Asociación BECOSA
África del Sur

Instrucción sobre las relaciones
entre las creencias religiosas tradicionales africanas,
prácticas satánicas y la profesión monástica

 

La siguiente instrucción nació de una constatación muy preocupante. Si bien muchas de las creencias y prácticas tradicionales de las tribus de África del Sur son admirables, también existen prácticas que son contrarias al cristianismo y causan sufrimiento. La experiencia nos muestra que varios profesos se han visto arrastrados a las prácticas tradicionales, sin considerar realmente su contenido religioso. Esperamos que la siguiente instrucción pueda constituir una base para una profunda discusión sobre la relación entre la fe cristiana, la profesión monástica y las creencias tradicionales.

 

Preámbulo

becosadanseReconocemos y apreciamos las creencias y prácticas religiosas tradicionales de las diversas tribus de Africa del Sur sur; especialmente su sentido de lo sagrado, su creencia en un creador supremo que comparte diariamente las alegrías y las tristezas de su pueblo, el énfasis en la acogida, la comunión entre las personas, el respeto por la sabiduría de los mayores y la creación en general. Por eso, en este documento solo nos referiremos a las creencias religiosas, culturales y prácticas que son contrarias a nuestra fe en Cristo y nuestra profesión monástica.

Sabemos que hay personas que, a pesar de ser cristianos y miembros de comunidades benedictinas, siguen confiando en creencias y costumbres que, aunque aparentemente inofensivas, en realidad son malas. Se reconoce en estas prácticas el poder de perturbar gravemente a éstas y a otras personas. Las Escrituras claramente advierten contra la participación en la adivinación y la brujería (Ex 22, 18; Dt 18, 10-12; Lv 19, 26-31; 20, 27). Directa o indirectamente, estas prácticas incluso si están enraizadas en tradiciones culturales, son contrarias a nuestra fe cristiana; pueden fomentar una influencia demoníaca entre las personas; pueden alejarse de Dios y conducir a la muerte espiritual.

Observamos que las fronteras entre la fe cristiana y las creencias religiosas tradicionales (y sus prácticas) no siempre son claras, especialmente respecto al “mundo de los espíritus”, las relaciones con los antepasados fallecidos y su influencia en la vida humana y la buena conducta. El Decreto “Ad Gentes Divinitus” (1965) del Concilio Vaticano II nos hace comprender que, aunque debemos buscar y respetar las “semillas del Verbo” presentes en las costumbres populares de otras naciones, tenemos la obligación de purificarlas, transformarlas a la luz del Evangelio y “ponerlas de nuevo bajo la autoridad de Dios Salvador”(AG No. 9-11).

Con este espíritu debemos prestar mucha atención a las ceremonias religiosas africanas tradicionales que rodean el nacimiento, la enfermedad, las relaciones familiares, la muerte... especialmente porque algunas pueden contener creencias o prácticas contrarias al cristianismo. Como mencionamos anteriormente, participar en estas prácticas habituales o intentar integrarlas en la fe cristiana, abre una brecha a través de la cual las fuerzas demoníacas podrían ganar influencia, causar confusión y crear un profundo mal espiritual.

Enraizados en la Escritura1, los Padres y Madres del Desierto2, la enseñanza de los Padre de la Iglesia3 y la tradición monástica, proclaman el carácter eminente de la fe en Jesucristo y su victoria sobre el mal (RB Prol. 14-17, 28). En palabras de san Benito, entramos al monasterio “para militar para el Señor, Cristo, el verdadero rey” (RB Prol 3). Como cristianos, no debemos predicar la superstición ni dar autoridad, poder o atención a Satanás, que es un enemigo vencido, ni a los espíritus ancestrales.

Vivimos como monjes cristianos en y bajo la influencia de la Cruz, y aunque siempre debemos estar conscientes de la realidad de Satanás (1 P 5, 8) y los demonios, nunca deberíamos preocuparnos o imaginar que ellos, o el espíritu de los antepasados difuntos, puedan tener influencia o poder más grande que Dios (St 4, 7-8). Debemos enfocarnos en el hecho de que Cristo (Hb 12,1-3) ha conquistado a este enemigo (Flp 2, 6-11) y nos ha dado la misma autoridad y poder para hacerlo (Mt 10, 1). En nuestros programas de formación debemos tomar el tiempo suficiente para examinar las cuestiones relativas a las creencias culturales tradicionales, y profundizar nuestra conciencia cristiana de la demonología.

