Padre Bernardo Bonowitz, OCSO
Abad del Monasterio Señora de Nuevo Mundo (Brasil)

 

La vida monástica hoy: Comunión a la luz de la Palabra de Dios

 

BonowitzEl padre Bernardo Bonowitz es un monje trapense, autor de numerosos artículos y libros; su audiencia supera largamente su monasterio y su país, Brasil. Es originario de Bielorrusia. Propone un enraizamiento de la vida monástica en la Palabra de Dios. Esta aproximación no se debe leer solamente, sino vivirla. Hay ahí una bellísima vía de salvación para nuestros monasterios, sea cual sea el número de sus miembros, su situación, su historia y las personalidades que forman la comunidad.

 

Introducción

Cuando me ofrecieron, hace treinta años, el cargo de maestro de novicios, acepté con una condición: que se me dispensara de enseñar la Regla, un texto que me parecía carecer absolutamente de aquella espiritualidad mística a la que mi alma aspiraba ardientemente. Un mes más tarde, durante nuestra visita canónica regular, el Padre Inmediato me dijo que yo podía seguir de maestro de novicios sólo si aceptaba enseñar la Regla: “La enseñanza de la Regla es parte del oficio de maestro de novicios”. Desde entonces pasé, agradecido, estos treinta últimos años buscando mi camino dentro de la Regla y, como Teseo sin su ovillo de hilo, no puedo ni quiero encontrar la puerta de salida. Todo esto para decir que la reflexión de esta mañana se desarrollará en el contexto de la Regla.

La Regla, en el Prólogo, indica al hombre la gran tarea de su existencia: volver a Dios del cual se había alejado. En una única vida, irrepetible, sin una segunda oportunidad, tiene que pasar de un estado de alejamiento al de intimidad, hasta que llegue a la tienda del Señor, a su santa montaña, a su reino, a la vida eterna.

Quitar este imperativo de la Regla implica privarla de su dinamismo y de su significado, como pinchar el globo y dejar escapar todo su aire, de modo que la Regla queda reducida a… nada. San Benito, como un pius pater, nos recuerda con frecuencia a lo largo de la Regla este trabajo fundamental de nuestra existencia, y esto más particularmente por medio de algunos de los más eficaces instrumentos de las Buenas Obras como: “Vivir en el temor del día del juicio, tener horror del infierno”. Estos son mis preferidos por su granítica solidez. Ustedes pueden tener otras preferencias.

 

I.- Comunión

Pero ¿cómo cubrir la distancia que nos separa de Dios y llegar a su intimidad? San Benito ofrece una serie de respuestas complementarias: por medio del trabajo de la obediencia, por medio del crecimiento en la fe y las buenas obras, por medio de la ascensión por la escalera de la humildad, por medio de la aceptación y la perseverancia en las dura et aspera. Hacia el final de la Regla da otra respuesta, que para mí resulta cada día más preciosa por medio del “buen celo que separa del mal y conduce a Dios y a la vida eterna”. Este capítulo 72 que nos resulta tan familiar se refiere al empeño espontáneo, continuo y creciente de los monjes que quieren hacer de la comunidad monástica un auténtico lugar de comunión, un lugar de intercambio donde el amor mutuo sea humildemente puesto en práctica: entre cada uno de los monjes en su trato diario, donde el amor llega a ser affectus que prevalece en toda la comunidad, entre cada monje y su abad, entre la comunidad y Cristo. Este trabajo diario con el fruto que de él dimana constituye el opus Dei monástico; comprometidos en su fiel cumplimiento quedamos listos para “ser conducidos todos juntos por Cristo a la vida eterna”. Como el P. de Lubac explica al principio de su Catolicismo, así como la ruptura de nuestra relación con Dios por el pecado original está inseparablemente ligada a la ruptura de las relaciones con nuestros semejantes, así la reconstrucción de nuestras mutuas relaciones es parte integrante de la reconstrucción de nuestra relación con Él. Para todos los que desean volver a Dios y llegar a la vida eterna, vivir y permanecer en comunión es el camino necesario para lograr este objetivo.

