Visión de la Orden hoy

Fr. Eamon Fitzgerald, Abad general OCSO,
Asís, Septiembre de 2011

Visión de la Orden hoy


Como una Orden hoy (1º de Enero de 2011), somos 2083 monjes en 97 monasterios y 1736 monjas en 72 monasterios, sumando en total 3819 monjes y monjas en 169 monasterios en 44 países. Entre los monjes hay 343 (16%) en formación inicial y entre las monjas 257(15%). En los cinco últimos años ha decrecido el número de monjes en 165 y el de monjas en 22. El número total de monjes ha ido decreciendo  con los años, pero es sólo en los dos últimos años cuando ha habido una ligera caída en el número de monjas. Se trata de una caída de 5% en cinco años, que no parece muy grande en el largo plazo.

Mirando las estadísticas de 1960 a 2010, un período de 50 años, muestran la tendencia de caída más sorprendentemente. En 1960 había 78 casas de monjes en la Orden (hoy hay 97) y las primeras 65 de éstas, aparte de algunas excepciones, han estado numéricamente en caída constante durante ese tiempo. Esto no quiere decir que no hayan entrado vocaciones actualmente, pero el número total va en descenso. Estos monasterios están todos en Europa, EE. UU., Canadá, China, Japón e Israel. Las únicas excepciones a este descenso continuo en número se dan en algunos monasterios de Europa, sobre todo en Sept-Fons, que ha crecido durante este período y es el segundo monasterio de monjes más grande de la Orden. Las casas que están creciendo numéricamente están en África, partes de Asia y América Latina.

Mirando al mismo período de 50 años en cuanto a las monjas, vemos que había 39 casas en 1960 (hoy hay 72) y entre éstas las primeras 34 casas del elenchus, con unas cuantas excepciones, muestran una gráfica decreciente en cuanto al número se refiere. Y estas casas son de nuevo las comunidades más viejas en Europa, Canadá, Japón y EE. UU. Hay unas cuantas excepciones a esta tendencia, siendo la más destacada Vitorchiano, que ha mantenido 70-80 hermanas durante este tiempo aun cuando hayan hecho 7 fundaciones. Las áreas de crecimiento, en cuanto al os monjes, están en partes de Asia, la mayor parte de las de África y América Latina.

Otro hecho significativo es que aproximadamente la mitad de los monjes y monjas de la Orden están en las 91 casas que componen las 7 Regiones de Europa, pero sólo una 3ª parte de quienes están en la formación inicial están en Europa, mientras que las otras dos terceras partes de quienes están en la formación inicial pertenecen a las 78 casas que componen las regiones de Oriens, Rafma y las Américas. Por tanto, el descenso en número en la Orden se encuentra fundamentalmente en las comunidades de Europa y América del Norte, que muestra menos gente joven y un número creciente de monjes y monjas ancianos.

El panorama estadístico de la Orden muestra que la mayor parte de los mayores y las casas más establecidas de la Orden están sometidas a una presión creciente en varios frentes en temas como los siguientes:

-Dificultad para encontrar miembros de la comunidad con capacidades para puestos como superior, maestro de novicios, cillerero y otros cargos.

-Necesidad de cuidar de los/las hermanos/as mayores y enfermos/as, dotando de personal e instalaciones para su cuidado sea en el monasterio o fuera de él.

-Necesidad de adaptar la economía o las empresas al tamaño y a las posibilidades de la comunidad, lo cual lleva a un incremento de personal de ayuda foráneo, bien de personal asalariado y/o de voluntarios. Por supuesto, todo esto afecta también a la economía y afectará también al entorno monástico para bien o para mal.

-Donde no se precisa ayuda de fuera o se necesita poco e incluso cuando se precisa de él, los monjes o las monjas se encuentran con frecuencia  aun así sobrecargados de trabajo.

