“Toda la Vida como Liturgia”
Boletín AIM - No. 125, 2023
Contenido
Editorial
Dom J.-P. Longeat, OSB, Presidente de AIM
Lectio divina
¡La paz esté con ustedes!
Dom Adriano Bellini, OSB
Perspectivas
• Liturgia monástica, el gran “hoy” de Dios
Dom J.-P. Longeat, OSB
• Santa Macrina, “Su vida entera fue liturgia”
Hna. Véronique Dupont,OSB
• La Implementación de la reforma de la liturgia monástica de la shoras en la Congregación de Brasil
Dom Jerônimo Pereira Silva, OSB
Meditaction
Los ritos en el corazón del vínculo social
Jean-Claude Ravet
Grandes figuras de la Vida Monástica
Le Saux-Abhishiktananda: Un sacerdocio en el Espíritu
P. Yann Vagneux, MEP
Arte y Liturgia
Come se desarrolla la historia: “María conservaba estas cosas en su corazón”
Dom Ruberval Monteiro, OSB
Noticias
• Viaje en la Tierra Santa, abril-mayo, 2023
Dom J.-P. Longeat, OSB
• Viaje a la India, febrero 2023
Hna. Christine Conrath, OSB
Editorial
Este número del Boletín de AIM pretendía ser una reflexión sintética sobre la práctica de la liturgia en los monasterios hoy: logros, interrogantes, propuestas. No hemos logrado completar este reto, que habría requerido más preparación y contactos con varios monasterios en diferentes continentes para obtener una muestra de la situación actual.
Pero este número trata de la liturgia en un sentido más general y espiritual. Estamos encantados de contar con la contribución de tres benedictinos brasileños, dos de los cuales son profesores del Pontificio Instituto de Liturgia de San Anselmo.
Hemos reimpreso un estudio de la hermana Véronique Dupont, monja de Vénières e incansable colaboradora de AIM, que lamentablemente falleció demasiado temprano. Este artículo trata de la "vida como liturgia" como una madre del desierto, como Santa Macrina nos invitó a vivir.
También hemos querido rendir homenaje al P. Henri Le Saux en el 50 aniversario de su fallecimiento, con una contribución del P. Yann Vagneux, de las Misiones Extranjeras de París (MEP). Este estudio ya ha sido publicado en la revista "Vie Consacrée", pero vale la pena repetirlo.
Por último, Hna. Christine, secretaria de AIM, presenta aquí su informe sobre su viaje a la India con motivo de la reunión de la ISBF, seguido de una visita a varios monasterios, y yo hago eco de mi estancia en Israel, para encontrarme con las distintas comunidades de la familia benedictina en Tierra Santa.
Dom Jean-Pierre Longeat, OSB
Presidente de AIM
Articulos
“¡La paz esté con ustedes! (Lc 24. 35-48)
1
Lectio divina
Dom Adriano Bellini, OSB
Abadía de Ligugé (Francia)
“¡La paz esté con ustedes!
El Evangelio de San Lucas 24. 35-48,
una clave para la liturgia
Jesús no se parece al mesías que los israelitas se habían imaginado: un rey, sacerdote y profeta que los libraría de la opresión de los más poderosos, perdonaría los pecados y traería consigo la salvación. Aun así, el apóstol Pedro nos recuerda que Jesús es el Mesías que había de venir, que cumple totalmente las profecías de toda la Escritura.
Ha llegado el momento: debemos abrir los ojos para recibir la salvación. Sólo aquellos que se dejan iluminar por la luz de Cristo resucitado pueden abrir su corazón a la comprensión de las Escrituras, para releer y redescubrir que Él, el Salvador, nos salva mediante la humildad, la obediencia, la pasión y la muerte. Fue precisamente en el momento crucial y doloroso de su muerte en la cruz que cumplió las profecías. Como verdadero sacerdote, ofrece el sacrificio definitivo y revela el poder de la realeza de un Dios que no sólo salva a su pueblo, sino que permanece con él para siempre.
Los discípulos de Emaús reconocieron a Jesús "al partir el pan" y ahora el Señor se les aparece en persona, mostrándoles los signos de la crucifixión para disipar el miedo y la duda; ellos también pueden tocarlo y comer con él. Cristo, el viviente, nos asegura su presencia real entre nosotros, especialmente a través de la Palabra y la Eucaristía. También podemos y debemos experimentar la alegría de encontrar a Cristo cada día, para poder comunicarnos con Él y recibir el perdón, la vida y las bendiciones que necesitamos.
Jesús resucitado dice a los discípulos: “La paz esté con vosotros”. La paz es el don mesiánico por excelencia, el don de la resurrección de Cristo. Pero no es una paz fabricada según la mentalidad del mundo. Jesús mismo dijo: “La paz os dejo, mi paz os doy. No os la doy a la manera del mundo. Que vuestros corazones no se turben ni tengan miedo” (Jn. 14, 27). La paz de Cristo es una paz que transforma la duda en certeza, el egoísmo en comunión, el miedo en esperanza. Este deseo de paz es profundamente litúrgico, con este saludo el obispo abre cada celebración litúrgica.
No es coincidencia que el lema benedictino sea "PAX" (paz) y que San Benito sea llamado mensajero de la paz. Este saludo, PAX, se encuentra a la entrada de todos los monasterios, a veces incluso una frase, por ejemplo: Sit pax intranti, redeunti gratia sancti (Paz a los que entran; a los que se van, llevad con vosotros la gracia del Santo [Benito], como en la entrada de la Abadía de San Pablo Extramuros de Roma).
Aquellos que pasean por el claustro de la abadía de Saint-Martin tienen ante ellos mosaicos que les recuerdan el don de la paz. Esto no es sólo una bienvenida a los que llegan al monasterio, sino un signo con el cual la comunidad acoge a sus huéspedes y les da, al entrar y al salir, lo que más aprecia: la paz de Cristo, el don pascual por excelencia. La propia comunidad monástica está llamada a vivir según esta paz, a buscarla, conservarla y hacerla resplandecer en el mundo: “Buscad la paz y perseguidla”, dice san Benito (Prol. 17).
"La paz no es pereza ni falso desinterés, [...] la paz es la actitud de un alma unida a Dios en la caridad". (Dom Delatte)
La paz no siempre significa ausencia de problemas o conflictos. Al contrario, Jesús advierte a sus discípulos que tendrán que soportar muchas tribulaciones. La paz que Jesús obtuvo al precio de su sangre significa sobre todo la certeza de su presencia, incluso cuando tengamos que atravesar un mar tempestuoso de dificultades. Jesús está vivo, camina con nosotros y nos da su paz y la alegría del Espíritu Santo. Esta paz se alcanza cuando todos estamos comprometidos en la búsqueda de Dios y del bien común, cuando hay un deseo sincero de comunión, caridad y de entrega. Es esta paz, la paz de Cristo resucitado, la que compartimos en la misa.
"Quédate con nosotros, Señor”. Líbranos de la ignorancia y abre los ojos de nuestro corazón para escuchar tu palabra y obedecer a Dios. Danos la gracia y la extraordinaria alegría de encontrarte en el pan partido en cada celebración eucarística, y que nuestro ser sea verdaderamente transformado por la comunión con tu Cuerpo y tu Sangre, para que nuestro testimonio de fe sea creíble, nuestra caridad sincera y tu paz esté en nosotros. Amén.

La liturgia monástica: El gran “hoy” de Dios
2
Perspectivas
Dom Jean-Pierre Longeat, OSB
Presidente de AIM
La liturgia monástica:
El gran “hoy” de Dios
Estas reflexiones son una invitación a elegir vivir hoy como el más importante y real de los días. Hoy, como como todos los días, todo procede de la fuerza y la verdad de los seres y las cosas, siempre que nuestra vida esté preparada para acogerlas. Como sabemos, la liturgia subraya este "hodie", este hoy que nos introduce en el día sin fin de Dios.
Esta propuesta se hace pensando en todos aquellos que, hoy, como cada día desde la creación de la humanidad, tienen sed de ser, de vivir, de comprender, de compartir, de amar, de existir intensamente en una humanidad que grita su sed y su deseo sin saber nunca realmente cuál puede ser el objeto o modo de ese deseo.