La Regla busca reforzar esta comunión ya sea explícita o implícitamente, y esto de múltiples formas. Lamentablemente, durante mucho tiempo hemos considerado muchos de estos “stimuli” como simples detalles de organización o simples consejos para crecer en la perfección individual. A mi parecer, algo tan simple como observar la puntualidad en el Oficio Divino no apunta en primer lugar al “buen orden” o al crecimiento en el dominio de sí mismo, sino más bien a la creación de un clima espiritual en el cual podamos “glorificar a una sola voz a Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo” (Rom 15, 6); para su gloria, sin duda, pero también para una serena experiencia de nosotros mismos como una comunidad unida en oración. La distribución de bienes “según la necesidad de cada uno” no es una solución salomónica de los altercados que surgen de los celos y del afán de poseer, sino una profunda enseñanza sobre la construcción de una alegre comunidad fundada en la mutua comprensión y aprecio, comprensión y sensibilidad frente a la realidad de las necesidades de nuestros hermanos, sean mayores o menores que las mías. “No dejarse llevar por la ira” significa mucho más que subir un escalón en la ascensión hacia la aphateia evagriana; el acento está puesto no en la superación de mi enojo personal, sino más bien sobre la bendición que mi pacífico e invisible trabajo sobre mi cólera (cara sin enojo, voz sin enojo, ademanes sin enojo) llevará a mi comunidad, esperando que ninguno se haya percatado del peligro evitado. Ciertamente las severas advertencias de san Benito respecto a la murmuratio surgen de su convicción de que cualquier tolerancia en esta materia es el mejor medio de debilitar y disolver la comunión y entregarse irresponsablemente a la maledicencia y a las quejas.

Si hacemos más esfuerzos en poner en práctica todas estas recomendaciones, evidentemente prestaremos un buen servicio a la construcción de la comunidad. Pero estas recomendaciones solamente tienen sentido si son la expresión de convicciones y de deseos profundos respecto a la naturaleza y a la vida de nuestra comunidad. Son precisamente estos deseos y convicciones los que debemos comprender y esforzarnos en encarnar si queremos volver a darle vida a nuestra comunidad y si queremos conseguir el objetivo trascendente de nuestro viaje.

La primera de estas convicciones tiene que ver con la identidad, más exactamente con la aceptación asumida libremente de una identidad común. Dado que somos miembros de una comunidad monástica, nuestras identidades individuales no pueden ser separadas de nuestra identidad común en cuanto koinonia viviente. Así como, precisamente porque no existe una línea punteada que indique el límite entre cada ser humano y Dios, un ser humano no puede separarse de Dios sin caer en el desastre de una desintegración personal, desnaturalizarse a sí mismo. Del mismo modo los miembros de una comunidad monástica participan de una única identidad compartida y colegial. No podemos ser menos solidarios en nuestra auto comprensión que el pueblo elegido de la Antigua Alianza, ni estar menos unidos orgánicamente que los miembros de cualquier comunidad cristiana, “un solo cuerpo, un solo espíritu en Cristo”. Realmente “no es bueno que el hombre esté solo” y Dios nos ha dado la comunidad monástica como remedio para nuestra soledad. Durante muchos años he discutido con un querido anciano de nuestra comunidad quien, rezando por un monje en particular en una ocasión peculiar siempre pedía por su familia y su comunidad. Mi problema es el orden de sus peticiones.

El monasterio pasa a ser para nosotros, al mismo tiempo nuestra familia y nuestra comunidad, nuestra primera referencia interpersonal, nuestro interlocutor humano más importante, el lugar que ha llegado a ser sin ninguna duda nuestra casa, el conjunto de personas que más queremos.

No tendría sentido construir un hogar permanente con personas que no signifiquen nada entre sí, y hoy en día los jóvenes no obstante su aparente rigidez y formalismo, están buscando intensamente el lugar de su pertenencia. Esto decidirá si se quedan o se marchan.

