El lento desarrollo de las redes en la Edad Media

Hermano Lucien-Jean Bord, osb, Abadía de Ligugé

El hermano Lucien-Jean señala los aspectos más destacados de la constitución de los grupos monásticos de occidente. Muestra cómo llegaron a la noción de orden para la vida monástica y señala las zonas de influencia tales como la Reforma de san Benito de Aniane, Cluny, Citeaux y algunas otras hasta la fecha.

BordLas Reglas monásticas primitivas consideraban que cada monasterio era una entidad propia, independiente de los otros establecimientos cenobíticos[1], imitando así las costumbres del monacato oriental[2]. La Regla de San Benito responde a esta concepción y si se encuentra a menudo[3] el término congregatio, éste se debe tomar en su sentido obvio[4], como sinónimo de comunidad. Por lo demás, la comunidad no es solo privativa de la Regla benedictina[5]. La variedad de fuentes, tanto monásticas como canonicales, nos permiten observar esa autonomía inicial, existente en cada comunidad, que Cosimo Fonseca nombró como un “microcosmos casi definido y completo”.[6]

Esto no impide ni descarta la existencia de estrechas relaciones entre numerosos monasterios y comunidades canonicales que van más allá de las buenas relaciones. Como ejemplo tomaremos el capítulo 64 de la Regla de San Benito que prevé que en caso de una elección inadecuada de un abad, los abades vecinos (junto con el obispo) puedan intervenir para detener el complot de los malos.

Esta simple frase, que puede ser tomada en un contexto originario del monacato benedictino como una especie de cláusula de garantía indica, sin embargo, un tipo de relación que tomará cada vez más importancia ya que sobre la base de ese texto se cimentará la costumbre, introducida en el siglo X, relativa a las consultas entre los abades de una misma región para debatir asuntos de interés común[7].

Debemos mencionar la gran reforma del sínodo de Inden/Kornelimünster (816-817), los Capitulare monasticum de Aix-la-Chapelle (817), y la Regula Benedicti abbatis Anianensis (818-819), antes de ver cómo, a partir de un substrato informal, aparece, y luego se desarrolla paulatinamente, la idea de conjuntos monásticos y canonicales.

benoit_d_anianeLa personalidad de Benito de Aniane, quien a partir del año 814, se transformó en el principal consejero de Luis el Piadoso, influenció en las medidas imperiales de Renovatio regni Francorum que, aplicada a los monjes, buscaban principalmente uniformar la vida monástica bajo el Imperio[8]; esta medida ya es suficiente y no hay que sacar otras conclusiones. La reforma iniciada por el abad de Aniane aparece más como la aceptación voluntaria, por un grupo de comunidades benedictinas, no solamente de la Regla revisada por Benito, sino también de hábitos instalados por él en su abadía, sin que esto llegue a modificar en nada los diversos estamentos jurídicos de los monasterios de esa época[9]. Nos hemos preguntado por qué el abad de Aniane no fue más allá, es decir, instalando las bases de una congregación benedictina (en el sentido que damos a ese término), y solamente se conformó con hacer un recuento de los monasterios que gozaban de un privilegio imperial o episcopal que les garantizaba la observancia de la Regla de San Benito “restaurada”[10], pero dejándoles una total autonomía. Su acto fue por prudencia ya que un cambio tan radical no hubiese tenido éxito en un entorno social y político inexistente en el siglo IX. 

Estamos, sin embargo, frente a una nueva etapa en la instalación de una “red monástica” menos independiente en Occidente, debido a que la reforma de Luis el Piadoso considera la existencia de organizaciones monásticas más complejas que un simple monasterio funcionando como una villa carolingia. Se trata de la ampliación de la jurisdicción de una abadía en relación a sus fundaciones por affilatio: las cellae y obedientiae instaladas a una cierta distancia del monasterio por la necesidad de limpiar y cultivar las tierras que inicialmente estaban ocupadas por uno o dos monjes[11]. Estas instalaciones, originalmente humildes, crecerán y pasarán a llamarse praepositurae, y a partir del siglo XI serán reemplazadas por los prioratus, marcando de esta forma un nuevo “momento” en el paisaje monástico medieval. Es importante saber que esa evolución en prioratus se da gracias a una profusión de regalos de tierras e iglesias –incluyendo sus derechos- a las abadías. Otro factor en la constitución de conjuntos incorporados a un gran centro monástico, radica principalmente en la traditio, la donatio o la recommandatio en los siglos XI y XII.