En primer lugar, nos plantearemos la pregunta de la escucha cotidiana: "Si escucháis, hoy, mi voz"; después, la del alimento cotidiano: "Danos hoy nuestro pan de cada día"; y, finalmente, nos volveremos hacia el Día de Dios, el día más allá de los días, el día prometido y anhelado.
"Si escucháis, hoy, mi voz, no endurezcáis vuestros corazones” (Sal. 94)
Este versículo del salmo se cita al comienzo mismo de la Regla de San Benito:
Levantémonos, pues, de una vez; que la Escritura nos espabila, diciendo: “Ya es hora de despertamos del sueño” (Rom. 13, 11) y, abriendo nuestros ojos a la luz de Dios, escuchemos atónitos lo que cada día nos advierte la voz divina que clama: “Si hoy escucháis su voz, no endurezcáis vuestros corazones” (Sal. 94, 8) y también: “Quien tenga oídos, oiga lo que dice el Espíritu a las Iglesias” (Apoc. 2, 7) ¿Y qué es lo que dice? “Venid, hijos; escuchadme; os instruiré en el temor del Señor” (Sal. 33, 12) “Daos prisa mientras tenéis aún la luz de la vida, antes que os sorprendan las tinieblas de la muerte” (Jn. 12, 35)”. (Prol. 8, 13)
El Salmo 94 se canta o se cantaba todos los días al comienzo del Oficio de Vigilias en la liturgia benedictina: es el salmo invitatorio por excelencia, el salmo que nos invita a orar con sus diferentes componentes.
En primer lugar, una llamada general a la alabanza: "¡Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva! Entremos en su presencia con acción de gracias, aclamándolo con cantos". Luego, acción de gracias por la obra de la creación: "¡Él Señor es un Dios grande, soberano de todos los dioses! Tiene en su mano las simas de la tierra, suyas son las cumbres de los montes. Suyo es el mar, pues él lo hizo, la tierra firme que modelaron sus manos". Incluso antes de ser reconocido como Creador de todas las cosas, el Señor es proclamado como el único Dios, el Dios grande por encima de toda grandeza y de todas las alturas.
Por eso puede contener en su mano todos los elementos de la creación, desde las profundidades de la tierra hasta las cumbres de las montañas, a lo ancho de los mares y los continentes.
A esto sigue una oración de acción de gracias por la obra de salvación, en relación directa con la peregrinación por el desierto y las maravillas realizadas allí por la mano del Señor. Esta oración va acompañada de una invitación al arrepentimiento, garantía de la verdadera acción de gracias: “¡Entrad, postrémonos por tierra! Bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque él es nuestro Dios y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía…No endurezcáis el corazón como en el desierto, cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras”. Esta acción de gracias por la redención y esta llamada al arrepentimiento se combinan con una nueva confesión de fe: “Él es nuestro Dios y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía”.
Por último, el salmo termina con una evocación de la promesa de Dios al hombre de poder compartir su vida en su descanso eterno, en el último Sabbath, si su corazón no se desvía, con una nueva referencia al pecado de Israel en el desierto: “Durante cuarenta años aquella generación me asqueó y dije: Es un pueblo de corazón extraviado, que no reconoce mi camino, por eso he jurado en mi cólera que no entrarán en mi descanso”.
En medio de todo esto viene el versículo citado por San Benito: “Si escucháis, hoy, su voz, no endurezcáis vuestro corazón”. Así pues, en este salmo está la dimensión de la memoria, la dimensión de la promesa y la dimensión que da sentido a ambas, la dimensión de la realidad cotidiana. Esta es una de las claves de la espiritualidad cristiana. San Benito, siguiendo las huellas de la tradición monástica, es un comentarista particularmente notable.
¿De qué se trata? Se trata de vivir cada día despierto. Cada mañana y cada momento del día es una llamada de la voz de Dios. Esta llamada sólo puede ser escuchada por quienes están atentos a ella. Los que abren los ojos y los oídos de su corazón para ver y oír “lo que el ojo no ha visto, lo que el oído no ha oído, lo que Dios ha preparado para los que le aman" (1 Cor. 2, 9 citado por RB 4, 77). Lo que puede hacernos infelices en esta vida es quedarnos atrapados en la ilusión de los sentidos externos. Si sólo veo con los ojos de mi carne, si sólo oigo con los oídos de mi cuerpo, aún no he visto ni oído nada que pueda darme el sabor de la verdadera vida.
Cada día, en cada segundo, a través de los seres y las cosas creadas, se nos da la totalidad de la existencia. Pero a menudo dormimos y soñamos. Es urgente, constantemente urgente, despertar, levantarse, resucitar y empezar a escuchar: "Si escucháis, hoy, su voz, no endurezcáis vuestro corazón". Este es uno de los dichos esenciales del Evangelio. Para ser capaz de escuchar, el corazón debe ser tocado, convertido, circuncidado. A este respecto, es necesario releer el Sermón de la Montaña, al comienzo del Evangelio de San Mateo. Desde el primer versículo del Prólogo, San Benito nos invita a hacerlo: "Escucha, inclina el oído de tu corazón" (Pról. 1).
Al comentar el citado versículo del Salmo 94, la Carta a los Hebreos actualiza de manera particularmente poderosa nuestra relación con la Palabra de Dios, que recibimos para ponerla en práctica para que un día podamos saborear el descanso de Dios: “La Palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de dos filos; penetra hasta el punto de división del alma y del espíritu, de las coyunturas y de los tuétanos, y puede juzgar los sentimientos y los pensamientos del corazón.
Por eso no hay criatura que permanezca invisible ante él, sino que todo está desnudo y descubierto a los ojos de Aquel a quien debemos dar cuenta" (Heb. 4, 12-13). ¿Está nuestra vida orientada hacia esta perspectiva del hoy de la Palabra que se realiza en nuestra vida para que podamos decir con Cristo: “Este pasaje de la escritura que acabáis de oír se cumple hoy” (Lc. 4, 21)?
“Danos hoy nuestro pan de cada día” (Mt. 6, 11; Lc. 11, 3)
No basta con inclinar el oído de nuestro corazón y no endurecerlo. Para poder escuchar cada día la llamada del Señor a través de su Palabra; también debemos aceptar recibir lo que el Señor planifica, cada día, para nosotros según su voluntad.
Conviene aquí referirse a la experiencia de Israel en el desierto. El Señor proveyó gratuitamente al hambre de su pueblo enviándoles “una capa de rocío alrededor del campamento”. Cuando esta capa de rocío se evaporaba por la mañana, algo pequeño y granuloso aparecía en la superficie de la tierra. «Este es el pan que el Señor os ha dado de comer. Y Moisés les dijo: “Que nadie guarde nada en reserva hasta el día siguiente”; lo recogían cada mañana, cada uno según lo que podía comer, y cuando el sol calentaba, se derretía» (cf. Ex 16,13-21). El alimento diario del maná del cielo es un elemento clave de la espiritualidad que Dios ofrece hoy a su pueblo.
El Evangelio de San Mateo ofrece un hermoso comentario sobre este don del cielo: “No os preocupéis por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos? Vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todo esto. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas estas cosas se os darán por añadidura. Así que no os preocupéis por el mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene sus propios afanes” (Mt 6,25-34).
Entonces, ¿deberíamos tomar estos textos literalmente? No, eso no es suficiente; necesitan ser interpretados. Pero también es imprescindible saber cómo vivir este abandono día a día en la confianza de una fe que está siendo renovada siempre. Está bastante claro que nuestra búsqueda rara vez es primero por el Reino de Dios, y ahí es donde radica el problema. Si, como los israelitas en el desierto, queremos abastecernos de maná, si queremos atesorar el regalo de Dios, si no aceptamos cada día los regalos que sólo son necesarios para nosotros, no podremos realizar la vida de Dios en este mundo.

Le discours sur le Pain de vie présente l’accomplissement de ce signe de la manne. Le Christ nous y révèle qu’il est lui-même le Pain de vie. « Vos pères dans le désert ont mangé la manne et sont morts ; ce pain est celui qui descend du ciel pour qu’on en mange et ne meure pas. Je suis le pain vivant, descendu du ciel. Qui mangera ce pain vivra à jamais » (Jn 6, 49-51).
El discurso sobre el Pan de Vida presenta el cumplimiento de este signo del maná. En él, Cristo revela que él mismo es el Pan de Vida. “Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron, éste es el pan que baja del cielo para que lo comáis y no muráis. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre” (Jn. 6,49-5).
