EQUILIBRIO ENTRE ORACIÓN Y TRABAJO

en la vida monástica benedictina

Aportación de la M. Mectildes Vilaça Castro osb en la Asamblea de Monjas de la Congregación Brasileña, Emaús. Río de Janeiro

1. El tema, o mejor, la problemática que me toca tratar ante esta asamblea de monjas, es la del equilibrio entre la oración y el trabajo, del "ora et labora" que ha venido a ser como el lema de nuestra Orden. Este lema tiene su origen en un apotegma de Antonio, después pasa a la Regla benedictina. Legislando san Benito en este sentido, este lema ha sido vivido y transmitido a lo largo de los siglos.

Evocando los elementos esenciales -columnas de nuestro vivir diario- ya bastante conocidos, debo detenerme en el término que les une: "equilibrio". Hay desequilibrio cuando dos fuerzas se oponen, tratando la una de anular o aniquilar a la otra. Creo que lo que se da en nuestros monasterios es solamente un cierto desequilibrio, una tensión entre estas dos fuerzas. Es innegable que el hombre, por su naturaleza terrena y caída, atraído por el mundo que le rodea, se siente más naturalmente inclinado al trabajo que a la oración. La oración se convierte en un trabajo penoso; pero el trabajo pierde su valor cuando está desconectado de su eje fundamental, Dios Creador, que, como Redentor, le confiere una nueva dignidad (cf. GS 22).

2. En la Santa Regla vemos a san Benito preocupado por establecer en todo la armonía y la paz "para que en todo sea Dios glorificado" (RB 57,9).

Esto concierne a la cuestión de la discreción, del discernimiento, de la justa medida. Sin duda alguna, la discreción es una de las grandes características de nuestro Padre san Benito, buen heredero de los Padres del desierto, del monaquismo de los orígenes.

Este ideal de la "discretio" ¿no tendría que ser un fin a alcanzar en la formación de todo monje, de toda comunidad, para que sea verdaderamente benedictina? Éste sería sin duda uno de los mejores servicios y un testimonio que dar al mundo de hoy, desgarrado por fuerzas antagónicas, materialista, violento en muchos terrenos y sectores de la vida. No se puede negar que es también un mundo en búsqueda de equilibrio entre contrarios, pero con frecuencia desprovisto de la única clave capaz de mantener todo junto, Dios.

En la RB encontramos a menudo los verbos "discernere" - discernir, "temperare" - temperar, y el sustantivo "mensura" - la medida. Esta palabra, más frecuentemente empleada con referencia al alimento, a los vestidos, a la disciplina, a las resoluciones de cuaresma, revela cuán inclinado está el hombre a perder el sentido de la justa medida.

Pero es sobre todo en el capítulo 64 de la Regla donde san Benito aborda este tema, a partir del versículo 7, cuando da orientaciones al abad debidamente establecido. En cuanto "digno dispensador de la casa de Dios" deberá buscar el equilibrio entre los contrarios:

- "servir más que presidir", porque solamente así presidirá con espíritu de servicio;

- "saber cuándo sacar las lecciones nuevas y antiguas", para no caer ni en el conservadurismo ni en el modernismo;

- "hacer prevalecer la misericordia sobre la justicia a imitación de Nuestro Señor";

- "odiar los vicios pero amar a los hermanos", así la persona será elevada y salvada;

- "hacerse amar más que temer" para que no prevalezca en los hermanos y en la comunidad el temor o el infantilismo que impiden la expansión de un ser libre;

- "incluso en la corrección, obrar con prudencia y caridad, eliminar los vicios, ser prudente y circunspecto en todos los órdenes, disponiendo todo con discernimiento y moderación".

San Benito concluye: "imitando este ejemplo y otros semejantes de discreción, madre de las virtudes, disponga todas las cosas de tal manera que los fuertes deseen hacer más, y los débiles no rehuyan. Por encima de todo, que observe todos los puntos de esta Regla".

Esta última tarea de un abad, de un superior monástico, es ciertamente la más difícil: se trata de temperar fuerzas que se oponen. Pero no lo olvidemos, esta tarea incumbe a toda la comunidad, teniendo a la cabeza al abad y sus auxiliares inmediatos debemos buscar la armonía y la paz monástica.

3. Sin embargo, es en el capítulo 48 de la Regla donde san Benito trata más a fondo el empleo del tiempo del monje. El capítulo comienza con la célebre frase atribuida a Evagrio Póntico: "La ociosidad es enemiga del alma"; que el monje indeciso no caiga en la negligencia, porque se perturbaría a sí mismo y a la comunidad.

