Padre Jean-Michel Grimaud, OSB
Abad de Saint-Guénolé de Landévennec (Francia)

De Caín a José,

o la invención la fraternidad

 

La fraternidad en la Biblia es a la vez gracia y prueba: gracia cuando el salmista exclama: “Ved qué paz y qué alegría convivir los hermanos unidos” (Sal 133,1) y una prueba cuando Dios le hace a Caín esta terrible pregunta: “¿Qué has hecho con tu hermano?” De la soledad de Caín a la comunión fraterna restaurada por José, hijo de Raquel, y cantada por el salmista, hay todo un itinerario espiritual que recorrer para que Dios nos invite a pasar de la soledad a la comunión.

Así pues, si la fraternidad aparece como un bien precioso, ¡quizás sea porque precisamente sólo se adquiere con ardua lucha! De hecho, la primera evocación de la fraternidad en la Biblia surge como una invitación perdida y conserva el sabor amargo de una herida mortal.

Según el filósofo Paul Ricoeur: “El fratricidio, la muerte de Abel, hace de la fraternidad misma un proyecto ético y no un simple dato de la naturaleza”. Esta observación es importante y nos dice que la fraternidad en el sentido bíblico no se reduce a los vínculos de sangre, sino que es una realidad ética y espiritual. ¡trasciende las fronteras geográficas, étnicas, raciales, culturales, incluso religiosas! En otras palabras, el tema de la fraternidad en la Biblia se plantea de entrada como universal e interpela la responsabilidad del ser humano en su relación con sus semejantes.

El libro del Génesis, a través de la historia de Caín y Abel y la de José y sus hermanos, demuestra que la fraternidad es un reto esencial para el futuro del pueblo de Dios, que incluso colorea su identidad como pueblo de Dios.

 

Caín y Abel

“Conoció el hombre a Eva, su mujer, que concibió y dio a luz a Caín, y dijo “He adquirido un varón con el favor de Yahvé”. Volvió a dar a luz y tuvo a Abel, su hermano. Fue Abel pastor de ovejas, y Caín labrador” (Gn 4, 1-2).

Este versículo inicial indica una complementariedad entre los dos hermanos: uno se ocupa del ganado y el otro de la tierra, dos actividades no competitivas que deberían contribuir a convivir bien. Pero este versículo deja también traslucir una dificultad: Caín es bien acogido por su madre, que expresa su alegría: “He adquirido un varón con el favor de Yahvé”, en cambio, el nacimiento del menor parece insignificante y no da lugar a ninguna palabra de bienvenida… Se trata de un silencio revelador, de una injusticia patente cuando no se dice. El malestar así instalado hace que la fraternidad naciente parezca un desafío incómodo. Al hijo único no se le impone compartir, es el único heredero de sus padres y el único destinatario de su afecto. El nacimiento de un menor altera este hermoso equilibrio e impone la acogida de un otro, al que hay que dar un lugar y con quien corresponde aprender a compartir. Nuestras familias, nuestras comunidades monásticas hacen esta experiencia efectiva, pero sobre todo fecunda y humanizadora de dar al recién llegado su lugar. Y eso es una buena noticia, ya que libera de la tentación de cualquier poder posesivo. Pero esta liberación no va sin desarraigo como sugiere el nombre dado al mayor, Caín, ya que este nombre está tomado del verbo qanití (he adquirido) pronunciado por Eva que, por afinación se acerca al verbo Qana’, que significa “ser celoso”1 Así de entrada, la fraternidad que surge como un “hacer lugar al otro”, despierta los celos de quién ya está allí y ¡se siente amenazado!

Al parecer, nadie espera qué le va a pasar al menor, Abel, que en hebreo quiere decir “soplo, vano o leve hálito, respiro, vapor”, “lo que es frágil, débil y sin fuerza”, es revelador de su precariedad.

Entonces interviene Dios. El Dios de Israel se revela como el que ayuda al débil. Al preferir la ofrenda de Abel a la de Caín, impone a Abel, ignorado hasta entonces, como el otro ineludible de Caín. Esta diferencia de trato restablece la justicia entre los dos hermanos, aunque sea potencialmente portadora de venganza. Negar la diferencia sería una forma de negar lo real. Y la realidad tanto para Caín como para nosotros es reconocer que no todos tenemos los mismos talentos y que cada uno debe acoger los talentos de los demás sin sentirse repudiado ni rechazado, pero considerándolos complementarios en lugar de competitivos. Actuando como lo hace, Dios ofrece a Caín la oportunidad de una apertura a la alteridad que sólo puede arrancarle de la ilusión de la omnipotencia. Esta es la condición necesaria para abrirla a la relación con los demás y permitirles así acceder a su plena humanidad, porque en el ser humano, el lenguaje, se realiza en la relación.

