Dr. María Pina Scanu
Profesora de Estudios Bíblicos en San Anselmo

ESCUCHAR AL MESÍAS EN EL

NUEVO TESTAMENTO

“El amigo del esposo se alegra con la voz del novio”

(Jn 3,29)

 

DrMariaScanuLa Dra. María Pina Scanu, profesora de Sagrada Escritura en San Anselmo, expuso en el Simposio de la CIB un documento sobre la escucha con el corazón, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Presentamos aquí solo la segunda parte, la escucha en el Nuevo Testamento. Nos incentiva a la atención vigilante, sin la cual no habría escucha verdadera de la Palabra en sus diferentes formas.

“Cierta vez el Rabí Yehoshua ben Levi encontró (al profeta) Elías, que bajaba del cielo como un precursor del Mesías, [...]. Le preguntó a Elías: “¿Cuándo vendrá el Mesías?”

Él le respondió: “Ve y pregúntale tú mismo!”, Rabí Yehoshua le dijo: “Pero, ¿dónde está?” Elías respondió: “A las puertas de Roma.” “¿Y cómo lo reconoceré?” “Está sentado entre los pobres que sufren enfermedades, ellos se quitan todas las vendas de todas sus heridas al mismo tiempo y se ponen otras nuevas, en cambio el Mesías se quita sólo una venda (cada vez) y se pone una nueva (una cada vez), ya que se dice: “puede ser que (inesperadamente) alguien me necesite, y tengo que estar listo.”

Entonces el Rabí Yehoshua ben Levi fue al Mesías y lo saludó con las siguientes palabras: “¡Paz a ti, mi Señor y Maestro!” Él respondió: “¡Paz a ti, hijo de Leví!” Él le preguntó: “¿Cuándo vendrá mi Señor?” El Mesías respondió: “¡Hoy!”

Entonces el Rabí Yehoshua ben Levi regresó a Elías, quien le preguntó: “¿Qué te dijo el Mesías?” Él dijo: “La paz sea contigo, hijo de Leví!” Y Elías volvió a preguntar: “¿Él os prometió a ti y a tu padre la vida del mundo que está por venir?” Entonces el Rabí Yehoshua ben Levi dijo enojado: “Él me mintió; porque dijo: “¡Hoy voy a venir y todavía no ha venido!” Entonces Elías le dijo: “No has entendido. Lo que él quiso decir fue: Hoy, si escuchas Su voz (Sal 95, 7).” [TB Sanedrín 98a]

 

En este antiguo midrash, dos motivos parecen significativos:

- El primero se refiere a la presentación del Mesías, junto a los enfermos y a los pobres como su compañero. Compartiendo su situación de vida, Él se prepara para su venida como el Mesías. Estos hechos indican que el adviento del Reino de Dios y del Mesías no se manifiesta como un fenómeno espectacular; más bien el Mesías es aquel que redime a los pobres de los que conoce el sufrimiento y las necesidades.

- El segundo motivo se refiere a la decepción expresada por el rabino Yehoshua ben Levi (mediados del siglo III d.C.) que dice: “Él me mintió; porque dijo: “Hoy voy a venir y todavía no ha venido.” La decepción por la venida del Mesías expresa la incomprensión de la que se considera crucial conocer el momento de la redención para poder participar de ella. La respuesta del profeta Elías explica que el Mesías se refería a la exhortación del salmo: “Hoy, si escuchas su voz” (Sal 95,7). La cuestión de la venida del Mesías no es de naturaleza cronológica, sino de la disponibilidad y la prontitud humana para acoger la voz y la manifestación de Dios.

Esta caracterización del Mesías y de la redención mesiánica, que impone la escucha como una condición fundamental para tenerle acceso, muestra unas correspondencias singulares con el anuncio evangélico, el cual propone, al respecto, determinaciones ulteriores relevantes.

En la presentación que sigue, examino cuatro motivos del Nuevo Testamento sobre la escucha como actitud primaria para reconocer el “hoy” de la redención mesiánica, para ser discípulos y familia del Señor Resucitado, para dar frutos en el Reino de Dios y para encender y nutrir la fe en la acción eclesial. La enseñanza del Nuevo Testamento quiere despertar a la alabanza y a la alegría de escuchar el Mesías que vino a inaugurar en la historia humana el mundo nuevo del vivir para Dios.

