Autonomía y comunidad

Ensayo sobre la fragilidad de la vida monástica

Michael Hochschild, sociólogo

 

HochschildA partir de la conferencia que pronunció en el Congreso de Abades en 2012, el Profesor Hochschild propone una reflexión sobre un importante punto de la evolución de las mentalidades que también se da en los monasterios. La vida de las comunidades debe tener en cuenta la singularidad de las personas sin que esta sea mayor que la noción de comunión fraternal. Sobre la base de una encuesta llevada a cabo en monasterios alemanes, el autor muestra cómo la autorrealización en las actividades, cualesquiera que estas sean, a veces puede ganarle a una real presencia en la vida de la comunidad. Sin este componente estructurador, un desarrollo feliz de la vida monástica no puede tener éxito.

En la sociedad actual, el ser exclusivo, ser diferente al otro, es muy normal. Sin embargo, quedarse solo, aislarse de los demás es muy anormal. Aquí tenemos una gran paradoja sociológica que afecta la vida de todos los días, ya sea de orden personal o profesional y sustenta un verdadero problema en la vida monástica de hoy: el riesgo de la cohesión social dentro de la comunidad de monjes. Preguntas difíciles se imponen a los monjes: ¿Cómo vivir juntos? ¿A qué distancia mantenerse de los otros para construir con ellos una sociabilización sin enajenarse, la soledad sin exiliarse? Hay allí un doble temor que está presente en los monasterios; más; precisamente, una convivencia del miedo hacia los demás y del miedo a uno mismo. Y luego un tercer miedo: ¿Podemos esperar un futuro mientras no hayamos encontrado las respuestas a estas preguntas fundamentales? Es tiempo de hablar de la fragilidad de la vida monástica en la actualidad.

A primera vista, la situación es simple: cuanto más aparece el individualismo en los monasterios, más la vida de la comunidad se ve amenazada. Cuando uno piensa sólo en sí mismo y en su trabajo, las comidas y las oraciones en comunidad se transforman rápidamente en secundarias, convirtiéndose en obstáculos para el uso del tiempo personal. De hecho, hay monjes que se sienten, de vez en cuando, obligados a reducir en algunos minutos su comida en comunidad, pero no obstante ello, guardan siempre su sumisión al monasterio y a su comunidad. Incluso están convencidos que, trabajando duro y fuerte, están al servicio de los demás. Situación que no es del todo errada. Pero, ¿hasta qué punto es cierto? Esta constatación confirma que los monjes actúan y reflexionan en términos individuales y es la vida en comunidad la que se perjudica: cuando se falta a las comidas y al oficio debido a las propias prioridades, el monje no se interesa necesariamente en su propia distracción o en los demás y en sus vidas. Poco a poco, la comunidad pierde su impulso vital. Primero es la comunicación la que se desgasta y después se tiene cada vez menos interés por la comunidad. Finalmente, el monje se contenta con el silencio reinante el que, sin embargo, tenía originalmente otro significado. Hoy, a menudo ese silencio se ha transformado en una muestra de incapacidad en la comunicación, mientras que en sus orígenes, el silencio era buscado como una técnica para centrarse en lo esencial: adorar a Dios y escuchar la Santa Regla.

magasinEs obvio que un gran individualismo monástico es poco sano. ¿Pero es real y bajo qué formas, más o menos inquietantes, aparece? En otras palabras: Para responder a estas preguntas de manera menos teórica y especialmente menos especulativa, me gustaría hacer el balance de un proyecto realizado en ocho monasterios benedictinos en Alemania, Austria y Hungría durante los años 2011 y 2012[1]. Fue un estudio biométrico sobre la pregunta: ¿Es la tradición benedictina elástica? y ¿por qué le es difícil revitalizarse hoy en día, frente al renacimiento religioso en occidente? Durante esta investigación, se hizo un estado de situación en cada monasterio en el plano sociológico,  psicológico y del punto de vista de una nueva economía institucional. En este contexto, contamos con los diferentes perfiles de las actividades monásticas. Lo que hacen los monjes en su vida diaria (trabajo, pastoral, liturgia y muchas otras actividades), enseguida se demostró un perfil que describe la apreciación de cada actividad, con resultados que pueden disgustar la imagen de los monasterios, porque en ningún caso la comunidad aparece en la más alta de las preocupaciones de los monjes. Ni los monjes ni sus simpatizantes tienden a valorar la comunidad de monjes al mismo nivel que las demás actividades del monasterio, tales como las propuestas culturales o iniciativas pastorales recientes. La comunidad se sitúa, en general, por debajo del promedio de todas las categorías. Esto significa que ni desde el interior del monasterio ni desde el exterior, la comunidad de monjes tiene un gran atractivo.