La segunda convicción indispensable para la formación de una genuina comunión es asumir una profunda responsabilidad de unos para con los otros. Si hay una pereza, una desidia que puede distanciarnos de Dios, hay igualmente una desidia que obstaculiza la solicitud pastoral que tenemos que tener los unos para con los otros. Es una pasividad del todo inaceptable observar el gradual deterioro de la vocación de un hermano, de su vida espiritual, de su conducta moral y de su salud psicológica dando alegremente por descontado que de todo esto ya se está ocupando el abad. Nosotros que hemos llegado a ser tan libres y desprejuiciados para hablar y opinar sobre cualquier cosa, no podemos considerar como un tema tabú el grave peligro que corre un miembro del cuerpo al que pertenecemos. La medalla oficial del Vaticano para el año de la Misericordia representa al Buen Samaritano. Nosotros no arriesgamos pasar al otro lado del camino, cuando un hermano ha sido asaltado interior o exteriormente. En una comunidad monástica para vivir en comunión hoy es necesario que todos los miembros participen en la cura pastoralis, ante todo en la cura, el asistir. Hace muchos años, poco después de mi llegada a Brasil, mi hermana telefoneó para decirme que mi padre, después que le diagnosticaron párkinson, había entrado en una crisis sicológica y había consumido una sobredosis de pastillas para dormir. Hice todos los preparativos para viajar, para estar cerca de él. Dediqué angustiado cierto tiempo a la oración para discernir si debía decir toda la verdad a mi comunidad antes de tomar el avión. Decidí que sí: eran mi comunidad, tenían el derecho y la necesidad de ser informados y yo necesitaba su apoyo. Cuando los convoqué a Capítulo y les anuncié la noticia, su respuesta… no hubo respuesta, excepto alguna palabra de una o dos personas. Comprendo su sorpresa y su perplejidad ante la situación, pero para mí aquel momento fue una revelación del largo camino que nos quedaba por recorrer hacia la comunión. Para san Bernardo (a juzgar por la frecuencia de sus citas) casi nada es más importante en una comunidad monástica que “alegrarse con los que se alegran y llorar con los que lloran” y esto de manera audible y palpable. Así tiene que ser visible la comunión fraterna en la asistencia mutua.

La tercera convicción tiene que ver con el empleo de nuestras energías (capacidades). Leí una vez en una biografía de Edith Stein que, en 1916 interrumpió sus estudios del doctorado en filosofía para servir en el frente como enfermera en la Primera Guerra Mundial. ¿Por qué? “Todas mis energías pertenecen al gran objetivo”. El funcionamiento de un monasterio en todos sus niveles, los talleres, el oficio coral, las tareas pastorales en el exterior, la atención a las emergencias médicas, la explosión de un escándalo, exigen una comunidad de miembros que sean otros tantos Edith Stein si se pretende una empresa eficaz. Durante mi noviciado me decían: el monasterio pedirá de ti todos tus talentos y más. Aquí, en Novo Mondo, hablamos de la “ley de la conservación de los cargos”. Que sean pocos o muchos los hermanos que se ofrezcan generosamente a la realización de las miles de tareas que se generan por el mero hecho de constituir una comunidad monástica, igual el número de obligaciones permanece sin cambiar. La cuestión es simplemente saber cuántas espaldas hay disponibles y cuánto peso tendrá que cargar cada una. Nada contribuye más a la construcción y al dinamismo de la comunión en un monasterio que la disponibilidad de los hermanos a emprender tareas, a aceptar trabajos previstos o imprevistos, a largo o a corto plazo. Nada destruye más la comunión que la actitud de autodefensa por parte de los hermanos cuando intuyen la posibilidad de que se les pida algún favor. He oído decir que en muchas comunidades monásticas hay una población de “tesalonicenses” que no participan de ningún modo en las numerosas responsabilidades del monasterio. Es imposible que la comunión florezca en un monasterio donde habita una clase ociosa. Y el problema no es solamente la falta de mano de obra y la sobrecarga de los más generosos. Nadie vive la comunión, porque su opuesto ha sido aceptado como statu quo.

La cuarta y última convicción es la aceptación de vivir para el futuro de la comunidad. Hay un conjunto de actitudes, hábitos, comportamientos, convicciones, fidelidades, prácticas de autodisciplina que constituyen un signo profético y una promesa de continuidad para la comunidad. Muchas de estas se relacionan con el contexto que acabamos de presentar referente a las tres primeras convicciones. Un irreductible sentido de pertenencia a esta comunidad, un delicado pero despierto amor a cada uno de los hermanos (estoy persuadido de que pedir esto a cada uno de los hermanos sin excepción, no es pedir demasiado o lo imposible, sino precisamente la justa medida), una disponibilidad para el servicio que la comunidad necesita en ese momento, tomados en conjunto estos criterios constituyen una suerte de garantía de que la comunidad prosperará, prosperará ciertamente de la manera más importante llegando a ser gradualmente el Reino hacia el cual avanza. También es cierto que existe en algunos monjes una especie de empecinamiento, un rechazo a emprender el trabajo de conversión que forma parte de la comunión, una repugnancia a deshacerse de aquello que evidentemente es destructivo para la unidad de los hermanos. Es esta obstinación en el individualismo la que aparece como el presagio de una comunidad que se dirige hacia la decadencia o incluso la extinción. A veces uno tiene la impresión de que este endurecimiento manifiesta un deseo latente de que la comunidad deje de existir. “Pero si os mordéis y os devoráis los unos a los otros, tened cuidado que no vayáis a destruiros mutuamente” (Gal 5,15).