 

I. ¡Hoy se ha cumplido esta Escritura en vuestros oídos!

La comparación entre la expectativa mesiánica y el trabajo real de Jesús plantea algunas preguntas a Juan el Bautista (cf. Lc 7, 18-30; Mt 11, 2-15). De hecho, mientras que él anunció la venida de aquel que es más fuerte que yo, (Lc 3, 16) que con poder abrumador habría realizado el juicio de Dios y la liberación de Israel, Jesús no parece asemejarse a esta imagen. Por lo tanto, Juan el Bautista, a través de sus discípulos, le pregunta a Jesús:“¿Eres tú el que ha de venir?” (Lc 7, 20). La respuesta de Jesús consiste, en primer lugar, en algunas curaciones, luego manda decir a Juan que justamente en los gestos concretos de salvación se encuentra la auténtica revelación del Mesías, de acuerdo con la gran promesa profética de la redención mesiánica en la que los sordos oyen, los ciegos ven, los cojos caminan, los mudos hablan, los muertos cobran vida y los presos son liberados (cf. Is 29, 18-19; 35, 5-6; 26, 19). Justamente a los pobres es proclamada la buena nueva (Is 61, 1), del poder salvífico del Mesías que trabaja en su favor, liberándoles del mal, de la opresión, de la exclusión, para que sean los protagonistas del nuevo mundo del Reino de Dios.

Los actos de salvación de Jesús, el Mesías, revelan que el esperado año de gracia, el jubileo, el tiempo en que Dios pone fin al sufrimiento y la miseria de su pueblo (cf. Is 61, 1-2; Lv 25, 8- 54), está presente y en acción, como Jesús enseña en la sinagoga de Nazaret, inaugurando su misión: Hoy esta Escritura se ha cumplido en sus oídos, como habéis escuchado (cf. Lc 4, 16-21). Los que tienen la Palabra de Dios en sus oídos, los que escuchando la Palabra profética acogen al Dios que habla, pueden constatar en las obras de Jesús la venida de Dios, no de una manera fantástica y triunfante, sino en la salvación poderosa y portadora de vida que protege y que ensalza a los pequeños y humildes (cf. Lc 1, 47-55 10, 21).

Los discípulos de Jesús, el Mesías, son dichosos y lo reconocen, en primer lugar, porque ven el hoy de la redención; tienen el privilegio de ver y de oír las maravillas de este adviento del Reino de Dios, que muchos profetas, reyes y justos han esperado (cf. Lc 10, 23-24 ; Mt 13, 16-17). Además, a los discípulos, según el relato sinóptico de la transfiguración, que los prepara para la pasión y anticipa la experiencia de la resurrección, se les reserva el testimonio divino sobre la identidad de Jesús y la exhortación a escucharlo. En la versión del relato narrada por el evangelista Lucas, se invita a los discípulos a comprender en el éxodo de Jesús (Lc 9, 31), que se está realizando en Jerusalén y que establece la redención mesiánica dentro la historia humana, la manifestación de la filiación divina que revela el Padre. Y, al mismo tiempo, ellos son llamados a escuchar al Mesías porque su palabra es la del Padre: “¡Éste es mi Hijo, mi elegido; escuchadle!” (Lc 9, 35, Mc 9, 7, Mt 17, 5).

Esta dinámica es expresada de manera análoga por Juan, para el cual solamente quien basa su propia existencia en Dios, que oye las palabras de Dios, del Padre, como enseñan los profetas (Is 54, 13; Jr 31, 31-34), ha aprendido de Él, puede captar la identidad del Mesías y creer en Él (cf. Jn 6, 45; 8,47). Y las palabras de Jesús, el Cristo, son las del Padre que lo ha enviado (cf. Jn 3, 34; 12, 49-50; 14, 24); son palabras que dan vida y salvación, son palabras de vida por siempre (Jn 6,68; 12,50).

