica —principiantes, como nos recuerda san Benito que todos lo somos. Se dice que las obras de Baker contienen alrededor de un millón de palabras, pero, como muestra la rima al principio de este artículo, su enseñanza es esencialmente sencilla: ¡seguid la Regla! Sin embargo, como cualquier intérprete, tiene una «visión» particular de la Regla que este artículo pretende esbozar.


Panorama general

«La contemplación o (lo que es lo mismo) la oración espiritual, y su perfección, es el fin de nuestra Regla y de nuestra profesión»[1].

Aunque en la RB solo hay un breve capítulo sobre la oración, para Baker toda la Regla tiene por objeto guiar a aquellos que la siguen hasta alcanzar la unión con Dios, una unión que solo se completará en la otra vida, pero que puede comenzar ya en la tierra y que da energía y sentido a la vida monástica. Esto no es nada nuevo. Más de un milenio antes que Baker, Juan Casiano ya había escrito:

«Todo el propósito de un monje, y de hecho la perfección de su corazón, se resume en esta dedicación total e ininterrumpida a la oración».[2]

La búsqueda monástica siempre ha sido este contacto ininterrumpido con Dios, que es un presagio de la vida eterna. Y esto, no como un enclave especial para monjes y monjas, sino para todos los que se toman en serio el don del bautismo como cristianos. San Pablo aconseja a los tesalonicenses que «oren sin cesar» (1 Tes. 5, 17), es decir, que tengan vidas orientadas por completo al Reino de Dios. Así pues, para Baker la oración es una lente con la que contemplar toda la Regla. Identifica siete pasajes de la Regla en los que la unión con Dios se da a entender con mayor fuerza (RB: Prólogo 2; 7, 67-70; 58, 7; 62, 4; 64, 17-19; 71; 72). Este enfoque del fin, o telos, de la Regla es útil: nos mantiene conscientes de por qué vinimos al monasterio —esperemos que para buscar a Dios—. Y nos impide quedarnos atascados en detalles, rúbricas o costumbres. No es que estos no sean importantes…


Los medios: cómo avanzar hacia la unión con Dios

Para Baker, los medios para alcanzar este fin —la unión con Dios— son precisamente todo aquello que la Regla impone a quienes la practican, lo que nosotros incluiríamos bajo el voto de la «conversatio morum». Él enumera:

«Obediencias, sufrimientos, silencios, soledades, lecturas, trabajos, abnegaciones de la voluntad propia, ayunos, abstinencias…».[3]

Y, por supuesto, la práctica constante de la humildad y la caridad.

La oración, también, es un medio, así como el fin o telos de la Regla, tanto la oración vocal del Oficio Divino como la oración personal. Baker recomendaba dos períodos al día de treinta minutos para la oración silenciosa y contemplativa, en espera de Dios. Lo principal es la fidelidad a esta práctica contra viento y marea, tratando de dejar que la capacidad interior dada por Dios para la comunión con Él surja, o más bien, sea sacada a la luz por Dios. Animaba a las jóvenes monjas, especialmente al comienzo de su formación espiritual, a tener un repertorio de frases breves, tal vez versículos de un salmo o de un libro espiritual, para ayudar a fomentar su deseo y mantenerse centradas en «lo único necesario». De nuevo oímos ecos de la enseñanza de Casiano de que los monjes deben repetir con frecuencia «Dios mío ven en mi auxilio, Señor, date prisa en socorrerme» (Sal. 69/70, v. 2).

A nivel personal, he encontrado que este enfoque —considerar los detalles cotidianos de la vida en relación con el panorama general— resulta útil para integrar las prácticas externas de la vida monástica y la vida interior del espíritu, tal y como lo manifiesta el monje Benito en el duodécimo grado de humildad (RB 7: 62-70). En un mundo fragmentado en el que los monjes y monjas se ven tan a menudo empujados en muchas direcciones, dicha integración puede resultar muy beneficiosa, conduciendo a una cierta simplicidad y totalidad.


Libertad del espíritu

Es interesante que Thomas Merton presentara a sus novicios los escritos del padre Baker y de Dame Gertrude More precisamente sobre este punto: la santificación por el Espíritu Santo que la vida monástica (conversatio) produce en el monje o la monja. Aunque la afirmación de Merton de que las monjas habían «abolido el examen de conciencia diario»[4] es una exageración, Baker sí desaconsejaba las confesiones demasiado frecuentes y repetidas y la escrupulosidad, que consideraba «una de las mayores las lacras de la perfección espiritual» y que obstaculizaban «esa alegre libertad de espíritu que el alma debe tener para conversar con Dios en la oración». Abogaba más bien por «una humilde consumación de todos los defectos [del penitente] en un solo haz, en el fuego celestial… del amor de Dios» (STABC, pp. 3-4).

La libertad interior que la enseñanza de Baker ayudó a cultivar en quienes siguieron su camino espiritual concuerda bien con las aspiraciones actuales de una obediencia madura y una responsabilidad personal. Aprender a escuchar en profundidad las inspiraciones interiores del Espíritu Santo, estando siempre dispuesto a contrastarlas con un anciano experimentado, si es necesario, desarrolla una fuerza interior que puede volverse sensible a la posibilidad de, y con suerte contrarrestar, formas de abuso espiritual que, lamentablemente, no son desconocidas en el mundo monástico. Como insta la Carta a los Efesios:

«Encontrad vuestra fuerza en el Señor, en su gran poder… para que podáis resistir las artimañas del diablo… Porque nuestra lucha no es contra enemigos humanos, sino contra… las fuerzas sobrenaturales del mal en los cielos… Dedicaos por completo a la oración y a la súplica; orad en todo momento en el poder del Espíritu…» (Cf. Ef 6, 11-18).

La oración contemplativa es una ayuda poderosa para mantener nuestro voto de estabilidad.


Una influencia en expansión

«La felicidad del hombre consiste en la felicidad de su alma. Y el alma no puede encontrar la felicidad sino en la unión con Dios, para la cual fue creada…».[5]

Augustine Baker, una figura siempre controvertida, nunca ha dejado de despertar interés. Una conferencia internacional celebrada en Abergavenny, lugar de nacimiento de Baker, para conmemorar los 400 años de su conversión en el año 2000 atrajo a un gran número de participantes, entre los cuales los monjes y monjas eran minoría.[6] Es significativo que el lugar de celebración de la conferencia, organizada por un laico, fuera una universidad en lugar de un monasterio: la enseñanza de Baker sobre la oración se ha extendido mucho más allá del claustro y ha perdurado a lo largo de los siglos porque apela a ese vacío «con forma de Dios» que hay en nuestro interior y que fue creado solo para Dios. Fue, en parte, el hecho de que Baker orientara a sus seguidores hacia la voz del Espíritu Santo en su interior —a «considerar su llamada»—, como él mismo decía, lo que hizo que su enseñanza fuera controvertida en su época, ya que la herejía del «iluminismo» estaba en el aire.

