Mensaje del papa Francisco a los
participantes del Congreso de abades y priores benedictinos
y de la Comunión Internacional de Benedictinas (CIB)

 

 

Queridos Padres Abades, queridas hermanas,

Con gozo os doy la bienvenida a todos. Saludo al P. Abad Primado Dom Notker Wolf, al que agradezco sus atentas palabras y especialmente el precioso servicio prestado durante estos años. Después de dieciséis años dando vueltas, ¿quién parará ahora a este hombre? Vuestro Congreso Internacional, que os reúne en Roma para reflexionar sobre el carisma monástico recibido de San Benito y sobre cómo permanecerle fiel en un mundo que cambia, tiene en esta ocasión un significado particular al producirse dentro del contexto del Jubileo de la Misericordia. Es Cristo mismo quien nos invita a ser “misericordiosos como el Padre es misericordioso” (Lc 6, 36); y vosotros sois testimonios privilegiados de este “como”, de este “modo” de operar misericordiosamente de Dios. De hecho, solo en la contemplación de Jesucristo se llega a ver el rostro de la misericordia del Padre (cfr. Carta Misericordia Vultus 1), la vida monástica constituye un camino ideal para hacer esta experiencia contemplativa y traducirla en un testimonio personal y comunitario.

El mundo de hoy demuestra cada vez más tener necesidad de misericordia, pero la misericordia no es un eslogan o una receta: es el corazón de la vida cristiana y al mismo tiempo su estilo concreto, el aliento que anima las relaciones interpersonales y nos hace atentos a las necesidades de los más necesitados y solidarios con ellos. Esto, en definitiva, manifiesta la autenticidad y la credibilidad del mensaje que la Iglesia debe anunciar y custodiar.

Efectivamente, en este tiempo y en esta Iglesia llamada a centrarse cada vez más en lo esencial, los monjes y las monjas guardan por vocación un don especial y una responsabilidad especial: la de mantener vivo el oasis del espíritu, en el cual los pastores y los fieles pueden alcanzar la fuente de la misericordia. A causa de esto, en la reciente Constitución Apostólica Vultum Dei quaerere, me dirijo a las monjas y por extensión a todos los monjes: “Sea para vosotros ahora y siempre válido el lema de la tradición benedictina “ora et labora”, que educa para encontrar una relación equilibrada entre la tensión hacia el Absoluto y el compromiso en las responsabilidades cotidianas, entre la quietud de la contemplación y el dinamismo del servicio” (32).

Buscando, con la gracia de Dios, vivir como misericordiosos en vuestras comunidades, anunciáis fraternidad evangélica desde todos vuestros monasterios repartidos a lo largo y ancho del planeta; y lo hacéis mediante ese silencio activo y elocuente que deja hablar a Dios en la vida ensordecedora y distraída del mundo. El silencio que vosotros observáis y del que sois custodios sea el necesario “supuesto previo para una mirada de fe que capte la presencia de Dios en la historia personal, en la de los hermanos y hermanas que el Señor os encomienda y en los acontecimientos del mundo contemporáneo” (ibíd. 33). Aunque viváis separados del mundo, vuestra clausura no es estéril, es más, es “una riqueza y no un obstáculo a la comunión” (ibíd. 31). Vuestro trabajo, en armonía con la oración, os hace participar de la obra creadora de Dios y os hace “ser solidarios con los pobres que no pueden vivir sin trabajar” (ibíd.32). Con vuestra típica hospitalidad, podéis encontrar a los más alejados y marginados, a todos los que se encuentran en una situación de grave pobreza humana y espiritual. También vuestro compromiso con la educación y la formación de la juventud es muy apreciado y altamente cualificado. Los estudiantes de vuestras escuelas, a través del estudio y de vuestro testimonio de vida, pueden convertirse en expertos en ese humanismo que se desprende de la Regla Benedictina. Vuestra vida contemplativa es también un canal privilegiado para alimentar la comunión con los hermanos de las iglesias orientales.

Que la ocasión de este Congreso Internacional refuerce vuestra Federación, a fin que siempre y del mejor modo esté al servicio de la comunión y de la cooperación entre monasterios. No os desaniméis si los miembros de vuestras comunidades monásticas disminuyen y envejecen; al contrario, conservad el celo de vuestro testimonio incluso en los países hoy más difíciles, con la fidelidad al carisma y la osadía de fundar nuevas comunidades. Vuestro servicio a la Iglesia es precioso. Incluso en nuestro tiempo, se necesitan hombres y mujeres que no antepongan nada al amor de Cristo (Cfr. Regla de San Benito, 4.21; 72.11), que se alimenten cada día de la Palabra de Dios, que celebren dignamente la santa liturgia, que trabajen activamente y en armonía con la creación.

Queridos hermanos y hermanas, os agradezco vuestra visita. Os bendigo y os acompaño con mi oración. Por favor, rezad por mí, lo necesito.
Gracias