Nuestro único verdadero alimento cotidiano es Cristo, otorgado para que el mundo tenga vida. Lo recibimos en su palabra rumiada y en la oración, en el pan de la Eucaristía y los sacramentos, y en la comunión fraterna.
Por eso, “Danos hoy nuestro pan de cada día” s ólo puede entenderse en esta nueva relación con Cristo que se entrega cada día. Así es como podemos buscar el Reino y su justicia, así es como podemos estar contentos con el alimento diario.
Toda la vida de Cristo es así, como relata san Lucas a su manera: “Hoy se cumple en vuestros oídos este pasaje de la Escritura” (4, 21). Después de la curación del paralítico, los venir; visita su creación, le habla, se encarna en ella, le promete su venida gloriosa cuando Cristo sea todo en todos.
Así pues, la Revelación bíblica está jalonada por el anuncio del hoy de Dios, que se manifiesta sin cesar en la vida de los hombres: “Atardecía y amanecía, era el primer día” (Gn 1); "Este es el día en que actuó el Señor" o "Este es el día que ha hecho el Señor" (Sal 117); "En aquel día..." repiten sin cesar los profetas; esta expresión no significa necesariamente una proyección hacia el futuro, es un anuncio del día de hoy en que cada uno está llamado a escoger entre la vida y la muerte (cf. Deuteronomio). El Evangelio de San Lucas se abre con este anuncio de la Buena Nueva: “Hoy os ha nacido un Salvador” (Lc. 2,11) y concluye con esta promesa: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23,43).
Pero lo que mejor expresa este gran día de Dios es el hoy de la celebración litúrgica. En la liturgia latina, el hodie resuena como una esperanza inaudita durante todo el año. El hodie más famoso es el de Navidad: "Hodie Christus natus est...", "Hoy nos ha nacido Cristo”; hoy ha aparecido el Salvador; hoy cantan los ángeles en la tierra, los arcángeles se alegran; hoy exultan los justos, diciendo: “Gloria a Dios en las alturas”. (antífona del Magníficat en las II Vísperas de Navidad). Esta antífona encuentra su preparación en el Oficio de Nochebuena, en el hoy de la revelación: “Hoy sabréis que viene el Señor, y por la mañana veréis su gloria”.
A esta antífona de Navidad se puede añadir la antífona de Epifanía: "Hodie caelesti sponso" - "Hoy la Iglesia está unida con su celestial esposo, pues Cristo la ha lavado de sus pecados en el Jordán; los Magos vienen con regalos a las bodas reales, y los invitados se alegran por el agua convertida en vino” (ant. del Benedictus de Laudes de Epifanía).
La antífona del Magníficat de las Segundas Vísperas retoma este tema: “Hoy la estrella ha guiado a los Magos hasta el pesebre; hoy el agua se ha convertido en vino en la fiesta de bodas; hoy, en el Jordán, Cristo ha querido ser bautizado por Juan para salvarnos”.
Con el mismo espíritu, la antífona del Magníficat de las Segundas Vísperas de Pentecostés expone el Misterio actualizado en este día: “Hoy se han cumplido los días de Pentecostés; hoy el Espíritu Santo se ha aparecido a los discípulos en forma de fuego y ha derramado sobre ellos los dones misteriosos, los ha enviado a todo el mundo para predicar y dar testimonio. Aquellos que crean y reciban el bautismo se salvarán”.
En medio de ambos tenemos, por supuesto, el Domingo de Pascua y el tiempo pascual, cuando oímos "Haec dies quam fecit Dominus" del Salmo 117, 24, el salmo pascual por excelencia: “Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo”. Este día es el Día de los días: el verdadero hoy de la vida divina.
Algunas antífonas marianas recientes (8 de diciembre, 11 de febrero) han retomado este tema y la liturgia benedictina la ha aplicado a san Benito, santa Escolástica y san Mauro. El domingo es el gran día del Señor, a la vez primer día de la creación y de la redención en la resurrección de Cristo y el octavo día, el día más allá de los días, el día de Dios que transfigura todas las cosas, el día de su venida.
El sacramento del domingo es realmente de gran importancia para la expresión de la vida de Cristo. Necesitamos desarrollar en cada una de nuestras vidas una espiritualidad de esta vida cotidiana, que es el hoy de Dios. Es el día del nacimiento, el día del comienzo, el día del recomienzo, el día de la resurrección, y es también el día de la eternidad, el día en que las apariencias desaparecen para dar paso a la realidad, el día del discernimiento, que es otro nombre para el día del juicio.
Al cantar hoy los Misterios, la liturgia permite que se realicen aquí abajo, en forma de figura. De este modo, los fieles se vuelven contemporáneos con los misterios celebrados, que se hicieron realidad un día del pasado y siguen siendo actuales hoy. Este es el sentido del memorial cristiano.
En el siglo IV, un monje del desierto egipcio se decía a sí mismo cada mañana: “Hoy empiezo”. Que este comienzo no deje nunca de habitar en nuestras acciones: de este modo, en las palabras de san Gregorio de Niza, iremos “de comienzo en comienzo, a través de comienzos que no tienen fin”, y así llegaremos al día sin final que Dios nos ofrece ya como imagen.

Conclusión
No basta con enunciar unos cuantos principios analíticos; necesitamos también darles consecuencias concretas.
¿Realmente vamos a escuchar la llamada de Dios que resuena en nuestros oídos? ¿Estará nuestro corazón lo suficientemente receptivo para entrar en la Palabra, hoy? Preguntémonos realmente si frecuentamos la Palabra divina, de un modo u otro (lecturas bíblicas y espirituales, oración, meditación, rumiación, lectio divina). ¿Es hoy un día en el que Dios viene a nosotros y a los que nos rodean, buscando y llamando a sus trabajadores de entre la multitud de una manera que es siempre inesperada?
¿Vamos a hacer de nuestra vida una compañía diaria? ¿Cómo podemos compartir el Pan de Dios con nuestros hermanos y hermanas? ¿Cómo podemos recibir el maná que es el verdadero Pan de vida? Está claro que cuando sabemos que la mitad de los habitantes de nuestro planeta se mueren de hambre, realmente nos preguntamos qué ha pasado con la oración “Danos hoy nuestro pan de cada día”; ¿es por tanto imposible hacer de nosotros mismos discípulos mientras atravesamos el desierto de este mundo?
Por último, ¿cómo testimonia nuestra vida el Día más allá de los días? ¿Sabemos relativizar nuestros bienes inmediatos para ponernos en las manos de Dios, con el coraje de trabajar incansablemente, pero libres de toda preocupación de engrandecimiento personal? El día de Dios es siempre un día de juicio, en el que quedamos al desnudo para ser lo que realmente debemos ser: simples criaturas, simples siervos que saben que son hijos de Dios para la eternidad. Ese es nuestro tesoro, y "donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón" (Mt 6,21).
“Este es el día que actuó el Señor;
Sea nuestra alegría y nuestro gozo”.
(Sal 117,24)
Santa Macrina: “Su vida entera fue liturgia”
3
Perspectivas
† Hna. Véronique Dupont, OSB
Abadía de Venière (Francia)
Santa Macrina:
“Su vida entera fue liturgia”[1]
Gregorio de Niza escribió la Vida de Macrina (VSM)[2] hacia el 380 – 383, en el apogeo de su carrera y en el mejor momento de su influencia espiritual. Este texto, contemporáneo de la Gran Catequesis[3] es el lado espiritual de las verdades de la fe; es su ilustración. La inmediata ocasión de escribir este texto es bien conocida: durante un viaje a Arabia para informar sobre las decisiones del primer Concilio de Constantinopla (381), Gregorio se encontró con un monje, Olimpio, a quien habló con emoción sobre la reciente muerte de su hermana. Seducido, Olimpio pidió a Gregorio que pusiera la historia por escrito para que sirviera de ejemplo para monjes y monjas.
Una liturgia eucarística
Gregorio presenta la vida de Macrina como una liturgia eucarística: Macrina prepara el pan, unge sus manos para las cosas sagradas, las ofrece a otros, y ella misma recuerda la magnalia Dei, pide la santificación (epíclesis) y muere durante la Eucaristía en el lucernario. Esta forma de muerte, el final de la oración y el final de la vida, es constante en las historias cristianas de la época[4].