Sin embargo, el atractivo perdurable de los escritos de Baker también resulta sorprendente. Aunque fue contemporáneo de William Shakespeare (1564-1616), nuestro autor carece en gran medida de la fluidez de Shakespeare con el inglés, que no era la lengua materna de Baker. Muchas de sus obras, recopiladas y hábilmente editadas por un compañero monje de la EBC, Dom Serenus Cressy (1605-74), se publicaron como Sancta Sophia en 1657. Se trata de una obra voluminosa (c. 20 000 palabras) y de lectura nada fácil, pero consolidó la reputación de Baker como guía espiritual y ha estado en circulación desde entonces. Y al situar al principio de la obra la versión de Baker de la Parábola del Peregrino, tomada de La Scale of Perfection de Hilton (siglo XIV), Cressy ha proporcionado una clave para la enseñanza de Baker: «No soy nada, no tengo nada, no busco nada más que el amor de Jesús». Es esa oración del corazón («oración de la voluntad» en la Edad Media), que desea responder al amor de Dios: el rasgo central de la enseñanza de Baker sobre la oración.

En los últimos cuarenta años aproximadamente, gracias al dedicado trabajo del reverendo John Clark y a la acertada labor editorial de James Hogg y otros, editores de la serie Analecta Cartusiana, han aparecido ediciones críticas de los tratados originales de Baker, lo que ha permitido acceder a la propia voz de Baker, aunque queda mucho por hacer para que estos tesoros sean accesibles al público del siglo XXI. Una ventaja inmediata es que, como se ha mencionado, las obras originales eran, en su mayoría, bastante breves y se centraban en un tema concreto. En general, el Baker que se desprende de estos originales resulta más humano, más divertido y más práctico. Por ejemplo, aboga, como parte de una jornada monástica típica, por un período de «descanso y ociosidad» para el bienestar de la mente y el cuerpo (STABC, Parte «C»; cf. RB 48:5) y sugiere que las monjas coloquen recordatorios escritos de preceptos espirituales donde puedan verlos mientras realizan sus tareas diarias.

El amplio atractivo de la enseñanza de Baker continúa hoy en día. Recientemente, un oblato benedictino de Estados Unidos ha publicado una edición accesible de algunos de los escritos de Dame Gertrude More, probablemente la discípula y colaboradora más conocida y prolífica del P. Baker.[7] Dejaremos que Dame Gertrude tenga la última palabra en una oración que compuso y que muestra cómo la lectura seria de los Padres, que su mentor, el P. Baker, fomentaba, ayudó a alimentar su devoción, a nutrir su oración y a sostenerla en momentos de dificultad:

«Tú eres el Dios de la paz. Dame ese amor verdadero hacia ti que es el único que trae la paz. Mi querida Señora, [todos los ángeles y santos, rogad por nosotros]… y también mi amado padre y patrón, san Agustín, a quien me has dado… para que sea mi ayuda en las dudas y los temores, como un estímulo a través de sus libros para esperar el perdón [de Dios] por mis innumerables pecados, y como un fuego en todas sus palabras para encender también mi alma a fin de buscar y aspirar a tu amor divino… Amén».[8]

Esta lectura seria, tal y como la establece San Benito en RB 73, y otro pilar de la enseñanza del P. Baker, es una ayuda segura para todos los que siguen hoy el camino benedictino.

Lecturas recomendadas: Además de los libros mencionados anteriormente, Frontiers of the Spirit, de Victor de Waal, es una introducción breve y accesible al P. Augustine Baker. ISBN 978-0-7283-0181-8.


[1] Augustine Baker, The Life and Death of Dame Gertrude More, edición de Wekking, p. 147.

[2] Inicio de la Conferencia IX, Sobre la oración.

[3] Augustine Baker, The Substance of the Rule of St Bennet (SAP, 1981, p. 1).

[4] Merton, Mystics and Zen Masters, Nueva York, 1967, p. 164.

[5] The Substance of the Rule of Bennet, p. 11.

[6] El libro de la conferencia sigue siendo una de las guías más completas y útiles sobre el P. Baker y sus obras: That Mysterious Man: Essays on Augustine Baker OSB, ed. Michael Woodward; Three Peaks Press, 2001.

[7] Poems and Counsels on Prayer and Contemplation by Dame Gertrude More, ed. Jacob Riyeff, Gracewing, 2020.

El Año Santo en la Basílica de San Pablo Extramuros

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Noticias

Padre Ludovico Torrisi, OSB

San Pablo Extramuros. Italia

 

El Año Santo en la Basílica de San Pablo Extramuros

 

 

 

El 28 de diciembre de 2025, con el rito solemne de cierre de la Puerta Santa de la Basílica Papal Mayor de San Pablo Extramuros, celebrado por el cardenal arcipreste Michael James Harvey, concluyó el Año Santo Ordinario de 2025, el Jubileo proclamado por el papa Francisco con la bula de indicción Spes non confundit.

A lo largo del Año Santo, fieles de todo el mundo viajaron a Roma para expresar su cercanía al Santo Padre y a la Iglesia de Roma, cuna del cristianismo. Esta comunión se manifestó de manera especial a través de la peregrinación a las cuatro basílicas papales y, en particular, a las basílicas de San Pedro y San Pablo, lugares privilegiados de oración, conversión y renovación de la profesión de fe.

La Basílica de San Pablo Extramuros, debido a su ubicación en la ciudad de Roma y a su imponente tamaño —que le permite acoger hasta 8.000 fieles—, desempeñó un papel especialmente significativo en las celebraciones del Jubileo que acaban de concluir. El flujo de peregrinos fue constante y las cifras elevadas a lo largo de todo el año, con un ligero descenso en agosto, mes marcado por las altas temperaturas veraniegas en Roma.

Vimos a fieles de todas las lenguas y todas las naciones entrar en la basílica: hombres y mujeres que se detenían en oración ante la tumba del Apóstol de los Gentiles, que celebraban con fe los sacramentos de la Reconciliación y la Eucaristía, a menudo en compañía de sus pastores, sacerdotes y obispos.



La Basílica de San Pablo también acogió varios actos jubilares incluidos en el calendario oficial: entre ellos, el jubileo de los catequistas, los funcionarios de prisiones, diversas órdenes de caballería (como la Soberana Orden Militar de Malta), los miembros de las fuerzas armadas y algunas naciones que, a través de sus diócesis y parroquias, organizaron peregrinaciones a Roma, como fue el caso de Croacia. No se trataba de simples viajes turísticos, sino de auténticos viajes de fe. Contemplamos los rostros de muchos peregrinos atravesando la Puerta Santa, llenos de alegría y esperanza, especialmente después del largo y doloroso período marcado por la pandemia de Covid-19 y por las guerras que aún afligen diversas partes del mundo.

