Padre Gregory Polan OSB
Nuevo Abad Primado

 

Alocución final del Congreso de Abades

 

Los abades y priores de las comunidades benedictinas reunidos en Roma en congreso como cada cuatro años, han elegido como nuevo Abad Primado al Padre Abad Gregory Polan de la abadía de la Concepción, Missouri. De sesenta seis años, originario de Berwyn, Illinois. Ingresó al monasterio de la Concepción en 1970. Estudió en San John´s Collegeville, en Minnesota y fue ordenado sacerdote en 1977. Eminente biblista y doctor de la universidad San Pablo de Ottawa. Participó en la traducción de la New American Bible y llevó a buen término la traducción de los salmos que los obispos de Estados Unidos han aprobado para el uso litúrgico. Ha enseñado Antiguo Testamento y música en su monasterio y en el seminario de la abadía de la Concepción. El padre Gregory, desde el 2015 es miembro del Consejo de la AIM.

 

PolanGHa llegado el momento de concluir estas dos semanas del Congreso de Abades de 2016. Ha habido muchas palabras y gestos fraternos entre nosotros durante estos días. Hemos escuchado los retos que debemos afrontar en San Anselmo y también en la Confederación. Nos han resultado también muy inspiradoras las palabras de muchos hermanos y hermanas de nuestra Orden y fuera de ella. En medio de todos los retos que se han articulado en estos días, ha habido un sentimiento general de esperanza respecto de nuestra Orden Benedictina y también una enorme gratitud por el testimonio que damos en la Iglesia y en nuestro caótico mundo. Aunque algunos monasterios se preguntan por su futuro, debemos seguir siendo gente de fe y esperanza. Si miramos la historia de nuestra Orden, de nuestras casas tanto en Europa como en los países en vías de desarrollo, así como a los inicios de nuestra vida benedictina aquí en Italia, vemos que siempre ha habido fragilidad, debilidad e incertidumbre, e incluso peligros. Pero la pequeña semilla de la vida monástica ha crecido hasta ser un amplio árbol que ha extendido sus ramas por todo el mundo, con nuevos brotes.

¿A dónde vamos ahora? Os lo pido, id a donde haya gente necesitada de compartir nuestra vida y nuestro carisma benedictino. Invitad a los jóvenes a venir a nuestros monasterios a experimentar la alegría, la paz y la bendición de la vida benedictina. Invitad a los adultos a venir y probar la bendición que es el silencio y el retiro entre nosotros. Especialmente para los jóvenes, tenemos que ser mensajeros de Dios, la voz de Dios que invita a los otros a seguir a Jesús en nuestra vida benedictina y monástica. Dadles la bienvenida en vuestros monasterios para que vean la belleza de hermanos y hermanas que viven una forma de vida que se basa en la generosidad y en el servicio, en la oración y la reflexión que nos inspira la Palabra de Dios. Qué signo tan hermoso ha sido el tener en medio de nosotros el libro de los Evangelios. Querríamos que esa Palabra nos transformara. De hecho, lo que queremos es ser palabras vivas del Evangelio a todos los que deseen escucharla.

Estoy plenamente convencido de que los monasterios son uno de los lugares más importantes del mundo hoy. ¿Por qué? Porque hay mucha gente cuyas vidas están afectadas por rupturas, tristeza, decepciones, fallos, luchas, pérdidas y heridas. Lo que nosotros ofrecemos es una afectuosa acogida, seas quien seas y sea tu historia la que sea. Siempre decimos “ven y quédate con nosotros y encontrarás sanación en la Palabra de Dios que te ofrecemos”. Los salmos que rezamos cada día hablan de gente que lamenta pérdidas en sus vidas, que lamenta el dolor de relaciones rotas y el miedo a los enemigos.

A aquellos que sufren, las palabras del salmista hablan de su experiencia vital. Y en esas palabras ven que no están solos, y aún más importante, que Dios está con ellos. Los salmos también nos hablan de la alegría que proviene de conocer al Señor. Cuantas veces escuchamos en los salmos “cantad al Señor un cántico nuevo”. Cada día nos da una oportunidad nueva de hallar una verdadera experiencia del amor y el cuidado providente de Dios. Cuando podemos hablar del misterio de Dios y de cómo trabaja en nuestras vidas, entonces cantamos un cántico nuevo al Señor, y nuestra fe inspira esperanza en los demás. Los salmos nos hablan también de la historia de un pueblo roto y esclavizado, pero luego liberado y unificado. Es la historia de cada uno de nosotros, y de cada una de nuestras comunidades. Es el misterio pascual. Volvemos a vivir estas palabras de los salmos en nuestra vida cuando recitamos tan santas palabras. La oración es comunión con Dios, y nuestra oración común con nuestros hermanos y hermanas es el lugar privilegiado del encuentro con el Dios que nos salva, el Dios que nos escucha con el oído divino de su divino corazón. Sin el tiempo de oración no podemos hacer nada. Nuestra oración debe ser nuestra fuerza y nuestro refugio. Nuestra presencia en el coro atenta y abierta a lo que Dios nos dice, muestra lo que es esencial. Como nos recuerda San Benito, nada debe preferirse a la obra de Dios. Además de todo esto, los salmos nos hablan de Jesús, pues nos dan el mismo alimento que hizo crecer a Jesús de niño a adulto. Él fue también un salmo vivo, dando voz al lamento, a la alabanza al Dios de toda la creación, a aquel a quien Él llamaba Abba.