 

II.- Iluminado por la Palabra de Dios

Me pregunto si alguno de ustedes ha participado alguna vez del servicio sinagogal del Simchat Torah (“alegrarse con la Ley”), la fiesta que tiene lugar inmediatamente después del Sukkoth, la fiesta de los Tabernáculos. Si habéis asistido a ella seguro que recordaréis la apertura del arca, la danza y el canto de la asamblea en la sinagoga y también la procesión en el exterior con los rollos de la Torah acompañados por la asamblea exultante, cuando todos se empeñan en besar los rollos de la Torah a su paso. Lo que la celebración de esta fiesta transmite de una manera tan vibrante es que la Palabra de Dios no es un libro. Es su revelación, Dios mismo que se hace presente, cosa que acaece una y otra vez, siempre que se proclama la Torah.

1° Ésta es la primera forma cómo la Palabra de Dios ilumina nuestra comunión. La Palabra de Dios genera comunión. La presencia de la Palabra de Dios en la iglesia monástica y la espera de su proclamación reúne a los monjes en la iglesia, para estar con Dios que se revela. La lectura de la Palabra de Dios en la liturgia es un encuentro personal de unión: nos une a Él que habla y nos une entre nosotros en cuanto somos los que lo amamos y deseamos estar presentes para escucharlo. Esta unidad en la escucha de Dios que se revela en su Palabra precede a toda consideración sobre la comunión de tipo meramente humano y social. Dios en su Palabra es la fuente de nuestra comunión.

2° La Palabra de Dios es una luz para nuestra comunión porque es su enseñanza autorizada y viviente sobre sí mismo, sobre nosotros mismos, nuestro mundo y cómo desea que vivamos en su presencia como su pueblo. La Palabra de Dios habla con autoridad y no como los escribas. Él es el texto sagrado, ellos, los escribas, son el comentario. Sin dejar de considerar toda la alegría e intimidad que el monje puede experimentar, y esperemos que lo logre, en su lectura contemplativa de las Escrituras, la Palabra de Dios es proclamada no tanto para ser saboreada como para ser obedecida. Ésta es la principal bienaventuranza que Jesús proclama en el Evangelio: “Bienaventurados los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica” (Lc11,28) (Muchas imágenes de San Benito lo representan sosteniendo un rollo con las palabras del Prólogo tomadas de Mt 7,24 “El hombre que escucha mis palabras y las practica”). La Palabra de Dios ilumina nuestra comunión porque la define y orienta. Nosotros no inventamos nuestra comunión o las condiciones de nuestra comunión. La escucha de la Palabra de Dios implica nuestro compromiso de ponerla en práctica, y su escucha repetida implica la renovación de nuestro compromiso de cumplirla siempre más plena e integralmente, cada vez más de acuerdo con su intención. Pensemos en el compromiso solemne del pueblo a obedecer la Palabra de Dios en el Sinaí y la renovación de los compromisos de la Alianza después de la lectura de la Ley por parte de Esdras. Nuestra comunión será solamente una ilusión si no está iluminada por “los preceptos del Señor”.