Habiendo establecido ya en los capítulos precedentes el tiempo y el desarrollo de la oración litúrgica, del Opus Dei "al cual nada debe anteponerse", san Benito se ocupa de las otras dos tareas del monje: el trabajo "labore manuum" y la "lectio divina". En la Regla, el trabajo manual comprende el artesanal, los trabajos domésticos y la hospitalidad. La Regla no habla del trabajo intelectual. De hecho, comenta D. Butler, el trabajo intelectual no se encuentra en la óptica de san Benito, aunque la abadía de Lérins, un siglo antes, fue ya un centro de vida intelectual intensa. Bajo la influencia de Casiodoro los estudios y la vida intelectual entraron en los monasterios benedictinos. En el monasterio que fundó en Vivarium, Casiodoro creó, efectivamente, una escuela de saber donde los escritos patrísticos y clásicos -incluso la literatura secular- serían estudiados, apreciados, transcritos y conservados

San Benito fija, no obstante, para su monasterio un tiempo considerable, tres o cuatro horas al día, para la lectura de la Sagrada Escritura y de los Padres de la Iglesia. Tuvo un buen conocimiento de la Biblia y de los Padres latinos, y, en el último capítulo de su Regla, anima a los monjes a leer toda la Biblia, el Antiguo y el Nuevo Testamento: "¿Hay una página (...) que no sea una regla muy segura para la conducta de nuestra vida? Y también ¿cuál es el libro de los santos Padres católicos que no nos enseñe el camino derecho para llegar a nuestro Creador?" Recomienda la lectura de Casiano -las Conferencias y las Instituciones-, las Vida de los Padres, la Regla de san Basilio, todas esas obras "instrumentos de virtudes para los monjes verdaderamente buenos y obedientes" (RB 73). Se trata ciertamente de una lectura "sabia", atenta y recogida, accesible a todas las inteligencias, de los nobles, campesinos y bárbaros, cultivados e ignorantes. Así se propone a los monjes un tipo de cultura más impregnado de sabiduría que de saber libresco.

Además de Casiodoro, al que nos hemos referido, la otra gran influencia, en cuanto a los estudios intelectuales, fue la de san Gregorio Magno, cuando se multiplicaba ya la tendencia a conferir las Sagradas Órdenes a los monjes. Reprende a un abad cuando se entera de que sus monjes no consagran tiempo a los estudios.

En cuanto a la organización del día, en lo que toca a la lectura y al trabajo, la Regla Benedictina determina tiempos fijos, que varían según las estaciones -horario de invierno y horario de verano- y según los tiempos litúrgicos -Cuaresma y Pascua-. Nos es difícil evaluar esta repartición del tiempo. Los que estudian la Regla hacen sobre ello una aproximación poco matemática y global. No se sabe exactamente el tiempo destinado a la comida y el tiempo que era indispensable a los monjes para sus diversas necesidades personales. En todo caso, se observa una repartición equilibrada entre el tiempo de oración y el trabajo, dado que durante la cuaresma el tiempo dedicado a la lectio divina aumenta, mientras que en invierno el tiempo consagrado al sueño disminuye, debido a la previsión y flexibilidad de san Benito. Si en este tiempo la vida de los monasterios rurales era tan simple y limitada, a lo largo de la Edad Media y después de la Edad Media advertimos transformaciones crecientes. En nuestros días son incluso violentas, -lo que nos deja con ansiedad y sin voz.

4. Hoy estamos llamados a vivir nuestros valores monásticos en un mundo acelerado por la técnica y por el nerviosismo de las grandes ciudades, en un mundo cruel de la economía, donde el tener es más importante que el ser, y donde el consumo es signo de riqueza y de poder, en un mundo de personas traumatizadas psicológicamente por las familias desestructuradas y sus consecuencias. Es también un mundo que nos aporta diversos valores, fruto del desarrollo científico, tecnológico y cultural en todos los terrenos. El mundo de la promoción de la mujer, lo que nos toca de cerca.

Tenemos la suerte de vivir en una Iglesia cada vez más consciente de su misión aunque en medio de contradicciones, trabajada por el Espíritu Santo como una verdadera primavera.

Si hoy el trabajo es en nuestras comunidades más pesado que en otros tiempos, en detrimento de la calidad de nuestra oración y de nuestra vida monástica, sabemos que, en otros contextos, la "pax" monástica fue una lucha en todas las épocas. Lo vemos en la insistencia de los Padres del desierto cuando hablan de la importancia de la oración. Ellos dicen que "la oración es el espejo del monje", de su ser profundo, de su vida, de su trabajo y asimismo que "la oración es la esposa del monje" con la que él debe formar un único ser, con la que debe identificarse y no permitirse ninguna infidelidad. Si trabaja y no ora, su trabajo está perdido, ya no será un trabajo de Iglesia, un trabajo monástico y espiritualmente constructivo. No se puede esperar de un monje que no ora, o que ora mal, un servicio útil para el Reino de Dios. Por otra parte, los Padres combatían a los Melasianos que rechazaban el trabajo para realizar el "orad sin cesar" .

