Dom Patrick, Sept-Fons, Francia

ALGUNOS APUNTES SOBRE LA EXPERIENCIA DE FORMACIÓN


chapitregeneralNo ha se han de esperar novedades en esta exposición, en relación con lo que ya tuve ocasión de decir por escrito y oralmente hace 5 o 10 años, dado que mis convicciones profundas sobre la formación no han hecho más que afianzarse o verificarse. Por consiguiente, lo más que aquí se encontrará con relación al pasado serán precisiones o matizaciones. El carácter aparentemente impersonal de estas reflexiones no deberá engañar a nadie: todas han nacido de una práctica ya antigua y de experiencias efectivamente realizadas(1). Pero evidentemente no tienen ninguna pretensión de ser exhaustivas.

La base una verdadera formación es una claridad suficiente sobre la visión y los principios que se han de transmitir. Una comunidad debe saber lo que es y lo que quiere para ser verdaderamente formadora. Esta claridad debe expresarse primero en una práctica, velando para que los hermanos no se dediquen sólo a que ¡los demás sean contemplativos! Pero además es importante que todos se adhieran sinceramente a lo que expresan nuestros textos fundamentales y su actualización para nuestro tiempo, tal como la Iglesia nos las ofrece. Es indispensable el sentido de lo prioritario, que debe verificarse y ser recordado con regularidad. En estas condiciones, se desarrollará en los hermanos una capacidad de juicio capaz de ditinguir a las personas de sus puntos de vista, los datos objetivos de los sentimientos, y que puede separar lo verdadero de lo falso sin herir a nadie. Así la comunidad se vuelve al mismo tiempo libre y dinámica. Dinámica porque está liberada de los falsos interrogantes que impiden la comunión y la transmisión; libre, porque sus fuerzas están intactas para afrontar los interrogantes de hoy. Los que ingresan pueden entonces enontrar en ella el apoyo necesario para sobrellevar sus flaquezas y el impulso para vivir una experiencia constructiva.

Me parece necesario insistir en el hecho de que es necesario, para asegurar una formación de calidad, poder contar con un equipo de formadores. Como es lógico, (tal como dicen nuestras constituciones y la ratio institutionis), es importante que el abad y el maestro de novicios no sólo trabajen conjuntamente, sino sobre todo que trabajen en la misma dirección, quiero decir que tengan clara la finalidad de la formación, tanto en el plano «teórico» (acuerdo objetivo sobre lo que dicen nuestros documentos fundamentales), como también en el «práctico»: sobre la manera de dar vida hic et nunc a estas orientaciones fundamentales. En efecto, en el terreno de la formación, los hechos cuentan tanto (y a veces más) que las palabras, y es en la vida de cada día donde nuestros jóvenes reciben en un mismo movimiento el fin buscado y los medios concretos para llegar a él. Si no hay armonía en estos puntos entre los formadores, el trabajo será estéril e incluso contraproducente. Pero esta unidad de pensamiento y de acción debe extenderse a todos los que participan en la formación: profesores, sub-maestros, responsables del trabajo..., con el fin de crear un marco en el que los hermanos puedan crecer de manera coherente. No se trata aquí de una especie de uniformidad externa que impida las distintas personalidades expresarse o desarrollarse, sino de una conciencia común que procure una grand libertad de expresión, tanto a los formadores como a los que son formados, porque entonces los riesgos de individualismo o de división están considerablemente disminuidos. Esto pide por parte de los formadores una capacidad real de adaptación, una flexibilidad que no se ha de confundir con debilidad, sino que es la condición para unas relaciones equilibradas y constructivas. Evidentemente, hay que esperar de los formadores que tengan la capacidad de reflexionar juntos para evaluar lúcidamentes su trabajo.

Para ser eficaz, la formación debe ser global, es decir, debe abarcar todos los aspectos de la vida en una perspectiva unificadora:

* La formación espiritual es ciertamente la realidad más delicada que hay que abordar. Donde más útilmente puede realizarse es en contacto con un «anciano», pues la experiencia espiritual(2) se transmite sobre todo de manera viva y personal. Es necesario evitar creer que impartiendo los principios teóricos de la vida espiritual ya se ha hecho bastante y por tanto basta dejar que cada cual haga luego solo su camino. El desánimo llega pronto pronto y la experiencia muestra que los hermanos necesitan recibir regularmente un nuevo impulso. Además se debe tratar de que, bajo pretexto de fervor, no se introduzcan prácticas más o menos marginales. En este terreno lo más seguro es prevenir. Recomenzar es a menudo difícil, e incluso imposible, cuando ya se han instalado ciertos comportamientos.