Estos tres términos representan una misma realidad, a saber la preexistencia de monasterios que pasan casi en su totalidad a depender de la tutela de una gran abadía que adquiere entonces, respecto a ese monasterio, derechos de visita y de corrección (pudiendo llegar, incluso,  hasta la destitución de un superior incapaz o indigno), así como el derecho de supervisar una elección abacial[12].

clunyLo recién mencionado y que se aplica tanto a los monasterios como también a las casas de monjes, nos hace pensar, inevitablemente, en la manera de cómo se formó  la “red” clunisina.

El siglo X, que ve nacer la fundación en Cluny (909/910), proviene siempre de un mismo esquema de tipo ordo monasticus donde el concepto moderno de una orden era todavía desconocido; para Cluny, es el tiempo de una red de tipo federal, sistema que seguirá hasta finales del siglo XI, con el caso muy particular de la Chartreuse que su fundador, Bruno, considera como una entidad única[13]. La Chartreuse representa casi un anacronismo en esa época, porque el siglo XI es una época de racionalización y diversificación que trae una nueva concepción del término ordo con la aparición de los variados ordines[14]. Para Cluny es una nueva etapa con la aparición de una red centralizada[15].

En el siglo XII, siguen las estructuras reagrupando numerosas fundaciones con dos modelos para los establecimientos monásticos que subsistirán durante mucho tiempo. Por un lado, la centralización absoluta de Cluny que ha sido definida como un enorme convento en varias casas; por otro lado la reforma cisterciense que con su Charta caritatis, instituye una vía media entre la independencia absoluta y el centralismo de una orden. La novedad cisterciense consiste principalmente en el hecho de combinar una dirección unitaria de la orden con la autonomía relativa de las distintas abadías. El Abad de Cîteaux no es un “abad único”, y si debe presidir un capítulo general, es primus inter pares entre los Abades de La Ferté, Pontigny, Clairvaux y Morimond, abadías “madres” de todas las fundaciones ulteriores[16].

Simultáneamente, los movimientos canonicales avanzan en el mismo sentido. Cuando cada casa tenía una independencia absoluta, como queda claro tanto en la Regula de Chrodegang (antes del 766) como por el Institutio Canonicorum Aquisgranensis (817), hacia finales del siglo XI y en el siglo XII aparece en numerosas entidades canonicales una tendencia a formar grandes y complejos[17] organismos que encontrarán su expresión definitiva en las congregaciones de canónigos regulares[18].

La aparición y rápida expansión de las órdenes mendicantes en el siglo XIII tuvieron una cierta influencia sobre las redes monásticas y canonicales, llamando a la reflexión y, en algunos, a un deseo de reforma, agudizado por las dificultades de la sociedad occidental de los siglos XIV y XV: gran cisma, guerras, epidemias… El final de la Edad Media es testigo de tensiones, fracturas en una misma red o en un mismo monasterio, con todas las separaciones y recomposiciones, rupturas por culpa de elecciones de algunos monjes o canónigos enfrentados a la Reforma protestante del siglo siguiente.

Acabamos de bosquejar los principales hitos de esos seis siglos donde las casas religiosas pasaron de la independencia absoluta a la integración de estructuras centralizadas y jerarquizadas.  Esa evolución se hizo en paralelo con la evolución de la sociedad occidental por lo que nos interesa descubrir ahora los elementos geográficos, políticos, institucionales y humanos que tuvieron un rol en esta gestación plurisecular.

Si bien al principio cada inserción monástica o canónica se sitúa en un espacio limitado, el de la fundación y de las primeras donaciones de tierras cercanas, la expansión geográfica se manifestará rápidamente a través de la generosidad en la donación de tierras más lejanas y también a través de la incorporación de comunidades ya existentes. Al inicio, los grandes desarrollos se dieron en la cercanía de los ejes de comunicación (en particular las fluviales), pero el crecimiento de los monasterios y las donaciones de tierras lejanas pronto dejará caduco este sistema.

La extensión geográfica, uno de los factores que acelera la formación de redes religiosas, provoca también la construcción de estructuras complicadas, como la de las fundaciones cistercienes de Las Huelgas, en España[19]. La enorme distancia impedía que el Abad de Cîteaux ejerciera su rol de regulación y control, lo que llevó a tales irregularidades que se debió crear escalas intermedias al capítulo general: provincias, abades visitantes.

