Hermano Alois Loeser
Prior de Taizé (Francia)

La vida monástica hoy,
una comunión iluminada por la Palabra de Dios

 

FAloisNo es necesario presentar Taizé ni a su prior. Todo el mundo conoce la bella realidad ecuménica y monástica que constituye la comunidad de Taizé. El hermano Alois, sucesor de su fundador y prior el hermano Roger, no cesa de predicar la comunión, la reconciliación y la solidaridad entre todos. Muestra como esta fraternidad está iluminada por la Palabra de Dios, nutriente y compartida. Es éste el precioso testimonio de una realidad rejuvenecida por la venerable institución benedictina.

 

Querido Padre Abad Primado, queridos padres abades.

Agradezco de todo corazón el haberme invitado a participar en su congreso. Pero debo decirles que veo mi presencia aquí con un poco de humor. El hermano Roger escribió que Taizé no era más que un simple brote injertado en el gran árbol de la vida monástica, sin el cual no podría vivir. ¿Qué puede aportar un pequeño brote a las grandes ramas del árbol que, desde siglos, se erigen sólidamente hacia el cielo? Mi lugar debería ser más bien el de quedarme en silencio para escucharlos y dejarme alimentar por la sabia de la que están provistos.

Pero ya que estoy aquí para hablar, lo mejor es que exprese con sencillez cómo intentamos vivir la vida monástica en Taizé. Así, el tema se vuelve muy accesible para mí, pues la búsqueda de la comunión, iluminada por la Palabra de Dios, está en el corazón de nuestra vocación. La fuente es la comunión con Dios; éste será mi primer capítulo. El objetivo: una vida fraternal vivida en profunda comunión los unos con los otros, ésta será la segunda parte. La consecuencia, la comunión que se vuelve misionera: ésta será la tercera parte.

En cuanto a la luz dada por la Palabra de Dios, todavía me resuena un testimonio escuchado durante el sínodo de 2008 consagrado a la Biblia y su lugar en nuestra vida. Un obispo de Letonia contó que en su país, durante el régimen comunista, un sacerdote llamado Víctor había sido arrestado porque poseía una Biblia. Los agentes del régimen lanzaron la Biblia al suelo y ordenaron al sacerdote que la pisoteara. Sin embargo, él se arrodilló y besó el libro. Fue condenado entonces a diez años de trabajos forzados. Escuchar un testimonio como éste permite comprender hasta qué punto la Biblia ha sido amada y ha transformado vidas. Quisiéramos que éste sea también nuestro caso, y los numerosos mártires y testigos de nuestros días son para nosotros un reflejo muy claro de la Palabra viva de Dios.

 

Comunión personal con Dios

Comienzo en la fuente de toda vida monástica: la comunión con Dios. Como luz dada por la Palabra de Dios, tomo el relato de la Transfiguración.

Nuestro pueblo de Taizé está situado a diez kilómetros de Cluny. Hace cinco años se festejó el décimo primer centenario de la fundación de la gran abadía. Usted mismo, querido Abad general, estuvo presente en aquella ocasión. Nuestra comunidad fue entonces invitada a celebrar una oración en lo que queda de la antigua iglesia de Cluny y yo expresé todo lo que le debemos al hecho de ser vecinos. Nuestra comunidad no ha buscado imitar a Cluny; no obstante, ha sido inspirada por la larga experiencia de sus monjes. Tenemos en común con ellos el acento puesto en la belleza de la liturgia, del lugar para la oración, del canto, que abre el corazón a una comunión personal con Dios.

Los cristianos de Oriente fueron los primeros en celebrar la Transfiguración de Cristo y no es casualidad que esta fiesta fuera introducida en Occidente en el siglo XII por el Abad de Cluny, Pedro el Venerable. Ya en los primeros años de nuestra comunidad, el hermano Roger dio también un lugar central a esta fiesta. ¿Por qué es tan importante la Transfiguración?