En este punto, es posible subrayar tres consideraciones:

1) El mensaje evangélico, en la tradición sinóptica y en la tradición de Juan, aclara inmediatamente que para percibir la presencia del Mesías y ser uno de sus contemporáneos, es necesario entrar profundamente en la perspectiva de Dios y dejarse guiar por su enseñanza, para saber discernir la obra de la redención mesiánica que irrumpe en los asuntos humanos.

2) A través de la escucha de Dios que habla en el Mesías, aprendemos a captar la correspondencia entre el actuar de Dios y el del Mesías, o en el lenguaje teológico de Juan, entre el Padre y el Hijo, por la cual Jesús, el Mesías, hace experiencia del Padre (cf. Jn 12, 45).

3) Este penetrar en Dios en la escucha, activa la capacidad de ver el cumplimiento de las promesas divinas en la redención mesiánica y de elaborar la percepción y la comprensión de los hechos de la historia humana, a la luz del desarrollo de la historia de la revelación, con el advenimiento y el trabajo actual del Mesías.

 

StAnselmechoirII. La escucha que hace discípulos, amigos y familiares del Mesías

1. La escucha para convertirse en discípulos del Mesías y tener vida

El seguimiento de Jesús requiere la acogida de sus palabras: “el que escucha mi palabra y cree en el que me ha enviado tiene vida eterna (...) ha pasado de la muerte a la vida.” (Jn 5, 24)

Lo que ya ahora, en la existencia presente, decide la vida y la muerte es la escucha de la Palabra del Señor, más precisamente la respuesta dada a esta escucha. La fe que lleva a la vida consiste en confiar en la Palabra recibida. En esta perspectiva, la vida y la muerte no indican más simples fenómenos naturales, sino la relación establecida o interrumpida, aquí y ahora, con Dios. La acogida de Jesús es decisiva para tener la vida, o sea, tener el conocimiento y el significado lleno de la vida que es vivir de Dios y para Dios (cf. Jn 6, 57).

La razón de seguir a Jesús es presentada por Juan, de una manera única, a través de la parábola del Buen Pastor (Jn 10, 1-18). La relación de confianza entre el pastor y su rebaño se desarrolla sobre la base de la relación de cercanía y de confianza que él tiene con sus ovejas (Jn 10, 3b- 5). Él llama y conoce a cada una, su voz es oída mientras las conduce con seguridad hacia donde hay alimento. Así que, Jesús es el que ofrece acceso directo a la plenitud de la vida (cf. Jn 10, 7-10), es el único pastor, da su vida por sus ovejas (cf. Jn 10, 14-18).

La escucha en el seguimiento conduce, en este caso, a un conocimiento mutuo, a una vida compartida y a una pertenencia por la cual se distingue a Jesús, Pastor fiable, que se ocupa de los que le siguen, la misma solicitud debe ser tenida por los líderes de la comunidad, rechazando a los falsos pastores mercenarios siempre al acecho.

Otro ejemplo significativo en el seguimiento, se da en la hospitalidad que recibe Jesús en la casa de Marta y María (Lc 10, 38-42). La narración, en el Evangelio de Lucas, es un contrapunto a lo que un poco antes ocurrió con el maestro de la Ley / Torá (Lc 10, 25-37), que pone a prueba a Jesús con la pregunta: “Maestro, ¿qué debo hacer para tener vida eterna?” (Lc 10, 25). Jesús responde devolviendo al experto profesor a la Escritura y a su interpretación: “¿Qué está escrito en la Ley?” “¿Cómo lees?” (Lc 10, 26). El maestro responde con una cita, con la esencia y síntesis de la enseñanza divina, el mandamiento del amor a Dios (Dt 6,5), el mandamiento del amor al prójimo (Lv 19, 18). Jesús acepta y confirma: Bien has respondido; “Haz esto y vivirás” (Lc 10, 28). El maestro, entonces, le propone otra pregunta, según la costumbre del debate entre maestros, para aclarar, en este caso, la identificación del prójimo al que hay que amar. Jesús responde proponiendo la parábola del Buen Samaritano (Lc 10, 30-35) con la que, en un principio, rompe con la interpretación habitual por la cual el concepto de prójimo se limitaba a los que pertenecían al mismo grupo religioso, luego llega a la conclusión invirtiendo la pregunta: “¿Quién de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?” (Lc 10, 36). La pregunta es por lo tanto reformulada en términos de quién se hace el prójimo, acercándose y respondiendo a las necesidades del otro como tal, más allá de las barreras religiosas, culturales y sociales. El maestro da la bienvenida a esta nueva definición de prójimo, del que tiene compasión y Jesús le invita a actuar: “Vete y haz tú lo mismo” (Lc 10, 37).