 

Las creencias religiosas tradicionales africanas

En el corazón de la religión tradicional africana está la creencia fundamental en la presencia de un poderoso mundo de espíritus que tienen un impacto directo en la vida diaria y el bienestar de cada ser humano. Como consecuencia de esta creencia: se considera que la enfermedad, la miseria y los problemas son causados por el contacto directo entre una persona y los “espíritus”, especialmente los espíritus de los antepasados. Se supone que la gente y a veces los animales son “poseídos” por los espíritus ancestrales, mediante maldiciones y otras prácticas; las maldiciones pueden caer sobre individuos y familias enteras. Para resolver las dificultades debido a enfermedades, problemas conyugales o financieros, maldiciones, etc, se cree que se debe buscar la ayuda de curanderos, adivinos, hechiceros o hechiceras tradicionales.

Examinemos primero lo que entendemos por términos tales como curandero tradicional, sanador (nanga), adivino (sangoma), hechiceros y hechiceras. Existe una gran confusión entre estas palabras, incluso entre los expertos contemporáneos debido a que la misma persona puede tener varios roles tradicionales diferentes. Aunque hoy en día las personas visitan los hospitales con más facilidad y usan la medicina occidental, todavía se cree que algunas enfermedades y males solo pueden ser tratados por los curanderos tradicionales.

Muchos de estos curanderos o herboristas son reconocidos por los gobiernos de sus respectivos países y organizados en asociaciones. Estos curanderos suelen utilizar una mezcla de plantas medicinales y medicinas occidentales. Algunos, si no todos, creen ser poseedores de un “espíritu sanador”. Otros son entrenados por curanderos más viejos y más experimentados y gradualmente van adquiriendo sus talentos.

Está claro que creen que el destino de cada uno está directamente determinado por su relación con el “mundo espiritual” y que se supone que algunos espíritus, especialmente los de antepasados muertos, son capaces de controlar completamente el mundo de los vivos. Si bien es innegable que las plantas y hierbas tradicionales tienen propiedades curativas, es preocupante para un cristiano constatar que algunos piensan que los “espíritus”, especialmente los de los muertos, controlan el mundo y asumen la plena responsabilidad de la felicidad de alguien, a menudo en contra de su voluntad.

La creencia fundamental de que la enfermedad, la mala suerte y otras desgracias están directamente relacionados con las buenas relaciones entre una persona y los guardianes del espíritu que controla toda la vida es contraria a nuestra fe cristiana en la supremacía de Dios.

El adivino o “sangoma” pasa por tener un conocimiento particular del mundo de los espíritus, por lo tanto puede ayudar a revelar a la gente por qué una familia o uno de sus miembros está teniendo dificultades. En casos severos, se consulta a un adivino poseído por un espíritu “curador”. Los adivinos utilizan diversos métodos para descubrir el origen de una enfermedad, o de una muerte o de otros problemas, pero lo más común es que apelen a la posesión del espíritu y al examen de los huesos.

A veces el adivino se llama “hechicero” y combina el trabajo de curación, con la mediación con el mundo espiritual, la identificación de “poseídos” de una comunidad y de los espíritus malignos. Para hacer esto, el brujo usa un “contrahechizo” que mitiga los problemas causados por la presencia del mal. Esto nos lleva a considerar un nuevo aspecto de la creencia religiosa tradicional africana en la acción de los brujos.

Se considera que los hechiceros tienen poderes “mágicos” gracias a la ayuda de “espíritus malignos”. A menudo se limitan a lanzar hechizos y maldiciones que causarán daños o problemas a la víctima o, a veces, favorecerán la situación financiera del beneficiario. También los brujos se consideran personas peligrosas que usan sus poderes mágicos para fines dañinos.

Los hechiceros siempre son considerados malas personas a quienes hay que temer. En algunas culturas africanas, la “brujería” se transmite por familias o tribus determinadas; entonces es una herencia, un regalo: se supone que se ha nacido con él. Hay magos que, incluso sin un hechizo, parecen tener poderes psíquicos que pueden dañar a otros.