Las razones de la falta de valoración, sin embargo, son diferentes. Los simpatizantes a menudo piden una mayor visibilidad e interacción por el lado de la comunidad. Aun cuando el oficio sea poco accesible al público, es una de las oportunidades para ver la comunidad reunida, lo que se vuelve cada vez más escaso debido al trabajo diario, cada día más individualizado. Por lo tanto, la estima hacia esta comunidad es aún peor. La interacción pasa a ser un problema cuando la comunidad de los monjes no demuestra ni complicidad en el trabajo ni en el espíritu colectivo. Cuanto más la comunidad de los monjes aparece virtual a los simpatizantes, ellos menos la aprecian.

liturgieEn cuanto a los monjes, ellos tienen otras expectativas de su comunidad. Los monjes prefieren, en general, una comunidad minimalista, pero con absoluta claridad. Para ellos, la obligación no es pasar mucho tiempo juntos, sino vivir cada uno su vocación juntos y especialmente no apresurar los ritos. Alguien que trabaja más pero participa menos de los oficios es eventualmente considerado más social que el que llega atrasado y provoca un cambio en el orden de los acontecimientos. Este minimalismo riguroso es, sin embargo, menos sorprendente que lo que uno se imagina, dado que este es un fenómeno totalmente normal en cualquier sociedad que también existe fuera de los monasterios.

En resumen: los simpatizantes exigen una comunidad más bien activa mientras que los monjes prefieren una comunidad pasiva que les exija pocos esfuerzos. Es bastante sorprendente que ninguno de los dos grupos, a pesar de sus puntos de vista opuestos de las cosas, no esté aparentemente satisfecho con la vida comunitaria en los monasterios. Más importante aún, uno y otro no pueden andar juntos; una comunidad minimalista y maximalista a la vez es sólo una comunidad utópica e irrealista. Nadie podría vivir en ella o unírsele porque lo que es demasiado para algunos, es insuficiente para otros. Esto permite llegar a una conclusión preliminar para la vida monástica de hoy: es menos evidente el poder autorrealizarse como comunidad que como individuo.

Es también, y sobre todo, la impresión que tenemos cuando arrojamos una mirada sobre la psicología de los monjes. Es muy fácil darse cuenta de que ésta difiere bastante de lo que podemos observar en la sociedad actual. En ambos casos, hay muy pocos puntos en común. En cuanto a los monjes, eventualmente están menos en búsqueda de la justicia o del éxito, que sin embargo, son los valores contemporáneos para una sociedad laica. Pero donde la diferencia es más notable entre monjes y ciudadanos es en el nivel de la autodeterminación. ¿Quién hubiese creído que un monje construye su identidad personal en torno a una autodeterminación aun más decisiva que un individuo ordinario, sobre el cual ya estamos dispuestos a caracterizarla como hiperindividualista? Esto se vincula con algo aun más serio: el monje muestra un nivel mucho más bajo frente a todas las materias relativas a la dependencia de otros o a la sumisión a una autoridad. Cuando se reagrupan hombres con fuertes personalidades, lo que es necesario para desear vivir una opción religiosa hoy, comprendemos finalmente mejor por qué los monjes prefieren que su comunidad sea minimalista: eso deja más espacio a los individuos.