“Por lo cual se irritó Caín en gran manera y se abatió su rostro”, señala el narrador. Está celoso. “La envidia nos hace sufrir de un bien si es de otro y nos hace saborearlo si los demás se ven privados de él”, señala Paul Beauchamp2 Sin embargo ¡Dios no abandona a Caín a su sufrimiento narcisista! Le ayuda mediante el diálogo; le advierte que si no supera sus celos: “a la puerta está el pecado acechando como fiera que te codicia”. Y lo invita a ser más fuerte que la animalidad que hay en él: “y a quien tienes que dominar” Sólo así podrá realizar en él la imagen de Dios, vocación del hombre y de la mujer, que según el Génesis 1, 26, reciben la misión de dominar sobre las bestias salvajes… incluidas, por tanto las que están encerradas ¡en nosotros mismos! El desafío de la fraternidad aparece, así como un desafío ante todo espiritual. ¿Soy lo suficientemente fuerte para consentir con bondad que mi hermano reciba lo que yo mismo codicio?

Caín, en vez de responder a Dios, entrar así en un diálogo capaz de canalizar su violencia; en lugar de “levantar la cabeza” como Dios le sugiere, actitud que significaría el consentimiento cara a cara, sin la cual no hay fraternidad posible, dirige al menor, aparentemente sin siquiera mirarlo, una orden de alejamiento. Y tan pronto como sale, lo mata. El sufrimiento que no supo manifestar se convirtió en violencia que estalla. Al evitar mirar a su hermano, Caín reveló su negativa a considerarlo como otro hombre. Al rechazar la humanidad del otro, ¡se deshumanizó a sí mismo! ¡La animalidad ha prevalecido en él sobre la humanidad! La primera experiencia de fraternidad termina en fracaso, Caín permanece solo con su sufrimiento, ¡el de no haber sabido atreverse a la fraternidad!

Este es el callejón sin salida al que conduce la codicia, que es en lo que se convierte el deseo humano cuando no consiente en el límite que lo estructura. Sin límites justos, el deseo tiende a ocupar todo el lugar hasta invadir el espacio ajeno, abriendo el camino a todo tipo de conflictos. El otro se convierte en un objeto a tomar, en un competidor a neutralizar o incluso a eliminar. Negado como sujeto, no puede convertirse en socio o aliado. Es notable que la Regla de san Benito insista en el sentido de la medida y del límite. ¡Buena manera de reducir la tentación de la omnipotencia y fomentar la fraternidad!

Ser hermano significa renunciar a dominar al otro, ya sea por un rechazo violento o por una mano seductora. La verdadera fraternidad hace libre. Esto es lo que nos hace comprender la historia de José y sus hermanos. (Gn 37, 2– 50, 26).

 

José y sus hermanos

El primer versículo es significativo:

“José tenía diecisiete años. Estaba de pastor de ovejas con sus hermanos-muchacho todavía-, con los hijos de Bilhá y los de Zilpá, mujeres de su padre. YJosé comunicó a su padre lo mal que se hablaba de ellos” (Gn 37, 2).

José es presentado como pastor, como lo fue Abel antes que él; el pastor es el que ejerce sobre los animales un señorío sin violencia, y en la simbología bíblica la imagen del pastor se asocia al de protector, de guía, figura cuya culminación lleva a Jesús, reconocido como el buen Pastor por excelencia que da la vida por sus ovejas.

Otra enseñanza de este versículo introductorio es que José no está con los hijos de Lía, la primera esposa de Jacob, sino con los de las dos sirvientas que también le dieron hijos. ¿Por qué no? Una tradición judía explica que José, ya preocupado por la unidad del grupo familiar, trataba de establecer el vínculo entre los dos grupos de hermanos, el de las esposas oficiales (Lía y Raquel) y el de las sirvientas. En cualquier caso, su posición en la hermandad es singular. La preferencia de que es objeto por parte de su padre tal vez no tenga nada que ver con ello. La hermosa túnica que Jacob le ofreció cristaliza los celos: “Vieron sus hermanos cómo le prefería su padre a todos sus otros hijos, y le aborrecieron hasta el punto de no poder ni siquiera saludarle.” Los celos provocan la incapacidad de comunicarse”.

