Los objetivos del Congreso de Abades

Padre Giuseppe Casetta, osb,
Abad General de la Congregación Vallombrosana

CasettaQueridos hermanos, abades, priores e ilustres huéspedes, con mucha alegría los saludo con las palabras del apóstol san Pablo: “Bendiciones para ustedes y paz de Dios, Padre nuestro y del Señor Jesucristo.” (Ef 1, 2)

Estoy feliz de reencontrarnos juntos nuevamente, para reforzar el vínculo de nuestra comunión y compartir temas, problemas y perspectivas de la vida monástica, considerando nuestro futuro y el de toda la Iglesia.

Para cumplir con esta tarea de introducción al Congreso me apoyé sobre el ícono bíblico de los dos peregrinos de Emaus (Lc 24, 13 – 35). Se trata de una sola línea de lectura, sin ninguna pretensión exegética. El recurso al imaginario simbólico bíblico, más estricto que un razonamiento riguroso, puede ayudarnos en la indicación del recorrido que aunque apenas esbozado, nos deja sin embargo, el deseo de futuras profundizaciones o sugerencias útiles para nuestra vida.

chemin1. La “metáfora” del camino

El episodio, como sabemos, se abre con la metáfora del camino, que vuelve al inicio, al centro y al término de la historia, cambiando, no obstante, de sentido: de la ambivalencia inicial – tal vez se trata de una “fuga” llena de desiluciones después del “fracaso” de la cruz –para volver al camino, en el cual no se separa de la enseñanza de Jesús para reencaminarse plenos de entusiasmo y alegría para testimoniar a los Once el encuentro con el Resucitado.

Detengámosnos en el primer momento.

Encontrarnos aquí en Roma en San Anselmo, claramente no es para nosotros una “fuga”, ni menos un paréntesis en nuestra vida cotidiana. El haber acogido esta invitación es un camino que nos permite encontrarnos juntos, como monjes pertenecientes a la confederación benedictina.

Existir, es encontrarse y ser encontrados: ésta es la estructura antropológica en la cual Dios pasa en el tiempo y en el espacio, atrayéndonos hacia él y haciéndonos partícipe de su misión.

Es una gran ocasión que se abre hoy frente a nosotros, porque sólo en este contexto, que se repite cada cuatro años, nosotros hacemos experiencia “juntos” de la “catolicidad” del monacato benedictino, que no es la depreciación o superación del particular, sino su valorización en la complejidad y multiplicidad de significados.

En esta celebración del 50° aniversario del inicio del Concilio Vaticano II, incluso nosotros queremos referirnos a la importancia insuperada de ese evento.

Creo que el criterio propuesto por Benedicto XVI en el famoso discurso del año 2005 es un punto de referencia inestimable para evitar la abstracta idealización de lo que es un proceso histórico complejo y aún en acción, como igualmente la ideología que es contraria.

La hermenéutica de la reforma y renovación en la continuidad nos propone a todos un criterio que puede ayudar a una confrontación fecunda, moderando extremismos de tendencias opuestas.

La continuidad de la tradición necesita de cada una de nuestras comunidades y congregaciones un compromiso serio. Como hacia notar de forma provocativa K. Rahner, si nos limitamos a repetir algo, quiere decir que no lo hemos comprendido. No hay más tiempo de ajustes, es necesario abordar con coraje los cambios a veces dolorosos, pero necesarios. No podemos contentarnos con reproducir fotocopias automáticamente.

Nuestra fe no tiene nada que temerle a un compromiso serio, porque tenemos un valioso patrimonio y un Dios increíblemente creativo, porque – como hacía notar en modo provocativo el historiador y académico estadounidense Jaroslav Jan Pelikan – la tradición es la fe viva de los muertos; el tradicionalismo es la fe muerta de los vivos.

Los grandes temas de la modernidad como la libertad, el laicado, el mundo, la historia han entrado de lleno en los textos conciliares no sólo gracias a la contribución de los grandes teólogos, los llamados expertos, sino también gracias al movimiento litúrgico, bíblico, ecuménico, que ha visto como protagonistas algunos de nuestros hermanos monjes y abades, algunos trabajando comprometidos en el Ateneo de San Anselmo, que deseamos en esta sede, recordar con profundo agradecimiento por todo lo que le han dado a la Iglesia.

Las diferencias son llamadas a interactuar: incluso a nivel eclesial la “totalidad” de la Iglesia y la “particularidad” de sus autorrelaciones se han colocado al mismo nivel. Es la conciencia del “todo en el fragmento” (Balthasar), en donde el fragmento es comprendido en toda su seriedad como un “lugar teológico”, como tantas veces nos recordaban a nosotros estudiantes, al último Magnus Löhrer, y antes que él, Cipriano Vaggagini. Teniendo como trasfondo el Concilio Vaticano II, en estos días será muy importante meterse a la escucha de las diferencias que nos caracterizan y esto quiere decir reconocerse parte de una historia más grande que nosotros, hecha del misterio entre la mágica interconexión de la gracia y la libertad, del pecado y el perdón, una historia que nos toca, que pasa a través de nuestra carne y sangre y que nos llama a ir más allá.

Debemos hacerlo atentos a las lecciones que llegan del texto de Lucas: los dos discípulos “conversaban entre ellos sobre todo lo que había sucedido” (v. 14). Es un conversar que se explaya “sobre todo” aunque sin alcanzar la palabra decisiva. Es un conversar sobre todo aquello que había sucedido, pero sin desvelar el misterio.

La pregunta de Jesús a los dos peregrinos contiene un verbo que expresa su estado de ánimo mejor que cualquier otra descripción: “¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lc 24, 32).  El verbo griego antiballo significa lanzarse contra, y es significativo que Lucas lo utilice para describir una situación de división que no se manifestaba sólo en su distancia con la comunidad y la comprensión de los eventos de salvación, sino que incluso en su relación recíproca.

La importancia de la palabra, la dinámica del diálogo, la escucha recíproca...El filósofo francés Merleau-Ponty distingue entre las “palabras habladas” que crean charlas sin deducciones y las “palabras hablantes”, que generan la reflexión, el debatey la comunicación.

Nuestro Congreso es una ocasión que no se debe perder para reencontrar el gusto y el peso de la palabra hablante. Se trata de una palabra dialogante que se dirige hacia aquellos que tienen otra cultura y otra problemática de vida, palabra que se dirige hacia las preocupaciones, esperanzas y cansancio, sacándonos de nosotros mismos para poder volver especialmente nuestra atención hacia la vida y la realidad de todos y haciendo que de esta forma, paradógicamente, nos “centremos” mucho más en el diseño de Dios, nos intruzcamos en “las cosas del Padre” (Cf. Lc 2, 49).

dialogueUn diálogo sincero presupone atención a la realidad, análisis y una reflexión, no se puede llevar adelante sin gran humildad, sin reconocer que ninguna comunidad, ninguna congregación, pequeña o grande, es dueña de las supremacías, innatas o adquiridas, puesto que todos debemos reconocer nuestros límites y volvernos sensibles a los problemas y actitudes de los demás. No nos interesa hacer crecer nuestro ámbito de poder o de influencia, sino caminar juntos hacia la realización del Reino de Dios, con el Evangelio de Dios y la Regla de nuestro santo padre Benito.

Puedo equivocarme en el análisis, pero tengo la impresión de que hoy es siempre más penalizada la comunicación interpersonal: encontramos cada vez más “internet-conectados” y menos personas que saben comunicar. No faltarán las ocasiones propicias: los grupos de trabajo, que han sido organizados en seis grupos, nos permitirán profundizar temáticas de relevante interés para nuestro presente y para el futuro de nuestra Confederación, en un intercambio sincero y que deseamos que sea muy auspicioso. 

A este respecto me parece significativo lo que le sucede a los dos caminantes de Emaús: Cristo les pide juzgar la calidad de su vista (“sus ojos eran incapaces de”) y de su actuar (“se detuvieron con la cara triste”). Estos días de congreso son una ocasión propicia para una detención que nos haga medir bien la calidad de nuestra espera, de nuestros deseos y de nuestras esperanzas.

“Esperábamos que fuese él”(Lc 24, 21a) es una de aquellas frases que pesa como un roca: una esperanza del pasado, es el crepúsculo de la esperanza, y la interrumpción del deseo que ya no alcanza a darle espacio a la libertad que busca y que no concede más tiempo a la intervensión de Dios.

Las conferencias que oiremos esta tarde (“Continuidad y Adaptabilidad” del Profesor Hochschild) y mañana (“La Autonomía” del Padre Casey) nos provocarán, incluso, en el nivel de la calidad de nuestra esperanza que no puede ser sólo el futuro de nuestro pasado.

“Arriesgarse en la esperanza” puede ser realmente el recorrido “postmoderno” hacia la santidad, incluso para los monjes.

En este contexto nos debemos preguntar si estamos viviendo la “crisis” (palabra ambigua pero al mismo tiempo plena de posibilidades), crisis que atraviesan incluso nuestras comunidades monásticas, con una mirada concentrada sobre nosotros mismos, sobre nuestra estructura, sobre nuestros miedos, sobre el número de nuestros candidatos, sobre el futuro de nuestra economía, asumiendo sólo la lógica del marketing o confiándonos a su vez en la Palabra de Dios que nos sugiere caminos diferentes (Cf. Rm 5, 3; Rm 8, 18; 2 Co 1, 3 – 4; Hb 12, 6) frente a un futuro que avanza impetuosamente y deja sobre el tapete unos pocos muertos y heridos. Una “debilidad” (2 Co 12, 10) en la cual se hace presente la fuerza de Dios. Es un poco como una travesía en el desierto, un éxodo en el cual cualquier cosa muere, ciertamente, pero al mismo tiempo otras renacen en la continuidad que permite que san Benito llegue hasta nuestros días.

Me parece extremadamente actual en este propósito, las reflexiones de D. Bonhoeffer, antes de su martirio: “Nuestra Iglesia que, en estos años ha luchado sólo por la propia sobrevivencia, como si ese fuese su propio destino, es incapaz de hacerse portadora de su Palabra reconciliadora y redentora para los hombres y para el mundo. Y es por eso que las palabras antiguas deben debilitarse y terminar por silenciarse y nuestro ser cristianos se reduce hoy a dos cosas: orar y actuar entre los hombres con justicia. Cada pensamiento, palabra, organizaciones en las cosas del cristianismo deberá renacer de esta oración y de esta acción. (Resistencia y Capitulación, Cartas escritas desde la prisión, p. 165)

2. De la crónica a la historia: Palabra y Eucaristía

Después de escuchada la “crónica” de los hechos de parte de los dos discípulos, Jesús toma en sus manos la situación y comienza a leer la “crónica” bajo la luz de la Escritura, haciéndola transformarse en historia de salvación. La incitación es clara: la Escritura ayuda a comprender, ayuda a eliminar sobreestructuras e incrustraciones...porque va más allá de la forma. La Palabra ayuda a leer lo que vivimos cada día como crónica, con los ojos de Dios, con una mirada de fe. La historia que “recomienza desde Moisés, atraviesa todos los profetas para llegar hasta él” debe ser siempre un recomenzar, debe ser siempre un recomenzar de nuevo. En esta Palabra nosotros encontramos el mapa con las indicaciones, el camino con las señales, las dudas, las preguntas, los desvíos, las heridas, pero también la “guía” para no perderse. El Congreso es una ocasión para ayudarnos a dar siempre más espacio a la centralidad de la Palabra y Eucaristía al interior de nuestras comunidades y congregaciones.

promenadeAhora permítanme un llamado: ayudémosnos en los pocos días que tenemos frente a nosotros a recuperar la “historia” en el interior de nuestras “crónicas”, para que – como afirmaba K. Barth- “la Palabra de Dios no está constituída en absoluto de los convenientes pensamientos de los hombres sobre Dios, sino de los verdaderos pensamientos de Dios sobre los hombres. En la Biblia no se dice cómo debemos hablarle a Dios, sino qué cosa él nos dice a nosotros, no cómo encontramos el camino para encontrarlo a él, sino cómo él ha buscado y encontrado el camino para encontrarse con nosotros, no la manera justa con la cual debemos dirigirnos a él, sino la alianza que él ha sellado con todos los hijos de Abraham en la fe, y sellado definitivamente en Jesucristo.” (Das Wort Gottes un die Theologie, p. 28)

En estos días celebramos juntos la Eucaristía. Incluso esto no debe ser sólo un encuentro programado en el calendario. La expresión evangélica “él aparentó seguir adelante” (Lc. 24, 28b), nos interpela: es como si abriese el espacio para introducir “nuestro lugar”, el momento de la hospitalidad, en el cual hacer espacio a la presencia de Jesús bajo el signo de la Palabra que interpreta y del pan que es dado y precisamente en el interior de esta invocación “permanece con nosotros”, que, desde el comienzo, somos acogidos por la voluntad de Dios que quiere habitar dentro de nosotros.

La hospitalidad se hace comensalía, nosotros lo invitamos pero es él quien preside la cena, es él quien está en medio de nosotros como el que sirve.

Entonces nuestra Eucaristía se transforma en “escuela de servicio”, de quien puesto como responsable de la comunidad como abad o como prior, comparte con todos los demás las bellezas (tal vez pocas) y el gran cansacio (tal vez mucho) del servicio abacial.

El Congreso tiene - entre otras cosas - la responsabilidad de escoger el Abad Primado de nuestra Confederación que - como expresa el n. 42 de la Lex Propia - es “el gestor, el curador, el ejecutor de todo lo que concierne a la Confederación. Debe vigilar atentamente todo lo que concierne a la auténtica tradición benedictina y que su patrimonio espiritual y científico, sean desarrollados y salvaguardados.”

Debemos dar fe que en estos años, los servicios del Padre Abad Primado Notker, se han encaminado en tal dirección, no solamente en relación a San Anselmo, con una dedicación humana y organizativa, sobre todo desde el punto de vista económico, difícilmente inigualable, igualmente en relación a toda la Confederación, llevando a todo el mundo, por medio de su presencia, sus conferencias, la vitalidad, el entusiasmo y la potencialidad de la vida benedictina no solamente para nuestros monasterios sino que también para la sociedad civil.

Formando parte del Consejo del Primado, he tenido la oportunidad estos dos últimos años de constatar cuán importante es este servicio para la Confederación, el Ateneo y el Colegio de San Anselmo.

Permítanme agregar una simple palabra sobre el Ateneo de San Anselmo. Aunque el Congreso de los Abades no es en función sólo del Ateneo y del Colegio de San Anselmo debemos reflexionar seriamente sobre nuestra presencia en Roma como monjes benedictinos: no debemos permitir que se debilite - en esta ciudad - el aporte de una tradición de estudio y de enseñanza que se ha hecho significativa en todo el mundo. Los obispos en el ya alejado Sínodo sobre la vida consagrada (1994) muchas veces han insistido– en mi opinión con mucha demora - “de re nostra agitur!” Sería muy bello y sobre todo muy útil sentir la misma expresión en boca de todos los abades y priores que se reunieron aquí, pero esta vez sin demora.

3. El retorno testimonial

El martes 25 septiembre finalizará el Congreso.

Creo que la imagen de los discípulos de Emaús tiene mucho que enseñarnos principalmente cuando regresemos a nuestras comunidades después del Congreso.

El evangelista Lucas hace la asociación entre el regreso de los dos peregrinos con la particularidad de los evangelizadores de la primera hora: María, los pastores, los pobres, los discípulos de la Iglesia de los orígenes. Es el andar, el recomenzar de quien ha reconocido y de quien ha encontrado, es un impulso incontrolable propio de quien ha hecho la experiencia del Resucitado.

Por eso los discípiulos “retornaron a Jerusalén donde encontraron a los Once “ (Lc 24, 33). Ha sido siempre este el verdadero camino de la evangelización: la verdadera identidad del discípulo llamado a testimoniar el encuentro con el Señor Resucitado, no puede pensarse como la de un enviado solo, porque es siempre expresión de la comunidad.

En pocos días se dará inicio al Sínodo de los Obispos que tendrá como tema: “La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana”. Es interesante destacar la poca importancia dada a la vida consagrada en los lineamientos sinodales, al punto que las observaciones críticas expresadas de diferentes partes, han llevado a retranscribir las pocas líneas reservadas a la vida consagrada que se encontraban en su lineamiento, destacando esta vez en forma clara incluso la vida monástica.

En el Instrumentum Laboris, en el n°. 114, incluso se dice: “En este ámbito viene reconocido, incluso, el inestimable apoyo a la nueva evangelización que viene de la vida contemplativa, sobre todo de los monasterios. La relación entre monacato, contemplación y evangelización, como demuestra la historia, es sólida y portadora de frutos. Tal experiencia es el corazón de la vida de la Iglesia que mantiene viva la esencia del Evangelio, el primado de la fe, la celebración de la liturgia, dando un sentido al silencio y a cualquiera otra actividad para la gloria de Dios.”

Debemos estar agradecidos con la Santa Sede por la invitación hecha a nuestro Rector Magnífico, el Padre Juan Javier Flores Arcas, para participar en calidad de experto, en la elaboración de los documentos sinodales, pero permítanme plantear a este Consgreso una pregunta: ¿será posible en el futuro - en esta sede u otra - elaborar una estrategia para poder estar mayormente presentes en las sedes institucionales donde se elaboran los proyectos eclesiales y hacer sentir que el mundo monástico, la confederación benedictina tiene realmente algo que decir sobre temáticas esenciales de la vida de la Iglesia y de la sociedad?

¿Qué sentido tiene afirmar que “la experiencia monástica es el corazón de la Iglesia que mantiene viva la esencia del Evangelio, el primado de la fe, la celebración de la liturgia” si después ninguno de nosotros puede testimoniar tal experiencia en su vida diaria, en los lugares donde se elaboran los proyectos eclesiales para la vida de toda la Iglesia?

Creo que uno de los desafíos del Congreso también debería ser sacarnos de una autosuficiencia extremadamente peligrosa ya que en vez de enriquecernos nos empobrece. Somos autónomos para ser “interrelacionados”. Hablamos de Congregaciones, hablamos de comunidad, pero - por favor - no en una línea autorreferente e introvertida.

4. Conclusión

El más sincero agradecimiento a todos aquellos que han dedicado tiempo y cansancio para preparar este Congreso. Les deseo que estos días sean fecundos en un sereno encuentro, incluso dialéctico, entre diversas posiciones y culturas, pero en función de llevar a nuestra comunidad los resultados de una “con-vivencia” marcada por la experiencia de Dios y la comunión entre nosotros, como monjes de una Confederación que no es una “figura ficticia”, sino un organismo vivo que debe crecer y dar frutos.

Gracias por su atención y buen trabajo a todos.

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