Macrina prestó sus manos al servicio litúrgico (VSM 5, p. 159); ¿Qué significa esto? ¿Tal vez preparó el pan eucarístico como muchas otras vírgenes de su tiempo, como señala el padre Daniélou?[5] Seguramente lo recibió en sus manos, que estaban por tanto ungidas (Cristo) y consagradas para todas las ocupaciones del día. ¿Qué hacía Macrina durante el día?
“Meditar en las realidades divinas, orar sin cesar, cantar himnos de día y de noche, cumplir con las tareas indispensables que nos preocupan en esta vida. No dejaba el trabajo manual a esclavos ni sirvientes” (VSM 11).
La primacía de la Escritura
Macrina fue educada desde su juventud en meditar sobre las realidades divinas. ¿No aprendió a leer y escribir a partir de las Escrituras? ¿No fue instruida en las Escrituras? Todo lo que en las Escrituras inspiradas por Dios parece más accesible a los niños era el programa de la niña, sobre todo la Sabiduría de Salomón, y preferentemente, en este libro, lo que contribuye a la vida moral. Conocía el salterio, y recitaba cada parte en momentos concretos del día: al levantarse de la cama, al empezar o terminar el trabajo, al comer o al levantarse de la mesa, al acostarse o al levantarse a rezar, llevaba la salmodia a todas partes, como fiel compañera que no le fallaba ni un solo momento.
La educación de Macrina estaba basada enteramente en la Sagrada Escritura y, a su vez, Basilio, el hermano menor de Macrina, se formó inicialmente en las Escrituras, de allí la abundancia de citas y referencias a textos sapienciales en los escritos de Basilio. Pedro, el hijo menor (que más tarde se convirtió en obispo de Sebaste), también fue formado de este modo. Macrina lo educó y le dio acceso a una cultura superior, formándole desde la infancia en las ciencias sagradas (VSM 12). Para los antiguos, la Escritura era una puerta de acceso al conocimiento universal. Aprendieron a leer y escribir, a comprender, a descubrir la historia, las ciencias naturales, la cosmología, las matemáticas, la medicina, simbolismo de los números y, sobre todo, la Sabiduría, que es Cristo.
La educación de Macrina y sus hermanos comenzó, por lo tanto, cuando aún eran pequeños, con el estudio de los libros sapienciales y el salterio. Macrina recitaba el salterio todos los días en su totalidad: “No le faltó ni en un solo momento”[6] es decir, lo sabía de memoria. Leemos la misma actitud en la Carta 107 de Jerónimo sobre la pequeña Paula: “Que su aun tierna lengua se impregne de la dulzura de los salmos... Que aprenda primero el salterio”[7]. Del mismo modo, en la Regla, San Benito da a los hermanos jóvenes el estudio del Salterio como su primera tarea[8].
Pero la práctica bíblica de Macrina no se detuvo en el Antiguo Testamento. Macrina vivió una vida filosófica, y el Filósofo era Cristo. Esta vida filosófica vivida en Annisa[9] es la vida evangélica vivida en su absoluto. Está en consonancia con el llamado de San Pablo en su carta a los Colosenses: “Desechad toda ira, enojo, malicia, injurias y palabras vergonzosas lejos de vuestra boca” (Col 3,8), y de San Pedro a los cristianos: “Sed humildes los unos con los otros, porque Dios se opone a los soberbios, pero da gracia a los humildes" (1 Pe 5,5).
La Vida de Macrina hace referencia a muchas otras citas de textos similares del Nuevo Testamento. En cuanto a la descripción que Gregorio hace de ella, ¿no es, en su propio estilo y característico de la época, un signo del paso del hombre viejo al hombre nuevo (véase Col 3,9-10)? Algunos episodios de la vida en Annisa nos son presentados como evangélicos, probablemente para para establecer un lazo entre la vida monástica y el seguimiento de Cristo, la imitación de Cristo. En un día de hambruna, el hermano de Macrina, Pedro, trajo tantas provisiones que la multitud de visitantes, atraídos por la fama de caridad del monasterio “hizo que el desierto pareciera una ciudad”[10] esto es una reminiscencia de la multitud que acudía a Jesús, por ejemplo, en Mc 1, 45, pero también durante la multiplicación de los panes (Mc 6, 31-44) y las curaciones. La propia Macrina realizó muchos milagros (VSM 36). De este modo, Gregorio quiere mostrar que el ideal de la filosofía es la perfección de la vida cristiana, y que la búsqueda de este ideal es la búsqueda no de una abstracción, sino de una persona: Cristo. Para Macrina y sus compañeras, rezar sin cesar y cantar alabanzas a Dios era su trabajo y su descanso después del trabajo (VSM 11).
Trabajo/descanso; trabajo/relajación; ir a Dios, vacaciones en Dios, descanso en Dios.
El trabajo de salmodiar y cantar himnos es una fuente de energía y renovación. En este sentido, la vida en Annisa es una vida "angélica", porque los ángeles alaban a Dios sin cesar (VSM 12 y 15). La primacía es siempre dada al Oficio Divino. Macrina, que está enferma y sabe que esta será la última vez que hablará con su hermano, interrumpe sin embargo su intercambio espiritual (un diálogo que es de hecho una anamnesis de la Magnalia Dei) (VSM 20) en cuanto oye el comienzo del Lucernarium. Inmediatamente envía a su hermano a la Iglesia, mientras que ella misma se refugia con Dios en la oración (VSM 22). Al final de su oración, se persigna "y cesa tanto su oración como su vida"[11].
Tres celebraciones
En lugar de enumerar todas las huellas de la "liturgia" en la vida de Macrina, veamos tres "celebraciones litúrgicas": la acogida de un huésped, la muerte en Cristo y la liturgia de los funerales.
Acogida de un huésped
Cuando Gregorio, el obispo, llega a Annisa para ver a su hermana enferma, el grupo de hombres (monjes instalados por Basilio más lejos, en la inmensa finca familiar) va a su encuentro, mientras que el coro de vírgenes, alineadas en buen orden junto a la iglesia, esperan la entrada de Gregorio. Gregorio entra, reza y bendice a las vírgenes, que se inclinan (VSM 16). Del mismo modo, cuando un huésped llega a un monasterio o una fraternidad Basiliana, ellos empiezan rezando[12]. Esta es una costumbre bien atestiguada ya en el siglo IV en Oriente. Se la encuentra en la Regla de San Benito[13], por ejemplo. Esta costumbre se universalizó en el mundo monástico.
La muerte en Cristo
Cuanto más presiente Macrina su muerte biológica (hacia el final del día, que también es un símbolo), más ansiosa está de ir a su Amado (VSM 23). Su cama está orientada hacia el Este. Fue en el oriente donde los primeros cristianos situaron el paraíso; era desde Oriente de donde esperaban el regreso de Cristo, pero también la venida de los ángeles que acogerían las almas de los justos y las conducirían al paraíso de Dios. En oriente, Pacomio ve el alma de un hermano llevada a los ángeles. En el oriente, Macrina contempla la belleza del Esposo, sus ojos se posaban constantemente en él. Su corazón y sus labios rebosan en oración. Mientras reza, Macrina dibuja una cruz sobre su boca, ojos y corazón, protegiendo todo su ser de los demonios. A continuación, expresa su deseo de rezar la oración eucarística del Lucernarium, es decir, la gran oración de la noche. Lo hace con gestos y en su corazón, incapaz de hablar por la fiebre. La oración termina con su canto, mientras que su oración y su vida cesan con un profundo suspiro (VSM 25).
Esta forma de presentar la muerte de Macrina significa que toda su vida se había convertido en oración, toda su vida se había convertido en liturgia: liturgia en el sentido fuerte y amplio, no el cumplimiento de ritos, sino la inclusión de toda su vida en la Liturgia. Esto no significa que todo lo que hacemos en la vida monástica sea ritual, ni mucho menos, sino que nada está excluido de nuestra vida cristiana: “Todo es vuestro, pero vosotros sois de Cristo, y Cristo de Dios” (1 Cor. 3, 22-23).