Aparte de estos puntos estáticos como son los monasterios medievales sobre el mapa, es importante considerar la circulación que se da entre esos establecimientos, facilitada o complicada por la geografía; la presencia o ausencia de vías fluviales, de rutas o senderos, son variados los factores que permitirán una gran expansión o, al contrario, quedará como una región aislada[20].

La geografía humana tendrá también un rol importante en la construcción de redes. No solamente los conjuntos culturales, particularmente los lingüísticos, sino también la atracción de zonas universitarias, sobre todo de las órdenes canonicales y, después, de las órdenes mendicantes a partir de los siglos XIII y XIV. Con a contrario islotes como la Cartuja de Gdansk que quedará germanófona hasta su destrucción al momento de la Reforma o los monasterios cistercienses de Hungría, poblados de francófonos que mantuvieron las tradiciones de sus fundadores.

Cuando se habla de influencia política, no corresponde tomar esa expresión en el sentido que tiene en la época moderna y contemporánea y menos pensar que tenga una influencia directa sobre un hecho religioso. Se trata mucho más de la acción de redes de influencia, inicialmente feudales, pero progresivamente van naciendo entidades territoriales más amplias. Un señor territorial, sobre todo si es de alto rango, tiene múltiples posesiones desvinculadas entre ellas e incluso bastante alejadas unas de otras, lo que provocó por un lado, que se resintieran las donaciones que podía hacer a uno u otro monasterio. Este hecho llevó a la necesidad de crear una gran red territorial. Por otro lado, las dificultades de gobierno que esta situación suscitó, en algo influyó en la reflexión de los abades y de los capítulos enfrentados a las dificultades provocadas por la proliferación de las dependencias y fundaciones lejanas.

Las soluciones encontradas incidieron, entonces, sobre la sociedad civil porque son las redes regulares las que, antes que los poderes seculares, experimentaron e instalaron la práctica de la centralización institucional.

La influencia del poder eclesiástico secular, particularmente de los obispos que ayudan en la creación de redes regulares (para eventualmente apoyarse después en ellas), y la del poder pontifical[21] que apoya la evolución de las órdenes, tiene un rol importante en las variadas empresas “centralizadoras” que nacen a partir del siglo XI. Lo mismo ocurre con las relaciones entre los religiosos y el poder real; esto comenzó muy temprano, con Luis el Piadoso y Benito de Aniane, pero tomará una nueva importancia a fines del siglo XI y durante el siglo XII. Si monjes y canónigos inevitablemente necesitan el apoyo del príncipe, la ayuda recíproca es natural[22] y el interés de los gobernantes va en el sentido de estructuras centralizadas, con las cuales el diálogo (eventualmente el control) es más simple.

Pero la acción del poder civil puede también tener un efecto destructor sobre las redes religiosas como es el caso de las rivalidades suscitadas por la lucha entre el sacerdocio y el Imperio (mediados del siglo XII a mediados siglo XIII).

Todo esto lleva a la transformación del fundamento institucional con la puesta en marcha de una red, teniendo como base las costumbres y reglas comunes. O se toma un modelo existente adoptándolo y ampliándolo[23], o se va a cotejar y a compilar las costumbres recientes, así como lo hizo Guido para la Chartreuse.

Un punto común emerge rápidamente de todos los enfoques: la necesidad de la existencia de un centro, abad o abadía-madre, con control, más o menos efectivo, del capítulo general. Abades y priores de los establecimientos periféricos dependen por cierto de este centro, pero también participan en éste con su presencia en el capítulo general (obligatorio en Cîteaux[24]) que designa los visitantes de las diversas casas o  provincias de la orden.

Desde el siglo XI al XIII asistimos a la puesta en marcha de un verdadero derecho  monástico y canonical que encontrará una confirmación magisterial en el duodécimo canon del cuarto Concilio de Letrán (1215), donde se indica la necesidad de contar  con  capítulos generales en las órdenes religiosas que no tenían la costumbre de tenerlos: lo que había sido una excepción, luego una costumbre, se transformaba en una norma.