También evangelizamos en el silencio de la oración, de la reflexión y de la lectio divina. Por usar las palabras del hermano Alois, “así es como nuestras palabras se convierten en parábola de comunión”. Son para nosotros simples signos, pero dan a conocer el Reino de Dios y revelan algo muy profundo: la búsqueda diaria de Dios por medio de la lectio divina, toda la vida. Nuestra estabilidad dice a la gente que viene a nosotros: estos monjes están siempre aquí, para mí y para todos. Nuestro testimonio dice a la gente que la relación personal con Dios por medio de Cristo en el Espíritu es una forma de vida que sana el dolor, cicatriza las heridas y da alegría a nuestra vida. Cuando la gente está sola y asustada, le ofrecemos la acogida que Jesús mismo merece, como dice el capítulo 25 del Evangelio de San Mateo: fui extranjero y me recibisteis. ¿Cuándo te recibimos, Señor? Me recibisteis cuando acogisteis al más pequeño de mis hermanos y hermanas que vinieron a vosotros buscando acogida. Nuestra hospitalidad a los demás nos da una doble bendición porque nos convertimos en embajadores de Cristo, nosotros los hijos e hijas de san Benito, y al mismo tiempo es a Cristo a quien recibimos en el extraño que viene a nosotros. Sí, por todo esto los monasterios son uno de los lugares más importantes del mundo de hoy. En el silencio de nuestras vidas, en la paz de nuestra oración, en la alegría de nuestra vida fraterna, invitamos a otros a unirse a nosotros en el seguimiento de Cristo, a quien también nosotros encontramos en todo esto.

PolancongresDurante la liturgia de la Palabra estos días hemos escuchado el capítulo 15 de la Primera Carta a los Corintios sobre el maravilloso misterio de la Resurrección. Mis queridos hermanos, no podemos olvidar que vivimos cada día por el poder de la resurrección de Cristo que obra en nosotros. Eso debería ser suficiente para manifestar nuestra alegría. Pero es verdad que nos queda mucho que encarnar en nuestras vidas. Con la resurrección de Cristo, un poder y una fuerza se han desatado en el mundo, y somos nosotros los receptores de ese poder y de esa fuerza, esa gracia única de Cristo que se transmite de nosotros a los demás. Se transmite desde nosotros a los demás en nuestras palabras de compasión y comprensión a los que están necesitados, en nuestras obras de caridad hacia aquellos que nos necesitan, en nuestra disposición a escuchar a los demás, por muy insignificantes que sus palabras puedan resultarnos en un principio. La resurrección de Jesús significa que nuestra vida terrena ya ha cambiado y ha sido profundamente agraciada, aunque será en el cielo cuando se realice. Nuestra vida como benedictinos lleva ya algo de esa vocación celestial, pues más allá de todo lo que tenemos en la tierra, algo mucho más importante nos aguarda. Y por ello vivimos como vivimos, alimentados por la Palabra de Dios, sacrificando muchos placeres y estando listos para el servicio. Esto lo podemos hacer gracias al poder y a la fuerza de la resurrección de Cristo.

Hay una cosa que he dicho muchas veces predicando retiros: el corazón de la vida monástica es la escucha. Es el primer mandato que da san Benito, y lo hace de una forma muy particular de escucha: con el oído del corazón. Las palabras no sólo llegan a nuestros oídos, sino que también nos llegan por los ojos y van hasta el corazón. En la Biblia, el corazón es algo más que la raíz de las emociones. El corazón es el lugar donde reside nuestra voluntad, nuestra mente, nuestras convicciones más profundas y nuestras pasiones. Cuando somos capaces de escuchar con el oído del corazón, escuchamos a los demás como Jesús los escuchaba, con toda el alma. Su Abba formó su corazón en aquellos tiempos de silencio y oración para enfrentarse a la vida de una forma que nos muestra el significado de esa humanidad nueva que ya vivía en Él por medio de la nueva ley del amor, la misericordia y la compasión. Escuchemos con el oído del corazón, y creamos que cuando lo hacemos, Dios forma, transforma y conforma nuestro corazón para ser imagen de Jesús.

Dejadme ahora hablaros desde una perspectiva personal, es decir, hablar lo que ha sido para mí esta semana desde que me llamasteis a ser Abad Primado. Juntos tenemos que agradecer al Abad Notker de nuevo sus 16 años de servicio desinteresado y de sacrificio para la orden benedictina. Tras esta semana veo todo lo que ha hecho y lo veo con nuevos ojos. Démosle las gracias.