A este momento sigue el episodio de Jesús acogido en la casa de Marta y de María, en el cual las dos hermanas dan lugar a una disputa. María, sentada a los pies del Señor escuchaba su Palabra, mientras Marta, que estaba ocupada en el servicio activo de la hospitalidad, se lamenta con Jesús: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? ¡Dile, pues, que me ayude! “(Lc 10, 40). Es conocido que en la historia de la interpretación, la relación de las dos hermanas, Marta y María, está muchas veces explicada de manera simbólica, pero la narración muestra toda su importancia teniendo en cuenta la trama narrativa y también la problemática de la comunidad apostólica.

Un asunto interno en la comunidad paleo-cristiana sobre la relación, y quizás la alternancia, entre la escucha de la Palabra y la diaconía, se nos muestra a través de las dos hermanas protagonistas y también en la pregunta hecha por el doctor de la Ley sobre la vida eterna (Lc 10, 25). Con Marta y María se muestran al mismo tiempo dos expresiones de hospitalidad, mientras que en otras narraciones una sigue a la otra, como en la historia de la acogida de los tres visitantes a la tienda de Abraham y Sara, los cuales primero se dedican a servirles (Gn 18, 2-8) y solamente después escuchan la palabra de la promesa divina (Gn 18, 9-15). La intervención de Jesús, solicitada por Marta, demuestra apreciar su servicio, aunque sin oposición, Jesús le enseña aquello que es prioritario para no dispersarse: “hay necesidad de pocas, o mejor de una sola, María ha elegido la mejor parte que no le será quitada” (Lc 10, 40). El actuar y el hacer para tener la vida (es la pregunta del doctor de la Ley), logran la eficiencia y encuentran su razón de ser en la única cosa que importa: la relación personal con el Señor. Se trata de combinar la práctica con la escucha, sin perder de vista la actitud fundamental y distintiva del discípulo. La escucha es la condición en la que surge y en la que culmina toda la acción en el servicio activo. La actitud de María que se detiene delante del Señor para escuchar su Palabra constituye, por tanto, una representación ejemplar en la trayectoria del evangelista para explicar el amor de Dios y del prójimo.

El acto de María, que escucha al Señor, muestra una realización y hace de la inclusión una afirmación de la primacía de Dios: “Amarás al Señor tu Dios” (Dt 6, 5), un primado que se expresa con la cita parcial, referida al doctor de la Ley, de la enseñanza que se abre con la exhortación:“Escucha Israel” (Dt 6, 4).

También es significativo que el evangelista Lucas enfrente la totalidad del asunto, pasando por encima de rígidas distribuciones de roles, de discriminaciones de género y enseñando a la comunidad cristiana, que estar a los pies del maestro como un discípulo es esencial para el hombre (cf. Lc 8, 35) y para la mujer. María es un ejemplo; más adelante la generosa hospitalidad de las dos hermanas aparecerá nuevamente brindada por Zaqueo (Lc 19, 1-10).

2. Ser amigo del Mesías

En la relación con los discípulos, otro punto importante que merece ser recordado es aquel en que ellos son llamados “amigos” por Jesús. Según la enseñanza relatada en el Evangelio de Juan, si los discípulos acogen y practican el mandamiento del amor recíproco, fundamentado en el amor de Jesús que por ellos ha dado su vida, entonces realmente se convierten en sus amigos: “Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando” (Jn 15, 12-14).