El relato del Evangelio muestra a Jesús en la montaña, en oración, en una gran intimidad con Dios. Una voz se hace oír: “Éste es mi Hijo amado”. El misterio de Jesús aparece ante los ojos de los discípulos: su vida consiste en esta relación de amor con Dios, su Padre. Cuando, en la oración, miramos la luz de Cristo transfigurado, poco a poco ésta se interioriza en nosotros. Cada uno de nosotros es también el hijo amado de Dios. Como Jesús, podemos abandonarnos en Dios. Y a su vez, Él transfigura nuestra persona: cuerpo, alma y espíritu. De esta manera, incluso las fragilidades y las imperfecciones se convierten en una puerta por la cual Dios entra en nuestra vida personal y en nuestra vida comunitaria. Los espinos que obstaculizaban nuestro caminar común alimentan un fuego que alumbra el camino. Nuestras contradicciones, nuestros miedos, quizás permanezcan. Pero, por el Espíritu Santo, Cristo viene a penetrar aquello que nos inquieta de nosotros mismos y de los demás, hasta el punto de que las oscuridades son iluminadas. Nuestra humanidad, nuestras diferencias, no son abolidas: Dios las asume, Él puede darles cumplimiento. Nuestra mirada hacia Cristo transfigurado permite que, en nuestras vidas, el cielo y la tierra se unan.

Perseverar en la vida monástica supone perseverar en una espera contemplativa. Estar ahí, sencillamente, gratuitamente. Aunque no siempre logremos expresar ese deseo interior con palabras, hacer silencio es ya expresión de una apertura a Dios.

La Virgen María es la imagen de una espera silenciosa y ardiente de Dios. Desde siempre fue amada y preparada por Dios para lo que Él iba a pedirle. Y sin embargo, ninguno de sus vecinos habría podido adivinar el misterio que María de Nazaret portaba en ella. ¿Acaso no suceden los misterios más grandes en un profundo silencio?

La vida contemplativa no puede desarrollarse sin ascesis. Una ascesis que no pretende ante todo el perfeccionamiento personal, sino que nos hace más aptos para la comunión con los demás. Cuando Christian de Chergé, prior de Tibhirine, reflexiona sobre el martirio, no piensa tanto en la muerte violenta como en el “martirio del amor” llevado a cabo en la vida cotidiana. Escribe: “Dimos nuestro corazón a Dios “al por mayor”, y él nos lo toma “al detalle”.

¿Qué nuevas formas de ascesis se nos piden en una sociedad cada vez más técnica y que cambia a una velocidad vertiginosa? No puede tratarse de caer en un antimodernismo ya que el desarrollo moderno abre valiosas posibilidades de estar informados y de comunicarnos en profundidad. Pero, a su vez, vemos la necesidad de lugares donde se dé el tiempo para maduraciones que son indispensables y donde se provea la escucha del otro. Ello implica una conversión de la búsqueda de eficacia a la cual nuestras sociedades nos empujan. En Taizé, nos impresionan los jóvenes que, después de una estancia de una semana, jóvenes completamente normales que viven en el mundo moderno, dicen a menudo que lo más importante fue el silencio.

Una forma de ascesis es el celibato, y es imposible hablar de él sin hablar de la alabanza. Cantar por ejemplo el salmo 91, “Quien habita al amparo del Altísimo puede poner en él su confianza”, y desde ya se renueva nuestro sí a Dios. Atreverse incluso a una alabanza pobre, balbuceante. Esta alabanza debe ascender desde nuestro ser y, a veces, del fondo de nuestra miseria. En esta alabanza, no se trata de querer presentar a Dios algo perfecto, sino de presentarle nuestro ser. Entramos en el Reino de Dios caminando como cojos.

La renuncia libre del celibato implica renuncias en otros aspectos. Por ejemplo, puede haber en nosotros la tentación de buscar compensaciones en el orden material. Pero no podemos vivir verdaderamente el celibato al tiempo que queremos tener posibilidades materiales sin medida.

Para vivir bien el celibato, se me ocurre decir a mis hermanos que lo que importa es no descuidar la sensibilidad por la belleza. Sin momentos de gratuidad, de belleza, se instala un desequilibrio que no ayuda a avanzar. Como los discípulos de Jesús, aprendemos que lo que va a suceder no se desarrolla según nuestros sueños, sino que es algo mucho más grande que engloba dichas y penas. Nuestro avance nos conduce a un desprendimiento cada vez mayor de nuestra propia voluntad, de nuestro apego a los bienes materiales y quizás incluso de nuestra espiritualidad. En ello seguimos a Jesús, el Cristo, que nos dice: “Felices los pobres”.