3° En tercer lugar la Palabra de Dios ilumina nuestra comunión porque nos enseña constantemente que la vida humana es comunión. La Palabra de Dios no es una novela para leer en la cama después de completas o un poema para disfrutarlo paseando por los jardines del monasterio. Es el “libro de la Alianza” entregado al Pueblo destinado a ser un instrumento privilegiado en la construcción y la santificación de este Pueblo. Cada libro de la Biblia es extraordinariamente “popular”. Dios jamás habla a un individuo para convertirlo en un místico, para desarrollar con él “una amistad particular”. La finalidad de su llamada y conversación con cada uno de sus interlocutores es que lleguen a ser jueces, profetas, predicadores. Elías y Juan Bautista, siempre considerados “solitarios” por la tradición monástica, eran para el pueblo precursores del camino hacia el Señor, maestros de arrepentimiento y heraldos de su justicia. Hasta el Cantar de los Cantares por más intimista y exclusivo que pueda parecer, fue aceptado como canónico por los rabinos de Yahweh porque lo entendieron como una representación del amor apasionado entre Dios y su pueblo por medio de la comparación convincente para todos del amor conyugal. Ésta es una de las formas por las cuales el ciclo litúrgico nos hace tanto bien. En lo posible, no podemos quedar estancados en aquellos pasajes de la Sagrada Escritura que tienden solamente a una interpretación individualista. Somos constantemente sumergidos una y otra vez en la historia del pueblo de Dios, a fin de que podamos comprender finalmente que el monasterio en vez de ser el lugar de la “huida del mundo” es, en expresión de Merton, el punto de arranque para volar hacia la unidad, para volver a unir y soldar los huesos dispersos de una humanidad herida y destruida.

4° Llegamos al cuarto punto. Pienso que en esta asamblea hay algunos admiradores de Kierkegaard. Los que están familiarizados con sus “Discursos edificantes” o con sus “Obras de Amor” saben que en estos escritos todo el esfuerzo tiende a dejar que la palabra bíblica tenga su efecto pleno e integral. A fin de que la Palabra de Dios sea luz para nosotros, es necesario en primer lugar que sea escuchada en toda su intensidad y en la plenitud de sus exigencias. Kierkegaard con frecuencia apunta a este objetivo desmenuzando el versículo bíblico palabra por palabra, obligándonos a examinar lo que cada una significa antes de casi aturdirnos al proponernos el versículo entero con su sorprendente acumulación de sentidos y recomendaciones divinas. ¿Qué significa realmente el mandamiento “amarás a tu prójimo como a ti mismo”? (El texto es estudiado en la primera parte del ya citado “Obras de Amor”). ¿Qué tenemos que entender cuando al escuchar la Palabra de Dios nos encontramos con versículos como estos: “cuando te inviten a un banquete ve a ocupar el último lugar” (Lc 14,10) o “que vuestro amor sea sincero” (Rom 12,9) o también “amaos los unos a los otros con intenso amor fraterno” (1 Pe 1,22)? Soy un gran admirador de Kierkegaard, pero para hacer lo que él hizo, dejar que la luz de las Escrituras ilumine nuestra comunión, no es necesario ser danés, ni existencialista, sino simplemente monje. El objetivo de la constante repetición de los mismos textos, en el Oficio, en la Eucaristía, en la Lectio Divina o en la larga repetición de la Lectio Divina a lo largo del día en la memoria Dei, es precisamente el promover un sensus plenior cada vez más amplio, una comprensión cada vez más profunda de las implicancias de un texto escriturístico y una voluntad cada vez más firme de cumplir con el mandato “haz esto y vivirás”. Pareciera que el Papa Francisco ha dedicado décadas de su vida o quizás toda su vida a permitir a la Palabra de Dios y al Espíritu de Dios iluminar su inteligencia y modelar su corazón para llegar a ser capaz de penetrar este único versículo bíblico: “Practica la justicia y ama la misericordia” (Miq 6,8). Como monjes estamos llamados a tomar en serio la Escritura o mejor, a pasar de una comprensión o motivación vaga y difusa del texto a una profunda captación y aplicación de su verdadero sentido. ¿Qué pasaría si en una reunión o un capítulo conventual, o también en un congreso de abades, de repente todos al mismo tiempo cayeran en la cuenta del sentido del versículo “ama a tus enemigos”? ¿No formaríamos un repentino y glorioso Bedlam (Nota del traductor italiano: uno de los primeros manicomios ingleses que adoptó la terapia sicológica) con toda clase de reconciliaciones y perdones que surgen de todas partes de la sala? ¡Ya no tendríamos nada que envidiar a los judíos de Simchat Torah!

