Vedaste Vitchomo, OCSO, Mokoto - Rwanda

CONFERENCIA SOBRE LA FORMACION PARA LA RGM DE 2011

groupeafricEl tema sobre la formación en la Ocso es complejo, ya que el monje/a  está llamado a formarse durante toda su vida. En la Ratio de nuestra Orden, hablamos de diferentes aspectos de la formación, a saber: Papel formador de la conversatio cisterciense, la formación inicial, la formación continua, la formación especializada, la formación en el espíritu de la carta de Caridad. Este programa de formación está destinado a todos los miembros de la Orden.

Al preparar esta conferencia, acababa de leer los documentos de trabajo sobre el mismo tema, documentos recabados por la comisión central de Tilburg de 2010 a M. Lucia Tartara, a Dom David Tomlins de Tarrawarra,  y a M. Magdalena Aust de María Friden. Tuve así mismo la oportunidad de echar un vistazo a ciertos informes de regiones que han tratado sobre dicho tema. Los he encontrado muy interesantes. Pero al mismo tiempo me he preguntado sobre lo que puedo añadir de nuevo. Sin embargo, al tratar de decir algo, a pesar de mis limitaciones, se darán cuenta de que, a pesar de mi aportación personal, de vez en cuando me he inspirado en trabajos citados más abajo. Y esto porque, a pesar de ciertas diferencias entre nuestras regiones, compartimos las mismas preocupaciones en el ámbito de la formación.

Dicho esto, mi exposición sin ser exhaustiva estará articulada sobre los siguientes cuatro puntos:

1.-Formación de los candidatos a la vida monástica.

2.-Papel formador de la comunidad.

3.-La formación monástica ante el reto de la vida moderna.

4.- Algunas sugerencias.

1. Formación de los candidatos a la vida monástica

La formación a la vida monástica comienza por la acogida de los aspirantes y su encuadre en el noviciado. Esta etapa es muy importante y requiere mucho discernimiento. La comunidad que acoge a los jóvenes debe discernir sobre su vocación. S. Benito en su capítulo 58. nos da algunos criterios de discernimiento  sobre una auténtica vocación. Para empezar se pone junto al camino del candidato a un anciano que sea apto para ganar las almas y que vele sobre él con sumo cuidado. Examinará con atención si el novicio busca  verdaderamente a Dios, si es pronto para la obra de Dios para la obediencia y las humillaciones. Prevénganlos de todas las cosas duras y ásperas por las cuales se va a Dios. Así pues la primera etapa de la formación es una iniciación con la ayuda de un anciano que es presentado en la Regla como el maestro de novicios. S. Benito pide al formador que esté atento a las motivaciones de los recién llegados. Debe transmitirles claramente los elementos esenciales de la vida monástica. Así mismo debe hacerlo acerca de las mortificaciones que conlleva.

En efecto en nuestro monasterios la formación no es solamente intelectual, sino que conlleva ejercicios para el don de si mismo: Dar su tiempo a Dios para participar activamente en el oficio divino, en los humildes trabajos de la comunidad y en la lectio divina. Aquí el modelo bíblico que podemos imitar es el de S. Pablo en Hechos 18, 2-3: Se dice que S. Pablo se había unido a un judío llamado Aquila, junto con Priscila, su mujer, teniendo estos el mismo oficio que él. Trabajaban juntos pues eran fabricantes de tiendas.

Este pasaje nos muestra que S. Pablo, aunque fuera un antiguo fariseo conocedor de la biblia y un gran predicador del evangelio, era al mismo tiempo alguien que se debatía seriamente para ganar su pan de cada día trabajando con sus propias manos.
Esto, S. Benito nos lo recuerda en el Cap.48: Porque entonces serán verdaderos monjes trabajando con sus propias manos a ejemplo de nuestros padres y de los apóstoles. (Cf. También Cst. Nº 26)

Tal actitud en el monje es un antídoto contra la pereza, el ocio y la dependencia. Aquí el reto que se nos presenta a nivel de la formación inicial y continua de todos los miembros de la comunidad es el de la tentación de complacernos en  la ley del mínimo esfuerzo, pues estamos financieramente sostenidos por nuestras casas madres y nuestros bienhechores. Al contrario lo que recibimos de ellos, fruto de su trabajo, debe estimularnos, a su vez, a poner en práctica el principio del Ora et Labora. Los jóvenes que llegan deben ser formados, en este espíritu, por el buen ejemplo de los ancianos.