Lo que esta breve reflexión revela es que en la religión tradicional africana, por una parte hay quienes utilizan hierbas como medicina para sanar y restaurar la armonía y por otra, los que utilizan potencias mágicas, sacrifican animales, arrojan hechizos de posesión de espíritus y dañan a las personas y sus propiedades.

Estos diferentes métodos están vinculados a la creencia en un mundo de espíritus, sobre todo los de los antepasados difuntos, lo cual es incompatible con la fe cristiana.

 

Satanismo hoy

La creencia dominante y fundamental en el poder de un mundo de espíritus invisibles y su habilidad para hacer el mal y el daño es la causa de mucha ansiedad, miedo y superstición. Pero también es la razón del éxito del Satanismo. En el mundo occidental, muchos han optado por ignorar la existencia del mal personificado, lo que llamamos el diablo ha sido convertido en un personaje cómico.

Es innegable que la brujería, el satanismo y el ocultismo han ganado importancia en todo el mundo. El satanismo tiene sus propios sitios oficiales, fácilmente accesible en internet, donde se puede comprar todo lo necesario para la magia negra, maldiciones satánicas o profundos rituales malignos. Muchos lugares de África están experimentando un renacimiento del interés en la práctica de rituales satánicos, a menudo destinados a adquirir poder, una buena posición, riqueza e influencia.

A la luz de las Escrituras y las enseñanzas de la Iglesia Católica, constatamos que la creencia en la existencia de los “ángeles” es una cuestión de fe (CIC 328-350). Los ángeles fueron creados por Dios desde el comienzo de los tiempos (Jb 38, 4, 7) para servir a Dios y participar en su obra. Los ángeles a menudo son descritos en las Escrituras como “estrellas”.

Dios creó con inteligencia (razón), conciencia y voluntad. Dios creó por amor. Los ángeles tienen voluntad y libertad, simplemente porque el amor no es posible sin libertad de elección. Como todas las criaturas de Dios que han recibido el don de la libertad, estos seres celestes eran libres de rechazar a Dios y algunos, de hecho, lo hicieron; son los que llamamos “ángeles caídos”. Se oponen a la voluntad y el plan de la Trinidad.

Estos “ángeles caídos” continúan teniendo las cualidades y el potencial que habían recibido cuando fueron creados por Dios, pero ahora los usan para socavar la obra salvadora de Dios. Su líder se llama Satanás o, como algunas veces lo llaman las Escrituras “el príncipe de este mundo”, “el padre de las mentiras”, “el diablo”, “el maligno4”. Satanás no es el único ángel caído, hay ángeles de menor rango que se rebelaron con él y que son llamados “demonios”, “espíritus impuros” o “espíritus malignos”. La tarea de estos ángeles caídos es la destrucción espiritual de la humanidad (CIC 391).

El mal es, por lo tanto, una corrupción, una degradación, una “caída”, algo que al principio era bueno. Por eso el cristianismo rechaza la creencia de que Dios y Satanás están en el mismo plano, un ser simplemente bueno y santo, y el otro malo y malvado. Esta herejía ya fue condenada por la Iglesia, pero todavía existe, incluso en las mentes de algunos cristianos. Dios y Satanás no son iguales. Dios es el creador y Satanás es una simple criatura. El diablo no tiene poder ni autoridad.

Por lo tanto, desde el comienzo de su ministerio, Jesús declara que hay un combate entre el bien y el mal (Mc 1, 12-13; Mt 4: 1-11). Después de confrontar a Satanás en el desierto, Jesús se dedica a liberar nuestras vidas. Se enfrenta con los demonios y les ordena con autoridad que se vayan (Mc 1, 21-28). Es para liberar a la humanidad y restaurar nuestra relación rota con la Trinidad, por lo que Jesús se ha encarnado (Jn 8, 44). Negar la realidad de Satanás y la actividad demoníaca es de hecho negar la obra salvífica de Jesús y especialmente la Cruz, que es el signo supremo de su victoria (Fil 2, 8).

El ministerio de curación y liberación no desapareció con la Ascensión de Jesús. Él transmitió a sus discípulos autoridad y poder para expulsar a los espíritus impuros (Mt 10, 1-8; Jn 16, 7-11). Como dice san Marcos en su Evangelio, una de las principales señales que seguirán a los que creen en Jesús, será la autoridad que tendrá para expulsar a los demonios (Mc 16, 17).