-Con menos monjes/monjas de los que echar mano, la liturgia, la formación y el estímulo positivo de la vida comunitaria pueden verse empobrecidos y la vida en común puede quedar reducida a una cuestión de puro mantenimiento.

-Necesidad de reducir los espacios habitables y el costo de mantenimiento de los edificios que no se necesitan.

-Este medio ambiente puede a algunos minarles la moral y generar ansiedad; tenemos que conseguir novicios y procurar hacer atractivo el lugar, etc., lo que puede llevar a una falta de discernimiento a la hora de recibir a los candidatos y de retenerlos, que puede llevar a otras repercusiones negativas en la vida de la comunidad.

Éstos son algunos de los retos a los que se ha de hacer frente ante la falta de candidatos y la edad avanzada de las comunidades.

Las comunidades de Oriens, África y América Latina, que gozan en general de bastantes aspirantes, tienen otros retos. Oriens es cultural y geográficamente tan diferente que es difícil generalizar sobre una zona que tiene la mayor concentración de gente del planeta y es la cuna de todas las grandes religiones no cristianas, como el Confucionismo, Hinduismo, Budismo, Islam y otras. La fe cristiana y católica en la mayor parte de esta zona se encuentra en minoría y la lengua constituye una obvia dificultad a superar por parte de muchos de nuestros monjes y monjas de allí para acceder a la tradición cristiana y monástica.

Los monasterios de la Rafma viven en un continente que muestra vida y esperanza ante la pobreza y el sufrimiento. Si bien hay muchos candidatos que entran en los monasterios, hay también muchas salidas y se necesitan maestros que sean testigos de una vida fiel a nuestro carisma y aptos para enseñarlo. Los monasterios reflejan culturas en donde el sentido de Dios y del mundo del espíritu están profundamente arraigados, pero queda mucho trabajo por hacer en la integración y confrontación de este mundo con las demandas de nuestra vocación monástica y evangélica.

El escenario monástico de América Latina se encuentra en un contexto fuertemente católico, pero que tiene que hacer frente al progreso y a las incursiones que presentan el secularismo y la globalización.

 

El mundo que nos rodea

La Orden está presente en 44 naciones del mundo y ese mundo tiene sus efectos sobre los monasterios en diferentes modos. Traigo a colación sólo algunos: el hecho de la comunicación instantánea las 24 horas por la TV, internet, video, face-book, twitter, baratura de los viajes en avión y los omnipresentes móviles o celulares han hecho del mundo una aldea global. La difusión de la vida occidental está animando al materialismo y consumismo y nivelando todo lo que queremos en nuestra cesta de la compra. Esta información y conocimiento hace a la gente más consciente de sus posibilidades y de sus derechos y dignidad humanos. La llamada recientemente primavera árabe constituye un clamoroso ejemplo de la combinación de estos factores, en donde la acción de una sola persona provocó una reacción que se extendería por toda África del Norte y por el Medio Oriente. Y así la gente de los países más pobres está moviéndose hacia los más ricos, con lo que tenemos el tema de la emigración. Lo que quiero señalar en todo esto es que este cambio rápido, por no hablar de la crisis financiera, lleva a muchos a la preocupación por el futuro y a cómo acabará todo esto. Además, todos estos temas no van a desaparecer. El cambio está para quedarse, si se me permite la expresión. Por tanto, los dos escenarios que he descrito son: la visión estadística de la situación en la que muchas comunidades están bajando en número con los efectos que le siguen y un mundo en torno nuestro que cambia rápidamente. No es un entorno que conduzca a la soledad y al silencio, aunque se necesite tanto de uno y otro.