El Año Santo ha demostrado una vez más ser un don precioso del Señor para su Iglesia: un tiempo favorable de gracia, ofrecido, mediante el ministerio del Santo Padre, a todos aquellos que desean emprender o renovar un camino de conversión y de fe. También nosotros, custodios de la Basílica de San Pablo Extramuros, hemos podido alegrarnos por el servicio que hemos prestado de diversas maneras: escuchando confesiones, acompañando grupos y asistiendo a los peregrinos. Todo se desarrolló en un clima de gran serenidad y sin ningún incidente particular.

Damos gracias al Señor por esta experiencia de gracia, por la fortaleza que nos ha concedido en nuestro servicio cotidiano y por los numerosos fieles que, tras haber visitado la Basílica de San Pablo, han regresado a sus comunidades enriquecidos por el testimonio de fe del apóstol Pablo, proclamado en la Palabra y vivido en la caridad evangélica.

XIII Reunión de los Benedictinos de Asia Oriental y Oceanía (BEAO)

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Noticias

13-17 de octubre de 2025, Monasterio de Thien Binh (Vietnam)

Relato por el Hno. Nicholas Koss, OSB

 

XIII Reunión de los Benedictinos de Asia Oriental y Oceanía (BEAO)



 

La XIII reunión de los Benedictinos de Asia Oriental y Oceanía (BEAO) se celebró en el monasterio de Thien Binh del 13 al 17 de octubre de 2025. El monasterio está situado al este de la ciudad de Ho Chi Minh y pertenece a la Congregación Subiaco – Casinense. La XII reunión de la BEAO tuvo lugar en Taiwán en 2018.

Un total de 47 personas asistieron a la reunión de la BEAO en 2025. Entre los asistentes que no procedían de Asia Oriental u Oceanía se encontraban diversos líderes benedictinos, entre ellos el abad primado, Jeremias Schröder, y su secretario, el P. Patrick Carter; el abad Bernard Lorent Tayart, presidente de AIM (Alianza Inter Monasterios); el P. Cyprian Consiglio, secretario general de la DIM-MID (Diálogo Monástico Interreligioso); el abad presidente Javier Aparicio Suárez, de la Congregación Benedictina de Santa Otilia; y el abad presidente Ignasi Fossas, de la Congregación Subiaco – Casinense.

Asistieron otros 41 participantes, en representación de las comunidades benedictinas de la BEAO. Entre ellos se encontraban superiores y delegados de superiores, procedentes de los siguientes países: Australia (1 participante), China/Taiwán (5 participantes), Japón (3 participantes), Corea (8 participantes), Filipinas (17 participantes) y Vietnam (7 participantes).



El P. Philippe Minh Vu Ngoc Tuy, prior del monasterio de Thien Binh, y el Hno. Nicholas Koss, del priorato de Wimmer en Taiwán, fueron los principales organizadores del encuentro. Las celebraciones litúrgicas y la Eucaristía se celebraron con la comunidad benedictina de Thien Binh.

Tras los discursos de bienvenida, comenzó la presentación de las comunidades, que continuó durante los días siguientes.

El P. Cyprian Consiglio, secretario general de DIM-MID, presentó la labor de la organización y relató una conversación que había mantenido con el Sr. La Bella, responsable de la Comunidad de Sant’Egidio (Roma), sobre el lugar que ocupa el monacato en el mundo. El Sr. La Bella consideraba que el monacato tenía cuatro cosas importantes que ofrecer al mundo moderno, frente a lo que él describía como «materialismo y falta de sentido de la trascendencia»:

1. La austeridad, un estilo de vida no consumista.

2. Un testimonio de la unidad de la raza humana.

3. Un estilo de vida que combina la oración, el trabajo y el estudio.

4. La paz interior que conduce a la paz exterior.

El P. Cyprian se centró en el cuarto punto: ¿Cómo podemos nosotros, como monjes y monjas, sembrar las semillas de la paz, especialmente a través del diálogo interreligioso?

El P. Cyprian destacó los cuatro tipos de diálogo promovidos por el Dicasterio para el Diálogo Interreligioso: el diálogo a través de la vida, el diálogo a través de la acción, el diálogo a través del intercambio teológico y el diálogo a través de la experiencia religiosa. Actualmente, el Dicasterio está preparando un nuevo documento sobre la espiritualidad cristiana del diálogo interreligioso.

El martes 14 de octubre, el arzobispo Marek Zalewski, nuncio apostólico en Singapur y residente en Vietnam, celebró la misa.

Por la tarde, el abad primado Jeremias Schröder presentó las novedades de la Confederación Benedictina: el gran número de estudiantes en San Anselmo, las nuevas herramientas de comunicación (Nexus, la circular a los presidentes, Facebook);la reunión de los cuatro líderes de la OSB, la CIB, la OCSO y la OCist; el próximo Catalogus y el nuevo atlas OSB; los avances dentro de AIM; el reciente sínodo de presidentes en Montserrat, celebrado conjuntamente con la conferencia de delegados de la CIB; la nueva plataforma de comunicación entre la Confederación y la CIB; y la residencia para monjas estudiantes en Roma.

El abad primado Jeremías esbozó las cuestiones clave en torno al Jubileo Benedictino de 2029, cuya planificación y preparación comenzarán ya en 2026, y en el que se invita a todas las comunidades del mundo a participar activamente. El abad primado propuso una cooperación más estrecha entre las comunidades de la BEAO, en particular mediante la creación de módulos de formación, una casa de estudios, etc.

Se planteó la cuestión de ampliar la BEAO a las comunidades de la OCSO y, como primer paso, invitarlas a la próxima asamblea.

El miércoles 15 de octubre, el Comité Internacional de la BEAO se reestructuró para convertirse en un Comité Directivo con un presidente. Los participantes en la reunión eligieron a la Hna. Megan Kahler (Congregación de las Hermanas Benedictinas del Buen Samaritano) como nueva presidenta. Los miembros agradecieron calurosamente al hermano Nicholas Koss su dedicación y su incansable labor a lo largo de muchos años en el seno de la BEAO.

Se continuó debatiendo sobre las propuestas del Abad Primado relativas a la formación y al establecimiento de programas de formación y casas de estudio.

Tras una pausa, el P. Bernard Lorent Tayart, presidente de AIM, expuso los avances y las perspectivas de futuro de la Asociación: los nuevos estatutos, el Consejo Moderador, los cuatro nuevos comités (finanzas, proyectos, formación, comunicación), la Asamblea, que se reúne una vez al año y está compuesta por el Consejo Moderador, los presidentes de las congregaciones internacionales, delegados de las principales organizaciones regionales (BEAO, ISBF, EMLA, África), delegados de los cistercienses y trapenses, el secretario de MID, el director de AIM-USA y los miembros de los comités. El abad Bernard presentó las ayudas económicas concedidas a las comunidades en 2025, seguidas del Boletín de AIM, que se publica en seis idiomas y se envía a comunidades de todo el mundo. El Comité Ejecutivo de la BEAO deberá elegir a un delegado para la Asamblea de AIM.

