Madre María Isabel Guiroy, OSB.
Priora del Monasterio de Nuestra Señora del Paraná


MADRE CANDIDA MARÍA CYMBALISTA

21 febrero de 1925 – 7 de mayo 2003

 

MCandidaNació el 21 de febrero de 1925 en Nogoyá, provincia de Entre Ríos en el litoral argentino. Su familia de origen germano-polaca, se vio profundamente marcada por los dolorosos acontecimientos de principios del siglo XX: la I Guerra Mundial, la caída del imperio Austro-húngaro, la Revolución Rusa.

Su madre Olga Herberg, aunque nacida en Lodz ciudad polaca que en aquel entonces estaba bajo el dominio de Rusia, era alemana. Cuando estalló la guerra del 14 y tres años más tarde la revolución bolchevique rusa, su padre Miguel (abuelo de M. Cándida), fue deportado a Siberia.

Su padre, José Francisco Cymbalista, de origen polaco, participó en la I Guerra Mundial, como joven oficial del ejecito austro-húngaro.

En 1920 ambos se conocieron en el cementerio de los caídos y al poco tiempo se casaron, pero por la Iglesia Luterana, por lo cual la familia de José lo excomulgó. En 1921 tienen a su primer hijo, Alescha y en 1924 decidieron embarcarse hacia Argentina, tras los pasos del padre de Olga, que una vez liberado de Siberia, emigró hacia este país, asentándose en la provincia del Chaco, al noreste del mismo, en plena selva, para comenzar allí una nueva vida.

En 1925 sus padres decidieron viajar a Nogoyá para que su segunda hija: Cándida María, naciera en un lugar más seguro. A los cuarenta días, luego de recibir el bautismo en un Domingo de Ramos, volvieron al Chaco.

Según contaba ella misma “Una india toba me cuidaba y mi madre decía que era una mujer buena y sabia… Yo no tengo ningún recuerdo de ese tiempo y lugar y me hubiese gustado saber más. La india que me cuidaba le dijo a mi madre que me sacara de allí pues moriría por el clima, que mi naturaleza no resistía… Allí, en la selva estuvimos hasta que tuve tres años. Por eso no recuerdo nada. Solo lo que mamá o papá o mi hermano, en muy escasas ocasiones contaron… Había como un tácito acuerdo en no preguntar nada, ni sobre ellos, ni sobre uno... La única cosa que no se marginaba, eran los cuentos de la guerra, de las trincheras que cada tanto mi padre, durante una o dos horas nos hacía a mi hermano y a mí”.

Su madre fue para ella “una gran ventana, a través de ella aprendí la libertad que convivía con los mandamientos, a mirar el horizonte, a caminar hacia adelante, a sufrir, a luchar sin parar, a gustar de la música, del murmullo de los árboles, del movimiento del río, a mirar las estrellas, a no querer las guerras ni la violencia, a ser feliz en la pobreza y en la enfermedad… A través de ella aprendí a ver el mundo y las personas… los acontecimientos importantes y pequeños… aprendí a buscar a mi prójimo en su rostro, no en sus detalles sociales o circunstanciales. Leer el diario, leer la historia, leer al prójimo, a las personas, esto vi en esta gran ventana”.

Su padre en cambio fue “una ventana, cerrada y misteriosa, pero por ella vi el cielo. Aspiré la fe, una fe al estilo polaco, fuerte y simple. Es como si esa ventana se abriera en la noche, no se veía otra cosa más que Dios y poco a poco la oscuridad se llenaba de luz: “Dominus iluminatio mea”. No había ni sol, ni luna, ni estrellas, la única lumbrera era el Cordero como dice el Apocalipsis... En esa ventana nocturna y oscura descubrí la Iglesia… era feliz, silencioso y adorante en el culto. Y eso como por un contagio entró en mi corazón: a Dios se lo adora… ratos largos de rodillas durante y después de la Misa. Y yo al lado de él respirando a Dios”.

Como bien la definió un gran y querido profesor de su juventud era una “cabeza alemana y corazón polaco”. En ella se conjugaban vigor y ternura, disciplina y libertad, solemnidad y sencillez, realidad y poesía y en todo profundamente humana y evangélica con una clara percepción de lo esencial.

