Padre Guillermo Arboleda Tamayo, OSB,
Abad del Monasterio de Medellin (Colombia)

Respuesta a la intervención
del P. Bernardo Bonowitz, OCSO

 

ArboledaEl padre Guillermo fue abad de Guatapé, también superior de Medellín, y acaba de ser elegido Presidente de la congregación Subiaco-Cassinense. Da aquí un eco de la conferencia del P. Bernardo.

Agradezco al P. Bernardo su aporte a nuestro Congreso. Más que una respuesta hago un eco sencillo a su conferencia. Centró su reflexión en el tema que, supongo, le han propuesto los organizadores de este encuentro: “Vida monástica hoy: Comunión a la luz de la Palabra de Dios”. Y valga acotar de inmediato que presentar así la vida monástica hoy es cuestión de fidelidad a la milenaria tradición benedictina, y también a la tradición monástica anterior a san Benito, pues ya se ponga el acento en la ermita o en el cenobio, la vida monástica, como toda vida cristiana, no puede apuntar a nada distinto que a la comunión trinitaria, bajo la luz y la animación de la misma Palabra de Dios.

Usted nos ha recordado, padre Bernardo, el cometido fundamental de nuestra vida, tal como lo propone san Benito en la Regla: la vuelta a Dios, la conversión por el camino de la comunión, de tal forma que las observancias que llenan nuestras jornadas en los monasterios no se queden en el terreno de lo funcional, disciplinario sino que apunten certeramente a la comunión con Dios y con los hermanos, y ha señalado que son necesarias cuatro firmes convicciones para que este camino de comunión sea posible: identidad, corresponsabilidad, disponibilidad para el servicio y compromiso con el futuro de la comunidad. Y, por supuesto, ha dejado claro que este itinerario de la comunión sólo es posible por la fuerza transformadora y eficaz de la Palabra de Dios, escuchada y obedecida en la comunidad, palabra que enseña con su claridad salvífica y recrea con su belleza. Quiero, sobre todo, hacer un eco especial al último párrafo de su intervención, que en el texto, tal como usted lo presenta, parecería un complemento secundario, pero que a mi modo de ver constituye el punto de llegada de toda su reflexión, sobre todo por lo que respecta a esta asamblea a la que va dirigido su aporte: abades y priores, los hermanos puestos por el Señor al frente de las comunidades monásticas benedictinas de todo el mundo. No es nada superfluo confrontar a los hermanos puestos al frente de las comunidades monásticas con la gravedad de su ministerio. Hemos sido elegidos por el Señor, a través de nuestras comunidades, para ser “signos e instrumentos de comunión”, para utilizar esta expresión tan querida por los obispos Latinoamericanos en la Asamblea de Puebla; hemos sido llamados para el servicio a la comunión, en y desde la Palabra de Dios, somos servidores del Evangelio. Le agradezco, padre Bernardo, que nos haya recordado en esta mañana el cometido fundamental de nuestro ministerio abacial y prioral, pues en reuniones como ésta del Congreso de abades y priores corremos el peligro de entretenernos con mil asuntos que, siendo importantes y necesarios, pueden distraernos de lo esencial de nuestra misión en las comunidades.

En la traducción española de su conferencia, la última palabra del texto es el vocablo “irresistible”. Usted insiste en que para un auténtico abad, sin desestimar el riesgo, la alegría es mucho mayor que éste. Termina diciendo: “No desestima el riesgo, pero la alegría de apacentar a los hermanos en la verdadera comunión es irresistible”. Nos propone así un criterio certero para discernir la autenticidad de nuestro ministerio.

Esta reunión de abades y priores es una excelente ocasión para encontrarnos quienes tenemos un ministerio común entre los hermanos monjes; además de los asuntos que tratamos, como he dicho, de importancia para el camino de nuestra Confederación, posibilita también un intercambio fraterno y espontáneo sobre la vida de nuestras comunidades, y sobre nuestra tarea abacial; y sirve también, por qué no decirlo, de desahogo y consuelo por las dificultades que hemos de afrontar en los monasterios, por las dificultades y tropiezos en el ejercicio de nuestro ministerio…haciendo eco a su última palabra, la que parece muchas veces irresistible es la tentación de salir corriendo, de huir, por el peso de los problemas y embrollos que nos toca afrontar. Pero, ya lo he dicho: es tentación… y también lo he dicho: tantas veces es irresistible, con tanta o mayor fuerza que la irresistible alegría de apacentar a los hermanos en la verdadera comunión. Gracias, de nuevo por animarnos a la vivencia alegre de nuestro ministerio al servicio de la comunión, sus palabras son eco de aquellas del apóstol Pedro en su segunda carta: “Apacentad la grey de Dios que os está encomendada, vigilando, no forzados, sino voluntariamente, según Dios”.