2. Papel formador de la comunidad

La comunidad monástica concebida como una escuela de caridad, es el lugar privilegiado para nuestra formación de base,  para nosotros monjes y monjas. Estamos llamados a estimularnos mutuamente con vistas a participar todos en el crecimiento de nuestra comunidad. EL Abad General Dom EAMON, ha subrayado que la finalidad de la formación monástica es el testimonio de una vida fundada sobre el amor. Esto se une a lo que dice Jesús: Se reconocerá que sois mis discípulos si os amáis unos a otros. (Cf. Jn. 13,35) Es por esta razón que S. Benito nos exhorta, por ejemplo, a la práctica de la virtud del respeto mutuo: en la RB 4,70 y 71 se dice que “los jóvenes deben venerar la los ancianos y estos amar a los más jóvenes”. De hecho cuando un joven encuentra muchos conflictos en la comunidad, puede fácilmente desanimarse. Todos los miembros están llamados a compartir la responsabilidad de asegurar el crecimiento de toda la comunidad. Los jóvenes deben así mismo cooperar en la obra de su propio crecimiento y el de toda la comunidad.

Un monje que tiene siempre pretextos, excusas para sustraerse a los ejercicios de la comunidad, no edifica a sus hermanos mayores. Al contrario, todos los monjes y monjas, con sus diferentes dones recibidos de Dios, deben participar en la edificación de su propia comunidad. Esto está muy bien subrayado en la Ratio, nº 12: “La capacidad de una comunidad para formar nuevos miembros depende en gran medida de su unidad de espíritu, la cual posibilita la transmisión de una orientación única a las nuevas generaciones”. Esto es también verdad en la tradición africana. Cuando se inicia a los jóvenes a la vida adulta, el método utilizado para su formación es el de, en primer lugar, enseñarles a saber vivir en sociedad.Y la cohesión de esta sociedad les permitirá descubrir las diferentes cualidades de los ancianos. Para su crecimiento son llamados a imitar a estos últimos. Bellos ejemplos sacados de la naturaleza les ayudarán así mismo a captar el sentido del bien fundado en la vida comunitaria. Por ejemplo, la unidad y la organización de las abejas y el excelente fruto de su trabajo, la miel. Para prevenir todo peligro contra la harmonía social, algunas sanciones castigaran al culpable. Por ejemplo: a un anciano que se atreve a escandalizar al grupo, se le pone en cuarentena. A un joven que no llega a entrar en los juegos de iniciación se le devuelve a su madre. Sale para enmendarse, para retomar, más tarde, su iniciación.

Me he servido de esta anécdota africana, para permitirme hablar de algunos retos similares que nos acechan en el campo de la formación:

- Puede suceder que cerremos los ojos a candidatos que presenten signos de desequilibrio psicológico. Por falta de vocación quizá estamos tentados de caer en la trampa del principio de todo cuenta. Nos atrevemos a aceptar casos difíciles creyendo que estamos resolviendo el problema de la crisis vocacional. Nada que hacer, más tarde, con semejante reclutamiento, el futuro de la comunidad se pone en peligro.

- El otro reto con relación a las relaciones interpersonales es el de la lucha de clases o el de la carrera por el poder. Por ejemplo, como soy monje sacerdote, considero a los demás como de rango inferior: S. Benito previene al sacerdote contra el riesgo del complejo de superioridad. En su capítulo 62 dice: Si el abad quiere que le ordenen un presbítero o diácono, elija de entre los suyos uno que sea digno de ejercer el sacerdocio. El ordenado, empero, guárdese de la altivez y de la soberbia.

- Por otro lado en nuestras comunidades debemos tener en cuenta el peligro el peligro del clientelismo o del tribalismo. Si el formador o los superiores crean clases privilegiadas en el seno de la comunidad por intereses inconfesables, la comunidad corre el riesgo de dividirse. Por consiguiente el grupo que se considera perjudicado, perderá la paz y la alegría de la vida común. Se corre ahí el riesgo de desviar a los jóvenes de la finalidad por la que habían entrado al monasterio. Si hay mucha murmuración justificada en la comunidad, ésta acabará necesariamente por perder su vitalidad como formadora.
En VC nº 67 el Papa Juan Pablo II nos recuerda el lugar importante que ocupa la comunidad en el campo de la formación: Puesto que la formación debe ser también comunitaria, su lugar privilegiado, para los Institutos de vida religiosa y las Sociedades de vida apostólica, es la comunidad. En ella se realiza la iniciación en la fatiga y en el gozo de la convivencia. En la fraternidad cada uno aprende a vivir con quien Dios ha puesto a su lado, aceptando tanto sus cualidades positivas como sus diversidades y sus límites. Aprende especialmente a compartir los dones recibidos para la edificación de todos, puesto que « a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común » (1 Co 12, 7).

- Otro reto es a veces la relación difícil entre la comunidad y el Padre Inmediato. Para armonizar esta relación, la comunidad debe tener en cuenta para su crecimiento, la necesidad de un diálogo transparente con su Padre Inmediato. Pero también debe ser capaz de la receptividad y la puesta en práctica de las directrices que este último le transmita.