Para abandonarnos enteramente en el amor de Dios, nuestro compromiso para toda la vida sigue siendo fundamental. El compromiso de por vida, en el matrimonio o en el celibato, es cuestionado cada vez más. La longevidad aumenta; la psicología revela, a veces a posteriori, inmadureces que estaban ahí en el momento de la decisión, y pueden existir situaciones donde se imponga dejar el camino de la vocación. Pero quisiera insistir con fuerza en la necesidad de cuidar todavía más este pilar que es un compromiso sin vuelta atrás. A este respecto, en Taizé buscamos cómo intensificar el tiempo de preparación, el noviciado; y cómo renovar el compromiso de por vida en ciertos períodos cruciales de nuestra existencia.

En una vida de comunión con Dios, vamos de comienzo en comienzo. Leyendo la Biblia, vemos que Dios jamás se cansa de retomar el camino con nosotros. Tampoco nosotros podemos, jamás, cansarnos de recomenzar una y otra vez.

 

Comunión fraternal

En este recomenzar incesante, cada uno está invitado a preguntarse: ¿Qué paso adelante se me pide ahora? No se trata necesariamente de hacer más. A lo que estamos llamados es a amar más. Y esto me lleva a un segundo aspecto que quisiera abordar: la vida monástica nos estimula a una comunión cada vez más profunda de unos con otros, una vida fraternal fundada en el amor recíproco. Es una prioridad. Sin ella, una comunidad podría realizar obras magníficas pero eclipsar el signo de Dios que quiere ofrecer.

Para dejar que la Palabra de Dios ilumine esta comunión, un vistazo a los Evangelios nos ayuda. Al hablar de amor, los sinópticos y san Juan se expresan de maneras un tanto diferentes.

En el Evangelio de Juan, Jesús hace un llamado al amor recíproco: “Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 13, 34). Jesús acaba de lavar los pies a sus discípulos. En su seguimiento, el amor recíproco les pedirá el don de sí mismos.

El amor fraternal crea un espacio que es como el comienzo del reino de Dios donde rigen leyes diferentes a las del mundo. El Reino de Dios es un mundo nuevo destinado a llegar a todas partes; sin embargo, hay lugares y momentos donde comienza a manifestarse. Allí donde hermanos y hermanas se aman de verdad, Dios desde ya reina.

Los Evangelios de Mateo y de Lucas hablan de una forma ligeramente diferente. No se trata solamente de amar a su prójimo más cercano; Jesús llama a un amor que traspasa todas las fronteras: amar incluso a los enemigos.

Este amor se vuelve muy concreto. Lucas recuerda la exigencia de la justicia proclamada por Juan Bautista: “El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer, que haga lo mismo” (Lc 3, 11). En otros momentos, Jesús va todavía más allá. Cuando aquel que tiene dos camisas da una de ellas a quien no tiene, se puede decir que es justo. Jesús llega al punto de pedir lo injusto: “al que te quite el manto, no le niegues la túnica. A todo el que te pida, da, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames” (Lc 6, 29-30). Jesús llama a sus discípulos a aventurarse en la dinámica del Reino de Dios.

Una ley delimita un deber, mientras que la misericordia contiene una exigencia sin límites, nunca dice: Basta, es suficiente, hice mi deber. Amar es olvidar la reciprocidad: “Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Pues también los pecadores aman a los que les aman” (Lc 6, 32-34). ¡Qué radicalidad hay en este amor completamente gratuito!

Si para Juan el amor parece reducido al amor fraternal recíproco, ¿será ello un paso atrás en relación a los sinópticos? No, porque el amor recíproco puede ser tan exigente como el amor gratuito. A veces es incluso más difícil construir pacientemente la fraternidad recíproca con nuestros hermanos que dar generosamente a los que son más pobres que nosotros.