Además, cuando la Iglesia ora en el nombre de Jesús, para que una persona o un objeto sea protegido contra las fuerzas del mal, lo hace con confianza, sabiendo que esta oración será escuchada y que es conforme con la voluntad de Dios. El ministerio de la liberación y el exorcismo es parte de la obra redentora de Dios.

Desde el momento de su bautismo, cada cristiano tiene una parte en esta obra de redención y, por lo tanto, está comprometido en el “combate espiritual” del que habla Pablo en Efesios 6, 10-20. Sin embargo, los creyentes bautizados todavía están luchando con los poderes del mal. 1P 5, 8 dice: “El diablo ronda como león rugiente, buscando a quien devorar”. A pesar de tener una tendencia natural a hacer el bien, después de haber sido creados a imagen y semejanza de Dios, y regenerados por el bautismo, siempre tenemos que enfrentarnos al mal; esto se evidencia de distintas maneras, siendo las principales la tentación, la opresión y la posesión.

Cada uno de nosotros está sometido diariamente a diversas formas de tentaciones, pero no todas vienen del demonio. Nos atraen los deseos básicos como el hambre, el placer, el poder, los deseos sexuales desviados, etc. e imaginamos que esas cosas que nos atraen nos harán felices. Las disfunciones de nuestra madurez emocional y la decadencia de nuestra naturaleza humana significan que con demasiada facilidad podemos dar paso a modelos falsos y destructivos de nuestro comportamiento.

El diablo, consciente de nuestras debilidades, juega con ello y, con sugerencias seductoras, puede proponer acciones o elecciones que no conduzcan a la felicidad final. Pero es importante recordar que el diablo solo puede sugerir, no puede leer nuestras mentes ni obligarnos a hacer lo que no queremos hacer. Él solo puede proponer y dejarnos hacer la elección.

En un nivel más profundo de la lucha, hay lo que se llama “opresión”. Es lo que nos sucede cuando nos sentimos casi sumergidos o incapaces de controlar lo que nos atrae, y nuestros deseos parecen llevarnos, incluso si sabemos que son malos para nosotros mismos o para los demás. Estamos entonces, como Pablo escribe en Romanos 7, “esclavos del pecado”. Pero en el caso de la opresión, las personas aún pueden controlar su voluntad y son capaces de reflexionar sobre su comportamiento. En este caso, puede ser de gran utilidad espiritual un “exorcismo menor” o una oración de liberación. Estas oraciones de liberación pueden ser hechas por cualquier sacerdote. A través de la acción de Jesús podemos ver cómo reaccionan los demonios antes su presencia y obedecen su mandato directo de marcharse.

Los Padres del Desierto hablaban a menudo de “demonios” que infestan nuestras vidas: miedo, ansiedad, orgullo, ira, sed, etc. Estos sentimientos se convierten en puntos de entrada a la fuerza del mal y crean fuentes de pecado. Incluso adicciones como las drogas, el alcohol, la delincuencia, la pornografía... puede embotar la conciencia de los cristianos y dar lugar a la sensación de estar presos en una trampa.

El tercer y último caso que podemos encontrar en la actividad demoníaca es el de la propiedad. En este caso, una persona, en parte o en su totalidad pasa a estar bajo el control directo del Maligno. Esto puede suceder debido a una vida de pecado, prácticas ocultas o incluso la rendición voluntaria al malvado de su propia libertad para obtener poder, dinero o sexo.

La posesión es rara, pero es una posibilidad real, especialmente cuando las personas se han entregado voluntariamente al diablo. En Mc 5, 1-20 vemos la imagen de una persona poseída, una persona totalmente destruida por los poderes del mal que consumen y que lo despojan de su dignidad. Cuando Jesús descubre el espíritu impuro, sabemos que su nombre es “legión”, porque son numerosos. Vale la pena señalar: en casos de posesión, muy a menudo hay más de un demonio involucrado.

Debemos tener en cuenta siempre dos cosas. Primeramente: Satanás es un ser real con el que nos encontraremos y al que nos tendremos que enfrentar. Segundo: La victoria ya fue obtenida por Jesús, el diablo es un enemigo vencido. Nuestro deber, como cristianos, es aplicar el apósito a la redención al daño causado por el mal. Mientras dure el “combate espiritual”, siempre debemos tener confianza en Aquel a quien pertenecemos por el bautismo y una vida de fe sacramental.