La liturgia funeraria
Una historia contada por Gregorio muestra que la liturgia impregna toda la vida monástica. Cuando murió Macrina, se cantaron canciones fúnebres. Macrina verdaderamente había fijado un tiempo para el llanto (VSM 27), prescribiendo que el llanto debería darse en el momento de la oración, pero había dejado claro que esas lágrimas no debían ser lágrimas de lamentos o quejas. En otras palabras, hay un tiempo para todo, un tiempo para llorar, un tiempo para dar gracias. Pero si hay un tiempo para todo, eso no significa que podamos hacer todo de cualquier manera. Podemos expresar nuestro dolor en la liturgia (cf. el canto de los salmos, por ejemplo). Jesús también lloró. Nosotros lloramos, pero no nos quejamos.
Bajo la dirección de Lampadion, la maestra de coro, las vírgenes cantan “porque la salmodia alivia los gemidos”, dice Gregorio Nacianceno[14]. Pasan la noche cantando himnos, como los mártires. Esta característica litúrgica significa que la muerte de Macrina es equivalente a la de un mártir, porque fue fiel hasta el final. Por eso la celebración de un jubileo, o incluso el funeral de una monja, es mayor que la profesión monástica: la profesión es algo serio, una promesa para el futuro; la muerte de una monja es una promesa cumplida.
La salmodia se canta a dos coros. Un coro femenino: las monjas de Annisa y las otras mujeres (porque acude mucha gente, no sin que a veces perturben la salmodia), y un coro masculino: los monjes y los demás hombres.
Estos coros cantan alternadamente, o juntos, en un coro “perfectamente homogéneo, gracias a una melodía común para todos”[15]. El cortejo fúnebre se dirige a la capilla, situada a un kilómetro y medio de distancia, dedicada a los cuarenta mártires de Sebaste. Los padres del difunto están enterrados allí. El cortejo está encabezado por el obispo Araxios, a quien Gregorio indica el camino. Lo principal que sabemos sobre este cortejo es que la gran multitud era una molestia: se tardó todo el día para completar este corto recorrido. Se trataba de una verdadera procesión litúrgica (VSM 34), con diáconos, clérigos menores, portadores de velas y otros. Durante todo el camino, cantamos todos, como los tres jóvenes en el horno, con una sola voz y una sola boca (ver Dn. 3,51).
Cuando se abre el sepulcro, una virgen, y luego varias más, comienzan a gritar; se produce la confusión. Finalmente, Gregorio pide silencio, el cantor invita a la oración y el pueblo se reúne en torno. Como las vírgenes prudentes (Mt 25), la procesión va al encuentro del Esposo; el rostro de Macrina está deformado.
Para el entierro (VSM 35), observamos una costumbre bíblica practicada en la época: para que no se descubra la desnudez de los padres (¡muertos hace tiempo!) – a los griegos les repugnaba ver semejantes espectáculos -, sus cuerpos (lo que queda de ellos) se cubren con un nuevo sudario[16] y Macrina es enterrada junto a su madre, según su voluntad.
La vida de Macrina es una ascensión mística hacia Cristo. Los mismos “peldaños” espirituales se encuentran en la Vida de Moisés[17], aunque aquí presentados de una forma diferente.
Los milagros de Macrina
En el epílogo (VSM 39), San Gregorio alude a los numerosos milagros realizados por Macrina, milagros de diversa índole: curación de enfermedades, expulsión de demonios, una alusión a un milagro realizado durante la hambruna; pero no relata en detalle estos milagros, pensando que la santidad de su hermana estaba bien consolidada y sin necesidad ya de añadirlos. Así, en el relato de la vida de Macrina, sólo se relatan dos milagros, uno relativo a la propia Macrina, el otro a un niño pequeño, siendo este segundo milagro la base para Gregorio, de una enseñanza filosófica (es decir, monástica). Gregorio no eligió estos milagros al azar. En efecto, si los milagros son recordados en una “Vita”, es para mostrar la similitud entre el santo y Cristo. Los milagros se eligen, pues, según el riguroso criterio de referencia escriturística, aquí: curación de un ciego y unción en la fe.
El milagro de Macrina
Este milagro sale a la luz después de la muerte de Macrina, cuando Gregorio y Vetiana, una de las vírgenes de Annisa, van a cubrir el cadáver de Macrina. Vetiana le cuenta a Gregorio que su hermana tuvo una vez un grave tumor en el pecho y se negó a ser tratada a pesar de los requerimientos de su madre. Cuando rezaba en el santuario, hizo barro con sus lágrimas y lo puso sobre el tumor. Su madre seguía insistiendo en que sea curada, así que Macrina le invitó a hacer la señal de la cruz sobre el tumor, y así lo hizo. El tumor desapareció, dejando sólo una pequeña marca que sería “un memorial de la intervención divina, tema y motivo de incesante acción de gracias a Dios”[18]. Este hecho nos revela la profundidad de la fe de Macrina. La propia estructura de este texto es una reminiscencia de las curaciones evangélicas realizadas por Jesús: “Vete, tu fe te ha salvado” (Mt 9,22).
El milagro de la hija del soldado
El relato de este milagro es maravilloso (VSM 37-38), porque se mueve constantemente entre la vida filosófica y la enfermedad de la hija del soldado. Este soldado y su esposa fueron a Annisa para ver a Macrina y visitar el monasterio. Llevaron a su hija pequeña, que padecía una enfermedad infecciosa en un ojo.
El soldado visitó el monasterio de los hombres (dirigido por Pedro, hermano de Macrina y Gregorio), mientras que su esposa visitó el monasterio femenino (dirigido por Macrina). Cuando se marchaban, en señal de amistad, fueron invitados - cada uno a sus respectivos monasterios - a participar en la mesa filosófica. La pequeña niña estaba con su madre. Macrina la coge en su regazo, se da cuenta de su dolencia y promete a su madre una recompensa por acudir a la mesa filosófica. Ella le da colirio para curar las enfermedades oculares. Tras el banquete, la pareja se fue a casa y, en el camino, se dieron cuenta de que habían olvidado las gotas para los ojos; al mismo tiempo, descubrieron que la niña se había curado. La madre comprendió que el verdadero colirio era la oración, el remedio divino.
El soldado cogió entonces la niña en brazos y recordó todos los milagros del Evangelio: su fe les había salvado. Estos dos milagros son muy evangélicos. Su base común es la fe. Se relatan en un estilo deliberadamente imitando a los sinópticos (véase Lc 4, 40; 7, 21).
La vida de Macrina es una carrera acia y con Cristo
Esto es una reminiscencia del De Instituto Christiano atribuido a Gregorio de Niza[19]. Este y Gregorio lo dicen todo sobre el carácter de Macrina, compara a su hermana con una corredora que está a punto de llegar a la meta, habiendo derrotado a su adversario y anunciando ya su victoria, viendo la corona del vencedor y dirigiendo su mirada hacia el premio de la llamada de lo alto. Macrina vive como una atleta de Cristo.
Su búsqueda de Cristo es una liberación progresiva con vistas a verlo (VSM 23). Cristo es su Amante. Macrina siente un amor divino y puro por Cristo, su esposo invisible. Alimentaba este amor en lo más íntimo de su ser. Su corazón estaba impulsado por el deseo de apresurarse hacia su Amado, de estar pronto con Él, una vez liberada de las ataduras del cuerpo: “En verdad, era hacia su amante hacia donde corría, sin que ninguno de los placeres de la vida desviara su atención”[20]. (La autoría de San Gregorio de Niza no es segura).
Fascinada por Cristo, contempla en él la belleza del Esposo y mantiene constantemente la mirada fija en él. Muere como vivió, “vestida de novia” para su esposo[21]. Resplandeciente de luz, incluso con un vestido oscuro, Macrina está revestida de Luz, como Adán y Eva al principio, antes de la aventura de las túnicas de piel. Como Cristo, Macrina vive para Dios (Rom. 6, 10). Macrina se ha convertido en Luz, como su Creador. Su vida ha sido un ascenso hacia Cristo. La meta de la carrera: el rostro de su Amado.
“Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”
En conclusión, la vida de Santa Macrina fue de un constante progreso y celebración. La búsqueda del ideal filosófico es una ascensión mística: liberarse de las pasiones, es decir, dominarlas, es estar crucificado con Cristo, clavar la propia carne con el temor de Cristo; esto para purificar la propia alma para que se encuentre sin mancha ante Dios (VSM 24) y acogidos por él.