Es en lo concreto de nuestras vidas donde la fraternidad debe ser vivida primero; es en nuestra vida fraternal cotidiana donde ésta encuentra a veces fuertes resistencias. En una comunidad, tal y como en una familia, uno no elige a sus hermanos o a sus hermanas. La comunidad es un lugar donde debemos trabajar las superaciones de nuestras resistencias. Si las resistencias a la fraternidad no pueden ser sobrepasadas en una comunidad, ¿cómo podrán serlo a una escala más amplia?

El Año Santo nos invita a aceptar esta radicalidad de la misericordia y a entrar más profundamente en ella. La renovación de la Iglesia y también de la vida monástica ¿podrían acaso venir de otro lugar?

Para beber de la fuente del amor según el Evangelio, tenemos que profundizar todavía más. En el amor mutuo de los discípulos, el amor recíproco de la Trinidad está presente en la tierra. Por pobre que sea nuestra vida común, lo importante es verla bajo esta luz.

Nuestro amor fraternal se alimenta del amor mutuo de la Trinidad, el cual tratamos de contemplar en la oración. Entonces podemos comprender que la libertad y la comunión no se contradicen sino que se sostienen la una a la otra. El Espíritu Santo nos da nuestra autonomía personal y, al mismo tiempo, nos hace capaces de abandonarnos en aquello que no viene de nosotros y que nos sobrepasa.

El Espíritu Santo es a la vez quien defiende la dignidad de cada ser humano, quien fortifica nuestra propia persona individual, y quien nos une los unos a los otros. A su vez, Él sostiene nuestra capacidad de decir “yo”, de ser una persona cada vez más libre, que toma decisiones personales; y al mismo tiempo, Él desarrolla nuestra capacidad de superar nuestra propia voluntad para que nos abandonemos en Dios entrando plenamente en el camino de la vida comunitaria. Se puede decir que, a través de la vida común y con las limitaciones que implica necesariamente, la personalidad individual encuentra una madurez que no habría podido adquirir sin las restricciones comunitarias.

En nuestra época, el individualismo se ha convertido en un gran valor. No debemos deplorar sin más este fenómeno. Contiene una aspiración positiva, aquella de asumir personalmente las grandes decisiones propias. Para los cristianos, se acabó el tiempo en el que bastaba con seguir las tradiciones con mayor o menor consciencia. Estamos llamados a un compromiso personal de la fe.

Uno de mis hermanos me dijo recientemente: antes de entregar mi vida en una vocación común, debo poseerla. Tiene razón, es verdad, e incluso muy importante. Debemos conocernos a nosotros mismos, ser fieles a lo que está inscrito en lo más profundo de nosotros mismos, liberados de determinismos venidos de otras partes. La vocación no es algo que se agrega desde el exterior, el camino del compromiso de por vida debe corresponder al deseo más profundo inscrito en nuestro ser.

Pero, por otra parte, también hay que decirlo, seguimos siendo un gran misterio para nosotros mismos; la psicología aclara este misterio solo parcialmente, no podemos ser conscientes de todo lo que determina nuestras decisiones. Descubrimos sólo progresivamente aquello que habita en lo profundo de nuestro ser. El “quiero”, de nuestra profesión debe integrar también las zonas grises de nuestro ser, aquello que todavía espera encontrar maduración. A lo largo de nuestro camino, se dará la aceptación de carencias y obstáculos que podrán aparecer, y que nos obligarán a decir nuevamente “quiero”. La autonomía no es estar desprovistos de todo determinismo, sería imposible. Consiste más bien en asumir en el tiempo todo lo que ha forjado nuestra persona.

Abandonarnos en algo que no viene de nosotros es solamente posible si se hace en miras a un amor más grande, cuando presentimos que hay un tesoro escondido por el cual deseamos ardientemente darlo todo.

Observemos cómo vivió el mismo Cristo. En una total libertad, dijo “yo”, y al mismo tiempo dijo: yo no hago mi voluntad, yo hago la voluntad del Padre. Las crisis de mayor o menor gravedad que todo compromiso de por vida implica, empujan a un reajuste en nuestro camino entre estos dos polos, autonomía y abandono. El Espíritu Santo nos sostiene en esta bella tensión que puede estimular nuestra creatividad.

