Dom Mauro-Giuseppe Lepori
Abad General OCist

19 Sínodo de la Orden Cisterciense 2017

Homilía de la misa votiva del Espíritu Santo

Lecturas: 1 Corintios 12, 3b-7.12-13; Juan 20: 19-23

 

“Por la noche, en el primer día de la semana, cuando las puertas del lugar en que se encontraban los discípulos estaban cerradas por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos. Él les dijo: “¡La paz esté con ustedes!” (Jn 20,19).

MGLeporiLa noche del día de Pascua, Jesús se reunió con sus discípulos reunidos en el Cenáculo de Jerusalén. Están unidos por la amistad que los tres años de seguimiento de Cristo ha hecho crecer entre ellos. El recuerdo y también el dolor a causa la muerte terrible e ignominiosa de su Maestro en la cruz los reúne. Sin embargo, Juan admite con honestidad y humildad que la razón principal de su reunión era el miedo, el miedo a los judíos, el miedo a ser arrestados, condenados y tal vez incluso muertos. Probablemente pensaron que juntos eran más fuertes para defenderse.

Así es, el miedo puede unir. Lo vemos en nuestra sociedad, el miedo al terrorismo crea una especie de solidaridad internacional, al menos para defenderse, al menos para protegerse.

Pero el miedo rara vez crea una unidad abierta, una unidad que se abre al otro, que quiere expandirse, dar la bienvenida al que es diferente, alejado, al que realmente nos necesita. El miedo cierra las puertas, las puertas del Cenáculo, pero, sobre todo, la puerta del corazón. La puerta cerrada por el temor al que pudiera entrar también impide la salida, estar abierto a los hermanos, para ensanchar la compañía de los amigos que Jesús ha reunido.

Es bueno darnos cuenta, al comienzo de este sínodo de nuestra Orden, que también podemos reunirnos a veces de esa misma manera, que también somos capaces de formar pequeños clanes unidos más por el miedo y la cerrazón que por el deseo de abrirnos a lo que Dios nos pide. La vida monástica, la comunidad e incluso la preciosa institución de la clausura, a menudo pueden hacernos vivir retirados más por temor al mundo, que por acoger a Cristo resucitado, más para protegernos que para irradiar.

Al comienzo de este sínodo queremos profundizar en el tema de la fidelidad a nuestra vocación; debemos preguntarnos ¿Por qué estamos juntos? ¿Por qué vivimos juntos en una Orden, en nuestras congregaciones, en nuestros diferentes monasterios? ¿Por qué nos reunimos? ¿Qué nos mantiene juntos? ¿Podría ser miedo? ¿De qué tenemos miedo? ¿Cuáles son las puertas cerradas que nos impiden acoger a la humanidad que llama, o ir a buscar, espiritual o materialmente, a las noventa y nueve ovejas perdidas, como dice a menudo nuestro Papa, esas ovejas que no conocen el amor de Cristo o el amor de la Iglesia?

Tengamos en cuenta, sin embargo, que si san Juan nos habla acerca de la experiencia de los apóstoles, de la experiencia de su miedo cerrado en sí mismo, es también para decirnos que se trata de una felix culpa, de una oportunidad de conocerse a sí mismos y, especialmente para conocer a Cristo más a fondo. Sin esta experiencia humillante, el evento del resucitado no se manifiesta tan claramente. La luz es más obvia cuando brilla en la noche. Sin esta cerrazón mezquina y temerosa, los apóstoles no habrían sido capaces de medir la novedad de la venida misericordiosa de Jesús resucitado en sus vidas y en su comunidad.

De hecho, lo primero que los discípulos experimentaron esa noche en el Cenáculo fue que Jesús no vino a ellos porque se lo merecían ni porque lo hubieran esperado. Él viene por gracia, viene por misericordia. Todas las razones por las cuales Él está en medio de nosotros están en Él, ¿verdad? La presencia del Resucitado entre nosotros, en medio de nuestras reuniones motivadas por el miedo u otras razones, en medio de nuestras reuniones imperfectas y mezquinas, a veces tan infieles, incluso en nuestras comunidades, en nuestras congregaciones, en toda la Orden, la presencia del resucitado entre nosotros es una gracia que no merecemos. Cristo ni siquiera necesita que abramos la puerta para dejarlo entrar. Él entra sin llamar. Se une a nosotros misteriosamente como lo hizo durante la misma noche de la Pascua con los discípulos de Emaús, porque nos ama, porque ama el mundo. Entonces comprendemos que debemos partir de este acontecimiento, que a partir de este debemos renovar nuestras reuniones. Es en este acontecimiento que estamos llamados a sacar las razones, el significado y la misión de la unidad entre nosotros que Cristo nos pide. Y también el gozo de nuestra vocación y misión: “Los discípulos se llenaron de gozo cuando vieron al Señor” (Jn 20, 20). La fuente de su alegría no es haber logrado mantenerse juntos o superar el miedo, sino el mero hecho de que Jesús estaba presente entre ellos, Él personalmente, que lleva las heridas de su pasión y muerte en la cruz en las manos y el costado. Todo renace de este evento gratuito, la novedad de la Iglesia.

“¡La paz sea con vosotros! Como el Padre me envió, también yo os envío”. Dicho esto sopló y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20, 21-23).

La paz en y entre nosotros, la misión al servicio de la salvación del mundo entero, por la cual el Padre ha enviado a su Hijo, el don del Espíritu Santo que da vida a toda la Iglesia, el perdón de los pecados … Todo surge del hecho que Cristo resucitado se une a nosotros, busca nuestra compañía, por imperfecta, pobre y temerosa que ésta sea.

¡Entonces las puertas se abren! El miedo las había cerrado, el Espíritu Santo y la confianza en Cristo las abren. No se abren cuando Cristo deja el Cenáculo, sino cuando los discípulos salen, animados por la novedad de su presencia y comunión con la pasión de su corazón ardiente, para renovar la faz de la tierra por el aliento del Espíritu.

Y no podemos reunirnos solamente para discutir problemas, arreglar cosas que no están bien. Porque estos motivos están siempre más cerca del miedo que nos hace cerrar las puertas que de la confianza que las abre. Debemos reunirnos siempre para ofrecer a Cristo la oportunidad de renovarnos entre nosotros y en la Orden, en cada comunidad, la gracia de unirse a nosotros y reavivar con el don del Espíritu Santo nuestra vocación y nuestra misión. Cuando Jesús se une a nosotros, cuando Él está entre nosotros, entonces podemos hablar, hacer frente a los problemas, corregir errores e infidelidades con la ternura de su misericordia.

“Nadie es capaz de decir Jesús Señor, sino en el Espíritu Santo”, dice san Pablo en la primera lectura, y añade:

“Hay diversidad de carismas, pero un mismo el Espíritu ; diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; diversidad de actuaciones, pero uno es el mismo Dios que obra todo en todos. A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común” (1 Cor 12, 3b-7).

San Pablo, por así decirlo, tradujo a la eclesiología la experiencia de los apóstoles en el Cenáculo, para que comprendamos que la Iglesia es esa renovación que comenzó en la noche de la Pascua, la única tarde que nunca tendrá un atardecer, y que continuará hasta el fin del mundo. La Iglesia vive de esta renovación de la aparición del Resucitado para nosotros y en medio de nosotros, en el corazón de nuestros miedos personales y compartidos, para transformarnos en instrumentos humildes, dóciles y fervientes de la obra de Dios que ama y salva el mundo.