Los valores destacados por la vida filosófica son también: la virginidad, la pobreza (“la pobreza, nodriza de la filosofía”[22], escribió San Basilio), una pobreza que es renuncia a una carrera, a los hábitos de lujo, y un deseo deliberado de igualdad con los otros, de ahí el sentido profundo del trabajo; todos estos valores no son un fin en sí mismos. El fin es Cristo. Por eso nos dirigimos hacia Él en la vida "inmaterial", también llamada vida angélica. ¿Qué significa esto? Los ángeles son aquellos que ven constantemente el rostro de Dios; a través de la contemplación Macrina vive en la sociedad de los ángeles, “caminando en las alturas con los poderes celestiales”[23].
Desde que Cristo se sentó a la diestra del Padre, en su humanidad resucitada, los hombres se han convertido en ciudadanos del cielo: han ascendido al cielo con Cristo, han nacido a una vida nueva. Se trata de una verdad ontológica, no moral. El bautismo nos ha hecho moradores del cielo: “Dios nos ha resucitado y nos ha sentado con Cristo en las regiones supra celestes” (Ef 2,6). Estamos allí, somos conciudadanos de los ángeles, tenemos derecho a vivir en el cielo. Nuestra pertenencia a la ciudad celestial nos libera ontológicamente de las manos de la ciudad terrenal y nos coloca bajo otra jurisdicción, en un cuerpo político.
¡Pero seguimos en la Tierra! Sí, es verdad, pero ya no estamos en la tierra, “somos extranjeros en la tierra” (Heb 11, 13). A través del sacramento, el mysterium, las realidades del cielo vienen a comunicarse en lo sensible, a ocupar su lugar en el tiempo, gracias a lo cual no somos transportados al cielo por éxtasis, como Plotino, sino ontológicamente.
Co-ciudadanía de los ángeles significa enfrentarse al diablo, al ángel caído, el ángel cuyos celos no dejan de afectar a quienes se han convertido en conciudadanos de los ángeles, de allí la importancia del combate espiritual, que es una realidad que no debemos rehuir. Mientras haya monjes y monjas, lucharán contra los demonios, sea cual sea la forma que adopten en cada momento.
La vida monástica no es simplemente un regreso al paraíso; es una entrada en la ciudad de los ángeles, en el reino de Cristo donde todo es restaurado, donde el orden se restablece. Poco a poco, todo el ser del monje, de la monja, se diviniza, como el ser de Macrina. Mientras estamos en la tierra, compartimos la cruz de Cristo y al mismo tiempo nos regocijamos con los ángeles. Vivimos en los dos mundos al mismo tiempo. La misión del monacato en la Iglesia es mantener abierta la puerta de comunicación entre el cielo y la tierra, la puerta por la que los ángeles entran y salen, la puerta por la que la Iglesia asiste y participa en la liturgia y la vida de la ciudad celestial.
[1] Este artículo apareció, ligeramente diferente, en “Liturgie” No. 124, marzo 2004, pp. 23-35. (Reproducido con el gentil permiso de los editores de la revista y la comunidad de Venière). Conferencia dada en Koubri, fiesta de todos los Santos, 1 de noviembre de 2003, en memoria de madre Marie Hamel y Hna. Joséphine Balma.
[2] Gregorio de Niza, Vie de sainte Macrine, « Sources chrétiennes » 178, Cerf, Paris, 1971.
[3] Gregorio de Niza, Discours catéchétique, « Sources chrétiennes » 453, Cerf, Paris, 2000.
[4] Ver Gregorio de Nacianzo, lsobre la muerte de su padre, su madre y su hermana gorgonia.
[5] DANIÉLOU Jean, “Le ministère des femmes dans l’Église ancienne” (El ministerio de las mujeres en la Iglesia primitiva), La Maison-Dieu 61 (1960), p. 88. www.patristique.org, pág. 2.
[6] Gregorio de Niza, Vie de sainte Macrine, 3, p. 151.
[7] Gregorio de Niza, Ibidem 8. San Jerónimo, Lettres, t. 5, 107, 4, CUB, Paris, 1955, p. 147.
[8] Regla de San Benito 48, 10.
[9] Annisa es el nombre de las tierras de la familia cerca Neocesarea, donde Macrina fundó un convento en 341. www.patristique.org, pág. 3.
[10] Gregorio de Niza, Vie de sainte Macrine, 12, p. 185.
[11] Gregorio de Niza, Vie de sainte Macrine, 25, p. 227. www.patristique.org, pág. 4.
[12] Basilio de Cesárea, "Regla Monástica”, PR 312.
[13] Regla de San Benito 53, 4. www.patristique.org, pág. 5.
[14] Gregorio de Nacianzo, Discours funèbre pour son frère Césaire, 7, 15, dans Discours 6-12, « Sources chrétiennes » 405, Cerf, Paris, 1995, p. 219.
[15] Gregorio de Niza, Vie de sainte Macrine, 33, p. 249. www.patristique.org, pág. 6.
[16] Ver Gn 9, 25 ; Lev 18, 7.
[17] Gregorio de Niza, Vie de Moïse, « Sources chrétiennes » 1 ter, Cerf, Paris, 1968.
[18] Gregorio de Niza, Vie de sainte Macrine, 31, p. 247. www.patristique.org, pág. 7.
[19] Gregorio de Niza, Écrits spirituels, Migne, Paris, 1990, p. 61-100.
[20] Gregorio de Niza, Vie de sainte Macrine, 22, p. 215-217. www.patristique.org, pág. 8.
[21] Gregorio de Niza, Vie de sainte Macrine, 32, p. 247.
[22] Basilio de Cesarea, Lettres I, 4, CUF, Paris, 1957, p. 15. www.patristique.org, pág. 9.
[23] Gregorio de Niza, Vie de sainte Macrine, 11, p. 181.
La implementación de la reforma de la Liturgia Monástica de las horas en la Congregación Benedictina de Brasil
4
Perspectivas
Dom Jerônimo Pereira, OSB[1]
Monasterio de San Benito, Olinda (Brasil)
La implementación de la reforma de la Liturgia Monástica de las horas en la Congregación Benedictina de Brasil
La vida litúrgica parece ser el carácter que, en cierto sentido, distingue a la vida monástica benedictina. Esta perspectiva guio al Congreso Internacional de Abades y Priores Conventuales de la Confederación Benedictina celebrado en San Anselmo, Roma, del 19 de septiembre al 4 de octubre 1966, bajo la dirección del abad primado Benno Walter Gut (1897-1970). El tema central fue la reforma del breviario monástico.
El debate, siempre animado, giró en torno a los temas de pluralidad o uniformidad, latín o lengua vernácula, canto “moderno” o gregoriano y, sobre todo para el salterio, la aplicación del concepto de cantidad o calidad. El reto consistía en encontrar un equilibrio entre la letra y el espíritu de la Regla. El Congreso terminó con la formación de una comisión - De re liturgica - encargada de estudiar la forma más adecuada de responder y armonizar estos impases y calmar el ambiente.
Al año siguiente, se celebró la segunda parte del Congreso (del 18 al 30 de septiembre), como estaba previsto. Las propuestas presentadas se votaron, el nuevo Abad Primado, Dom Rembert George Weakland, fue elegido, se formó una nueva comisión para continuar los estudios, y el 15 de octubre del mismo año el Consilium ad exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia aprobó el uso ad experimentum del Ordo provisional del Salterio, presentado al Congreso por el abad Dom Emmanuel Maria Heufelder (1898-1982), abad de Niederalteich, Alemania.
El 10 de febrero de 1977, la Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino aprobó el documento litúrgico preparado por la comisión y el 11 de noviembre de 1976 envió al Abad Primado el Thesaurus Liturgiae Horarum Monasticae[2] para su aprobación.
En la distribución del salterio, el Thesaurus presenta cuatro esquemas diferentes que llevan los nombres de sus autores: esquema A, de la regla de San Benito; B, organizado por un monje de la abadía suiza de Dissentis, Notker Füglister (programa “Füglister”); C, llamado "Scheyern", por la abadía alemana del mismo nombre en la que fue ideado; y D, estructurado por el trapense Chrysogonus Waddell, de la abadía de Gethsemani, Kentucky, Estados Unidos[3].