En el curso de los tres años pasados he visitado 90 de los 169 monasterios que constan en el elenchus: 15 en Oriens, 8 en Rafma, 22 en las Américas y 45 en Europa. Mi impresión de conjunto es positiva en cuanto a que la mayoría de los monjes y monjas llevan una vida de dedicación y generosidad: trabajan duro para ganarse la vida. Me han impresionado sobre todo las casas de monjas; ellas parece que tienen más creatividad en cuanto a los modos de ganarse la vida. Se le presta atención a la liturgia, se realiza bien e incluso muy bien en algunas comunidades. Obviamente, varía la calidad en razón de los recursos, el talento, el grado de sofisticación de la comunidad y la formación cultural. La mayoría de los monjes y monjas buscan a Dios en su vida. Como dice S. Benito, hay débiles y fuertes y, yo añadiría, los que están entremedias. Hay historias comunitarias y personales que les pueden hacer a algunos difícil la vida y dejar a otros descontentos o nerviosos en su respectiva vida monástica. Las comunidades más antiguas tienen una tradición que da una cierta estabilidad, pero a veces no es suficiente para conjurar una sensación de desánimo y preocupación por el futuro, mientras que otras, aun siendo frágiles en este sentido, pueden aceptar su situación y seguir viviendo con energía, y haciendo frente a la vida tal y como se presenta, contentos de vivir su realidad con fe y confianza en Dios. Sin embargo, uno tiene la sensación de que tales personas viven bajo presión y probablemente con excesivo trabajo. Por descontado, las comunidades más jóvenes tienen mucha más energía y dinamismo y a resultas de lo cual, proclives a tener más conflictos. Es normal en donde las personas están descubriéndose a sí mismas y su puesto en una nueva comunidad. Pero el conflicto no se limita a la gente más joven. En África, que es la región de más rápido crecimiento de la Orden, se debe prestar especial atención al discernimiento (de vocaciones), a la disciplina (observancia monástica) y a la dirección (necesidad de dirección espiritual, de enseñanza y de profesores que vivan lo que enseñan). Lo que me quedó claro en mis visitas y escuchando a la gente, fue que el gran reto en la vida diaria no está en hacer o no hacer cosas, sino en vivir con los demás pacífica y positivamente. El gran reto es amarse unos a otros. Es las relaciones; vivir afectuosamente con mis hermanos y hermanas.