En suma, el recién llegado, debe descubrir en el monasterio un remanso de paz, diálogo y ayuda mutua. Es el lugar donde los hermanos/as se predisponen al perdón con ocasión de los inevitables conflictos de la vida humana. La alegría compartida con motivo de las fiestas, será también un medio para suavizar la atmósfera tensa o para consolidar la unidad (Cf.Ratio nº 13-14).

En suma, nuestra formación y la de los nuevos candidatos depende mucho del ambiente que reina en la comunidad.

3. La formación monástica ante el reto de la cultura moderna

Hubo un tiempo en que en África se hablaba mucho de la adaptación o inculturación del mensaje evangélico, incluso del intento de inculturación de la vida monástica. En aquel momento se veía detrás de ese proceso, la necesidad de profundizar nuestra fe, tratando de revestir el evangelio de ciertos valores tradicionales. Ahora se habla menos de ello. Por el contrario, con el fenómeno de la globalización, muchas personas tiene miedo de quedarse rezagadas si se niegan a entrar en el juego. Vivimos en la actualidad en un mundo pluralista y multicultural. En nombre de una cierta laicidad, una forma de la globalización ideológicamente dominante está nivelando la humanidad sobre el más pequeño denominador común. Se querría que todos fueran como todos y vivieran como todos. Con los medios de comunicación modernos estamos frente a las autopistas de la información a escala mundial. En efecto, en alguna parte esos medios de comunicación  pueden sernos útiles, pero hay que servirse de ellos con mucho discernimiento. Todo depende de lo que se busque.
Los jóvenes que reclutamos hoy provienen de ese medio fascinado por esta nueva cultura global, una cultura cuya evolución se opera a una velocidad vertiginosa. –la pregunta que nos podemos hacer es la de saber qué tipo de formación podemos dar a esos jóvenes permaneciendo fieles a nuestro carisma cisterciense. Frente a la apisonadora de la nueva ética mundial que tiende a secularizar el mundo ¿Estamos bien armados para salvaguardar nuestra identidad cisterciense?

cloitrePor otro lado, con la rápida evolución de nuestras sociedades, se asiste a la multiplicación de las instituciones universitarias, se ponen a punto nuevas ciencias. Viejos y jóvenes, todos, se encuentran en la universidad para los combates de la vida. Se trata de la carrera por los diplomas que garantiza a la gente un futuro mejor.
En el documento preparatorio de este capítulo se decía que los formadores deberían escuchar a los jóvenes en formación. A veces no dudan en decirnos, por ejemplo: ¿Porqué los monjes/as no pueden aprovecharse de la formación especializada de las universidades? En los monasterios masculinos los hermanos jóvenes se preguntan ¿porque todos los hermanos no deben acceder a la formación sacerdotal?
Porqué no se puede hacer como en otras congregaciones donde se envía a todos los jóvenes en formación a los seminarios y universidades? No siempre es fácil dar una respuesta convincente que les satisfaga. Sin embargo, según la Ratio no se excluye que en nuestros monasterios algún monje/a puedan seguir una formación especializada según las necesidades dela comunidad. Y para aquellos que deben proseguir su formación en el seno de la comunidad, una pregunta como esta subsiste: ¿Cómo formar a los monjes/as para favorecer su realización en la vida cisterciense y desarrollar en ellos los talentos que poseen para el servicio de la comunidad? Cuando se hacen estas preguntas de forma honesta , con un espíritu de diálogo, son bienvenidas, pues pueden interpelarnos para ver comola informaciñn un mundo pluranterpelarnosnesta , coin un espo de la comunodad.onen le monasteriola informaciñn un mundo pluraomo mejorar la calidad de nuestra formación monástica para todos. Por el contrario si se hacen con un espíritu reivindicatorio, esconden detrás una cierta crisis de identidad.

4. Algunas sugerencias

La formación monástica exige de nosotros:

1) La conversatio cisterciense como elemento fundamental de la formación.

2) La necesidad de una buena formación intelectual y monástica, para los formadores.

3)  No descuidar la formación continua y personal en nuestras comunidades.

4) La formación en le plano humano: Paternidad/maternidad (Expresión de nuestro anterior Abad General, Dom Bernardo Olivera)

5) Cada monje/a debe velar por la salvaguarda del equilibrio de la vida comunitaria por el buen reparto entre la oración, el trabajo y la lectio divina.

6) La posibilidad de cursos por correspondencia en internet.

7) El acompañamiento espiritual

8) La frecuencia del sacramento de la reconciliación.

En conclusión, la formación intelectual y práctica es útil pata los monjes/as, pero el ejemplo de cada uno/a es también un instrumento importante de transmisión del carisma cisterciense. En un mundo en perpetua mutación, debemos saber interpretar los signos de los tiempos. Debemos así mismo transmitir a los jóvenes en formación no solo el saber intelectual sino sobre todo el saber vivir como monje en el seguimiento de Cristo.