 

Comprensión monástica del combate espiritual

Nos hemos suscrito voluntariamente a la “escuela del servicio del Señor” (Prol 45) y “debemos disponer nuestros corazones y nuestros cuerpos para militar en la santa obediencia” (Prol 40). Estamos “revestidos de fe, con el Evangelio como guía” (Prol 21) y, profesando nuestros votos, renovamos el don de nuestras vidas hecho en el bautismo. La elección personal y libre de vivir de acuerdo con la Regla de san Benito, bajo un superior y en la comunidad, nos conforma cada vez más con Cristo y nos enseña todos los días a “no preferir nada al amor de Cristo” (RB 4, 21; 72, 11). Nuestros votos son una decisión consciente de vivir nuestro bautismo de una manera particular; se suman al don que recibimos en las aguas del bautismo5.

San Juan Pablo II, en su exhortación Apostólica Redemptionis donum (1984), enfatiza: “La profesión religiosa —sobre la base sacramental del bautismo en la que está fundamentada— es una nueva “sepultura en la muerte de Cristo”; nueva, mediante la conciencia y la opción; nueva, mediante el amor y la vocación; nueva, mediante la incesante “conversión”6.

Por la profesión monástica tenemos la oportunidad de volver de nuevo a la gracia de nuestro bautismo y experimentarla. Nuestros votos, lejos de ser meras intenciones o promesas, son un “relación de alianza”; un “pacto de amor” que deseamos vivir con integridad, sin reserva. Nuestros votos nos llevan al corazón mismo de nuestra relación con la Trinidad que comenzó en el bautismo y después de la obra de redención.

Así, nuestros votos revelan lo que somos, revelan nuestra identidad, pero ésta queda, lamentablemente alterada, distorsionada, si no somos capaces de vivir según la verdad de la fe cristiana; como cuando hacemos compromisos entre nuestra fe y las creencias y prácticas tradicionales que llevan, conscientemente o no, en ocultismo. Nuestros votos reflejan que nuestra vocación no es una carrera que elegimos seguir y que podría ser modificada o adaptada; los votos manifiestan “el corazón de nuestras vidas, y quiénes somos” (Evangelii Gaudium N°. 273). Con estas consideraciones en mente , ofrecemos las siguientes líneas directrices:

 

Líneas Directrices

1. Buscamos profundizar nuestra comprensión y compromiso con la vida de amor que hemos emprendido a través de nuestros votos de bautismo y vida benedictina.

2. Nos enfocamos en Cristo y le damos el primer lugar en nuestros corazones, vidas y elecciones. Por consiguiente, renovamos nuestro compromiso con la lectio divina y la vida sacramental de la Iglesia como las principales fuentes de nuestra formación personal en Cristo.

3. San Benito concede gran importancia a la vida comunitaria (RB 72); reconocemos que el Acusador puede infiltrarse en nuestra comunidad, causando discordia, errores y disputas.

4. Reconocemos y honramos a las culturas de las cuales hemos sido llamados y que tratamos de comprender y aprovechar lo bueno que tienen.

5. Toda cultura debe ser examinada a la luz de la cruz de Cristo y ser bautizada.

6. Aunque apreciamos la riqueza de nuestra cultura, reconocemos que en ella, hay creencias y prácticas específicas que no son cristianas.

7. Afirmamos que apelar al “espíritu de los antepasados” e invitarles a visitar a alguien con motivo de un nacimiento, matrimonio, enfermedad o después de la muerte, no se ajusta a nuestra fe en Cristo.

8. Asistir a las griots o sangomas con el fin de obtener “medicamentos especiales”, recurrir al uso de hechizos en caso de enfermedad u otros problemas es inaceptable para una persona que ha sido bautizada y dedicada a Cristo.

9. Reconocemos que toda brujería tiene el potencial de conducir al Satanismo.

10. Cualquier persona que sea cristiana y se haya dedicado a Dios no puede permitirse ser iniciado o practicar ninguna forma de brujería, pues violaría su fe cristiana y su vida de votos.

11. Satanás realmente existe y sabemos que es la misión de los demonios molestar y provocar disensión. Este es el significado de la palabra “demonio”: divide y causa falta de armonía.