En 1928 se trasladan definitivamente a la ciudad de Paraná, a orillas del río homónimo, capital de la provincia de Entre Ríos, donde Madre Cándida pasó toda su niñez y juventud y donde recibió toda su formación básica y superior, graduándose como profesora de Filosofía y Ciencias de la Educación.

Inmediatamente terminada su carrera y muerto por ese entonces su padre, comenzó a trabajar como profesora. Durante nueve años ejerció su profesión con el alma docente que la caracterizó toda su vida. Para ella sus alumnos “…eran mi vida. Yo era joven, ellos más aún y desde esa ventana todo se veía como un sol mañanero: mezcla de pureza y de color. Yo les entregaba todo, a veces como una catarata de ideas y de conocimientos, que en mí aún no eran vino añejo. Otras veces era como una comunicación íntima, musical, un diálogo existencial… Recuerdo aquel 28 de diciembre de 1953, mi último contacto, toda la mañana tomando exámenes. Los abracé en mi interior, los cubrí de sangre y lágrimas. No exagero en absoluto. Bajé los escalones pausadamente, las piernas me sonaban a plomo. Eran parte de mi regalo a Dios; dejarlos fue un verdadero “dejarme”, un sacrificio de Abraham. Ellos no supieron nunca, que por ellos, entre otros, yo estoy aquí. Los dejé para que se encontraran con Dios en alianza profunda: “un abismo llama a otro abismo”.

Desde joven, su sentido profundo de adoración a Dios y de amor a la Iglesia, se manifestaron en una inteligente adhesión al Magisterio, en un profundo amor a la Virgen y a la Liturgia y en un compromiso serio como miembro y dirigente de la Asociación Católica Argentina en Paraná, que según testimonio de una condiscípula “fue una época gloriosa, que no se repitió en la historia… Madre Cándida tenía una inteligencia superior a lo común, yo diría genial, y una gran capacidad docente. Con su pensamiento firme y coherente, era como un profeta: veía claro, anunciaba los acontecimientos, los explicaba y se adelantaba a los hechos. Era como el caballo negro de Platón, que busca y busca y no para hasta que encuentra. Era valiente y muchas veces no fue bien comprendida”.

Alrededor de 1947-48 frente a un altar dedicado a la Santísima Virgen en su parroquia de San Miguel, se consagró privadamente a la Virgen, y el 15 de agosto de 1949, en la Abadía Benedictina del Niño Dios, centro espiritual importante de la provincia de Entre Ríos y a la que ella visitaba asiduamente, ante el altar de Santa Teresita “después de una larga preparación, me ofrecí como “Hostiam Laudis”. Y Dios tenía un plan para existenciar ese ofrecimiento. Al año siguiente, año santo 1950, el 16 de julio, conocí Santa Escolástica y decidí que allí entraría cuando pudiese; por casualidad una amiga, me invitó a la Misa en Santa Escolástica y allí se definió -ese mismo día- mi vocación monástica”.

Dado que su mamá se oponía a su ingreso, Madre Cándida debió dejar su familia casi sin despedirse, fingiendo ser éste un viaje como tantos otros, a Buenos Aires. Acompañada por algunas amigas, la mañana del 3 de enero de 1954 se embarca primero en un ferry para cruzar el río Paraná rumbo a Santa Fe, donde por la noche abordará el ómnibus que la llevará a Buenos Aires. “Subí al micro y cuando este se puso en marcha lloré, me desbordaba mi río interior. Este era mi mundo, lo dejaba como un vaso roto a los pies de Jesús… El 11 de enero de 1954 ingresé con mi sombra, con mi nada. Mi persona también se había quedado afuera. Cinco años después, el 10 de febrero de1959, podía ofrecerle a Dios mi nada y con inmensa alegría”.

