Dom Mauro-Guiseppe Lepori OCist
Abad General

MISTICISMO Y COMUNIDAD
FRATERNA EN CRISTO

Discurso en el Capítulo General de Orden Cisterciense
Asís, 16 de septiembre, 2014

 

LeporiIntervención realizada por el Abad General de la Orden Cisterciense en el Capítulo General OCSO. Señala la importancia del discernimiento en la aceptación de novicios y el cuidado necesario en su formación, para que contribuyan a la unidad de la comunidad y a su apostolado.

 

 

En los últimos 4 años en que he sido Abad General, a menudo me ha tocado realizar informes de mi ministerio y del estado de la Orden. Es así que mi visita a su Capítulo General es una ocasión especial para dar cuenta, no de la esperanza, pero al menos del real estado de la Orden y de su camino hacia la eternidad. Ya no digo “hacia el futuro”, porque en estos últimos años, lo he dicho a menudo, la tentación de “garantizar nuestro futuro” y “asegurar nuestro futuro” es una trampa. No me refiero solo a las comunidades más frágiles, que dicen o se dice de ellas que “no tienen futuro”, sino especialmente a aquellas que creen que “tienen futuro” y son propensas a caer en esta idea errónea. Cristo condena la insensatez del rico, que cree tener un futuro porque sus bodegas están llenas (Lc 12, 15-21). Estas bodegas están, a menudo, llenas con grano para ser consumido y no para semilla. Esto ha sido así en el pasado e incluso en el presente, se conserva, procesa y congela para que el futuro pueda vivir del pasado. Consumir el pasado por medio de un presente estéril y egoísta, un presente sin semillas, así se evita que el grano pueda caer en la tierra, morir y dar fruto. “Necio, esta noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste ¿Para quién serán? Así es el que atesora riquezas para sí y no se enriquece en orden a Dios” (Lc 12, 20-21).

Tengo la impresión que actualmente nuestras Órdenes y comunidades a menudo se enfrentan a esta tentación, y se satisfacen con bienes mínimos: “felizmente, aún estamos… tenemos suficiente… para terminar nuestra vida en paz”. Existe la tentación de “atesorar para nosotros mismos” y no para otros o para lo que Dios quiere. Este punto lo remarqué a principios de julio en un Sínodo de mi Orden, mientras realizaba una reflexión que me fue solicitada para el Servicio de las Monjas de Francia, señalé sobre la vida monástica a 50 años del Concilio Vaticano II, que también se recogió en Evangelii Gaudium del Papa Francisco. Creo que hay dos ámbitos esenciales donde nuestra comunidad se ha vuelto más frágil, lo que no tiene nada que ver con el número y edad de los miembros, ni tampoco con la economía. Estos dos ámbitos son la dimensión mística y la dimensión de comunión fraterna de nuestro carisma monástico cisterciense.

Dije que “es esencial recobrar la dimensión mística en el corazón o más bien en la fuente de nuestra vocación. Místico no quiere decir escapar de la realidad, sino estar conscientes de toda la realidad y en consecuencia poner en el centro de nuestra vida y de nuestro corazón una relación, una experiencia de Dios. Al observar comunidades, su manera de celebrar la liturgia, su vida comunitaria, a veces me pregunto: ¿Estas personas son cistercienses por el amor a Cristo o por otro motivo? ¿Tienen un real encuentro con Cristo? ¿Tienen una profunda relación con Él? ¿Viven por Él, con Él y para Él? La mística cisterciense es bíblica, litúrgica, patrística, comunitaria, eucarística, humana, esponsal, filial, fraterna y de comunión. Debemos esforzarnos para redescubrir esta fuente de vida, para vivir nuestra vocación y ser auténticos testigos de Cristo en medio del mundo. Debemos procurar transmitir esto a los jóvenes, de lo contrario nos aprovechamos de su libertad. Si tenemos vocaciones y las mantenemos explotando motivos superficiales, por lo que sus sentidos sienten atracción debido a su narcisismo, formalismo o clericalismo, esto quiere decir que nosotros tampoco tenemos motivos profundos para seguir a Cristo. Solo razones profundas hacen posible perseverar y una fidelidad fecunda y gozosa que no tiene necesidad de buscar otra compensación para llenar el vacío.” (www.ocist.org, Sínodo de la Orden Cisterciense 2014, Conclusiones del informe del Abad General).