12. Reconocemos la realidad de Satanás, pero al mismo tiempo afirmamos que él y los demonios ya han sido derrotados por Cristo. Nunca debemos temerle al mal sino simplemente resistirlo.

13. Para discernir las vocaciones, debemos examinar con tacto y cuidado las prácticas religiosas y culturales a las que el demandante puede haber sido confrontado. Si un candidato para la vida religiosa resulta haber sido “poseído”, es algo que se ha de considerar seriamente para continuar su formación.

Incluiremos en nuestros programas de formación un estudio serio de las prácticas culturales y religiosas: estudio de los puntos positivos, como también de cuestiones de posibles conflictos.

1. Debemos decirnos a nosotros mismos que aunque sea rara, la posesión del demonio es posible. Cualquiera de quien sospechemos que está en contacto con la brujería tradicional o la adoración satánica debería ser llevado a comenzar un tiempo de conversión y renovar los votos de su bautismo. Tendrá de renunciar a su pasado y regresar a Cristo.

2. A menos que no se sospeche de un problema grave que puede conducir al internamiento, se verificará primero el estado de salud de la persona y se asegurará que no presenta ninguna enfermedad física o mental. Se estudiará también el historial familiar.

Clásicamente, los signos de posesión son:

a) Aversión a cosas sagradas tales como agua bendita, crucifijos, el Santísimo Sacramento, Nuestra Señora, los nombres de Jesús y María, etc.

b) Comportamiento extraño: los poseídos parecen entrar en trance; sus ojos miran hacia arriba, hacia la parte superior de la cabeza.

c) Hablan o entienden un idioma desconocido para ellos.

d) Tienen una fuerza mayor que sus habilidades.

e) Saben sobre cosas que van más allá de ellos.

- Sólo un sacerdote autorizado por el obispo debe proceder a un exorcismo (Código de Derecho Canónico de 1172 Nº 1; No. 37).

- Este debe hacerse fuera de cualquier espacio sagrado, por respeto a la dignidad de la persona y la comunidad (Praenotanda, Exorcismis et quibusdam supplicationibus, editio typica, N °33, 2004).

- El exorcismo debe realizarse sólo después de una cuidadosa investigación, que incluirá los informes médicos y psicológicos (Praenotanda, Exorcismis et quibusdam supplicationibus, editio typica, 1999, N ° 1-19).

- No hay que exorcizar a alguien que está en formación sin consultar a sus padres o su familia.

- Debemos buscar construir comunidades de fe, que crear una atmósfera falsa y peligrosa de la superstición, el rumor y el miedo. Tomaremos en serio las oraciones diarias presentadas por la Iglesia para la protección.

 

 

1 Mc 1, 12-13 : 5, 1-20 ; 16, 17 ; Mt 4, 1-11 ; 1 P 5, 8.

2 The Sayings of the Desert Fathers (1981) Ha. Benedicta Ward, SLG, 3, 5 6, 9, 10, 19, 22, 42, 67, 71, 123.

3 San Justino, mártir, escribe en su Diálogo con Trifón: “Cualquier demonio que sea mandado en el nombre del Hijo de Dios será vencido y derrotado”. Ireneo: “Por la invocación del nombre de Jesucristo, Satanás es expulsado de los hombres”. Orígenes, en su obra Contra Celso: “La fuerza del exorcismo está en el nombre de Jesús”. Tertuliano: “Deja que una persona que está manifiestamente bajo posesión demoníaca sea llevada ante el tribunal. El espíritu maligno, invitado a hablar por los discípulos de Cristo, fácilmente confesará que él es un demonio”Apologeticum capítulo 23. Catecismo de la Iglesia Católica: 328-350; 391-398; 5338-5340; 550. Ver también Lumen Genium No. 48; Gaudium et Spes No. 2, 37, Ad Gentes No. 3, Sacrosanctum Concilium No. 6.

4 Ver los pasajes de la Escritura que se refieren a los difentes nombres dados al diablo: Ap 12, 8-9 ; 37 ; Mt 4, 3 ; 26, 36-44 ; Jn 1, 9-10 ; 8, 44 ; 12, 31 ; 14, 30 ; Gn 3, 4, 13 ; Col 1, 13 ; etc.

5 Perfectae Caritatis n° 5.

6 Redemptionis Donum n° 7.