Se sabe lo que sigue, José es arrojado en la cisterna y vendido en Egipto como esclavo, donde su sabiduría y su capacidad para interpretar los sueños, providencialmente lo elevan a intendente de los bienes del faraón. A lo largo de su prolongado descenso a los infiernos y luego de su ascenso, el narrador observa en varias ocasiones que “el Señor estaba con José”. Vivir la fraternidad es ser capaz de soportar, durante mucho tiempo, el rechazo de los hermanos sin dejarse abatir, permaneciendo en la confianza de estar en las manos de Dios. Comprendida así la fraternidad, ésta se construye también en la prueba y en el fracaso sufrido con paciencia y esperanza. Observemos el contraste entre José y sus hermanos: por un lado, la pasión, por otro la sabiduría. La fraternidad no se construye dejándose conquistar por sus emociones, sino sabiendo comportarse con sabiduría y razón.

Con diferentes vicisitudes, cuando sus hermanos bajan a Egipto en busca de alimento, sin su conocimiento, José pone a prueba la solidez de sus vínculos fraternos: así, pedirá que se retenga a Judas como esclavo en lugar del joven Benjamín (hijo de Raquel, como José), lo que indica el cambio interior que se ha operado en estos hermanos, maduros por las dificultades. Al constatar la restauración de una fraternidad fracturada, José puede dejarse reconocer por ellos. Les explica entonces, que la culpa de ellos hacia él ha sido transformada por Dios en designio providencial, ya que toda la familia se encuentra ahora a salvo de la inanición: “…pues para salvar vidas me envió Dios delante de vosotros” (Gn 45, 5), les dice. Pero, por supuesto, la fraternidad regenerada no es menos importante que la hambruna superada, y es esta fraternidad ganada sobre los celos la que cierra el relato y justifica el reconocimiento dirigido a Dios que ha transformado el mal en bien. Así, la fraternidad aparece como un don de Dios. Cabe señalar que José, interpretando así los acontecimientos de los que fue víctima, tiene la delicadeza de no hacer reproche alguno a sus hermanos, no les devuelve el mal que sufrió por su causa. Este rechazo a la venganza detiene la propagación de la violencia. Ya antes, falsamente acusado por la esposa de Putifar, José había preferido el silencio a la acusación, entregándose a Dios. Esta actitud del justo desarmado adoptada por José, es un poderoso fermento de reconciliación y fraternidad. Es ella la que permitirá a sus hermanos, por una parte, reconocer su pecado y, por otra, pedir perdón. En efecto, al final del relato, a la muerte de Jacob padre de todos, sus hermanos relatan a José la última voluntad del patriarca: “Cierto que te hicieron daño, pero ahora tú perdona el crimen de los siervos del Dios de tu padre” (Gn 50, 17). Con estas palabras que los acusan, reconocen implícitamente su culpabilidad y ofrece a José la posibilidad de perdonarles verdaderamente y, por tanto, de reconocer que su actitud hacia él le había herido. José, llorando al oír estas palabras, descubre su vulnerabilidad. El perdón es más que la absolución, es sanación mutua del ofensor y del ofendido. Así se convierte en camino de fraternidad.

La soledad, a la que José había sido expulsado por su exclusión, era en realidad una soledad habitada ya que el Señor estaba con él, señala el narrador en varias ocasiones. Y esta soledad habitada lo llevó a la comunión restaurada con sus hermanos. La fraternidad aparece así como fruto espiritual de una vida fundada en el amor de Dios.

Será fácil para los evangelistas y para los Padres de la Iglesia ver en José una prefiguración de Cristo, quien es rechazado por los suyos y que se convierte, por su justicia y su fidelidad a Dios, en causa de su salvación. Es salvándolo que se revela verdaderamente a su hermano, de modo que se convierte en modelo de toda fraternidad. El evangelio según san Juan lo ha comprendido bien, donde Jesús no da a sus discípulos el título de hermano, si no hasta después de la resurrección en la mañana de Pascua, cuando, dándose reconocer a María Magdalena, la envía a anunciar que está vivo con estas palabras: “Pero vete a mis hermanos y diles…” ( Jn 20, 17).

 

1 André Wénin, De Adan a Abraham o los vagabundos del humano, Lectura de Génesis 1, 1 – 12, 4, Cerf, París, 2007, p. 140.

2 Paul Beauchamp, Salmos noche y día, Umbral, París, 1980, p. 72.