La Eucaristía fue celebrada por el abad primado Jeremías. Por la tarde, comenzaron los debates en grupo sobre tres temas clave: la vida y los retos de una comunidad contemplativa (la relación con las redes sociales, el compromiso dentro de la comunidad y los ritmos diferentes entre religiosos y religiosas, la brecha generacional —especialmente en lo que respecta a la sensibilidad y la obediencia—), las crisis de la mediana edad (formas de afrontar estas crisis) y el apoyo a la Iglesia en China.

El padre Nguyen Van Am, salesiano de Don Bosco, pronunció una conferencia sobre la Iglesia en Vietnam: «La Iglesia en Vietnam: a través de la turbulencia de la historia y en la construcción del Reino de Dios».

Por la tarde se reanudaron los grupos de debate en torno a otros dos temas: los oblatos benedictinos y la posible cooperación entre las comunidades benedictinas de Asia Oriental y Oceanía.


Cada monasterio presentó la situación actual de su comunidad de oblatos y sus programas de formación vigentes. Los informes destacaron los métodos desarrollados para apoyar a los oblatos en su crecimiento espiritual, su compromiso con la oración y su participación activa en el apostolado. La reunión reafirmó la importancia de reforzar la formación de los oblatos para que puedan vivir más profundamente los valores benedictinos de la oración, el trabajo y la vida comunitaria en sus respectivas circunstancias. Se acordó que la comunicación y la colaboración continuas entre los monasterios y sus comunidades de oblatos garantizarán que la misión de la Orden se lleve a cabo con renovado celo y fidelidad.

La Hna. Megan Kahler presentó algunas ideas posibles para la cooperación entre las comunidades: retiros anuales conjuntos, experiencias comunitarias compartidas, estudios en Europa, clases de inglés, módulos compartidos en línea y la inculturación de recursos (traducción de textos fundamentales), así como intercambios monásticos, como visitas a otras comunidades.

El jueves 16 de octubre, dado que el grupo tenía previsto partir a las 7 de la mañana para visitar la ciudad de Ho Chi Minh, se celebró la misa a las 5 de la mañana. El P. Ignasi, presidente de la Congregación Subiaco – Casinense, presidió la liturgia. Al término de la misa, agradeció a la comunidad de Thien Binh, en inglés y francés, su maravillosa acogida benedictina.

Los miembros de la BEAO visitaron el Centro Pastoral Juan Pablo II, un antiguo seminario diocesano requisado por los comunistas en 1975 y devuelto a la Iglesia en 1990. Allí, el P. Peter Nguyen Van Hien, responsable de la Comisión Diocesana de Catequesis, seguido por el padre Xavier Bao Loc, responsable de la Comisión para el Diálogo Interreligioso, explicaron al grupo la situación y los objetivos de estas comisiones.

Tras una visita al museo de la ciudad y una excelente comida en un restaurante, la visita concluyó en la catedral, que actualmente se encuentra en proceso de renovación. Aunque cerrada al público, se concedió permiso al grupo de la BEAO para entrar.

La jornada y la asamblea de la BEAO concluyeron con un acto vespertino en el que se invitó a cada país representado a cantar, bailar o realizar una actuación relacionada con su cultura.

El viernes 17 de octubre fue el día de la partida, tras estos días intensamente fructíferos y llenos de intercambios fraternos y edificantes.

XIII Reunión del EMLA

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Noticias

Hna. Cristina Lavinhati, OSB,

Secretaría del XIII EMLA


XIII Reunión del EMLA (2025)

(Encuentro Monástico Latinoamericano)

Comunidades fraternas para un mundo fraterno

 

 

Del 3 al 10 de noviembre de 2025, Brasil acogió el XIII Encuentro Monástico Latinoamericano (EMLA) en la ciudad de Salvador, en el estado de Bahía, organizado por la UMLA – Unión Monástica Latinoamericana. Procedentes de diversos países de América Latina y el Caribe, monjes y monjas benedictinos, cistercienses y trapenses se reunieron en la capital de Bahía, trayendo consigo la riqueza de sus tradiciones, lenguas y experiencias. Durante una semana, Salvador se convirtió en un lugar de encuentro, escucha y profunda comunión, acogiendo a comunidades que viven según la Regla de San Benito. La misa de apertura fue celebrada por Dom Emanuel D’Able do Amaral OSB, abad presidente de la Congregación Benedictina de Brasil.

Inspirado en el tema «Comunidades fraternas para un mundo fraterno» y guiado por el principio evangélico «Que todos sean uno, para que el mundo crea» (Jn 17, 21), el encuentro tuvo lugar en el Centro de Formación de Líderes (CTL) de la Arquidiócesis de São Salvador da Bahía, situado en la región de Itapuã, una zona costera de la capital famosa por la belleza de sus playas y su entorno natural, que acompañó simbólicamente el ambiente dinámico que se vivió durante el encuentro. En un ambiente sencillo y fraternal, 101 participantes —abades, abadesas, priores, prioras, monjes y monjas— compartieron la oración, la reflexión y la vida cotidiana. El evento fue organizado por la Conferencia Brasileña de Intercambio Monástico (CIMBRA), que acogió calurosamente, en un espíritu de comunión, a representantes de las asociaciones monásticas del continente: ABECCA (Asociación Benedictina y Cisterciense de América Central y el Caribe), UBC (Unión Benedictina y Cisterciense – México), SURCO (Asociación Monástica del Cono Sur) y la propia CIMBRA (Brasil).

Desde 1972, el Encuentro Monástico Latinoamericano ha reunido periódicamente a las comunidades monásticas del continente (antes cada cuatro años, ahora cada seis), consolidándose como un foro especial para el encuentro, la formación y el discernimiento compartido. Tras la última reunión, celebrada en 2019 en la ciudad de Córdoba, Argentina, el EMLA ha regresado a suelo brasileño, retomando un camino ya recorrido: en 1982, Salvador acogió el III EMLA, cuyo recuerdo, al igual que el de los demás encuentros organizados a lo largo de los años, sigue siendo un legado espiritual y una fuente de inspiración para las generaciones actuales.

 


Fraternidad vivida y reflexionada

A lo largo de la semana, la fraternidad no fue meramente un tema de estudio, sino una realidad vivida activamente en la vida cotidiana del encuentro. Las conferencias, los debates, el trabajo en grupo y las celebraciones litúrgicas se entrelazaron armoniosamente, fomentando una comprensión más profunda de los fundamentos de la vida fraterna en la Regla de San Benito, de los caminos hacia la reconciliación y el perdón, y del testimonio de la comunión monástica en un mundo marcado por divisiones y conflictos.