* La formación intelectual ha de integrarse estrechamente con el resto de la formación, para evitar que se haga de ella un terreno aparte, desconectado de la vida real. No es fácil realizar la armonía, pero si no tendemos a ella, corremos el riesgo de encontrarnos con pretendidos «intelectuales» que se sirven de su “ciencia” para alejarse sobre todo de la vida común, ¡y son capaces de recorrer mil kilómetros para hablar de la clausura! La calidad de la formación intelectual permite afrontar los interrogantes sin sentirse desestabilizado o perturbado de forma desmesurada, y también evita que las personas se dejen impresionar por las modas pasajeras, distinguir con precisión lo accesorio de lo esencial.

* La formación humana es hoy más necesaria y sin duda más delicada que antaño. Los hermanos jóvenes están más condicionados por el marco de vida (o mejor la ausencia de marco) que han vivido fuera del monasterio. Las personalidades están poco estructuradas, a menudo por causa de una vida familiar caótica. Entonces se pide a la comunidad cosas para las que no está preparada y que pueden superar su capacidad. A veces el discernimiento es largo y se tiene la tentación de negarse a recibir a personas así (pero entonces, ¿quién entraría?) o de convertirse en médico. La vía media es a veces costosa de asumir, pero es la única posible.

* La formación profesional no debe nunca descuidarse porque es en el trabajo donde se verifican muchos elementos constitutivos de la vida de hermanos: atención a los demás, paciencia, sentido de la responsabilidad; ahí se ve en qué medida el amor fraterno es discurso o realidad. Al dar a los hermanos los medios de adquirir una verdadera preparación técnica, en un campo o en otro, se ayuda mucho al nacimiento de un sólido equilibrio general de la personalidad.

La vida de hoy nos plantea interrogantes  que no son fáciles de identificar y cuya respuesta no es evidente. Antes es necesario evitar hacer «la guerra equivocada» y comprender que los interrogantes de hoy (y en consecuencia la manera de responder a ellos) no son los de hace veinte o cuarenta años. Hay que tener cuidado para no arrastrar a los jóvenes a combates de retaguardia, en los que nada tienen que hacer y que no son los suyos. Un análisis de la situación requiere bastante atención y matizaciones, pero es indispensable para poder afrontar las preguntas que se nos plantean. Entresaco aquí tres puntos, a modo de ejemplo:

* La fragilidad de los jóvenes de hoy. A modo de paradoja diré en primer lugar que es tal vez menos importante de lo que se dice. Cara a situaciones a las que nuestras generaciones no se han visto confrontadas, veo que ellos no se rigen tan mal. Se dice que son inmaduros, pero también están mejor informados, más abiertos a las realidades diferentes y más lúcidos sobre las debilidades de su tiempo que lo que se había sido antes. Sin embargo sigue siendo cierto que las condiciones (en particular las familiares) con las que no pocos se ven confrontados chocan de frente con algunas exigencias mayores de nuestra forma de vida: el rol del padre(3), el equilibrio de los sentimientos, el lugar de la sexualidad, la gestión de los conflictos, etc… Hemos de ser conscientes de esos obstáculos, sin agigantarlos. No debemos jugar a ser padres de sustitución y menos aún situarnos como camaradas; se debe medir bien hasta qué punto es posible aceptar sus limitaciones, ser capaces de administrar en forma gradual la evolución de sus actitudes, y no dejarnos impresionar hasta el punto de ceder a las verdaderas exigencias de nuestra forma de vida; los jóvenes, aunque tengan heridas, no tienen nada que hacer en una vida rebajada que, en lugar de ayudarles a avanzar, les mantiene en sus debilidades.

* El uso de los actuales medios de comunicación nos obliga a una seria reflexión y a opciones bastante delicadas. La formación está aquí muy directamente concernida. El aspecto inmediatamente accesible del universo virtual va directamente contra nuestra manera de vivir, que supone la utilización paciente del tiempo y un sentido de lo real, baluarte contra las ilusiones. Sin embargo, no debemos reaccionar primero por temor a los peligros en el uso de estos medios, sino por la opción positiva de valores frágiles, que suponen una distancia con respecto a lo que les hace competencia y podría disolverles. Hay que medir lo que se gana y lo que se pierde en la utilización de estos medios y de ahí sacar las conclusiones prácticas que sean necesarias. Algunas son evidentes, otras más matizadas, pero no se puede eludir el interrogante sin caer en un riesgo mayor. Es necesario también hacer notar que, muy a menudo, a los jóvenes que llegan no les extraña nuestra reserva a ese respecto. Más bien sería lo contrario lo que les sorprendería, porque en este tema ellos no tienen ciertos espejismos propios de las generaciones más antiguas.