Este regalo de amor, de amistad y también de elección de Jesús, si es correspondido por los discípulos, provoca un cambio; les permite, de hecho, acceder abiertamente a la revelación: “a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn 15,15). Así, Jesús revela de manera transparente el Padre a los discípulos, sus “amigos”, comunicando y haciéndoles conocer lo que ha oído del Padre. De tal manera que también ellos pueden colocar sus existencias en la perspectiva del don, de la comunión, de la fuerza de la acción del amor, la misma del Padre y del Hijo (Jn 15, 9-11).

3. Convertirse en familia del Mesías

La escucha no solamente es determinante para convertirse en discípulos y amigos, sino también para ser familia del Mesías.

En el Evangelio de Lucas se nos cuenta que a una mujer de la multitud, que entusiasmada con la enseñanza de Jesús pronuncia palabras de alabanza a su madre (Lc 11,27), Jesús responde poniendo la atención más bien en los que escuchan y guardan la Palabra de Dios: “Dichosos más bien los que oyen la palabra de Dios y la guardan” (Lc 11, 28). Y María, la madre de Jesús aparece, en primer lugar, como un ícono de la escucha reflexiva de las obras y de las palabras de Dios. Desde el nacimiento del niño, en el anuncio divino y en la visita de los pastores, que constatan y difunden la noticia del advenimiento del “Salvador”, María es representada como alguien que “guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón” (Lc 2,20) en la reflexión y en la espera de su realización.

Por otra parte, en el episodio en que le advierten a Jesús la presencia de la madre y de los familiares que trataban de verlo, pero que no lo lograban a causa de la multitud, Él contestó: “Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica” (Lc 8,19-21; Mt 12, 46-50; Mc 3,31-35). La respuesta, sin duda alguna, no tiene la intención de menospreciar las relaciones familiares humanas, sino de abrirlas a una realización de la familia en un plan más amplio y más profundo en la lógica del Reino de Dios. De hecho, la acogida y la práctica de la Palabra de Dios son actos que unen y que trasforman en miembros de la familia de Jesús el Señor, al mismo tiempo que provocan nuevas relaciones y lazos de hermandad y de familiaridad entre los creyentes, cuyo centro de cohesión es la persona de Jesús, precisamente porque en Él resuena con autoridad la Palabra de Dios.

 

coquillageIII. Prestad atención a cómo escucháis

La escucha de la Palabra de Dios en el Mesías, implica que sea acogida con confianza y que sea testimoniada con coherencia y perseverancia para poder edificar la existencia humana y poder dar fruto.

No es suficiente reconocer a Jesús maestro y Señor con una invocación, en una aclamación litúrgica, o en una profesión de fe simplemente verbal. De hecho, la escucha de la Palabra es auténtica cuando se concreta e involucra la acción humana.

Entonces, la actuación de la Palabra divina, situada en el corazón, es el fundamento de una vida sólida. No todo el que me diga: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos. [...] Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca. Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina.” (Mt 7, 21.24-27; Lc 6, 46-49)

La parábola ilustra dos formas posibles de aceptación de la Palabra, confrontando a dos constructores, con respecto a la casa que cada uno ha construido, uno sabio y el otro insensato, según la versión de Mateo. El sabio elige un fundamento seguro para su construcción, la roca; mientras que el insensato construye en suelo inestable, arena. El resultado es que la casa del sabio resiste al impacto de la tempestad, la del insensato, sin embargo, es destruida.

La parábola enseña que escuchar sin hacer, no garantiza ninguna consistencia, no impide la catástrofe. Solamente aquel que pone en práctica (literalmente: hace) la Palabra de Jesús, construye su propia vida sobre un fundamento seguro y sólido, lo que le permite soportar las tormentas de la vida.

Otro aspecto significativo aparece en el hecho de los que permiten que la Palabra de Jesús transforme sus vidas, son también los que producen frutos.

La parábola del sembrador reportada por los sinópticos (Mc 4, 1-20; Mt 13, 3-23; Lc 8, 4-15), en el Evangelio de Marcos es la primera parábola narrada, dando casi a entender que es la clave para todas las demás. Se trata de una fuerte metáfora sobre la llegada del Reino de Dios operativo en el ministerio de Jesús.