Los debates se vieron enriquecidos por las aportaciones de distinguidos ponentes que representaban a diversas ramas de la familia benedictina. Dom Gregório Paixão OSB, arzobispo de Fortaleza, destacó el papel de las comunidades monásticas como lugares especiales donde nace y florece la fraternidad cristiana. Dom Jeremias Schröde OSB, abad primado, destacó el poder del testimonio monástico en un mundo profundamente marcado por la fragmentación; también presentó la Confederación Benedictina y proporcionó información sobre los preparativos para el Jubileo de Monte Casino previsto para 2029. Dom Mauro-Giuseppe Lepori, abad general de la Orden Cisterciense, exploró la comunión fraterna como camino hacia la conversión personal y comunitaria. Por último, el P. Bernard Lorent Tayart OSB, presidente de la Alianza Inter Monasterios (AIM), hizo hincapié en la importancia de la cooperación entre monasterios y el apoyo mutuo a nivel continental, al tiempo que compartió el testimonio de sus recientes visitas a regiones gravemente afectadas por la guerra, en particular en Tierra Santa.

También contribuyeron a la exploración de este tema el P. Rafael Osoria OCSO, de República Dominicana, quien abordó los fundamentos de la vida fraterna a la luz de la Regla de San Benito; y el P. Damián Ortega OSB, de México, quien se refirió a los retos del perdón y la reconciliación en las comunidades de hoy; y la Hna. Timotea Kronschnabl OSB, de Argentina, quien presentó la vida monástica como un signo de esperanza para la Iglesia y para el mundo.

Estas ponencias se complementaron con la intervención de la Hna. Lynn McKenzie OSB, moderadora de la CIB (Communio Internationalis Benedictinarum), quien intervino por videoconferencia. En su intervención, la hermana Lynn ofreció una visión general clara de la estructura, la misión y el funcionamiento de la CIB, una organización internacional que promueve la comunión, la cooperación y el apoyo mutuo entre los monasterios de monjas benedictinas de todo el mundo. Su presentación permitió a las participantes situar al EMLA en el contexto más amplio de la vida monástica femenina a nivel global, fortaleciendo los lazos de pertenencia y responsabilidad compartida dentro de la familia benedictina.

Un momento significativo fue la presentación del Movimiento Manquehue de Chile, que compartió su experiencia laical inspirada en la espiritualidad benedictina. Esta reflexión puso de relieve cómo los valores de la Regla de San Benito —la oración, la fraternidad, la estabilidad y la búsqueda de Dios— también pueden enriquecer la vida de las familias y las comunidades laicales, ampliando así el alcance del testimonio monástico dentro de la Iglesia y la sociedad.

 

Un oasis de comunión en el corazón del mundo

En una época marcada por las prisas y el ruido excesivo, el EMLA ofreció un auténtico oasis de comunión. La vida monástica, tal y como se presentó a lo largo del encuentro, demostró ser un signo profético de unidad: una vida sencilla, estructurada por la oración, el silencio, el trabajo y la fraternidad, capaz de hablar con claridad al corazón del mundo contemporáneo.

 


Liturgia, canto y espiritualidad jubilar

La liturgia diaria, cuidadosamente preparada por la Schola cantorum del encuentro, fue uno de los principales ejes espirituales del EMLA 2025. El esmero en la elección de los textos, salmos e himnos fomentó una participación orante y contemplativa, ayudando a los participantes a vivir cada día como una verdadera escuela de servicio del Señor.

La escucha orante de la Palabra de Dios y los momentos de convivencia informal fortalecieron los lazos espirituales y culturales entre los participantes. En consonancia con el Año Jubilar que celebra la Iglesia, todos los participantes entonaron un verso del himno del Jubileo de la Esperanza 2025, que se convirtió en una expresión de oración, comunión, esperanza compartida y el camino común emprendido a lo largo de la semana. Este canto comunitario reforzó el sentido de peregrinación, unidad y esperanza, situando el encuentro en el horizonte más amplio de la Iglesia universal:

«Como una llama arde mi esperanza,

que mi canto se eleve hacia ti:

Fuente de vida sin fin,

en el camino de la vida confío en ti».

El sábado 8 de noviembre, este sentido de comunión se expresó también en un ambiente más relajado y festivo. Los participantes realizaron un recorrido por la ciudad de Salvador, visitando el monasterio de los monjes de São Bento —el primer monasterio benedictino de América— así como el monasterio de Salvador, hogar de las monjas benedictinas cuya presencia orante enriquece de manera única la tradición monástica de la ciudad. Allí se compartió un almuerzo bahiano típico. El itinerario incluyó también la Asociación de Obras Sociales Hermana Dulce dos Pobres, la iglesia del Señor de Bonfim y otros lugares emblemáticos de la ciudad, lo que favoreció un vínculo más estrecho con la historia, la fe y la cultura del pueblo bahiano.

 

Un envío lleno de esperanza

La XIII Reunión del EMLA concluyó el 10 de noviembre con una misa solemne de clausura, celebrada por Dom Edmilson Caetano OCist, obispo de la diócesis de Guarulhos (SP), quien también habló de su experiencia como presidente de CIMBRA en 2006, cuando acogió al EMLA en la ciudad de Belo Horizonte, en el estado de Minas Gerais. La celebración final coronó los eventos de la semana, expresando gratitud por el camino recorrido y renovando el compromiso compartido con la misión que se les ha confiado.

Al regresar a sus comunidades, los participantes se llevaron consigo no solo reflexiones y apuntes, sino sobre todo la experiencia viva de una fraternidad compartida. Encomendados a la acción del Espíritu Santo, siguen llamados a profundizar, con fidelidad creativa y esperanza perseverante, en su vocación monástica, dando testimonio —en medio de los desafíos del mundo contemporáneo— de que la comunión, la reconciliación y el amor en Cristo no solo son posibles, sino necesarios.

Novalesa: 726-2026

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Noticias

P. Michael-Davide Semeraro, OSB,

Prior de la Abadía de Novalesa (Italia)


Novalesa 726-2026

Trece Siglos de «lab-oratorio» de Humanidad


 

El 30 de enero de 726 se fundó la Abadía de Novalesa y se puso bajo la protección de los apóstoles hermanos: ¡Pedro y Andrés! Quizás el invierno de hace trece siglos no fue tan frío y nevado como para que resultara impensable fundar un monasterio a un tiro de piedra del paso de Mont-Cenis durante la estación menos favorable. Trece siglos de historia… ¡y todos ellos visibles! La Abadía de Novalesa no oculta las arrugas de su larga historia, sino que permite vislumbrarlas como las gloriosas cicatrices de antiguas heridas, sabiamente soportadas y bien cuidadas. Las cicatrices de la historia son signos de vida y prueba de perseverancia a lo largo de los sucesivos acontecimientos de días, años y siglos.

Enclavada como una piedra preciosa en las montañas del valle de la «Cenischia», la abadía se asemeja a una ternera tumbada en medio de los tranquilos prados y bosques que la rodean, rumiando plácidamente los hechos y acontecimientos para que sirvan de mensaje de esperanza a todos aquellos que, aún hoy, pasan por este lugar por motivos tan variados.