5° Pero ¿el paso de la iluminación a la práctica resulta así de natural? Con esto llegamos a la quinta manera cómo la Palabra de Dios ilumina nuestra comunión. Cuando leemos que “la Palabra de Dios es viva y eficaz”, espero que comprendamos que su “ser más penetrante que una espada de doble filo” (Heb 4,12) se refiere tanto al modo cómo entra en nosotros como al modo cómo sale de nosotros. Dicho de otra manera, la Palabra es potencia no solamente en cuanto nos sondea y lee nuestros pensamientos íntimos más secretos, sino que también es potencia que sale de nosotros. Así como “una fuerza salía de Jesús” sale de nosotros la fuerza de la Palabra que hemos recibido en la fe y la obediencia y hemos abrazado por amor. La Palabra nos da la fuerza para realizar todo lo que nos manda hacer. La escucha y la asimilación de la Palabra de Dios no es un proceso que termina cuando la hemos escuchado y hemos sido juzgados por ella. No es el final del viaje sino la mitad del mismo. A causa de su infinita potencia, la Palabra recibida dentro nuestro es capaz de superar todos los obstáculos y de transformar toda nuestra existencia en su expresión fiel, en un ícono de sí misma. En su tratado “De Contemplando Deo”, Guillermo de Saint Thierry dice que el don del Espíritu Santo, como maestro interior de amor, se nos da no solamente para que experimentemos que nosotros mismos somos amados por Dios o incluso para tener alguna experiencia de cómo Dios nos ama, sino más bien para hacernos capaces de amar a Dios con el mismo amor del Espíritu Santo. De forma análoga el don de la Palabra no termina su misión en el mero hecho de ser escuchada, sino transformándonos en “actores de la Palabra” (Sant 1,22). Es la promesa que la Palabra misma nos ha hecho por boca de Isaías: ella no vuelve a Dios estéril, sino solamente después de haber completado su misión de hacernos capaces de vivirla íntegramente. En la primitiva literatura monástica aparece esto en la Vida de San Antonio, cuando Antonio entre las tumbas canta: “Aunque acampe un ejército contra mí, mi corazón no temería” (Sal 26,3)… y gracias al poder de la Palabra de la Escritura supera el miedo.

6° La sexta manera, la última que voy a presentar esta mañana, es la manera cómo la Escritura hace brillar nuestra comunión a través de su belleza. Especialistas en la traducción de la Sagrada Escritura afirman que mientras las traducciones del siglo sexto usan una terminología moral, la Vulgata usa un lenguaje de belleza. Ignoro si alguna lengua moderna tiene una palabra equivalente a la latina “jucumdum” para evocar las delicias de nuestra comunión monástica. Tampoco conozco una traducción que pueda comunicar la piedad y devoción a la casa donde juntos servimos al Señor de una manera mejor que “Domine, dilexi decorem domus tuae et locum habitationis gloriae tuae” (Sal 25,8). Dejando de lado el latín, textos tan diferentes como Hechos 4 o Juan 17 nos cautivan particularmente por su belleza. Cuando meditamos sobre el texto: “La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma” (Hch4,32) o el texto: “Padre Santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros” (Jn 17,11), no nos encontramos frente a una idea o una tarea sino ante una visión de la realidad. Y si logramos desembarazarnos de nuestra sabiduría mundana y de nuestra inclinación a la tristeza esa visión nos atrapa. Esto es lo que san Ignacio llama id quo volo. Esto es lo que deseamos. Y este deseo nos impulsa a buscar comunión.

Finalmente una palabra respecto al papel privilegiado del abad en todo esto. Según la Regla de San Benito (RB 2,5) compete al abad tomar la Palabra de Dios proclamada en la liturgia y meditada en la lectio divina y, como se hace con la levadura, hacerla penetrar en la mente de los hermanos ya sea por medio de su enseñanza, ya sea por las decisiones que toma. Ha recibido la gracia y la responsabilidad de iluminar con la Palabra de Dios la realidad de la comunión, de demostrar con sus palabras y sus obras que la Escritura en todas sus páginas tiene siempre por objeto el retorno del hombre a su Creador, una peregrinación que hay que hacer juntos y en paz, una peregrinación que coincide con el proceso de maduración de la comunidad en la comunión. A pesar de la dura advertencia sobre la cuenta que tendrá que rendir el día del juicio, para un auténtico abad la alegría es mucho mayor que el riesgo. No desestima el riesgo, pero la alegría de apacentar a los hermanos en la verdadera comunión es irresistible.