LectureCon relación al acto del sembrador que salió a sembrar, la parábola sigue y se centra en lo que sucede con la semilla de acuerdo al suelo que la recibe. Tres terrenos no son adecuados: el camino en que se destruye la semilla, el suelo pedregoso en el que el brote se seca, y aquel espinoso en el que la planta crecida es ahogada. A estos terrenos infructíferos se le contrapone la extraordinaria fecundidad de la tierra buena.

A pesar del riesgo de quiebre o de fracaso, se garantiza el buen éxito final. Después de exponer la parábola y antes de ofrecer una explicación, se da una conversación entre Jesús y los discípulos sobre la relación entre el anuncio del plan de Dios y las parábolas. El anuncio del Reino de Dios en parábolas quiere subvertir una falsa comprensión, un equívoco o el rechazo humano. De acuerdo con las palabras de Jesús, Dios comunica a sus discípulos el misterio del Reino, es decir, el plan salvífico divino, que es Jesús mismo con lo que hace y dice. El don divino, sin embargo, exige e implica la decisión y la adhesión libre de la persona para reconocer en Jesús la presencia activa del Reino de Dios. La parábola es un modelo de la palabra y de la enseñanza de Jesús de manera abierta y directa para cada persona que escucha, pero al mismo tiempo, requiere una explicación. De hecho, dada la radical novedad del mensaje que se comunica, y que se identifica con la realidad y la persona que lo transmite, solamente los que realmente se colocan en sintonía con Jesús, pueden comprender el significado de la parábola, de su Palabra.

En este punto de la argumentación, según la costumbre de los círculos proféticos y de la enseñanza de los maestros del judaísmo, Jesús reserva para sus discípulos una explicación y una aplicación de la parábola del sembrador. En la explicación, la semilla es la Palabra de Dios, la buena noticia del Evangelio, y los tres obstáculos principales para recibirla son: a) la distracción, la palabra no tiene tiempo para tocar el corazón, ya que se distrae inmediatamente (Mc 4, 15; Mt 13,19; Lc 8, 12); b) la inconstancia, se da una acogida quizás entusiasta, pero sin raíces e incapaz de superar las dificultades inevitables (Mc 4, 16-17; Mt 13, 20-21; Lc 8, 13); c) la preocupación, el hecho de que la Palabra no tiene lugar para establecerse, mientras que otras pasiones e intereses, como el deseo de enriquecerse, terminan por sofocarla (Mc 4, 18-19; Mt 13, 22; Lc 8,14). La situación positiva está representada por un cuarto grupo de personas: “Y los sembrados en tierra buena son aquellos que oyen la palabra la acogen y dan fruto, unos treinta, otros sesenta, otros ciento” (Mc 4,20). “Pero el que fue sembrado en tierra buena, es el que oye la palabra y la comprende: éste sí que da fruto y produce, uno ciento, otro sesenta, otro treinta. ”(Mt 13,23) “Los que en buena tierra, son los que, después de haber oído, conservan la Palabra con corazón bueno y recto, y dan fruto con perseverancia.” (Lc 8, 15)

Los cambios entre las versiones de los sinópticos hacen hincapié en que la escucha de la Palabra es acompañada por la acogida interior, por la comprensión como adhesión total de vida, especialmente en la actuación práctica, conservando fielmente la Palabra de manera que pueda penetrar en profundidad de un modo duradero, y constituir un nuevo centro en la vida de la persona humana. Entonces, finalmente, podrá dar frutos en abundancia.

El Reino de Dios se inauguró en la historia y está operacionalmente presente en la Palabra y en la acción de Jesús, que dispone de todo el potencial de vida y de salvación, su fuerza salvífica es imparable y actual a pesar de los obstáculos y de los rechazos que encuentra. La parábola contiene una apremiante invitación a vivir consciente y firmemente la experiencia de fe, que parte de la escucha de la Palabra de Dios que solicita un compromiso de fidelidad en la respuesta responsable y práctica del oyente. De hecho, junto a la acción del Señor, que da su Palabra y el conocimiento, se hace hincapié en la necesidad de la acción humana. Todo gira en torno a la relación entre la persona humana y la palabra del Reino. La eficacia de la Palabra parece estar condicionada por el tipo de acogida que los oyentes le reservan.

A través de las situaciones de la semilla descritas en la parábola, se releen cuatro situaciones en la comunidad de los creyentes, que se repiten en cada generación. La intención es exhortar a los creyentes que escuchan la Palabra de Dios, para que no adelanten falsas garantías por el entusiasmo inicial o por una pertenencia sólo formal a la comunidad, para que enfrenten valientemente las dificultades y los riesgos que la experiencia cristiana encuentra. Para cada creyente es fundamental traducir a una dimensión práctica y operativa la acogida del Reino, a través del compromiso constante y firme, colaborando responsablemente para difundir la manifestación actual de salvación y de liberación de los acontecimientos de la historia humana.

Esta explicación de la parábola, que insiste en la acogida perseverante y en la colaboración práctica humana para la salvación, es ampliada en la versión de Marcos y de Lucas con dos comparaciones (Mc 4, 21-25; Lc 8, 16-18). La primera es la de la lámpara, que por su naturaleza debe ser colocada en el candelero, así es también para la enseñanza del Reino de Dios que existe para ser manifestada, para salir a la luz y difundirse. La otra comparación es la de la imagen de la medida en que el oyente comprende, aumenta su capacidad, en la medida en que se abre y que está disponible a aceptar, como el sabio en la tradición sapiencial, que aumenta su sabiduría puesto que está decidido a aprender (cf. Pr 9, 9). Así, resulta decisiva la actitud de escucha que en el texto es acentuada con un fuerte llamado: “Quien tenga oídos para oír, que oiga. Atended a lo que escucháis.” (Mc 4, 23. 24) “Mirad pues cómo oís.” (Lc 8, 18)

De hecho, la calidad y el alcance de la atención y de la adhesión humana, deciden la eficacia salvífica de la Palabra que anuncia el Reino. Las dos imágenes reafirman el imprescindible compromiso activo de quien oye, para que toda la potencia vital de la enseñanza del Mesías pueda manifestarse. Hay una responsabilidad directa de los creyentes para hacer manifiesta la venida del Reino de Dios, en hacer incisiva la experiencia de la salvación que libera al interior de los hechos cotidianos de la historia humana.

 

IV. La fe viene de la escucha en la acción eclesial

Una gran conciencia caracteriza las comunidades paleo-cristianas representadas en el Nuevo Testamento: la fe en el Mesías viene por la escucha de la Palabra, del Evangelio.

En particular, la afirmación de Pablo: la fe viene de la escucha y la escucha se refiere a la Palabra de Cristo (Rm 10, 17), se encuentra dentro de la discusión del Apóstol frente al rechazo de una gran parte de Israel en el reconocer a Jesús, el Señor, a pesar de haber tenido la ventaja de escuchar a los profetas y el anuncio del Evangelio (cf. Rm 9, 30-10, 21).

En los Hechos de los Apóstoles, es Pedro quien, en la asamblea de Jerusalén, abre su discurso diciendo: “Hermanos, vosotros sabéis que ya desde los primeros días me eligió Dios entre vosotros para que por mi boca las naciones oyesen la palabra de la Buena Nueva y creyeran” (Hch 15,7). Pedro recuerda su misión junto a los gentiles haciendo referencia al encuentro con el centurión romano Cornelio (Hch 10), donde aprendió que Dios no hace discriminación de personas porque le agrada quien le teme y practica la justicia.

Aún, en la carta a los Colosenses, el autor exhorta a la comunidad de los creyentes, que participa de la redención a través del perdón de los pecados y de la reconciliación con Dios por obra del Mesías, a que permanezca firmemente arraigada en la fe y en la esperanza del Evangelio que ha escuchado (Col 1, 23).

Estos ejemplos, ilustran una práctica que se desarrolla dentro de la comunidad apostólica en la transmisión de la salvación mesiánica a través del testimonio y de la predicación del Evangelio. La catequesis, la liturgia y la actividad misionera, como expresiones de esta transmisión, aún podríamos añadir aquí la misma “escuela del servicio del Señor” y la lectio divina, consisten en el incansable y creativo anuncio de la Palabra del Evangelio, porque solo la escucha enciende y alimenta continuamente la fe en el Mesías, como para los primeros discípulos. De hecho, los testigos y las generaciones de testigos, no hacen más que atrincherarse en la fe y comprometer a otros a apropiarse, antes que nada a través de la escucha, del maravilloso evento del hoy del Mesías, para hacer espacio, con sus decisiones y acciones, a los beneficios de su venida para la historia humana.

 

V. Observaciones finales

“Que cada uno sea diligente para escuchar y tardo para hablar”. Así nos exhorta la carta de Santiago (St. 1,19) y promete a quien fije la mirada en la Palabra de Dios, la Palabra que ha sido plantada en vosotros y puede llevaros a la salvación, […] la ley de la libertad, la Palabra de la revelación, y se mantenga fiel como un oyente que la pone en práctica, éste será feliz por medio de su actuar, encontrará su felicidad en practicarla (St. 1, 21-25).

Escuchar es tan importante como hablar, escuchar es importante primero para poder hablar. Todo aprendizaje surge de la escucha.

En el contexto de la venida del Mesías escuchar es responder, un acto humano de apropiación de la revelación y de la redención mesiánica. La escucha de la Palabra de Dios y del Mesías, permite comprender el despliegue del proyecto de Dios, de reconocer las características de la salvación actual del Mesías, de verificar el significado de la irrupción del Reino de Dios en el transcurso de la historia humana. La escucha de la Palabra interpela e involucra a cada persona y la comunidad de creyentes en la comunión revelada entre el Padre y el Hijo y en las acciones concretas para la realización del Reino de Dios. La escucha de la Palabra ofrece profundidad y agudeza para ver la propia existencia y la historia humana delante de Dios.

En el recorrido seguido hasta aquí sobre la escucha de Dios en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, se puede observar como de un libro a otro, de una etapa a otra de la historia de la revelación, resuena por todas partes la exhortación a escuchar. Y aplicando la pregunta al argumento, se podría pedir lo que se encuentra en el último capítulo de la Regla de Benito: “¿Qué página o qué palabra de autoridad divina, del Antiguo o del Nuevo Testamento […] no es norma rectísima para la vida humana?” (RB 73,3). Cada página, entre las abiertas sobre el argumento, ofrece un fragmento esencial para aprender a escuchar a Dios.

La escucha se esboza como un espacio complejo de comunicación hecho de palabra y de silencio, de pregunta y de reflexión, de elaboración y de interpretación, de aprendizaje y de conocimiento, de acogida y de adhesión, de discernimiento y de entrega, de interioridad y de acción, de búsqueda y de espera, y más aún.

La escucha constituye un proceso dinámico que comporta cambios y transformaciones, en el que, quien escucha la Palabra se abre a la presencia de Dios, del Señor, en un diálogo vivo y personal. En este sentido es emblemático lo que le ocurre a María Magdalena, en el jardín, ante el sepulcro vacío, mientras llora por la ausencia de Jesús (Jn 20,11- 18). Jesús se le aparece, pero ella es incapaz de reconocerlo, y piensa que es el jardinero. Solamente cuando se siente llamada por el nombre, ¡María! y reconoce, en la voz que escucha, la voz de Jesús, finalmente se gira diciendo: ¡Maestro mío! Escuchando la voz reconoce a Jesús viviente, ve a Jesús resucitado. Así, no se vuelve más hacia al sepulcro y al pasado, sino hacia la dirección de la vida, además aprende una dimensión completamente nueva de la relación y de la presencia del Maestro, el Señor. Escuchando y permaneciendo en la Palabra del Evangelio, cada uno, de nuevo, puede oír pronunciar su nombre y volviéndose hacia la dirección de la voz, puede “ver” el rostro de Dios, el Viviente que nos conduce a la vida.