 

Parábola de comunión

En Taizé, constatamos que los jóvenes son sensibles a la búsqueda de la que acabo de hablar. Más que a las personas tomadas individualmente, ellos miran el testimonio de la comunidad. Para ellos, la vida común es signo del Evangelio. Y de esta manera llego a mi tercera reflexión, la comunión que se hace misionera.

Aquí, el texto que quisiera destacar es la oración de Jesús en la vigilia de su pasión: “Que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17, 21).

Al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, el hermano Roger, nuestro fundador, consideró que, en una Europa desgarrada, una vida de comunidad fraternal sería un signo de paz y de reconciliación. La vocación que propuso a los hermanos que iban a unirse a él, fue de constituir lo que él llamó una “parábola de comunión”, una “parábola de comunidad”.

Una parábola es un relato simple y accesible; sin embargo, se dirige a una realidad de otro orden. El sentido de una parábola es inagotable; una parábola no dice las cosas de una vez y para siempre, no cesa de interpelar a quienes la escuchan y la vuelven a escuchar.

Toda vida consagrada a Dios y al servicio de los demás puede volverse parábola. En un mundo donde muchos caminan como si Dios no existiera, el hecho de que algunos hombres y mujeres se comprometan para siempre a seguir a Cristo plantea preguntas. Si Cristo no estuviera resucitado y presente en ellos, esos hombres o esas mujeres no vivirían así.

Una parábola de este tipo no impone nada, no quiere comprobar nada: abre un mundo encerrado en sí mismo, le abre una ventana hacia un más allá, una brecha hacia el infinito. Quienes la viven han puesto su ancla en Cristo, para sujetarse incluso cuando sobreviene la tempestad.

La parábola específica que nosotros, los hermanos de Taizé, quisiéramos proponer es la de la comunión. Comunión, reconciliación, confianza son para nosotros palabras claves. Quisiéramos dar a entender que una comunidad puede ser un laboratorio de fraternidad.

Estamos agradecidos de que esta parábola sea también vivida desde hace cincuenta años cerca de nosotros por hermanas, las hermanas ignacianas de San Andrés, que sostienen con nosotros la acogida de jóvenes y con las cuales existe una bella complementariedad. También contamos, desde hace menos tiempo, con la ayuda de algunas Ursulinas polacas y de hermanas de la Caridad de San Vicente de Paul.

Señalo primero dos campos en los que nuestra búsqueda de comunión y de fraternidad requiere muchas de nuestras energías: la reconciliación de los cristianos y la interculturalidad.

Reuniendo hermanos protestantes y católicos, nuestra comunidad trata de anticipar la unidad que vendrá. Ello supone ir hacia una sola mesa eucarística. Desde 1973, una puerta se ha abierto: todos recibimos la comunión de la Iglesia católica. Y, sin ningún estatuto canónico, nos hemos decidido a mantener una estrecha relación con el ministerio de unidad del obispo de Roma, el Papa.

Aquellos de entre nosotros que han crecido en una familia protestante lo asumen sin ninguna negación de sus orígenes, sino más bien como una ampliación de su fe. Los hermanos que vienen de una familia católica encuentran un enriquecimiento al abrirse a los dones de las Iglesias de la Reforma, tales como el lugar central que ocupa la Escritura, una fe cristocéntrica, la valorización de la libertad de conciencia, y la belleza del canto coral. Esta vida ecuménica se ha vuelto muy natural para nosotros. Puede conllevar limitaciones y renuncias. Pero no hay reconciliación sin renuncias.

Entre los signos de proximidad que podemos realizar con las Iglesias ortodoxas, está la acogida que hemos brindado algunas veces a un monje ortodoxo de uno u otro país que viene a compartir nuestra vida por un período.

La historia de Taizé puede ser leída como un intento de ponerse y mantenerse bajo el mismo techo. Proviniendo de una treintena de países, vivimos bajo el techo de una misma casa. Y cuando nos reunimos para la oración común tres veces al día, nos ponemos bajo el mismo techo de la Iglesia de la Reconciliación.

Esta oración común reúne también a jóvenes del mundo entero, católicos, protestantes y ortodoxos y les asocia a la misma parábola. Nos impresiona constatar que se sienten profundamente unidos sin por ello disminuir su fe al mínimo denominador común. En la oración comunitaria, se establece una armonía entre personas que pertenecen a diferentes confesiones, a diferentes culturas, e incluso a pueblos que pueden estar en fuerte oposición.