Pero las abadías, las casas canonicales y las primeras congregaciones no son entidades intangibles o simples mecanismos administrativos, están constituidas por hombres y mujeres que se juntan en un proyecto religioso, porque responde a sus deseos, porque el carisma fundador responde a lo que buscan, porque la espiritualidad que allí se practica les es propia.

groupeY esto no es válido sólo para los primeros compañeros de un “fundador[25]” sino para toda historia de una abadía y/o de una orden. Es también justo pensar que la creación de redes y la puesta en marcha de lo que va a desembocar en los ordines se inscriben tanto en una evolución social como en una evolución personal. El elemento humano que constituye el conjunto de los monjes puede facilitar la creación o la integración a una red u oponerse a ella; un ejemplo clásico es el de Cadouin, cuyo fundador, Géraud de Salles (+1141), era favorable a la incorporación a Cîteaux (1119) mientras que sus monjes se oponían aduciendo a su singularidad, lo que acarreó una vida regular donde se seguía exactamente la Regla de San Benito, sin adoptar todos los usos de Cîteaux[26].

Ingresar en una red (y después en una orden) en los siglos XII y XIII, no tiene las mismas implicancias que ingresar en una abadía aislada en los siglos VIII o IX.

El sentimiento de pertenencia a un grupo limitado se reemplaza por el de formar parte de un grupo más ampliado, que se va agrandando y que a menudo sobrepasa la separación entre los ámbitos políticos y sociales del momento. Las prácticas de culto, litúrgicas e intelectuales se vuelven comunes a pesar de la distancia que separa a las comunidades y tienden a una homogeneidad que se volverá patente en el siglo XV[27].

Los comportamientos tienden hacia un modelo común de la orden y son, por lo menos en este punto, tan importantes para la consolidación de una red monástica o canonical como las disposiciones jurídicas o materiales. Un buen ejemplo de esta evolución de las mentalidades reside en la estructura de los lazos que unen al religioso con sus superiores y sus semejantes. Así como lo mostró Christian Lauranson-Rosaz para Languedoc[28], los informes personales al fundador, a su entorno directo o a su sucesor, que perduraron hasta el siglo X, progresivamente se van relajando, sin por eso desaparecer, pero fundándose en un sistema de dependencia de tipo más jurídico, pasando de las redes personales a las redes estructurales, lo que no es propio para los regulares, pero refleja los cambios sociales en curso.

La influencia de estos cambios no deben ser mirados en menos y tenemos como ejemplo el impacto de los progresos de la urbanización y la potente escalada de los poderes urbanos a partir del siglo XIV sobre una orden “tan rural” como la Chartreuse; sin embargo un siglo antes, tal evolución hubiese sido impensable. Los siglos XIV y XV ven un cambio esencial en el establecimiento de la red cartuja con la inserción, cada vez más numerosa, de cartujas en las puertas de las ciudades y hasta dentro de éstas. Lo mismo sucede con las casas canonicales y también con las órdenes monásticas que disponen de establecimientos urbanos tanto por la necesidad de su propia administración para permitir a sus estudiantes ir a las universidades.

Los tiempos modernos, abriéndose a una crisis profunda de la Iglesia que encontrará una de sus expresiones en la Reforma, harán mucho daño a las redes regulares que desaparecerán totalmente en algunos países como Alemania del norte, los países escandinavos o Inglaterra, o verán el masivo abandono de sus discípulos o una ausencia de nuevos. Habrá que esperar los efectos del Concilio de Trento, que no fueron inmediatos, para ver una renovación de la vida religiosa y particularmente monástica en el siglo XVII (por ejemplo las Congregaciones de Saint-Vanne y de Saint-Hydulphe y la Congregación de Saint-Maur).

Pero esta revivificación fue de duración bastante corta, ya que el siglo XVIII conoce un nuevo debilitamiento como consecuencia del escepticismo de los espíritus de las Luces y de la acción de ciertos poderes políticos (como el Joséphisme), que alcanzará su cúspide con la supresión violenta y persecuciones puestas en marcha por la Revolución Francesa. El siglo XIX verá el restablecimiento de las antiguas órdenes y, sobre todo, el surgimiento de las nuevas congregaciones femeninas que respondían a una necesidad de la sociedad (educación, cuidados).

Sólo evocamos rápidamente estos cuatro siglos que van desde el Renacimiento a los comienzos del siglo XX, ya que estudiarlos estaría fuera de nuestro propósito[29], pero no podemos terminar sin recalcar que, cada vez que las congregaciones monásticas o canonicales estuvieron en dificultad e incluso próximas a desaparecer, fue el modelo de las redes el que se retomó en el momento de sus restauraciones. Decimos bien el modelo porque, particularmente después de la Revolución Francesa y del Imperio, la mayoría de las redes religiosas habían desaparecido y su reconstitución en el siglo XIX fue más una nueva construcción sobre una idea antigua que una recuperación de lo que existía antes del quiebre de finales del siglo XVIII, además el romanticismo del momento proponía una visón utópica de una Edad Media idealizada.

