Padre Jeremy Driscoll, OSB.

Abad de la Abadía de Mount Angel, EE. UU.

 

Respuesta a la intervención
del Hermano Alois, prior de Taizè

 

DriscollEl padre Jeremy Driscoll, por largo tiempo profesor de San Anselmo (Roma) es actualmente el abad de Mount Angel en los Estados Unidos. Responde a la intervención del hermano Alois y pone algunos temas pertinentes para nuestras comunidades en nuestro contexto actual.

 

Gracias, hermano Alois por estas hermosas reflexiones. Es un honor para nosotros poder escuchar hoy al prior de Taizé. Captamos el hermoso espíritu de su comunidad monástica, y sentimos en su mensaje el espíritu del hermano Roger, que pervive en su comunidad.

He apreciado el método que ha usado para elaborar estas reflexiones. Método que se refleja en el título. Ha hecho lo que los monjes deberían hacer cuando empiezan a pensar y a hablar: ha usado la Palabra de Dios para poner luz en los temas que ha querido compartir con nosotros.

Su tema principal, la búsqueda de la comunión, nos lleva inmediatamente al corazón de lo que es en definitiva la vida monástica. Nos es directamente accesible y nos muestra de manera inmediata el papel de la vida monástica en la vida de la Iglesia, una Iglesia que continúa renovándose bajo el impacto todavía no agotado de la renovación a la que nos llamó el Vaticano II. Como dijo el Sínodo de 1985, veinte años después del Concilio, en su informe final: la eclesiología de comunión es la idea central y fundamental de los documentos del Concilio.

 

Aun hoy permanece válido, 30 años después.

Me ha gustado e interesado personalmente su tema porque desde 1985 mi trabajo personal como profesor y teólogo ha estado comprometido en desarrollar y redefinir una eclesiología de comunión que pudiese funcionar como una herramienta integrativa para todo el currículum académico en el Seminario de Mount Angel, un seminario diocesano dirigido por mi monasterio y que tiene influencia en la visión teológica de buena parte del clero del oeste de los Estados Unidos. Desde 1985 enseñé desde esta perspectiva allí y desde 1992 también en San Anselmo, hasta que mi dedicación a la enseñanza fue abruptamente interrumpida por mi elección abacial el pasado marzo de este año. (Esta habitación está llena de gente cuyas vidas han sido abruptamente interrumpidas y ésta es la razón por la que están aquí hoy… Y sí, bien, esto también se refiere a “la comunión iluminada por la palabra de Dios”).

No puedo comentar en ninguna medida los muchos temas que nos ha expuesto hoy. Tenemos tiempo en nuestro horario de procesarlos y discutirlos en grupos. Permítanme pues hacer algunas sugerencias a toda la asamblea sobre qué podemos hablar en los grupos. Obviamente lo que sugiero no es para limitar el diálogo, sino simplemente para iniciarlo, si esto puede ser útil. Una manera de captar lo que acabamos de escuchar y usarlo para el diálogo nos pone el desafío de ser bastante concretos. Podemos hacernos esta pregunta: ¿Cómo puedo valorar mi propio monasterio y mi ministerio abacial a la luz de las ideas que el hermano Alois nos ha presentado? Ofreceré solo un pensamiento para cada una de las tres partes que nos ha explicado.

El hermano Alois nos ha hablado sugestivamente sobre la comunión personal con Dios, y nos ha puesto delante la imagen de la Transfiguración de Jesús. Ha dicho que “Cuando miramos a la luz de Cristo transfigurado en la oración, se transforma gradualmente en una presencia interior”. Pero ¿nos pasa esto? La luz quiere penetrar –nos ha dicho– “lo que nos preocupa sobre nosotros mismos y sobre los otros, hasta el punto que la oscuridad se ilumina”. Así, nuestros monasterios tendrían que ser talleres en donde esta tensión se elabora y se resuelve. No tendríamos que perder jamás este enfoque, y no tendríamos que dudar jamás que este trabajo interior, escondido a la mirada de los otros, es una contribución a lo que el mundo necesita ahora más que nunca de los monasterios. La expresión “comunión personal con Dios” –el primer subtítulo de la presentación– se vuelve más que una frase vaga y piadosa. Es uno de los objetivos de nuestras vidas en los monasterios: contemplar a Jesús transfigurado y permitir que la luz se vuelva una presencia interior que penetre nuestra oscuridad personal y existencial.

En el segundo tema referente a la comunión que se nos ha presentado, “amor fraterno”, el hermano Alois ha dicho: “El amor fraterno crea un espacio que es el principio del Reino de Dios… es un nuevo mundo que empieza a manifestarse”. Es una bella expresión. Usemos este lenguaje, el lenguaje de la “comunión iluminada por la palabra de Dios”, para guiar y estimular a nuestras comunidades monásticas. En este contexto nuestro hermano nos ha recordado la importante idea de la comunión recuperada en la idea de la eclesiología de la comunión del Concilio: es decir: “en el amor mutuo de los discípulos, el amor mutuo de la Trinidad se hace presente en la tierra”.