Estando en medio de vosotros, puedo entonces plantear esta pregunta: en vistas a la unidad de los cristianos, ¿podrían los religiosos y religiosas crear más vínculos entre las diferentes Iglesias? La búsqueda de la comunión y la unidad ¿No está inscrita de diversas maneras en su vocación? ¿No ha llegado el momento de crear aún más vínculos con el monacato de las Iglesias ortodoxas? En ciertas confesiones protestantes hay también una tradición y un interés crecientes por la vida comunitaria.

Subrayo un segundo aspecto de esta búsqueda de fraternidad, el de la interculturalidad. Es una cuestión que ustedes también conocen bien. Venimos de todas las regiones de Europa, de África, de Asia, de las Américas. Hoy en día, una pluralidad tal está cada vez más presente en todas partes. Pero la mundialización es percibida a veces como una amenaza. La enorme ola de refugiados que embate Europa, y que de seguro está lejos de detenerse, pone de manifiesto mucha generosidad por parte de los europeos pero también algunos miedos. Desearíamos entonces que la armonía de la vida monástica sea también un signo de comunión entre los diferentes rostros de la familia humana.

Ustedes saben, como nosotros, que es un camino difícil. Y no lo escondo: a pesar de la fe común, puede suceder que no seamos capaces de evitar los alejamientos que persisten. Hay diferencias de caracteres, es obvio; podemos ser torpes, e incluso equivocarnos, eso también es obvio. Pero puede haber en ello algo más profundo, que no depende enteramente de nosotros: una distancia demasiado grande entre los rostros variados de la humanidad que llevamos, distancia acentuada a veces por las heridas de la historia entre nuestros países y continentes.

¿Qué hacer con la tristeza que podría invadirnos? No dejarnos paralizar. No quedarnos allí. A pesar de todo, vivir en búsqueda de la unidad y la reconciliación. Esto nos redirige a Cristo: solo él puede unir todo verdaderamente. En esto, quisiéramos seguirle. Estamos dispuestos a sufrir por ello. No tener miedo del otro, no juzgar, no sentirse juzgado, no interpretar las cosas de manera negativa, hablar cuando hay una pregunta. Y sobre todo nunca rehuir de nuestra comunión fraternal.

Lo que acabo de expresar puede parecer grave. Pero es también, de forma paradójica, la fuente de una alegría profunda, alegría de ir hasta el extremo de la llamada evangélica.

Quisiera tocar aún un punto concerniente a la parábola de comunión. Para que una parábola hable verdaderamente, para que la Palabra de Dios que lleva consigo despierte a quienes la escuchan, necesita ser sencilla. Y para nosotros, la llamada a la sencillez contenida en la Regla de Taizé (sabéis que el hermano Roger escribió una regla para nuestra comunidad), es fundamental.

El Papa Francisco, con otras palabras, no dice nada diferente al invitar en Evangelii Gaudium a concentrar el anuncio del Evangelio en el Kerigma esencial. No se trata de reducir la fe, sino devolver constantemente a lo que constituye su corazón.

Lo que está en el centro de la Biblia es el amor a Dios y el amor al prójimo. La Biblia cuenta la historia de este amor. Comienza por el frescor de un primer amor, luego pasa por obstáculos e incluso infidelidades. Pero Dios no se cansa de amar. La Biblia es la historia de la fidelidad de Dios. Es de la sencillez de este mensaje de amor que quisiéramos ser portadores con nuestra vida común.

La sencillez concierne, desde luego, en las dimensiones materiales de la existencia. Quisiéramos velar por su simplificación continua. Pero concierne también otros aspectos. En especial, la oración litúrgica.

En Taizé, no pretendemos haber encontrado la buena manera de orar, pero una de las intuiciones del hermano Roger es el haber visto que la oración es un lugar de acogida y el haber tenido la audacia de simplificar sus expresiones. La oración litúrgica es como una predicación, una catequesis, una iniciación.