Su larga y agitada historia —como cualquier historia digna de ese nombre— no convierte a Novalesa en una reliquia, sino en un monumento. Un monumento que se erige como testimonio de la humanidad, capaz no solo de hablar del pasado, sino también de arrojar luz sobre el presente y allanar el camino hacia el futuro. Recordar no significa refugiarse en el pasado —por muy glorioso que sea o no—, sino mirar hacia un futuro lleno de sorpresas afrontando los retos del presente —aquí y ahora— como una oportunidad para dar lo mejor de uno mismo, dejando tras de sí un rastro fragante: una vida vivida plenamente y una esperanza cultivada con tenacidad.

La historia de Novalesa es como un tapiz cuya urdimbre está tejida con los nombres famosos de todos aquellos que han pasado por ella, dejándonos un legado, y la multitud de almas anónimas que permanecen en las sombras. Nombres, sin duda, conocidos por todos, como Carlomagno y Napoleón, pero también rostros quizá desconocidos, como el monje Eldrado, cuya memoria cobra vida en los colores milenarios de los frescos de la capilla medieval que ha conservado sus reliquias. Las épocas gloriosas se entrelazan con momentos de desgracia o declive. Quedarse, marcharse, volver, partir de nuevo son verbos que, en la historia de Novalesa, se entrelazan con los de tantos hombres y mujeres del pasado y del presente. Así, en la galería de retratos de personajes ilustres, hay tantos espacios vacíos en los que podemos imaginar los nombres y rostros desconocidos de la crónica del monasterio, y sin embargo son los hilos necesarios para tejer el tejido de modo que la trama se mantenga firme.

Las piedras, los colores, los edificios que se funden con el paisaje de Novalesa nos tranquilizan: la historia se puede vivir sin perder la paz interior —ayer, hoy y mañana—. La vida debe acogerse como un regalo y cultivarse como un desafío: vivir sin resignarse nunca a la mera supervivencia, sin perder nunca el valor de soñar con grandes cosas mientras se atienden los pequeños asuntos de cada día, de cada hora, de cada momento que pasa, para que dejen de escaparse. Los nuevos comienzos, en su mayoría impuestos por la adversidad, a menudo resultan ser signos de nuevas posibilidades.

Visitar un monasterio que ha resistido el paso del tiempo no puede sino despertar un anhelo por el futuro. Para cada monasterio y para cada uno de los monjes y monjas que allí habitan, sigue resonando la pregunta del papa Francisco al inicio de su ministerio petrino como obispo de Roma: «¿Esperamos en los monasterios los mañanas de Dios?». Para hacer posible un mañana para la humanidad, no debemos olvidar, sino recordar. Por eso queremos celebrar los 1300 años de la fundación de Novalesa con sobria solemnidad y profunda pasión. No se trata simplemente de dar un salto al pasado; se trata de ofrecer los primeros frutos de un futuro que sería impensable sin un renovado sentido de la humanidad, vivido y compartido.

Durante trece siglos, Novalesa ha sido un «lab-oratorio» de humanidad donde, precisamente a través de la oración —Ora et labora— y del compromiso de habitar este lugar y darle vida, han existido —y, esperamos, aún puedan existir— las condiciones en las que se puede cultivar y fomentar la sensibilidad hacia lo Bello, lo Bueno y lo Verdadero. Tras diversas vicisitudes y períodos de abandono, desde hace medio siglo una comunidad de monjes benedictinos de la congregación Subiaco – Casinense se ocupa de la abadía, viviendo una vida de oración, trabajo, vida fraterna y hospitalidad.


La Abadía de Novalesa no es meramente un monumento histórico; es también un lugar de espiritualidad dedicado a fomentar el crecimiento de la humanidad. De hecho, si se tuviera que resumir la Regla de San Benito en una sola palabra, esa palabra sería: humanitas (RB 53,9). La fórmula, ya clásica, de Ora et labora sirve al crecimiento de lo humano a través de humilitas (RB 7), entendida como la capacidad de aceptar la propia realidad tal y como es, sin desesperar nunca de poder transformarla.

El mayor regalo que podemos compartir entre nosotros y transmitir a las generaciones futuras es el recuerdo de las cosas bellas que hemos sido capaces de concebir y crear, aceptando que no podemos llevárnoslas a la tumba, sino dejándolas como un regalo que nos precede y nos trasciende. Las palabras del Señor Jesús se aplican igualmente a la Abadía de Novalesa: «No quedará aquí piedra sobre piedra; todo será derribado» (Lc 21, 6). Estas palabras son ciertas. La historia de la abadía es una sucesión de muertes y resurrecciones, de períodos de vitalidad que se alternan con tiempos de abismal declive. «No hay nada nuevo bajo el sol» (Ecl 1, 9). Sin embargo, la diligencia y el cuidado con que allí se lleva a cabo la tarea misma de la humanidad se convierten en un legado que, aunque mortal, ya tiene un aroma de eternidad.

La tarea de la comunidad de monjes que vive en la centenaria Abadía de Novalesa es esta: «salvaguardar un tesoro para transmitirlo». La Abadía de Novalesa es un tesoro que habla de belleza y trascendencia, y como tal es un don que hay que compartir con todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo. La comunidad monástica cumple esta «misión de humanidad» cuidando este símbolo de belleza que es el monasterio de Novalesa, con toda su historia y sus relatos. Sin olvidar, sin embargo, que lo mejor y lo más bello no está en el pasado, sino que se encuentra ante nosotros y es más grande que nosotros; en una palabra, es divino. Visitar un lugar como Novalesa, aunque sea solo por un rato, es como entrar en la antesala de la trascendencia y la espiritualidad, algo que se siente en lo más profundo del corazón.

Conservar un tesoro como la Abadía de Novalesa requiere la pasión por transmitir el amor por las cosas bellas, que necesariamente deben ser también buenas y verdaderas: es decir, vivas y vivificantes. La larga tradición monástica se caracteriza por la capacidad, tras la destrucción o el fracaso, de empezar de nuevo sin amargura y con un entusiasmo renovado por el profundo significado inherente a su finalidad última. Incluso la destrucción se convierte en parte integrante del proceso de construcción que, si lo pensamos bien, es siempre una reconstrucción basada en lo que la naturaleza permite y ofrece. Así, Novalesa cruza el umbral del tercer milenio no solo como un monumento, sino como un «lab-oratorio». Durante medio siglo, este «milagro» ha sido posible gracias a la buena voluntad y la pasión de la Ciudad Metropolitana de Turín, propietaria de la abadía, que ha dedicado energía y experiencia no solo a preservar este lugar histórico, sino a darle vida. Incluso ahora, está en marcha un importante proyecto de renovación para dotar a la fachada de la abadía de un aspecto nuevo y vibrante, celebrando sus 1300 años de historia con renovado vigor.

La esperanza es que la gestión compartida de la Abadía de Novalesa sirva como lab-oratorio de humanidad. Esta es la esencia de la Regla de San Benito: ¡la humanitas como fruto de la humilitas! Este es el tesoro que deseamos transmitir a través de la custodia y el cuidado de un lugar como Novalesa. Una tarea así no puede llevarse a cabo sin la colaboración de entidades, instituciones, asociaciones y personas. Para que sea auténtica y fructífera, esta «colaboración» debe desarrollarse sin divisiones ni confusiones: en el orden y la armonía de la belleza —no solo estética, sino, sobre todo, la ética de las relaciones y el dinamismo de la colaboración—.