Ha sido en la tercera parte “la comunión como misión” donde quizás el espíritu de Taizé y del hermano Roger ha hablado especialmente a través del hermano Alois. Ha sugerido que una comunidad monástica tiene que ser una parábola para los que la encuentran”. Taizé quiere ser una parábola de comunión. Ha sido una parte muy rica de toda la presentación. Nuestro hermano nos ha ofrecido una descripción útil y evocadora sobre cómo funciona una parábola. Una parábola –un monasterio– ofrece una narrativa simple y expresiva: su significado es inagotable, no dice nada una vez para siempre, es siempre un desafío. Y en medio de esta descripción ha pronunciado una frase que considero que es de una importancia enorme en la descripción de un monasterio como una parábola. Nos ha dicho: “Si Cristo no hubiera resucitado y no estuviera presente en ellos, estos hombres y mujeres no vivirían así”. Ésta es una frase estrella. Es el secreto de todo. La manera “en que estos hombres y mujeres viven”, en nuestros monasterios, tendría que ser una parábola, cuyo enigma solo sería explicable por la resurrección de Jesucristo. Y el hecho de la resurrección de Cristo lo experimentamos nosotros y todos los que encuentran a nuestras comunidades monásticas de la misma manera en que se experimenta una parábola. Para usar las mismas palabras del hermano Alois y aplicarlas a la resurrección. Esta parábola (la resurrección en nosotros) “no se impone, no quiere probar nada, abre un mundo, abre una ventana hacia el más allá, una grieta al infinito”. En nuestros diálogos podemos preguntarnos: ¿Esto es lo que yo soy siendo monje? ¿Es esto mi monasterio? ¿Es esto lo que hago como Abad?

Me parece que la absoluta novedad de la resurrección de Jesús de la muerte tendría que ser lo primero y lo central en todas las preocupaciones de la Nueva Evangelización, y tendría que ser mucho más explícito el argumento que se invoca a lo largo de ella, tanto como el contenido de la fe que la Nueva Evangelización busca celebrar y profundizar.

Pensando en la resurrección quiero compartir una historia que escuché en el Aula del Sínodo sobre Nueva Evangelización. La explicó el Cardenal Toppo de la India. Cuenta sobre un adolescente hindú que había estado en contacto con presbíteros católicos en un ambiente escolar de algún tipo. No recuerdo los detalles del contexto. Pero el muchacho era evidentemente alguien que tenía una búsqueda interior y hacía a menudo preguntas sobre la fe cristiana. En un momento, uno de los sacerdotes dio al muchacho una copia de los Evangelios y le dijo que los leyera y que volviera después con sus preguntas y sus reacciones. El muchacho volvió atónito y algo agresivo. Quería estar seguro de que lo había entendido bien y pidió aclaraciones. ¿Jesús ha resucitado de entre los muertos? Preguntó: “¿Ha realmente resucitado?” Sí, le respondieron con calma, para nada enfadados con su excitación. “¿Por qué no me lo dijeron?” Les gritó, sorprendido que no le hubieran dicho esto directamente desde el principio. Pienso que es una gran lección para todos nosotros en el momento en el que consideramos lo que el hermano Alois nos ha sugerido sobre como la comunión es misión. Jesús ha resucitado de entre los muertos, “realmente resucitado de entre los muertos”. Esperemos que nunca pueda decirse de uno de nuestros monasterios: “¿Por qué no me lo habían dicho?”.

Con este recuerdo y este desafío acabo mis comentarios. He debido dejar sin tocar muchos otros temas que espero que sean comentados en los grupos, especialmente lo que el hermano Alois ha dicho sobre la reconciliación de los cristianos y el diálogo intercultural. Taizé ha dado en este aspecto tanto a la Iglesia como al mundo y nosotros, benedictinos, nos alegramos de tener hoy la oportunidad de expresar nuestra admiración, nuestro agradecimiento, nuestra comunión con ustedes, hermano Alois. Al final de la conferencia ha evocado la memoria de Cluny, que está tan cerca de Taizé, y que de alguna manera ¡aún se siente en el aire, en el agua y en el clima de vuestra región! Y ha dicho algo de Cluny que seguramente se puede también decir de Taizé y esto creo que puede ser interpretado como un llamado de atención para cada uno de los monasterios que estamos representados aquí sobre la vida que vivimos juntos: “un pequeño grupo de personas han sido a veces suficientes para cambiar la balanza hacia la paz… Lo que cambia el mundo… es su perseverancia diaria en la oración, en la paz del corazón y en la bondad humana”.