MCandidaVictoriaEn la Abadía de Santa Escolástica Madre Cándida, durante muchos años, fue Priora y Maestra de Novicias. Gracias a su sólida formación en la “philosophia perennis” del tomismo y a su espíritu abierto, firmemente apoyada en el Magisterio de la Iglesia, sus consejos fueron claves a la hora de asumir el Concilio Vaticano II y de discernir los cambios producidos en los años difíciles del post-concilio, cuando muchas comunidades religiosas entraron en un período de crisis por una lectura equivocada y sesgada de los documentos del Concilio.

A su vez, colaboró con la Nunciatura en algunos trabajos y en la elaboración de las Constituciones de algunas Congregaciones Religiosas. Su amor por la vida consagrada fue una constante en ella, traduciéndose muchas veces en preocupación ante los problemas de muchos religiosas, religiosos y sacerdotes y en la acogida de cuantos recurrían a sus consejos.

Su participación fue fundamental en la formación de la “Conferencia de comunidades monásticas del Cono Sur” (SURCO) y luego de la “Congregación benedictina de la Santa Cruz del Cono Sur”.

En 1967, comenzaron las reuniones de los superiores de los monasterios tanto benedictinos como trapenses de los países que conforman el llamado “Cono Sur”: Argentina, Chile, Paraguay y Uruguay, que por su origen pertenecían a casas madres de diferentes países y congregaciones, para tratar de responder a la recomendación que el Concilio Vaticano II, hacía especialmente en el decreto “Perfectae Caritatis” nº 22, de promover federaciones o uniones. En ese entonces, no todos veían o comprendían la importancia de un “ecumenismo monástico”. Existían también ciertos reparos y temores al respecto, justificados en parte por la fragilidad de la mayoría de las fundaciones o las limitaciones de sus líderes.

Madre Cándida María ocupaba en esa época el cargo de Priora de la abadía de Santa Escolástica, la comunidad más numerosa y de más peso en el Cono Sur. Consciente de la insuficiencia de las comunidades masculinas, su actitud de fe y de confianza en la obra que el Espíritu estaba llevando a cabo en toda la Iglesia e interpretando los signos de tiempos, fue decisiva junto con la del P. Agustín Roberts, prior de los trapenses de Azul, para finalmente lograr la unión de todos los monasterios del Cono Sur.

Durante diecisiete años, dirigió la revista de espiritualidad e historia monásticas “Cuadernos Monásticos”. Creada en 1966 por la iniciativa de varios monjes, no pudo en realidad levantar vuelo hasta que a partir de 1969 se confiara la dirección y toda la empresa a M. Cándida María. Ella dio vida y nutrió por largos años esta publicación con numerosos artículos brindando todo su saber y experiencia humana y espiritual, en pos de una renovación genuina y evangélica no sólo de la vida monástica sino de la vida consagrada.

MCandidaSLuisEn 1977, siendo Abadesa de Santa Escolástica la Madre María Leticia Riquelme y ella priora, se decidieron las fundaciones en San Luis, Rafaela y Córdoba. Para ella, convencida de la necesidad de los monasterios urbanos, en quienes encontraba “como un signo, una tienda, en medio de las ciudades”, le resultaba extraño ser fundadora de un monasterio rural.

Durante la misa de la Fiesta de la Epifanía del año 1978, tuvo una clara intuición: “Súbitamente fui tomada por esta frase: ‘(los magos) lo vieron y se llenaron de alegría’; se me presentó con una nitidez: este es el día de la fiesta del nuevo monasterio de Córdoba y luego, en el oficio de Sexta tuvo “…la confirmación súbita de que yo iré a Córdoba, que debo ir, de que a pesar de que es todo tan incierto, tan penoso, tan agreste, que esto es un ‘sal de tu tierra’, y vete a la tierra que yo te mostraré, un confiar en Dios”.

MCandidaCordobaEfectivamente, el 19 de marzo de 1979, llegaba a Córdoba con el grupo fundador, como priora del mismo. Fueron años difíciles en los que Madre Cándida puso todo su corazón, energía y esperanza, encaminando a la comunidad en dirección progresiva hacia el horizonte fijado desde el principio: ser un monasterio “sano, santo, evangélico y mariano” fuertemente pautado por la Regla de San Benito, poniendo mucho énfasis en la liturgia, en la vida fraterna y en la acogida de los huéspedes.