Desde este punto de vista se puede extraer otra conclusión: una autonomía individual de los monjes puede oponerse a las necesidades de su comunidad. Ésta es una razón para mirar muy en detalle la organización del trabajo en un monasterio. En primer lugar, en general, los hombres (mucho más que las mujeres?) se definen a sí mismos a través de su trabajo. Pero, en segundo lugar, en un monasterio, trabajar también significa asegurarse su propia autonomía y eventualmente conseguirla. Una jerarquía (sea monástica o no) debe confiar en el trabajo de cada uno y poder contar con sus resultados, despreocupándose del trabajo mismo e involucrándose solo en caso de emergencia. En el trabajo, el monje es autónomo; es él quien puede dictaminar los términos de éxito. Si no trabajara sería menos móvil y debería depender más de su comunidad. Es la razón por la cual el trabajo es muy valorizado, incluso sobreestimado en los monasterios. No solamente estamos convencidos de su trabajo, sino además contentos. El hecho de que esta felicidad dependa tanto de su trabajo recuerda otra cosa: aun trabajando cada uno en forma individual, el monje contribuye con su trabajo a la vida de la comunidad, ya sea remunerado o no. Su vínculo social es el trabajo, en consecuencia, el trabajo tiene un significado complejo: el monje se vuelve más autónomo para volverse más sociable. También esto es una paradoja, menos sociológica que monástica.

poterieSin embargo, hay riesgos en esta concepción del trabajo monástico. En el plano individual, hoy hablamos de « burn out », expresando una depresión personal causada por el cansancio del trabajo. La situación en los monasterios está muy expuesta a este riesgo. Cuando uno no tiene una oficina con toda una organización incluida, el trabajo corre el riesgo de desorganizarse en los horarios y en su importancia en la vida. Al final, la vida es trabajar, siempre más y mejor. No hay más límites naturales. Aquí es donde se necesita la corrección fraterna. Como el trabajo puede imponerse a la vida en comunidad, esta ha sido hecha para reequilibrar la vida individual. La comunidad, en su propio interés, debe garantizar la autonomía de cada uno. De acuerdo con nuestros datos de la encuesta esta tarea parece difícil. Ya sea en relación con la autonomía de cada uno y también por el riesgo sobre la concepción del trabajo monástico. En el plano psicológico, a menudo las comunidades reflejan también un extraño agotamiento: varias categorías psicológicas, sean en relación a prácticas de solidaridad, sobre las emociones o también sobre la intelectualidad (para dar sólo algunos ejemplos), las comunidades de monjes prefieren una nivelación hacia abajo. ¿Cuál es este mensaje? Es sencillo: no podemos pedirles un esfuerzo más. Al contrario, lo que necesitan estas comunidades es tranquilidad, contemplación; es decir, una forma de vida más concentrada. El mejor regalo para estas comunidades sería un mayor compromiso por parte de los monjes. Es interesante observar que a menudo las nuevas generaciones de monjes no se sienten tan apegadas al trabajo como sus predecesores, sino más bien a la vida litúrgica. Es una manera de mostrar un desacuerdo (que a su vez provoca la crítica de la generación de más edad frente al débil desempeño de los hermanos menores) y que puede aportar su granito de arena en la construcción de una comunidad renovada.

¿Tendrán que esperar en las comunidades monásticas a una futura generación para poder recuperar su confianza en el futuro? ¿No existirá actualmente un medio para armonizar mejor al individuo con la comunidad? ¿Qué arrojan los resultados de la investigación realizada en este tema? Los resultados ayudan principalmente a visualizar mejor la gestión más o menos fecunda del fenómeno del individualismo monástico. Obviamente, se debe establecer una diferencia entre una gestión más o menos buena. En esta investigación no es tan complicado: es necesario diferenciar primero los monasterios donde los monjes prefieren -en cuanto a su propio desarrollo se refiere- que el nivel de autodeterminación sea aún más pronunciado, signo de un creciente individualismo, frente a los monasterios donde este nivel queda, al menos, estable. Enseguida, se debe conocer lo que separa a los unos de los otros en su gestión para este individualismo; técnicamente hablando, hay que tener en cuenta algunas concordancias importantes entre el nivel de autodeterminación y la organización del tiempo de vida comunitaria.