El proceso de actuación en tierras brasileñas
1. Creación de la Comisión
Para llevar a cabo la reforma del Breviario monástico en Brasil, el Capítulo General de la Congregación Benedictina de Brasil, bajo la dirección de Dom Basílio Penido, Abad del Monasterio de São Bento, Olinda, desde 1964, y Abad Presidente de la Congregación de 1972 a 1996, creó una comisión de monjes y monjas, bajo la dirección de la Madre María Teresa Amoroso Lima (1929-2011), entonces abadesa de la abadía de Santa María de São Paulo. Además de la abadesa mencionada, la Comisión incluía a Dom Timóteo Amoroso Anastácio (1910-1994), abad del monasterio de São Sebastião, en Bahía; Dom Marcos de Araújo Barbosa, poeta y traductor, de la abadía de Nossa Senhora do Monserrate, en Río de Janeiro; Hna. Francisca Biolchini (1920-2012) de la abadía de Santa Maria, en São Paulo; y dos monjas del monasterio de Nossa Senhora das Graças, en Belo Horizonte, Hna. Maria Teixeira de Lima (1913-2012) y la Madre Martinha Marques Mello (1925-2020). Desgraciadamente, los archivos de la Abadía de Santa María no contienen documentos sobre los trabajos de la Comisión.

2. Método de trabajo y resultados de la Comisión
La "Renovación del Breviario Monástico" consistió en traducir textos del Thesaurus, que había sido recientemente publicado. La Comisión comenzó a reunirse regularmente en la Abadía de Santa María en São Paulo. Según el testimonio de la actual abadesa de Santa Maria, Madre Escolástica Ottoni de Mattos, el abad Dom Timóteo Amoroso Anastácio se encargaba de traducir los textos de la Sagrada Escritura, buscando un lenguaje más poético, mientras que los himnos fueron traducidos por la Comisión, compitiendo con Dom Marcos de Araújo Barbosa por los ajustes de métrica y rima poética.
Los libros de la Liturgia de las Horas según el rito monástico de la Congregación Benedictina de Brasil se publicaron en cuatro volúmenes. El primero fue publicado en 1981 y está dedicado al ciclo de eventos: Adviento, Navidad y Epifanía, incluyendo el Propio de los Santos de este ciclo litúrgico[4]. El segundo volumen, dedicado a las celebraciones del Tiempo Ordinario, incluyendo las fiestas del Señor: Santísima Trinidad, Corpus Christi, Sagrado Corazón de Jesús y Cristo Rey, apareció al año siguiente (1982)[5]. Al inicio de la Cuaresma de 1982, se publicó el tercer volumen, con los formularios para los tiempos litúrgicos de Cuaresma, Pascua y Pentecostés[6]. El último volumen, el Sanctoral, se publicó en la fiesta de Santa Rosa de Lima, el 23 de agosto del mismo año[7].
Los volúmenes fueron presentados por la Madre María Teresa como un experimento y como una publicación provisional, con vistas a una publicación completa y definitiva luego de tres años. En cualquier caso, apenas fueron oficiales: no aparecen con un nihil obstat, ni una presentación del Abad Presidente de la Congregación, ni tienen ningún tipo de Praenotanda.
3. Características generales de los volúmenes
En términos generales, los volúmenes, cuya prometida publicación y definitiva publicación nunca vio la luz, tienen la misma presentación firmada por la Madre María Teresa. Se consideraron ciertas pautas para esta publicación “provisional”, de las que destacamos las más comunes: la maquetación del esquema de la Regla de San Benito, y el esquema B (esquema “Füglister”) para la distribución del salterio.
En muchos casos, con vistas al canto, los textos de las antífonas del Thesaurus habían sido sustituidos por textos del Psalterium monasticum, editado recientemente por los monjes de Solesmes[8]. Por la misma razón, sólo se habían incluido las memorias obligatorias. En el número para el tiempo ordinario, las antífonas del Magnificat y del Benedictus también fueron incluidas, así como los responsorios de las semanas pares (II) e impares (I). Para el final de las Vigilias, se había dado la posibilidad de utilizar el esquema de la regla de San Benito, también presente en el Psalterium monasticum solesmense. Los responsorios de las Vigilias, tomados de la Liturgia Romana de las Horas, se publicaron como un apéndice, a la espera de la publicación del Leccionario Benedictino.
4. Cuestiones relativas al canto
Con la traducción de los nuevos libros de la Liturgia monástica de las Horas, se planteó el problema de la adecuación del canto, en particular de las antífonas, que habían sufrido cambios muy variados (cambio de lugar y de orden, sustitución, desaparición, etc.), por no hablar de la cantidad de nuevos responsorios breves e himnos, así como de varias fiestas nuevas.
Para colmar esta laguna, la Madre María Teresa “encargó” el Antiphonale Monasticum pro Diurnis Horis (Ad instar manuscriti)[9]. El Antifonal ofrece “melodías gregorianas para todos los textos, extraídas principalmente de las fuentes indicadas en el Thesaurus, y también del Psalterium Monasticum de Solesmes”. Para ajustarse al Psalterium solesmense, las antífonas indicadas en el Thesaurus fueron sustituidas por otras de significado similar que ya habían sido musicalizadas. Algunos textos se habían adaptado a melodías preexistentes y se copiaron muchos de los responsorios breves publicados por los Benedictinos del Santísimo Sacramento del Altar.
El trabajo sobre el Antifonario puede dividirse prácticamente en tres etapas: la primera corresponde al período de recogida de los libros “viejos y nuevos” de las comunidades; la segunda, a la experimentación que algunas comunidades llevaron a cabo a medida que se iban imprimiendo las hojas (folletos) y, por último, la recopilación de todo el material en un volumen de más de 900 páginas. El criterio fundamental era que todo fuera lo más cercano posible a la Liturgia de las Horas, que ya se utilizaba en las comunidades. El Antifonario, impreso de forma muy tradicional, tiene dos fechas. En la primera página figura la fecha del 24 de noviembre 1981, cuando la Madre María Teresa marcó el inicio de las conmemoraciones del 700 aniversario de las Divinas Alabanzas en la Abadía de Santa María. Dos páginas más adelante, al final de la presentación general del volumen, aparece la fecha de la Exaltación de la Cruz (14 de septiembre) 1982.
Conclusión y preguntas abiertas
Cuatro décadas después, la Congregación Benedictina de Brasil nunca ha intentado el proyecto de una edición definitiva de sus libros corales. Se han tomado una serie de iniciativas por separado, llevando a cada comunidad a organizarse de acuerdo con sus propias fuerzas para mantener, en la medida de lo posible, una celebración coral digna.
Es cierto que hasta 2018 no apareció la traducción oficial de la Biblia, obra de la Conferencia Episcopal (CNBB), de la que deben extraerse los textos de uso litúrgico y de la cual el salterio no ha sido adaptado al canto, en particular al canto coral. Además, la traducción de los textos de oración del Misal Romano sólo data de 2023.
Por lo que se refiere al canto, hay que señalar que no todas las comunidades, por razones muy diversas, utilizan ampliamente el latín y, por consiguiente, del canto gregoriano, en sus celebraciones, ya sea en la misa o en el oficio. Por un lado, esto puede hacernos lamentar la pérdida de un tesoro milenario, pero, por otro lado, nos da motivos de alegría, ya que este “accidente” ha favorecido el desarrollo de un repertorio adaptado a la situación actual, aunque siempre exista el riesgo de melodías de dudoso gusto.
El gran desafío de la reedición de los libros corales para la Congregación Benedictina de Brasil, absolutamente necesaria, es mantener un equilibrio entre la alta calidad de la oración coral en todos sus elementos, sin sofocar la creatividad activa de cada comunidad, masculina o femenina, teniendo en cuenta sus más variadas características, y el hecho de que se extienden por un territorio multicultural de dimensiones continentales llamado Brasil.

[1] Profesor en el Pontificio Ateneo de San Anselmo. Roma.
[2] Thesaurus Liturgiae Horarum Monasticae, éd. Secretariatus Abbatis Primatis, Tipografia Leberit, Rome, 1977.
[3] Cf. R. M. Leikam, « El Thesaurus liturgiae horarum monasticae de 1977 y la renovación del opus Dei benedictino », Cuadernos Monásticos 86 (1988), 299-330.
[4] Liturgia das Horas Segundo o Rito Monástico I: Tempo do Advento, Natal e Epifania, éd. Congregação Beneditina do Brasil, Lumen Christi, Rio de Janeiro, 1981.
[5] Liturgia das Horas Segundo o Rito Monástico II: Tempo Comum, éd. Congregação Beneditina do Brasil, Lumen Christi, Rio de Janeiro, 1982.