En 1987, aun siendo un monasterio con pocos años de fundación, acogió el pedido que le hiciera monseñor Estanislao Karlic, Arzobispo de la Arquidiócesis de Paraná, de una fundación en su tierra natal.

Dos años más tarde, el 29 de diciembre de 1989 el monasterio fue elevado a Abadía, siendo elegida como primera Abadesa la Madre Cándida y recibiendo la bendición abacial, el 24 de marzo de 1990, en la fiesta litúrgica de la Anunciación del Señor.

Su riqueza era inagotable. Le encantaba estudiar, analizar los Documentos del Magisterio de la Iglesia, escrutar los signos de los tiempos y los caminos de Dios en la vida y en la historia de los pueblos y de las personas, herencia mamada de su madre. Hasta sus últimos días, no dejó de recibir gente que la consultaba, y de dar retiros y conferencias, a laicos y a comunidades religiosas, tanto femeninas como masculinas. De hecho, murió dejando sin terminar una conferencia sobre Santa Hildegardis, que le habían pedido para un Congreso que se realizaría en la Universidad Católica, en Buenos Aires.

Luego de renunciar a su servicio abacial por razones de edad, el 6 de agosto de 1999, decía que deseaba “ser una simple monja. Ingreso en lo que llamo el “noviciado del Cielo”, cuyo tiempo es sin tiempo. Allí bajo una Regla y un abad trataré de vivir mis dos lemas: el de profesión “Adveniat Regnum Tuum” y el de abadesa “In Christo Iesu per Evangelium”.

El 7 de mayo de 2003, a los 78 años de edad, su sistema inmunológico alterado, al reaccionar exageradamente ante un germen, le provocó una muerte rápida.

Ella, que desde tiempo atrás se venía preparando para su muerte, no por razones de enfermedad, sino simplemente por su edad avanzada, se despidió de manera premonitoria de algunas monjas que la semana anterior habían ido a participar en su monasterio de la reunión de SURCO (Asamblea de Comunidades Monásticas del Cono Sur), diciéndoles: “no dejen de venir a mi entierro; …tiren flores sobre mi tumba…”

La noche anterior a su muerte habiendo recibido el Sacramento de la Unción de los enfermos y la Comunión dijo: “estoy contenta”. Siempre había deseado y pedido a Dios una muerte sin agonía, y en estado de gracia. Y el Señor, le hizo ese regalo.

A decir del padre Mauro Matthei osb, monje de la abadía de la Santísima Trinidad de Las Condes, en Chile: “Madre Cándida María había recibido el don y el secreto de la fecundidad espiritual, personalmente por su pensamiento y su caridad e institucionalmente por su participación gravitante en las fundaciones de su abadía y su capacidad de formación de las no pocas vocaciones religiosas que se confiaron a su magisterio… Sentido de Iglesia, coherencia doctrinal y fecundidad espiritual no son realidades casuales y dispersas, sino que brotan de una misma raíz y se encaminan a un mismo fin. Esto es lo que podemos aprender y meditar en la vida de la gran monja que se ha ido de nosotros”. (cf. “Homenaje a Madre Cándida Ma. Cymbalista” – Cuadernos Monásticos 146 - Año 2003).

Queremos finalizar esta crónica con un apunte que ella escribió el 26 de noviembre de 2000:

“Hoy, solemnidad de Cristo Rey. Esta fiesta me es queridísima, estoy ligada a ella desde siempre: fui bautizada un domingo de Ramos, que es la primitiva fiesta de Cristo Rey. Después, la militancia en Acción Católica, la cual hoy cumple setenta años. Mi vocación claramente estuvo motivada por la misión, por la extensión del Reino, por eso ya en la primera profesión tomé como lema: Adveniat Regnum Tuum: Venga tu Reino y el dibujo fue Cristo sumo Sacerdote y Rey, plantado sobre el mundo. El reinado de Jesucristo es mi actividad y mi contemplación. Mi vida sobre la tierra no tiene otro objetivo”.