Nos parece necesario destacar dos puntos. Primero, la importancia primordial que tuvieron las redes monásticas y canonicales a fines de la Edad Media que desempeñaron una función esencial en la Reforma protestante luego en la Reforma católica post-tridentina, contribuyendo mucho al nacimiento de la primera y más todavía al éxito de la segunda. Y luego, el otro punto a destacar es sin duda lo más importante, y se debió a:

- la red territorial que fortalecían,

- los contactos constantes que consolidaban entre las diversas regiones de Europa,

- su función tradicional de conservadores del conocimiento,

- convertirse en un motor esencial en la circulación de las ideas y de la vida intelectual medieval, estableciendo muy anticipadamente un “internacional del saber”.

1. Cf. V. Desprez, Reglas Monásticas de Occidente, siglo IV al VI de Agustín a Ferréol (Vida Monástica, 09), Bégrolles-en-Mauges, 1980; A. de Vogüe, Las Reglas de los santos padres (Source Chrétiennes, 197-198), vol. 2, París, 1982.

2. Cf. V. Desprez, El monaquismo primitivo desde los orígenes hasta el concilio de Éfeso (Espiritualidad Oriental, 72), Bégrollles-en- Mauges, 1998.

3. RB 3, 1 ; 4, 7 ; 17, 6 ; 31, 1.3 ; 35, 4-5 ; 46, 3 ; 53, 13 ; 58, 14.22-23 ; 61, 8 ; 62, 6 ; 63 y 64, 1.14.

4. El verbo congrego significa inicialmente juntar un rebaño y la palabra congregatio significa una reunión de personas; es el término elegido por la Vulgata para traducir Éxodo 16, 2.

5. La Regula canonicorum de Chrodegang de Metz († 766) utiliza congregatio para la comunidad canonical de Metz; así también, De vita contemplativa del Pseudo-Prosper (Julien Pomère, av. 500) lo utiliza para los clérigos que deciden vivir en comunidad.

6. C.D. FONSECA, “Tipología de las redes monásticas y canónicas desde los orígenes hasta el siglo XII, en “Nacimiento y funcionamiento de las redes monásticas y canónicas”, (CERCOR, Trabajos y búsquedas, 1), Saint-Étienne, 1991, p. 11-20, sp. p. 12.  

7. En el mismo espíritu, el cap. 61 de la Regla indica, para los monjes extranjeros que quisieran vivir en el monasterio, que el abad los reciba solo después del permiso de sus propios superiores si se trata de un «monasterio conocido», lo que muestra las relaciones y los intercambios entre las comunidades.

8. Sobre Benito de Aniane y la reforma de 816-819, cf. J. SEMMLER, «Reforma benedictina y privilegio imperial. Los monasterios alrededor de san Benito de Aniane», en Nacimiento y funciones de las redes monásticas y canónicas, op. Cit., p. 20-32; - P. Skubiszewski, “Benedetto di Aniane, santo”, en Enciclopedia dell’Arte Medievale, III, Roma, 1992, p. 359-361.

9. Los obispos de Orleans y de Lyon, el Abad de San Martin de Tours y el mismo emperador no pensaron en aflojar los lazos jurídicos de San Mesmin, Micy, la isla de Barbe, Cormery o Massay para permitirles una “colaboración” más amplia con Aniane.

10. Cf. J. Semmler, “Iussit… princeps renovare… praecepta”, en Consuetudines monasticae. Eine Festgabe für Kassius Hallinger aus Anlaß seines 70. Geburtstages, (Studia Anselmiana, 85), Rome, 1982, p. 111-114.

11. Los Capitulare monasticum de Aix-la-Chapelle, promulgados en 817, exigirán que esa cifra sea llevada a un mínimo de seis monjes.

12. Cuando la elección se deja al capítulo de una abadía agregada, el superior elegido debe enseguida ser confirmado por el abad de la abadía-madre y prestarle juramento de obediencia.

13. Es solamente en el siglo XII, gracias a la acción de Guido, cuando empezarán las compilaciones de las costumbres anteriores y la puesta en marcha de una red monástica propia.

14. Cf. K. Elm, “Réseaux monastiques, pouvoirs et société », en Naissance et fonctionnement des réseaux monastiques et canoniaux, op. cit., p. 37-40.