[6] Liturgia das Horas Segundo o Rito Monástico III: Tempo da Quaresma, Páscoa e Tempo Pascal, éd. Congregação Beneditina do Brasil, Lumen Christi, Rio de Janeiro, 1982.
[7] Liturgia das Horas Segundo o Rito Monástico IV: Próprio e Comum dos Santos, éd. Congregação Beneditina do Brasil, Lumen Christi, Rio de Janeiro, 1982.
[8] Psalterium Monasticum cum Canticis Novi & Veteris Testamenti. Psalterium Monasticum iuxta regulam S.P.N. Benedicti et alia schemata Liturgiae Horarum Monasticae cum canto gregoriano cura et studio monacorum solesmensium ; abbaye Saint-Pierre, Solesmes, 1981.
[9] Antiphonale Monasticum pro Diurnis Horis (Ad instar manuscripti), éd. Abadia de Santa Maria, São Paulo, 1981.
Le Saux-Abhishiktananda: Un sacerdocio en Espíritu
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Grandes figuras de la vida monástica
P. Yann Vagneux
Misiones Extranjeras de Paris (MEP),
Sacerdote en Benares (India)
Le Saux-Abhishiktananda:
Un sacerdocio en Espíritu
Con ocasión del cincuenta aniversario de la muerte del Hno. Henri Le Saux, publicamos un artículo del padre Yann Vagneux ya aparecido en un número de la revista Vies Consacrées, pero aun de actualidad[1].
El 21 de diciembre de 1971, trigésimo sexto aniversario de su ordenación, Henri Le Saux (1910-1973), más conocido Swami Abhishiktananda, escribió en su diario: «Consagrado para un “ministerio”. Pero un ministerio que va más allá de sus manifestaciones llamadas eclesiales. Ministerio al servicio del misterio, revelación del Misterio. Revelación a los hombres de su propio misterio personal (sic) y también del misterio total, del misterio en sí mismo. El monje desaparece, pasa al misterio. El sacerdote revela este misterio. Pero, ¿quién puede realmente revelarlo sin perderse en él?».
Estas líneas resumen admirablemente el sacerdocio del monje cristiano que había dejado su lejana Bretaña más de veinte años antes para trasladarse a la India, donde su ministerio sacerdotal se desarrolló principalmente en ambientes hindúes. Por supuesto, el sacerdocio de Abhishiktananda, como su vida, no pueden transponerse fácilmente. Aunque muy singular y sacrificado, su sacerdocio no ha perdido ni un ápice de su fuerza inspiradora, especialmente para aquellos que, como él, desean encontrar el corazón de la India en profundidad, para transmitir la novedad de Cristo.
Quaerere Deum
En 1921, a la edad de once años, Henri Le Saux ingresó en el seminario menor de Châteaugiron. Cinco años más tarde, continuó su formación en el seminario mayor de Rennes, preparándose para el sacerdocio diocesano. Sin embargo, tras la muerte de uno de sus amigos que quería ser monje, se sintió llamado a retomar esta joven vocación inacabada e ingresó en la abadía benedictina de Kergonan en 1929. Unos meses antes de entrar en el postulantado, confió al maestro de novicios las razones de esta nueva llamada: “Lo que me atrajo desde el principio, y lo que aún me guía, es la esperanza de encontrar a Dios más cerca que en ningún otro sitio. Soy un alma muy ambiciosa. Eso está bien, cuando se trata de buscar a Dios ¿no?, y espero no decepcionarme”.
En esta confidencia, llena de entusiasmo juvenil, podemos oír los ecos de las palabras que San Benito puso en el corazón de su Regla como objetivo de la vida monástica: “Quaerere Deum”, “Buscad a Dios” y “Nihil amori Christi praeponere”, “No preferir nada al amor de Cristo”. En su hermosa conferencia de 2008 en el Colegio de los Bernardinos, el Papa Benedicto XVI explicó el "quaerere Deum" de los monjes benedictinos:
“En medio de la confusión de aquellos tiempos cuando nada parecía sostenerse, los monjes querían lo más importante: aplicarse a encontrar lo que tiene valor y permanece para siempre, encontrar la Vida misma. Buscaban a Dios. De las cosas secundarias, querían pasar a las realidades esenciales, a lo que es verdaderamente importante y seguro. [...] Detrás de lo temporal, buscaban lo definitivo”.
Nos parece leer aquí las palabras del joven monje de Kergonan, que emitió sus votos perpetuos el día de la Ascensión, el 30 de mayo de 1935. A finales de ese año, el 21 de diciembre, fue ordenado, el mismo día en que la Iglesia latina celebraba la fiesta de Santo Tomás, Apóstol de la India. Es importante subrayar aquí que el sacerdocio de Abhishiktananda fue ante todo vivido en el marco monástico benedictino, cuya huella indeleble conservó hasta el final de su vida. Su sacerdocio se inscribió plenamente en la búsqueda del "quaerere Deum", como dijo una vez Benedicto XVI:
“Quaerere Deum: como ellos [los monjes] eran cristianos, no se trataba de una aventura sin derrotero en un desierto, una búsqueda en la oscuridad absoluta. Dios mismo había colocado hitos, o mejor dicho, había allanado el camino y su tarea era encontrarlo y seguirlo. Este camino era su Palabra, que, en los libros de la Sagrada Escritura, fue ofrecida a los hombres”.La vida del monje cristiano se construye sobre la lectio divina de las Escrituras. Éstas encuentran también un eco muy especial en la liturgia, con los siete oficios diarios en el coro. El canto gregoriano, que apasionaba a Henri Le Saux como liturgista, se construye enteramente en torno a pasajes bíblicos, principalmente los salmos, magnificados por un canto conmovedor y contenido. Abhishiktananda sintió nostalgia de ella hasta el final de su vida, y lloraba cuando sus amigos de la India tarareaban el “Dominus dixit”: el introito de la misa de medianoche, que no escuchaba desde hacía décadas.
En Kergonan, Henri Le Saux fue también bibliotecario, es decir, encargado de uno de los lugares centrales de la vida monástica. En su contacto diario con los libros, cultivó una estrecha relación con los Padres de la Iglesia que, en los primeros siglos, desarrollaron un enfoque contemplativo único del Misterio revelado en Cristo. Pero fue sobre todo en la atmósfera de silencio, tan impresionante en Kergonan, donde Henri Le Saux vivió el “quaerere Deum”. Tal fue su vocación de monje, de la cual escribió muchos años después: “El solitario es en la Iglesia el ministro del silencio de Dios”.
Los diecinueve años que Abhishiktananda pasó en su abadía benedictina fueron fundamentales en muchos sentidos y también para su sacerdocio en la India, una cultura tan marcada por la figura del monje, ya sea hindú, jainista, budista o cristiano:
“El monje es el hombre del eschaton. Él es quien da testimonio de que el tiempo viene de la eternidad y va hacia la eternidad. El que da testimonio del advaita, de la no-dualidad del ser, en la sucesión de los tiempos y la multiplicidad de formas religiosas”.
El sacerdocio de Melquisedec
Henri Le Saux llegó al sur de la India en 1948 y se unió a Jules Monchanin (1895-1957), que vivía allí desde hacía más de diez años, cerca de Trichy. En 1950, ambos fundaron el ashram Shantivanam no lejos de Kulitalai, y adoptaron nuevos nombres de sannyasis cristianos. Monchanin eligió Paramarubyananda, en honor del Espíritu Santo, y Le Saux, Abhishikteshwananda, en referencia a Cristo, el Ungido (abhishikta) del Padre.
A través de su humilde ashram, esperaban que la Iglesia de la India, tan rica en instituciones educativas y médicas, pudiera hacer también visible su forma contemplativa, como María a los pies del Señor mientras su hermana Marta se ocupaba de servir la mesa. Para ellos, era esencial que el hinduismo pudiera descubrir que el cristianismo tenía una larga tradición contemplativa y monástica. También pensaban que este ashram podría ser un lugar de intercambio en el que ellos, los cristianos, podrían recibir los dones que el Espíritu Santo había depositado en el corazón de la India.
Unos años más tarde, al escribir “Una misa en las fuentes del Ganges” (Une messe aux sources du Gange), un relato de su peregrinación a Gangotri, Abhishiktananda puso estas palabras en boca de Raimon Panikkar, su compañero de viaje:
