Hermana Hannah Van Quakebeke OSB
Priora de Nuestra Señora de Bethany, Loppem (Bélgica)

EL OCTAVO GRADO DE HUMILDAD

 

QuakebekeEn el curso del Simposio del CIB, en varios talleres se estudiaron aspectos de la Regla relativos a la escucha con el corazón. Madre Hannah hace referencia al octavo grado de humildad de la Regla y lo que podemos aprender de los miembros mayores de la comunidad, que transmiten la sabiduría de las generaciones anteriores.

 

En nuestra comunidad solo asistimos a los funerales de los parientes más cercanos, tal como padres, abuelos, hermanos y hermanas. Usualmente ese es el límite, a menos que haya razones especiales, por supuesto con el permiso de la superiora como siempre debe ser.

Un día, una hermana “me informó” que iría al funeral de un pariente lejano. Quedé bastante asombrada por la explicación que dio; sin darme oportunidad de contestar lo que ella me presentó. Cuando tuvimos nuestra reunión semanal para compartir información, no mencioné los planes de la hermana sobre asistir al funeral, ya que no había sido posible conversar del tema. Entonces se levantó para hablar y decirme que yo había “olvidado” mencionar el funeral en la agenda de esta semana. Le respondí gentilmente: “Muy bien, puedes explicar tus proyectos a la comunidad, tal como los has hecho sin mí”. Ella lo hizo y fue al funeral como lo había planeado.

Pueden pensar que es un ejemplo bastante respetable. Por supuesto, no es un ejemplo extremo y hay muchos más graves, incluso en mi propia comunidad. Pero “el octavo grado de humildad consiste en que el monje no haga nada más que aquello a que le animan la Regla común del monasterio y el ejemplo de los mayores.” (RB 7,55) ¿Nada? ¡¡¡Eso es mucho!!!

Es verdad que los monjes cenobitas han decidido vivir en comunidad BAJO una regla y un abad (ver RB 1,2). Quisiera hacer hincapié en la palabra “BAJO”. Los monjes eligen vivir BAJO. Esto no quiere decir que nunca más tengan el derecho de ponerse de pie y ser responsables. Escuchar con el oído del corazón implica toda la persona. No podemos escuchar con el oído de nuestro corazón si no estamos unidos en las diferentes dimensiones que forman nuestra humanidad: cuerpo y mente (estas son nuestras emociones, sentimientos, afectos, inteligencia, imaginación y voluntad) y lo profundo de nuestro corazón. “Lo profundo del corazón no es emoción, ni afectos, ni sentimientos. Tampoco mente, ni intelecto o razón. Está situado a otro nivel de profundidad”[1]. Es el centro de nuestro ser, el lugar de nuestras decisiones[2] y donde Dios actúa misteriosamente[3]. Es el lugar de encuentro con Dios. Muchos autores espirituales y místicos han intentado atestiguar sobre este lugar, dándole diferentes nombres, dependiendo de la edad y también de sus sentimientos y experiencias personales. Estoy utilizando el vocabulario de Simone Pacot, quien desarrolló una educación espiritual llamada “evangelización de las profundidades”. Esto no es lo más relevante, lo que quiero decir es que el hombre está en su totalidad compuesto de distintas dimensiones de su ser: la dimensión física/biológica, dimensión psíquica y dimensión espiritual.

GroupeEn cada persona más o menos equilibrada, estas dimensiones deben estar unidas. Toda la tradición monástica presenta esta unidad como característica esencial de un monje. “Monje significa unido; el que no ha encontrado unidad en sí mismo no está unido aún, todavía no es un monje, aunque viva en el monasterio más aislado…”[4] afirma Ignatij Briancaninov, uno de los muchos testigos de la tradición oriental. Esta unión es también muy importante para la escucha interior que, en nuestra tradición benedictina, se presenta como la escucha con el oído de nuestro corazón. Esta auténtica interioridad no puede ser vivida si la persona no es realmente recta. Vivir BAJO no se puede desarrollar en sí correctamente si uno no está unido y es recto de corazón.

Mientras el octavo grado de humildad consiste en que “el monje no haga nada más que aquello a que le animan la Regla común del monasterio y el ejemplo de mayores” (RB 7, 55), no implica una adaptación dañina que no permita mostrar la identidad única a la que cada persona está llamada de manera irrenunciable. Solo a través de esta identidad única que puede ser vivida por uno mismo, es posible vivir bajo una regla y un abad. Con todo lo que soy, realmente TODO, elijo entrar al ritmo de la comunidad, y lo hago con mi razón como también con mis pies y mi cabeza. No renuncio a mi unidad, pero quizás sí a mi “singularidad”. Él o ella que realmente desea ser él o ella misma, no necesitan tener un comportamiento excéntrico. Los ocho grados de humildad nos recuerdan la realidad. Básicamente humildad y realidad son muy cercanas. Siguiendo la Regla común nos confronta con nuestra propia realidad. Nuestra unidad no tiene nada que ver con nuestras “peculiaridades”; nos guía de regreso a nuestra relación más íntima y personal con Dios, quien nos ha llamado por nuestro nombre. Es un proceso que no nos lleva a la negación de uno mismo, si no al propio descubrimiento.

Obviamente un superior no puede apoyar proyectos y actividades de los que no tiene conocimiento. Escuchar con el oído del corazón implica la palabra en el momento oportuno, el lugar correcto y de la forma adecuada, como nos enseña san Benito en el capítulo de cosas imposibles. Cuando la superiora ha vencido la tentación del poder, también debe vencer la ambigüedad del silencio maternal, “sin desear molestar”, “para no involucrarse en asuntos que no le conciernen”. El servicio de autoridad debe encontrar coraje para proponer formas de conversión y debe tratar de corregir “con amor”. Para san Basilio corregir a un hermano era un acto de misericordia, porque preocuparse por la salud de un miembro era preocuparse por la salud de todo el cuerpo. El mal y el escándalo son inevitables: la comunidad que es capaz de cargar al hermano/hermana enfermo con amor, pero sin alimentar en él o ella el pecado, pone el misterio de la cruz en práctica. El pecado de mi vecino puede ser el lugar donde la misericordia de Dios hacia el pecador se hace visible. Es el lugar desde donde la misión del amor alcanza al mundo, dando testimonio del amor gratuito de Dios y la capacidad de la gracia de no darse por vencida al enfrentar el mal.[5] Obviamente no siempre nos enfrentamos al mal o al pecado, pero si el superior habla, empezando a escuchar con el oído del corazón, ello también invitará a sus hermanos a hacer lo mismo. Muy a menudo mantenemos el silencio por el bien de la paz, pero tal vez una saludable vida monástica nos invita –hoy incluso más que nunca– a desear expresarnos y hablar a cada uno, sin olvidar nunca de escuchar profundamente, mientras nos mantenemos abiertos a reconocer la distinta y única identidad de cada una de nuestras hermanas, que nos han sido entregadas en nuestro camino de vida.

 

[1] S. Pacot. Evangelización de profundidades (Paris, 1997, p. 61).

[2] S.Pacot. ¡Vuelve a la vida! (Paris, 2000, p. 191): “El (corazón profundo) es el lugar de las decisiones fundamentales, de los más auténticos anhelos. Es el lugar donde se plantea la elección por la vida, el camino donde se renuncia a la muerte”.

[3] S. Pacot. Evangelización de profundidades (Paris, 1997, p. 60)

[4] I. Briancaninov. Polnoesobranietvorenj. Vol.1. Moscú 2001, p. 1885 Ignatij Briancaninov vivió en el siglo XIX. Fue monje, un maestro espiritual (starets), Obispo y santo de la Iglesia Ortodoxa Rusa.

[5] M. Tenace. Notas de conferencia para superiores mayores de Bélgica, 1° marzo, 2014.