No queda más que cuidar este lugar destinado a desaparecer, como las estrellas más bellas de las galaxias más lejanas, cuya luz, sin embargo, alegra los corazones de quienes la reciben desde a años luz de distancia. Esperamos que no se contradiga el lema de la abadía: Nova Lux, fruto de la Nova Lex del Evangelio de Cristo. Que las diversas y complementarias actividades que tienen lugar en Novalesa puedan servir, para muchos, como un laboratorio de humanidad para una esperanza compartida, transmitida serenamente como un don y una responsabilidad.

El Monasterio de Morne Saint-Benoît, Haití

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Nouticias

Padre Jacques Montfort, OSB,

Prior de Morne Saint-Benoît


El Monasterio de Morne Saint-Benoît, Haití, “De nuevos comienzos a nuevos comienzos”


 

 

Estamos familiarizados con los gloriosos comienzos de Gregorio de Nisa: El Monte San Benito, un pequeño monasterio benedictino en Haití, también sigue adelante, pero a través de una serie de nuevos comienzos.

Su fundación a finales de la década de 1970 fue uno de esos comienzos: los primeros en llegar, olivetanos expulsados de Beirut por la guerra en 1975, que lo habían perdido todo entre las llamas, fundaron el monasterio en Haití para empezar de nuevo. Se establecieron cerca de Jérémie y, unos años más tarde —debido a los ciclones y a la distancia de la capital—, se trasladaron, comenzando de nuevo en Puerto Príncipe. Luego tomó el relevo Landévennec, una congregación de Subiaco: los tres nuevos fundadores, los Hnos. Simon, Anselme y Patrick, comenzaron de nuevo una vez más, estableciéndose cerca de Carriès, donde seguimos estando hoy: un lugar bien elegido, hermoso, apartado y tranquilo, bastante céntrico, no muy lejos de la capital (65 km). El suelo es pobre, un montón de piedras, pero un buen manantial, captado más arriba en las colinas, hace posible la vida: y los hermanos están replantando árboles, otro nuevo comienzo, ya que la Perla de las Antillas estuvo en su día cubierta de árboles.

El primer edificio era sencillo, algo rudimentario, y unos años más tarde se reanudaron las obras, más arriba en la colina, para dar cabida a doce monjes, además de alojamientos para huéspedes y talleres.

En la década de 1990, llegó un nuevo abad a Landévennec y un nuevo prior a Le Morne; este último, profundamente influenciado por Charles de Foucauld, soñaba con un nuevo comienzo en ese espíritu. Los hermanos no estaban del todo de acuerdo y, al cabo de dos años, volvimos al enfoque del primer prior: seguiríamos siendo benedictinos de corazón y de espíritu.

El país tenía sus problemas: los dictadores iban y venían, las promesas iban seguidas de corrupción y violencia. Empezamos de nuevo con un antiguo sacerdote como presidente de la República, luego con un antiguo cantante, después con un antiguo neurólogo, pero era la pobreza la que regresaba cada vez, y para el monasterio, el reto consistía en mantenernos firmes y hacer lo mejor que pudiéramos con lo poco que teníamos. Muchos hermanos haitianos jóvenes solo han pasado por aquí, dejándonos, azotados por estas tormentas en mayor o menor medida, tras 1, 2, 10, 20 años de vida comunitaria.


Hasta ahora nos hemos librado de los terremotos y también de la violencia de las bandas. Bastaría con un pequeño acontecimiento natural (la trayectoria de un ciclón, una falla entre placas tectónicas) o el capricho de un líder local para que todo se derrumbara y tuviéramos que empezar de cero. Estamos pendiendo de un hilo, pero ese hilo está en las manos firmes y a la vez tiernas del Señor.

No sabemos qué será lo más importante para Él, para su Reino: la humilde admisión del fracaso, que nos situaría junto al Crucificado, o la promesa de la levadura en la masa, de la moneda perdida y encontrada, imágenes de este nuevo comienzo que estamos viviendo ahora con los nuevos jóvenes hermanos haitianos. Son tres, cuatro contándome a mí, un anciano prior francés: un hermano de votos solemnes, un hermano de votos temporales y un novicio: los hermanos Johnès, Acnert y Emmanuel.

Para mantenernos, contamos en particular con una imprenta, puesta en marcha por el Hno. Simon, cerrada tras una visita canónica (una recomendación oral, aunque no mencionada en el informe de la visita), reiniciada tras el terremoto, y que ahora prospera y presta servicio a las escuelas locales.

¿Y la liturgia? En criollo, y siempre cantada, incluso cuando solo somos dos hermanos, solista contra solista, con una armonía perfecta garantizada.

«Empezar de nuevo» no tiene el tono alegre de «empezar»; se percibe una connotación de sufrimiento y otra de esperanza obstinada. ¡Landévennec, la abadía madre, lo ha visto todo a lo largo de los siglos! Pero hemos aprendido a ser pacientes, a confiar y a no entrar en pánico ante las tormentas, ni siquiera ante los ciclones. Desde lejos, desde Francia, desde Roma tal vez, la carga parece pesada; en realidad, es ligera, y los monjes y los cristianos saben por qué y por quién.

«Si corres con soldados de a pie y te agotan, ¿cómo podrás competir con los caballos? Si necesitas una tierra en paz para sentirte seguro, ¿qué harás en el desierto del Jordán?» (Jer 12, 5)

Las Filipinas Durante las Tormentas Tropicales

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Noticias

 

Las Filipinas Durante las Tormentas Tropicales


Tras las devastadoras tormentas tropicales de julio de 2025, durante las cuales las hermanas benedictinas de Tutzing distribuyeron comida caliente, ropa y kits de higiene a los miembros más vulnerables de la población afectados por estas catástrofes, la serie de tifones que se produjeron en los meses siguientes, noviembre y diciembre, provocó nuevas inundaciones y la destrucción de viviendas, dejando a la población una vez más en una situación de angustia.


La SSA-B ayuda a las comunidades afectadas por el tifón Tino[1] (Por Mairi Mahilum, Marie Gen Malacad, Gabrielle Peñalosa, and Chloe Gensolin)

El 23 de noviembre de 2025, la academia Sta. Escolástica de Bacolod City Inc. (SSA-B), bajo la dirección de nuestra directora escolar, la Hna. Ma. Ezechiel Fernández, OSB; la directora del centro, la Sra. Claude Feliza Ganaban; y el presidente de la Asociación de Padres y Madres (PTA), el abogado Rhett Poyogao; lideró la campaña de recaudación de donativos y la operación de ayuda humanitaria para las comunidades de la región de la isla de Negros que quedaron devastadas por el tifón Tino. La fuerte tormenta tropical Tino (conocida localmente como Kalmaegi) azotó Filipinas al entrar en el Área de Responsabilidad de Filipinas el 2 de noviembre de 2025, trayendo consigo lluvias torrenciales, vientos huracanados e inundaciones catastróficas. La tormenta dejó una gran destrucción en toda la región de Visayas, especialmente en las ciudades de Bago y La Carlota, y en el municipio de La Castellana.