Muchas comunidades han hecho la mar de trabajo a lo largo de los años en el aprendizaje del diálogo y trabajando juntos sobre temas. Se han servido de facilitadores, de expertos en dinámica de grupos así como en terapia personal y orientación psicopedagógica. Han realizado cursos, leído libros y adquirido conocimientos que han mejorado la calidad de sus vidas en cuanto comunidades y les han ayudado a trabajar mejor juntos; se relacionan mejor y probablemente son más humanos y comprensivos unos con otros. Todo esto es bueno y útil y algo por lo que dar gracias, pero no es suficiente. La base de nuestro amor como monjes  y monjas cristianos es nuestra fe (y esperanza) en Dios. Y nuestro amor hacia los otros debe estar arraigado en esta fe. Dios, el creador de todo, nos ha hablado revelándonos que nosotros, y todos, somos hijos suyos, que él es nuestro Padre y nosotros, y todo cuanto él ha hecho, tiene un futuro y una esperanza. Tenemos un valor y una dignidad que Dios nos ha dado. En Jesús él nos ha mostrado lo que es el amor de Dios en un ser humano. Cuando comenzamos a entender esto, nos sentimos humillados ante lo que nosotros suponemos para Dios y lo que los otros suponen para él, y podemos comenzar a obrar con humildad y a convertirnos en pueblo amoroso. Vemos a Dios, al mundo, a nosotros mismos y a los demás de forma distinta. La fe en Dios nos ofrece un modo nuevo de ver la realidad. Es una llamada a ver las cosas como Dios las ve. Este modo de ver las cosas tiene su ejemplo en la persona de Jesús tal y como se nos revela en los Evangelios y en el Nuevo Testamento. A este cambio Jesús lo llama conversión. Se trata de un cambio de dirección, de una visión de la realidad totalmente distinta, de un cambio en nuestro pensar, en nuestros afectos y acciones. Esta fe es un don de Dios que nos capacita para creer no sólo intelectualmente, sino para poner nuestra confianza en Dios y en su designio para nosotros. La fe en Jesús como Dios es fundamental; en él Dios nos habla. Entiendo esto como una “sensación de Dios” que da estabilidad y dirección en nuestra vida y que conforma la base de nuestras opciones y acciones. Lo veo esto en el “timor Dei” de la Regla, lo que Benito busca en el monje a quien le confía responsabilidad. El Papa Benedicto habla en el mismo tenor en su “Verbum Domini”; la Palabra que se hizo carne es la misma Palabra que era en el principio, el principio absoluto, y por medio del cual se hizo todo. Sólo podemos verdaderamente entendernos, dice, aceptando la Palabra y lo que él nos revela de Dios y de nosotros. En la RB es esta “sensación de Dios”, de ser responsable para Dios, lo que es importante en la maduración del monje. El capítulo VII de la RB describe el camino que tenemos que recorrer para llegar a este amor. Aprendemos allí el amor paciente de Dios para con nosotros, que hace salir el sol sobre el mal y el bien y manda la lluvia sobre justos e injustos. Cuanto mayor me hago, veo que mucho amor tiene que ver con el aguante más que hacer cosas por otros. Tiene que ver con una presencia que da vida a los demás, no derribando sino construyendo o, al menos, no estorbando en el edificio. Cuando echo la vista atrás a personas que son respetadas y realmente admiradas en mi comunidad, pienso especialmente en dos hermanos hecho de esta pasta: ambos discretos, ponderados, no llamativos, con los que se está bien, alegres, personas que saben escuchar a los demás, que no amenazan ni hablan de los otros. Son gente con quienes pueden hablar los buenos y los díscolos sin tener la sensación de que se les juzgue o de que se les llame la atención. Ambos son hombres de palabra y de oración, llenos de buen sentido y realistas, magníficas personas. Se trata de hombres que son felices siendo monjes.

La otra cosa que me ha impactado en los últimos tres años es el número de cartas de visita que hablan de escritorios vacíos y/o la falta de lectio y de silencio. Tiendo a ver estas observaciones como síntomas de una enfermedad más que como su causa. ¿Son acaso indicio de falta de profundidad en nuestra vida, de un debilitamiento de nuestra relación con Dios y, consecuentemente, de nuestra búsqueda de él? Si nuestra fe y nuestra esperanza en Dios son débiles, entonces no nos debe sorprender que tengamos problemas en amarnos unos a otros como él nos amó.

Resumiendo: Hablé primero de las estadísticas y de los temas de crecimiento y declive numérico en la Orden y de las consecuencias que esto tiene para vivir la vida monástica hoy. En segundo lugar, hablé del mundo actual y de sus efectos en nuestra vida; ansiedad, inquietud con la vida de uno y el futuro. En tercer lugar, aludí a mi propia experiencia de visitar monasterios, calificándolo como básicamente como positivo, pero indicando también las dificultades y retos del amor mutuo. En relación con esto, la necesidad de profundizar en nuestra fe y esperanza en Dios que nos amó primero para que podamos amar como él nos amó.

Para concluir, cuando presento lo que podría parecer una exposición muy simplista del reto actual, lo hayo sin negar que actualmente tenemos que hacer muchas cosas, ganarnos la vida, adaptar nuestros monasterios y modos de hacer las cosas, leer los signos de los tiempos, ingeniárnoslas para poder atraer gente a nuestra vida. Los monasterios están haciendo esto y esto es vida, pero lo más importante es que vivamos un testimonio cristiano de comunidad en este momento; que encontremos nuestra felicidad viviendo el don de nuestra vocación en las circunstancias en las que nos encontremos y con los hermanos y hermanas que Dios ha reunido. Esto es amor cristiano y este espíritu tiene que informar cuanto hagamos, de lo contrario trabajamos en vano.