En cuanto a la relación entre el trabajo y la liturgia, el P. Michel Cuënot, autor contemporáneo, ha hecho un excelente estudio bíblico del capítulo dos del Génesis. He aquí el resumen: el Señor confió al hombre y a la mujer la responsabilidad de cultivar y mantener el jardín del paraíso. Antes de pararse a filosofar, el hombre aprende a trabajar la tierra y establece una relación existencial con ella. Llamados a colaborar libremente al designio del Creador, el hombre y la mujer experimentan la tentación de sumergirse en esta tarea para satisfacer sus necesidades egoístas. Ya aparecía la imagen de nuestra sociedad materialista de consumo. Ahora bien, el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, tenía vocación de hacer de este servicio-cultivo un servicio-culto del Señor: servir a la tierra por su trabajo y servir al Señor por su acción de gracias, dos polos necesarios en una actividad totalmente humana. Y cuando el hombre ya no eleva los ojos hacia Quien habita en los cielos, se convierte en servidor-esclavo y esclavizante de sus hermanos (cf. Michel Cuënot).

Esto nos conduce a nuestra liturgia, a hacer de nuestra vida, de nuestro trabajo, un culto agradable a Dios, una liturgia que sea verdadera celebración de la vida y no solamente alabanza ritual.

La Liturgia -Eucaristía y Opus Dei-. lectio divina y oración personal, se complementan. La lectio sin la liturgia corre el riesgo del subjetivismo, de pérdida de objetividad sacramental; la liturgia sin lectio se debilitará, cayendo en el ritualismo.

El trabajo de esclavos que nuestros antepasados vivieron y que todavía es practicado en nuestros días bajo formas diversas, nos ha dado, a nosotros, sudamericanos, una concepción menospreciada del trabajo manual, sobre todo el más humilde. Se dio asimismo el hecho de que otros hombres conocieron también la esclavitud en otros tiempos; este es el motivo por el que las reglas monásticas insisten tanto en el trabajo humilde de los monjes.

En todo caso nosotros hemos de revalorizar el concepto del trabajo -ya sea manual o intelectual- en cuanto culto rendido a Dios y servicio a los hermanos. Tal es el propósito del monasterio: que ningún trabajo, de la naturaleza que sea, sea menospreciado o subestimado. Lo que aquí nos interesa es la doble dicotomía, a Dios y a los hermanos, solamente posible por una conversión e incesante oración. Es inútil levantarse al alba o de noche, o retrasar la hora del reposo para ganar el pan con el trabajo de sus manos, ese pan que Dios da a sus amigos mientras duermen (cf. Salmo 126,2).

"Mientras duermen", esto nos introduce en la confianza filial del que tiene necesidad de dormir, de descansar, de disfrutar de "vacaciones", de "ocio", de "vacare Deo" en una justa medida y según las necesidades. ¡Cuántos de entre nosotros lo rehuyen por ascesis o por generosidad! No pensamos que obedeciendo a este ritmo necesario a nuestra naturaleza, no solamente obedecemos a Dios y somos más humildes, sino que además servimos mejor a nuestra comunidad.

En conclusión

Entramos en el monasterio llevando toda una herencia de nuestra familia, de nuestro medio, de experiencias personales cargadas de valores negativos y positivos. Llevamos en nosotros la realidad del pecado, de nuestras pasiones, de nuestros errores y de nuestras ignorancias. Pero también una vida cristiana, con frecuencia recibida de nuestros padres y alimentada de vida religiosa, cuando fuimos llamadas a la vida monástica. Llegamos al monasterio dispuestas a todo, a convertirnos, a aceptar ser corregidas, a cambiar nuestra manera de ver, nuestras costumbres, a pulir nuestras pasiones de forma que se transformen en virtudes. Convertirnos para llevar una vida comunitaria, solidaria, "guiada por el Evangelio" siguiendo a san Benito. Por consiguiente, una vida exigente. Y, en esta Escuela del Servicio del Señor, el género de vida es vivir una continua conversión de costumbres. La pregunta que nos hacemos es la siguiente: ¿permanecemos fieles?

Tradujo: Hno. Jeremías Palacios. Monasterio de La Oliva Carcastillo. Navarra