En respuesta a esta catástrofe, guiados por las enseñanzas de San Benito, pusimos en práctica los valores de comunidad y servicio organizando una campaña de donaciones entre la familia escolástica. Solicitamos contribuciones de productos básicos y apoyo económico, que fueron gestionados cuidadosamente por la Asociación de Padres y Maestros (PTA) y el personal de SSA-B para garantizar que la ayuda llegara a los más necesitados.

Un residente de Barangay Robles, en La Castellana, contó que la repentina subida del nivel del río le obligó a huir solo con su hija, dejando todo lo demás atrás. Esta experiencia traumática no es más que una entre muchas, ya que las familias siguen lidiando con la pérdida, la incertidumbre y el largo camino hacia la recuperación.


Muchos residentes afectados siguen sin poder regresar a sus hogares debido al derrumbe total de las estructuras y a la amenaza persistente de nuevas lluvias e inundaciones. Al carecer de tiempo y recursos para comenzar la reconstrucción, el desplazamiento se ha convertido en parte de la vida cotidiana. La perturbación se extiende a las escuelas, que siguen en una situación inestable, lo que retrasa la reanudación de las clases normales y priva a los estudiantes de su derecho a la educación. Esta experiencia, que nos hizo sentir humildes, nos recordó nuestros propios privilegios: la seguridad de nuestros hogares, la estabilidad de nuestro campus y la continuidad de nuestras rutinas.

Ser testigos de primera mano de las secuelas fue a la vez desalentador y revelador. Nos recordó el poder impredecible de la naturaleza y la urgente necesidad de un liderazgo competente y transparente en la respuesta ante desastres. Sin embargo, en todas las comunidades que visitamos nos encontramos con esperanza. Cuando les preguntamos cómo lo estaban sobrellevando, muchos simplemente respondían «okay lang», a pesar de todo lo que habían soportado. Cada destinatario de las donaciones expresó su sincera gratitud y nos obsequió con cálidas sonrisas, testimonio de la inquebrantable resiliencia del espíritu filipino. En respuesta a ello, seguimos comprometidos con los valores benedictinos de administración, hospitalidad, comunidad y humildad, mientras nuestro país sigue soportando múltiples calamidades.


La Comunidad de Tabunok: Las hermanas llevan esperanza a los supervivientes del tifón Tino en Mananga, Cebú (Por la Hna. Constance Tecson, OSB)

Como «Peregrinas de la Esperanza», las hermanas, junto con sus colaboradores laicos en la misión, acudieron en ayuda de las familias gravemente afectadas por el tifón Tino en el Campamento 4, en Mananga, Cebú, en diciembre de 2025.

La comunidad se encuentra a orillas del río Mananga, que en su día fue fuente de vida, pero que ahora supone un peligro durante las lluvias torrenciales. Para llegar a la zona hay que descender entre 12 y 15 metros desde la carretera principal, por un camino precario muy vulnerable a los deslizamientos de tierra y las crecidas repentinas. A pesar de los riesgos, el equipo siguió adelante, guiado por la compasión y la solidaridad. Cuando se les preguntó por qué las familias permanecían en un lugar tan peligroso, una madre expresó su dolorosa realidad: «El lugar de reubicación proporcionado por el Gobierno era un vertedero, muy alejado de sus medios de subsistencia y de su sustento».

Conmovidas por estas historias, las Hermanas Misioneras Benedictinas actuaron con rapidez. Con el generoso apoyo de AIM-USA, se prestó ayuda de emergencia inmediata a las familias afectadas. Este apoyo pronto pasó a una fase de rehabilitación centrada en restablecer la estabilidad y la dignidad. Gracias a este esfuerzo colaborativo, se reconstruyeron o repararon las viviendas de aproximadamente 35 familias de la zona de Mananga, incluidas las cercanas a la comunidad de Tabunok y ciudades vecinas. Se proporcionaron materiales de construcción y ayuda económica, lo que permitió a las familias comenzar a reconstruir sus vidas con renovada dignidad y esperanza.


[1] Extractos del boletín de las Benedictinas de Tutzing en las Filipinas, octubre-diciembre 2025, 11-14.

La Situación de Kiribatí

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Noticias

 Hna. Megan Kahler, OSB,

Hermanas del Buen Samaritano

Presidenta de BEAO


La Situación de Kiribatí


 

La República de Kiribati es un conjunto de 33 islas distribuidas a lo largo de la línea del Ecuador. Dichas islas son, en su mayor parte, atolones de coral, los cuales han experimentado desplazamientos a lo largo de muchos años. Se estima que las islas fueron pobladas por primera vez hace más de 600 años, y sus habitantes reivindican un origen que remonta a Asia y Melanesia. En el siglo XVII, las islas fueron visitadas por europeos, y Kiribati llegó finalmente a convertirse en un protectorado del Imperio británico, bajo la denominación de Islas Gilbert. La República de Kiribati se constituyó como tal con la independencia en 1979.

Se trata de una nación de reducidas dimensiones, compuesta por numerosas islas que suman apenas unos 800 kilómetros cuadrados de superficie terrestre, dispersos en cerca de 3,5 millones de kilómetros cuadrados de océano, con una población de tan solo 120 000 habitantes. Kiribati afronta desafíos de gran envergadura. Dispone de escasos recursos para hacer frente al cambio climático y a la inundación progresiva por el agua. Un riesgo significativo afecta a su abastecimiento de agua dulce, debido a la filtración de agua salada en los acuíferos superficiales. El punto más elevado de Kiribati se encuentra a tan solo dos metros sobre el nivel del mar, por lo que el aumento de las mareas y del nivel del agua constituye una amenaza constante.

Otro desafío radica en la vastedad del océano en el que el país se encuentra disperso: las comunicaciones, el transporte y la infraestructura requieren a menudo una considerable dosis de paciencia y creatividad. Se trata de uno de los países menos desarrollados del mundo y depende en gran medida de la ayuda internacional para el sostenimiento de su economía. La población de Kiribati padece elevadas tasas de diabetes, tabaquismo y mortalidad infantil, y presenta una de las esperanzas de vida más bajas del Pacífico. Muchos de los proyectos de ayuda se han centrado en la mejora de la vivienda y la educación, el acceso al agua potable, el saneamiento, y, más recientemente, en la instalación de plantas de desalinización.


Las Hermanas del Buen Samaritano cuentan con dos comunidades en distintas islas, tras haber sido invitadas por el obispo de Tarawa y Nauru en 1988 para colaborar en el ámbito educativo. Actualmente, ocho religiosas desempeñan su labor en la educación, la formación pastoral, el ministerio penitenciario y el apoyo a personas con discapacidad.


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