A la luz de todo lo que el Abad Notker ha hecho, me siento muy pequeño ante una tarea tan grande. Y sin embargo hay dentro de mí una fuerza que me llama a hacer todo lo que pueda y a esforzarme al máximo. Mis 20 años como abad de Abadia de la Concepción han implicado muchas tareas y responsabilidades diferentes. Estos años han sido años de esfuerzo y trabajo, y me han permitido crecer en amor a mis hermanos de la Concepción, lo que hace que ahora me sea difícil dejarles. Les voy a echar mucho de menos, mucho de verdad. Con su bondad, su apertura, su oración, su obediencia, su fidelidad, su honestidad y su deseo de amar a Dios sobre todas las cosas, me han enseñado muchísimo. Sí, mucho me han enseñado. Ahora os toca a vosotros enseñarme las tareas que son las más importantes para los benedictinos y benedictinas de hoy.

Hace unos años los monjes de la Concepción tuvimos que ayudar a una de nuestras fundaciones pues necesitaban tanto líderes como miembros. La experiencia de ver cómo podemos ayudarnos y sacrificarnos por los demás, dando a los demás de la riqueza de nuestro personal, ha sido un camino de verdadera comunión entre comunidades. Cuando os pida personal para San Anselmo, quiero que sepáis que como Abad de la Concepción he dado alguno de los monjes más capacitados de mi monasterio para que ayudaran a otros. Fue un enorme sacrificio, pero ha sido algo muy importante para una comunidad que se está extinguiendo y que está preparándose para su fin. Pronto se mudarán a la enfermería de la Concepción, y formaran parte de nosotros.

Juntos deseamos reforzar los valores monásticos, los carismas, enseñanzas y prácticas que distinguen a la vida benedictina. ¿Por qué? Porque es en el silencio donde encontramos a Cristo que nos habla. Porque es en la práctica diaria de la lectio divina donde el Señor nos llama a crecer en la fe. Porque es en nuestra oración comunitaria donde también encontramos a Cristo que fue instruido por las palabras de los salmos a cumplir la voluntad de Dios. Porque es en la encarnación del misterio pascual en nuestras vidas la forma en que seguimos a Cristo más de cerca. Nunca dejamos de profundizar en estos valores monásticos, que crecerán cada año que pasemos en el monasterio. Siempre estamos en crecimiento: conversio morum. Antes de empezar con los agradecimientos, dejadme que añada algo. Para mí, el momento de estar rodeado de todos vosotros con mi mano en los Evangelios recitando el Credo y mi promesa de fidelidad a la Orden Benedictina y a la Iglesia, fue un momento de profunda emoción, gracia y fuerza. Qué hermoso símbolo de nuestra unidad, de nuestra oración, de nuestra fe y de nuestro apoyo los unos a los otros. Gracias por el regalo de ese momento de profunda fe. Lo recordaré cuando eche de menos a mis hermanos de comunidad, cuando haya cuestiones importantes, cuando haya desafíos graves. En ese momento me bendijisteis profundamente, y no lo olvidaré.

Ahora es el momento de dar las gracias a todos los que han trabajado con tanto empeño para ayudarnos en el Congreso. La Comisión Preparatoria merece una palabra especial de agradecimiento, por todos sus esfuerzos en reunirnos de forma unida y fraterna. El personal de la Curia, secretarios, moderadores del Congreso, han sido algunos de los héroes desconocidos quienes trabajaron tras las bambalinas de forma abnegada, para hacer que estos días estuvieran bien organizados. Gracias también a los muchos monjes, monjas y hermanas que han preparado los seminarios para estimular nuestros corazones y nuestras mentes. Habéis contribuido a que estos días sean enriquecedores y profundos. Miembros esenciales del Congreso fueron los traductores, tanto los que trabajaron aquí como los que prepararon los textos antes del Congreso. Si nos parece que hemos sufrido calor y humedad en la iglesia de San Anselmo, ¡pensad que sus cabinas han sido como saunas! Gracias por vuestros esfuerzos diarios para asistirnos. La Comisión Litúrgica trabajó muy bien preparando los folletos de nuestras celebraciones.

También gracias a todos los que sirvieron de hebdomadarios, lectores, cantores y organistas. La música trajo belleza, alegría y solemnidad a nuestras celebraciones. Gracias también al equipo de estudiantes que colaboró con su servicio invisible: lavar platos, preparar las mesas en las pausas, preparar los talleres, la recepción etc…tres comidas al día para 270 personas son muchos platos que fregar. Y por supuesto, gracias al personal de la cocina. Hemos comido estupendamente, y no olvidaremos el pastel del almuerzo de celebración del día de la elección.

Habría mucho que decir, pero ya ha habido demasiadas palabras. Rezad por mí, para que pueda servir a imagen de Cristo en el espíritu de san Benito. Os aseguro mi oración y apoyo.