* Las diferencias de generación, de origen y de cultura, requieren una atención especial hoy día, en que la mezcolanza de gente es mucho mayor y más frecuente que antes. Estas diferencias son una oportunidad en una sociedad que tiene tendencia a endurecer las diferencias y las oposiciones. Como es natural, aquí hay que hacer distinciones:

- La diferencia entre generaciones es un hecho biológico que tiene muchas resonancias en la vida común. Una cierta «sinfonía» de las generaciones no es evidente y pide una reflexión, propia para cada tipo de generación: los ancianos para que acepten su estado, los más jóvenes para que relativicen el suyo. La armonía no se produce por adelantado y se ha de buscar; hay que desconfiar (aquí como en otras partes) de los eslóganes fáciles: los ancianos son incapaces de evolucionar, o los jóvenes tienen tanto que enseñarnos, etc.… El verdadero reto me parece que es el de la transmisión, y volveré sobre ello más adelante.

- La diferencia de origen o de cultura no me parece que deba tener artificialmente una importancia mayor, como si fuera un obstáculo infranqueable. Vengan de donde vengan, los hermanos son ante todo hombres que tienen más cosas en común que elementos que les separen. El necesario pasar de una percepción sentimental, o en cualquier caso principalmente sensible del otro, a una reflexión capaz de tomar distancia para analizar los comportamientos (¡y en primer lugar los propios!); también se pueden relativizar muchas diferencias y contar con un fondo común sólido y amplio. Las diferencias, mejor puestas en su lugar, son entonces también mejor respetadas y mejor integradas en un conjunto que se enriquece con ellas. Es este un camino decisivo en la formación.

Un proceso lúcido de la formación debe necesariamente integrar la noción de fracaso y tratar de hacerlo del modo más positivo posible. Independientemente de nuestros esfuerzos y de nuestra buena voluntad, siempre nos topamos con fracasos: errores de juicio y de discernimiento, límites demasiado profundos para ser superados, desgaste del tiempo, errores imprevisibles, resistencias demasiado fuertes a la obra de Dios. No hay que extrañarse ni descorazonarse, o peor aún, resignarse. Somos servidores de un designio que no es el nuestro y nunca tenemos todas las cartas en la mano. La libertad humana es, también para nosotros, un misterio, y el combate entre las tinieblas y la luz es una realidad a veces palpable. Finalmente, el tiempo, maestro de todos nosotros, es aquí un factor determinante: revela despiadadamente nuestra aptitud para construir lo sólido sobre lo sólido, o arreglar lo provisional que se desplomará al primer soplo. Discernir la capacidad de perseverar es algo delicado y nunca seguro; sin embargo, sin este trabajo se contruye sobre arena. Por esto, el trabajo del formador requiere una buena dosis de humildad, humor, paciencia y optimismo. La ley del formador debe consistir en estar siempre volviendo a empezar “sin cansarse ni retroceder” (R.B. VII 4° grado) porque toda formación hace necesaria la repetición. El fracaso le pone frente a sus propios límites (evitando en cuanto sea posible la culpabilidad) y le invita a revisar su manera de actuar para obrar mejor en el futuro. De esta forma, ¡el formador es formado por su propio trabajo de formación!

Para terminar, me gustaría subrayar que la formación depende mucho de nuestra relación con la memoria y su transmisión. Nuestra época mantiene una relación ambigüa con su pasado: se le adula o se le desprecia, pero rara vez se tiene lucidez con relación a él. Presisamente, sin duda, porque se le ve ante todo como «pasado» y no como un elemento de transmisión de una memoria. El quebrantamiento de la memoria, tanto para una persona como para un grupo, es algo dramático que conduce a la completa desorientación, a la angustia y a la desesperación. De manera análoga, al grupo que se vea afectado por la misma enfermedad, le resulta costoso encontrar sus referencias, hacer comparaciones, reconocerse heredero más que creador, o más exactamente creador por ser heredero. Una de las carencias más notorias de los jóvenes hermanos que nos llegan es precisamente ésta: no saben lo que son porque no saben de dónde vienen (las manipulaciones de hoy día dan al problema un carácter físico tal que hace temblar). Por tanto, es de primera importancia que ellos se encuentren con personas que tienen (más o menos) claro estas cuestiones y con comunidades que viven una relación equilibrada con su memoria. Si así ocurriera, se producirá sin duda una especie de ósmosis en la que un joven hermano haría suya la memoria común y se convertiría, a su vez, en «transmisor de memoria», enriqueciéndola con su propia experiencia. Si no este no fuera el caso, fabricaremos nostálgicos o desorientados. Me parece que aquí tenemos una de las mayores apuestas actuales. Al buscar nuestra propia manera de afrontarlas, nos situamos en el corazón de la Iglesia que vive la misma dinámica.


(1)  Igualmente el imperativo (se debe, hace falta, etc…) es una facilidad de estilo y se debe entender en el sentido opcional.
(2) Por esto entiendo: los medios concretos de buscar a Dios y de perseverar en esta búsqueda.
(3) No es sin embargo cierto que sea más difícil afrontar la vida "sin padre" (caso de las generaciones actuales) que "contra el padre" (caso de las generaciones precedentes).

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