elevageDe hecho hay muchos monasterios donde aumenta el nivel de autodeterminación y otros donde permanece estable. ¿Cuál es entonces la diferencia entre uno y otro? Hay varias diferencias, pero no se enmarcan dentro del trabajo mismo. Sería ingenuo creer que basta trabajar un poco menos (y rezar un poco más) para disciplinar el individualismo. El problema no es cuantitativo, sino cualitativo.  En los monasterios, donde la autodeterminación es cada vez mayor, no se trabaja en equipo durante varias horas; el trabajo se organiza más bien durante períodos cortos de entre una y dos (máximo tres) horas. Al parecer, es necesario dar tiempo, es decir, dar espacio al trabajo, para que el individualismo disminuya. Cuando este no es el caso, la autonomía del monje empieza a trastornarse. Obviamente una distribución de los horarios permitiendo más o menos el trabajo (individualista) tiene un gran impacto en la rutina diaria: rezar y comer pueden acortar demasiado la jornada de trabajo. Especialmente cuando se trata de un trabajo intelectual, como actualmente es el caso en los monasterios. En la misma lógica: en los monasterios donde se espera inflexiblemente la presencia de sus monjes varias veces al día (para rezar, comer e incluso descansar juntos en la recreación), muchas veces la autodeterminación busca desarrollarse en una vida paralela; se centran en el trabajo y pierden de vista todo lo demás. Sin embargo, donde las expectativas han disminuido, dejando más espacio para los ritmos individuales, la autodeterminación se ha estancado. En estos casos, los resultados demuestran que incluso los monjes vuelven a valorar más los entornos comunitarios. Esto no es sorprendente, ya que los monjes quieren individualizarse como personas en la sociedad, pero al igual que aquellas temen la soledad. La comunidad puede servirse de esta investigación si desean reducir el nivel de la autodeterminación. Pero una comunidad omnipresente no suscita ninguna investigación. Es idéntico en los monasterios y en la sociedad. Hoy todo debe hacerse en forma apresurada para tener el sentimiento de realización. Se debe esperar menos de cada uno para juntos poder gozar más. Parece ser una estrategia (de flexibilización) para armonizar mejor la comunidad y el individualismo monástico.

Queda por examinar si los resultados de la investigación realizada también son válidos fuera de su contexto cultural, el que es más bien germanófono. Al menos ese era el caso de Hungría.  Me parece probable que, en diversos grados, la paradoja de querer individualizarse buscando al mismo tiempo el contacto con el otro representa un hecho social mundial. Efectivamente, existen culturas más comunitarias que otras, pero el avance de la tecnología nivela rápidamente esas diferencias culturales. Cuando se tiene que personalizar el celular para usarlo, es menos importante que me encuentre en un monasterio o fuera de él, en Alemania o en África. La importancia es que la tecnología requiere de un estándar obligatorio (o sea individual) de comunicación que no deja espacio para hacer lo contrario.

En este sentido: las comunidades monásticas ya no tienen elección, se deben enfrentar al individualismo monástico, pero ellas pueden también, con sus propios medios, moderar este fenómeno. En cuanto al individualismo, los monasterios tienen un problema, pero cuentan también con su solución. Por esa razón, se debe renombrar este campo de trabajo como: « Y autonomía y comunidad ».

 

[1] Ver Hochschild, M. Benediktiner zwischen Kontinuität und Wandel.Erkenntnisse und Perspektiven aus e i nem internationalen Forschungsprojekt, in: Erbe und Au f trag 1(2013) 23-45. Erkenntnisse und Perspektiven aus einem internationalen Forschungsprojekt en: Erbe und Auftragf 1 (2013) 23-45.

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