Acogiendo a tantos jóvenes es como si hubiésemos tenido que tomarles de la mano para hacerles entrar en la oración, no teóricamente sino en la práctica. Nos ha sido necesario modificar muchas cosas para hacer más transparente lo central del Evangelio y conducir a los jóvenes a un encuentro personal con Dios. Indico ahora algunos elementos.

Hemos buscado hacer acogedor el lugar de la oración a través de medios sencillos. Las vidrieras, las velas, las telas de color invitan a la adoración. Los íconos abren a la comunión con Dios pues están penetrados por la Biblia, como lo aprendemos de las Iglesias orientales.

En la oración común, leemos textos bíblicos breves y accesibles, reservando los textos más difíciles para una catequesis que tiene lugar cada día fuera de la oración común.

Hemos descubierto cuán importante es mantener un largo tiempo de silencio después de la lectura: de ocho a diez minutos. Esto puede impresionar, pero como ya he dicho, los jóvenes entran en él con gusto. Este silencio les permite estar solos delante de Dios, incluso en una gran asamblea. En el silencio, una palabra de la Biblia puede crecer en nosotros. En largos silencios, donde aparentemente no pasa nada, Dios está trabajando sin que sepamos cómo.

Aquello que es llamado “cantos de Taizé” contribuye a sostener una vida contemplativa. Cantar durante algunos minutos la misma frase de la Escritura o de la tradición favorece la interiorización. Una frase cantada se aprende fácilmente de memoria y puede acompañarnos durante todo el día. Y cantar juntos ayuda a crear la unidad de los participantes.

Después de la celebración de la oración común de cada tarde, los hermanos, algunas hermanas de las que he hablado y también sacerdotes están disponibles para la confesión o para escuchar a los jóvenes que desean expresar algo de si mismos, mientras que la oración con los cánticos continúa. Nunca remarcaremos suficientemente la importancia de la escucha. El hermano Roger nos recordaba a menudo que nosotros no somos maestros espirituales, sino hombres de escucha. Esto es cierto, tanto cuando llevamos una vida pastoral como cuando se nos encomienda otro trabajo.

En la liturgia, tratamos de no multiplicar los símbolos sino valorar algunos salvaguardando en ellos la sencillez por ejemplo: el viernes en la tarde ubicamos el ícono de la cruz en el suelo. Todos pueden ir y colocar su frente sobre la cruz y expresar, por medio de este gesto, que confían a Cristo sus cargas personales y los sufrimientos del mundo. La tarde del sábado, toda la iglesia es iluminada por las pequeñas velas que cada persona sostiene en su mano como signo de resurrección. De esta manera, cada fin de semana rememora el misterio pascual.

 

Conclusión

Voy a concluir. La comunión o, para utilizar una palabra más accesible, la fraternidad, está en el corazón de la Palabra de Dios. Por lo tanto, nosotros cristianos, ¿no deberíamos estar en primera línea para buscar llevar a cabo la fraternidad inaugurada por Cristo y contribuir a dar un rostro más fraternal a las sociedades del mañana? El lenguaje de la fraternidad habla a creyentes y no creyentes.

Sin querer imponerse, los cristianos pueden favorecer una mundialización de la solidaridad que no excluye a ningún pueblo, a ninguna persona. Quizás solo podemos constituir, por medio de nuestras comunidades, un germen de fraternidad, sembrar pequeñas semillas de confianza y de paz.

Vuelvo a pensar en nuestra cercanía a Cluny. Los monjes de Cluny tuvieron la capacidad de moverse más allá de las fronteras en Europa. Había monasterios en todas partes. Un abad Mayeul iba de un monasterio al otro, de un país al otro. Recibía a gente de todas partes, haciendo de Cluny una intersección. Este ejemplo nos estimula a buscar, con jóvenes de todos los continentes, cuáles son las fuentes interiores que permiten vivir como una sola familia humana, a pesar de las diferencias culturales.

Los monjes de Cluny siguen siendo testigos de que en la historia, han bastado pocas personas para hacer que la balanza se incline hacia la paz. Dios pudo revelarse porque algunas personas, consideremos a Abraham y María, creyeron que nada era imposible para Él. Lo que cambia el mundo no son acciones espectaculares, sino más bien la perseverancia cotidiana en la oración, en la paz del corazón y en la bondad humana.