Padre Philippe Rouillard, OSB
Abadía de Santa María, Paris, Francia

La Fiesta de Todos los Santos

 

PRouillardSi hay una fiesta que evoca el espíritu de la familia, es la de Todos los Santos. Tiene lugar hacia el final del Año Litúrgico en un tiempo de muchas fiestas de dedicación; es una fiesta de la Iglesia como tal, una fiesta de hermanos y hermanas que encuentran su unidad en el Cuerpo de Cristo, la familia de Dios. Al establecer la Fiesta de todos los Santos, la Iglesia no solo anima a que cada uno de los discípulos de Jesús tome el camino de la santidad, sino también a la edificación sacramental de la familia de Dios. La Iglesia testimonia en ella su fe en la posible unidad de toda la familia cristiana, en el corazón de nuestro amado Creador.

 

La fiesta litúrgica de Todos los Santos

La Fiesta de todos los Santos tiene varios lugares de nacimiento en Oriente y Occidente. En el Oriente aparece en el siglo IV como una fiesta de todos los mártires, celebrada en varias fechas, pero siempre cerca de Pascua: 13 de mayo en Edesa, Siria, el viernes después de Pascua en Nicomedia, en lo que hoy es Turquía, y el primer domingo después de Pentecostés en Constantinopla.

En Occidente, está documentada una fiesta de todos los Mártires en Roma al inicio del siglo VII, relacionada con la dedicación de la iglesia de Santa María de los Mártires, instalada en el edificio del Panteón. El Papa Bonifacio IV (608-615) juntó todas las reliquias de las tumbas de los mártires en esta iglesia porque las sepulturas de los suburbios habían sido violadas durante las invasiones bárbaras. Su dedicación tuvo lugar el 13 de mayo de 309, razón de la fecha de celebración en Edesa.

En la Inglaterra del siglo VIII una fiesta de todos los santos y más tarde de todos los mártires está documentada con fecha del 1° de Noviembre y en 833 el Emperador Luis el Pío, hijo de Carlomagno decretó que debía ser celebrada en todo el Imperio Occidental. La fecha del 1° se noviembre fue elegida para que coincidiera y se intentara así cristianizar una festividad pagana de origen celta que conmemoraba los ancestros y el comienzo del nuevo año, con copiosas comidas y ritos licenciosos del renacer.

Roma adoptó esta fecha del 1° de Noviembre en el siglo X y la idea de celebrar a todos los santos al mismo tiempo. Así la Fiesta de Todos los Santos llegó a ser una de las más grandes del año con ayuno preparatorio y vigilia. La reforma de 1969 introdujo un nuevo Prefacio a la Misa y las oraciones del ofertorio y después de la comunión tomadas del Misal de Paris de 1738, expresan una excelente idea de santidad y de vida eterna “para vivir a tu lado…”.

 

Una fiesta de la Iglesia

ProcessionLa idea de la Iglesia de combinar en una sola festividad la memoria y celebración de todos los santos, fue admirable. La Iglesia sentía que aparte de los aniversarios espaciados a lo largo del año litúrgico, debería haber una fiesta colectiva que juntara a todos aquellos que la gracia de Cristo ha hecho que personas sean lo que llamamos santos. Una idea admirable pero tal vez no la comprendemos completamente. Tendríamos una pobre e inadecuada idea de Todos los Santos si nos remitiéramos a una especie de entrega de premios con una mención menor a un sinnúmero de santos que no tienen un lugar especial en el calendario litúrgico. El objetivo de Todos los Santos no es dar una segunda oportunidad a santos menos conocidos o menos benditos que no tienen fiesta propia, sino que es una celebración de todos los santos de Dios, del primero al último.

Todos los Santos es particularmente una fiesta eclesial. Los hombres y mujeres que veneramos ese día no son simples individuos unos al lado de los otros, como si cada cual ignorara a sus vecinos. Son miembros del único pueblo de Dios y ciudadanos de la única ciudad de Dios. No fueron creados para un éxito individual que los vería un día “llevados a los altares”, sino para cumplir una función y ocupar un lugar en esa inmensa construcción que es la Iglesia.

Para usar la imagen clásica, los santos son las piedras vivas que Dios utiliza para construir su Iglesia. El conjunto de estas piedras no hace una pila de piedras sino una iglesia, lugar adecuado para la Gloria de Dios. Todos los Santos es como una dedicación de esta Iglesia viva. La admiración que desborda el oficio es el maravillarse del cristiano pleno ante la belleza de su Iglesia.

A todos los candidatos a la santidad, y todo hombre ha sido creado para llegar a ser santo, la Fiesta de Todos los Santos visibiliza la relatividad de toda santidad, a la vez que el sentido de complemento de los santos entre sí. Ningún santo ha podido reproducir a Cristo más que parcialmente y no encuentra su realización, sino que gracias a los otros y en su relación con los otros. La belleza de un santo nunca alcanza a ser más que un aspecto y un elemento de la santidad de la iglesia.

Hay que remarcar que la Iglesia que festejamos en Todos los Santos, es la Iglesia en su mayor extensión. Más allá de los santos canonizados y de todos los elegidos que han vivido una pertenencia visible a la Iglesia, Todos los Santos reúne a los innumerables redimidos que no han tenido sino lazos invisibles o tal vez tentativos. La enorme multitud que puebla el cielo y que san Juan menciona en el pasaje del Apocalipsis leído en la misa y que nadie podría contar, surge no solo de “Todas las naciones, tribus, pueblos y dialectos sino de religiones, confesiones y denominaciones”. Todos aquellos que han buscado a Dios derechamente, se encontrarán allí aún si en el curso de su existencia terrena no se han conocido o se han opuesto. Ellos habrán sobrepasado sus divisiones y divergencias y habrán encontrado la unidad.

Por lo tanto, Todos los Santos no es solamente una fiesta de la Santa Iglesia sino la fiesta de la Iglesia como unidad. Todos los que creen en Dios y en Cristo pueden celebrarla juntos en total comunión.

Situada al final del año litúrgico y al término de esa larga serie de domingos “ordinarios” que marcan el progreso de la Iglesia en el mundo, aparece como la culminación triunfal de todo el diseño de Dios, de todo el trabajo salvífico de Cristo, de toda la historia de la Iglesia. Es el punto en que el tiempo cesa delante de la eternidad. Es una anticipación de la fiesta eterna de esta liturgia de adoración, de alabanza y acción de gracias que los elegidos celebrarán para siempre.