StGertrudePor lo anterior, estoy contento de haber propuesto, hace tres años, que nuestras Órdenes se comprometan a promover la causa de Santa Gertrudis de Helfta como doctora de la Iglesia. Admito que cuando propuse esta iniciativa, no sabía bien lo que estaba haciendo. Especialmente debido a vuestra reacción positiva, entusiasmo y sólido compromiso de sus delegados, como también de otras Órdenes, que la causa ha ido progresando. Pero especialmente esto, me ha permitido a mí y a otros tomar conciencia de la real importancia de nuestra mística para la vida de nuestra comunidad y de la Iglesia. Creo que la Iglesia hoy necesita redescubrirse como la novia de Cristo y desde esta unión reconocer su verdadera belleza, su auténtica integridad, su pasión maternal y fraternal por la salvación del mundo. La misión de la vida monástica en la Iglesia, es mantener su lámpara encendida mientras espera y ama a Cristo para estar unida a Él.

La segunda preocupación que tengo respecto a mi Orden es la falta de espíritu comunitario en los monasterios. No es el número lo que importa. Además los números nunca han importado a la Iglesia. Cuando los números se vuelven importantes, entonces nuestro Salvador y nuestra unidad en el Él dejan de ser importantes. También de parte de la Santa Sede, a veces hay la impresión que “cuantos son”, sigue siendo más determinante que el hecho de “estar unidos a Cristo”. Ahora la comunidad cristiana se define por reunirse en Su Nombre lo que garantiza su Presencia.

Digo esto, porque estoy consciente que juzgar la precariedad con parámetros mundanos, criterios materiales y no con principios del Evangelio, la medida sin medida del amor de Cristo y fe en Él, nos lleva a soluciones falsas que no nos acercan al Reino. Para los cristianos la muerte no es una derrota, siempre y cuando muramos como una semilla del Reino.

Así, al menos en mi Orden, necesitamos en gran medida ayudarnos y apoyarnos mutuamente especialmente entre superiores. Cuando esto sucede, veo comunidades capaces de morir en el festivo color otoñal y la alegría de la cosecha. Entonces el invierno vendrá con esperanza de primavera, sea como sea.

A menudo el problema, en muchas comunidades, es la pérdida del sentido de lo que es ser comunidad, viven en una seria falta de unidad, no solo entre hermanos y hermanas, sino en la vida misma de la comunidad. Es ahí donde la falta de misticismo engendra falta de unidad en la comunidad. Somos libres y fecundos solo si, en nuestra vida y vocación, no perdemos de vista el centro de unidad. Ahí podemos reintegrar todo, incluso esas cosas que nos dividen, tanto interna como externamente. Una buena comunidad monástica no es una comunidad de ángeles, sino de hombres y mujeres que se ayudan mutuamente para conducir todo a la unidad en Cristo. No es una buena comunidad donde uno se forma perfectamente en un aspecto de la vida y vocación, pero no en la unidad en Cristo en todo los aspectos de ésta. Los peores monasterios son donde uno ora bien, pero todo el resto es mal vivido (vida fraterna, trabajo, descanso, etc). Otros trabajan bien, pero oran mal. Sería mejor hacer todo mal, pero conscientes de que todo puede encontrar su unidad solo en Cristo, en vez de tener la ilusión de que están viviendo su vocación porque realizan bien un aspecto, descuidando el resto. Esto demuestra que Cristo no es el centro de sus vidas.

Me preocupa la atracción que algunas comunidades ejercen en los jóvenes, cuando los atraen por un aspecto particular de la vida monástica y no por la experiencia global de la comunión con Dios y sus hermanos y hermanas. Por esto veo una gran necesidad de formación integral que no será solo intelectual, espiritual o económica. Estoy consciente que los momentos y medios de información más eficaces y fecundos en la Orden, son los que permiten a los participantes vivir un tiempo en que tienen la experiencia de una formación integral, es decir, en un ambiente de comunión con Dios y comunión fraterna centrada en Cristo.

CFMEsto es lo que hemos intentado ofrecer en los últimos 14 años, en el curso de formación monástica en el Generalato, que se realiza durante un mes cada año. Han participado una docena de monjas OCSO, como también muchos monjes y monjas benedictinos. Éste es el objetivo que nos propusimos con el Curso para superiores, que organizamos cada 2 ó 3 años, lo que al parecer ha fomentado reuniones de Superiores por región o idioma. Además, aunque sea pequeño, veo tensiones estériles alrededor de una posibilidad que es solo un grano muerto, muerto en una bodega del insensato de la parábola que cité al inicio. Una esterilidad grave respecto de la urgencia de salvación y vida que clama el mundo actual y que enfatiza el Santo Padre.