15. Cf. M. Pacaut, «Organizaciones monásticas, sociedad e Iglesia en Occidente en los siglos XI y XII», Cahiers d’Histoire, 1975, p. 11-23.

16. Sobre la historia de los primeros tiempos de la Orden cisterciense, cf. J.-B. MAHN, La Orden Cisterciense y su gobierno desde los orígenes hasta mediados del siglo XIII (1098-1265), (Biblioteca de las Escuelas francesas de Atenas y de Roma, 161), París, 1945,  - B.K. LACKNER,  The Eleventh Century Backround of Cîteaux, Washington, 1972; - M. PACAUT, Los monjes blancos. Historia de la órden de Citeaux, París, 1993.  

17. Un hecho importante sobre la forma en que se abordó la puesta en marcha de las redes canonicales fue la influencia de la Charta caritatis cisterciense cuya influencia, gracias a Bernardo de Clairvaux, fue realmente extraordinaria; el caso del Premonte es revelador ya que por la relación entre Bernardo y Norberto, los Statuta antiquissima son en realidad un resumen de la Charta caritatis.

18. Cf. La vita commune de clero nei secoli XI e XII. Atti della settimana di studio, Mendola, septiembre 1959, 2 vol., Milán, 1962; – J. Becquet,  Vida canónica en Francia en los siglos X y XII, Londres, 1985.

19. Cf. J.M. Lizoain Garrido, Documentación del monasterio de Las Huelgas Reales de Burgos (Fuentes medievales castellano-leonesas, 30-31), vol. 2, Burgos, 1985.

20. Ese fue el caso en sus inicios de la Chartreuse y de Chalais, ubicados en las cordilleras montañosas de los Alpes.

21. Recordarán la acción de Benito XII en siglo XIV (cf. P. RACINET, “La reforma de Benito XII y la situación de los monasterios benedictinos del norte”, en Nacimiento y funciones de las redes monásticas y canónicas, op. cit., p. 551-592).

22. En ese sentido, las cruzadas son reveladoras, donde se ven las relaciones entre Bauduino I y los monjes latinos (Cf. A. GRABOIS, “El monacato latino en el reinado de Jerusalén: impacto político y orientación religiosa”, en Nacimiento y funciones de las redes monásticas y canónicas, op. cit., p. 425-435).

23. Es el caso de la reforma de Gerardo de Brogne que menciona explícitamente las costumbres de San Denis (Cf. D. MISONNE, “Gérard de Brogne y su red monástica », en Nacimiento y funciones de las redes monásticas y canónicas, op. cit., p. 117-123).

24. Toda ausencia sin justificación es castigada, solo una enfermedad o una distancia demasiado grande pueden dispensar pero aun así, el abad enfermo debe enviar un nuntium ideonum no para representarlo sino para excusarlo.

25. Conviene relativizar el término de fundador y referirlo solo al establecimiento del cual es originario. Gérard Chaix y Pierre Vial escribieron en ese sentido: Hasta los siglos X y XI, el pretendido fundador no parece preocupado de fundar una Orden y con razón ya que la noción es inexistente. Es el caso de Gérard de Brogne, de un Guillaume de Dijon, incluso aparentemente de un Bruno. De allí viene lo que podríamos llamar doble fundador: Guido para Bruno, Hugues de Fosses para Norberto, Ponce de Layrac para los Antoninos. Incluso hasta se habló de la existencia de unos pseudofundadores. (G. Chaix et P. Vial, «Nacimiento y funciones de las redes monásticas y canónicas. Conclusions», en Nacimiento y funciones de las redes monásticas y canónicas, op. cit., p 807-820, sp. p. 814).

26. Cf. G. Delluc, B. Delluc y J. Secret, Cadouin, une aventure cistercienne en Périgord, Le Bugue, 1990.

27. Donde los Antoninos, por ejemplo, las horas canónicas deben ser celebradas en partes de la misma manera que en San Antonio a partir de 1478.

28. Cf. C. Lauranson-Rosaz, «Redes aristocráticas y poderes monásticos en el sur de Auitania del siglo IX al XI» en Nacimiento y funciones de las redes monásticas y canónicas, op. cit., p 353-372.

29. Sobre ese tema se podrá consultar: G. MICHAUX; «Les nouveaux réseaux monastiques à l’époque moderne», en Nacimiento y funciones de las redes monásticas y canónicas, op. cit., p. 603-623.

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