Padre Mauro-Giuseppe Lepori,
Abad General del orden del Cister (OCist)

Intervención en el Congreso de abades y priores benedictinos

 

LeporiMe han pedido que hable un poco de mi orden cisterciense, y quiero hacerlo meditando sobre el camino que, me parece estamos recorriendo actualmente.

Hace seis años que soy el Abad general. La orden cisterciense cuenta con unos 2500 miembros, monjes y monjas, y desde el año 2000, hemos logrado celebrar un Capítulo General mixto. Las monjas son un tercio, respecto a los monjes. La orden está presente en Europa, en el continente americano (Brasil, Bolivia, Estados Unidos y Canadá), en África, (Eritrea y Etiopía) y en Asia, sobre todo en Vietnam.

En Europa y en América, hay crisis de vocaciones; en África hay aún unas pocas, en Vietnam, están floreciendo, con más de mil miembros, en una quincena de comunidades. Es verdad que tanto en Europa como en América, hay también algunas comunidades que florecen.

Nuestras comunidades en Vietnam, en Eritrea, en Etiopía y en Bolivia son confrontadas a unos gobiernos hostiles donde la corrupción y la ideología es siempre una amenaza para las comunidades, sobre todo en las obras educativas.

En el curso de estos años he comprendido que la penuria de las vocaciones como su abundancia son un desafío. Hay tantos problemas allí donde hay muchas o donde no las hay. Es un poco como la anorexia y la bulimia, que en el fondo, nos pide afrontar el problema de la persona a un nivel más profundo que los fenómenos exteriores, aparentemente contrarios. Y este “nivel más profundo” no está en el número de vocaciones, sino en la fidelidad a una vocación única de todas estas personas y de las comunidades, de la vocación cisterciense, benedictina y aún más, esencialmente de la vocación a seguir a Cristo en el camino del Evangelio en la vida monástica, según el carisma de San Benito.

En estos seis años, hemos suprimido dos Congregaciones de las trece que componían la Orden. Actualmente, soy el responsable de una Congregación y co-presidente de otra. Una veintena de monasterios dependen directamente del Abad General.

No me han faltado preocupaciones en todo este tiempo, ni momentos de desánimo tampoco y a veces hasta de rabia cuando estaba confrontando a personas y a las instituciones, incluso por parte de la Santa Sede, o de parte de algunos obispos o al interior de mi Orden, que buscaban, y a veces lo han conseguido, imponer un propósito de poder o simplemente de estrechez de espíritu que han causado daños humanos y espirituales considerables, ensañándose a veces en realidades ya frágiles o precarias que habrían tenido, al contrario, necesidad de precaución y de humanidad. Con mi Consejo y con el Capítulo General, me he dado cuenta que, en algunos casos, hubiera valido más poder afrontar estas situaciones al interior de la Orden, sin tener que recurrir a la ayuda de instancias o de personas que, a menudo, no tienen el sentido de nuestra vocación monástica cisterciense. No voy a entrar en detalles ni quiero hacer polémica. Digo esto sencillamente para hacer comprender mejor la experiencia positiva de estos años que voy a intentar ilustrar.

Decía que la realidad de la orden cisterciense, como la de todas las órdenes y de toda la Iglesia, hoy como siempre, se encuentra ante grandes desafíos, desde la experiencia de la precariedad, de la fragilidad. Como decía, quien tiene más vocaciones, quienes son más numerosos, quienes son más jóvenes, no son menos frágiles que quienes son menos numerosos o menos fuertes, porque, cuando el noviciado es de cincuenta jóvenes más para formar y no se tienen los medios para poder hacerlo, cuando no se tienen las personas formadas para hacerlo, y sobre todo para poder acompañar a cada joven en su camino, es también una fragilidad, una gran fragilidad. Sobre todo, porque quien no está bien formado, quien no está bien acompañado se encontrará doblemente frágil cuando las fuerzas naturales de la juventud disminuyan, y no solo las fuerzas físicas, sino las espirituales.

San Benito habla a menudo en la Regla de las infirmitas del cuerpo y del alma, es decir, de la falta de firmitas, de firmeza, de la capacidad de estar de pie, de caminar, nos habla también de imbecilitas, que etimológicamente significa no tener bastón o la dificultad de estar de pie, de caminar. Nos habla también de hermanos fluctuantes (RB 27,3) lo que parece ser una buena definición del hombre de hoy día, del joven de hoy, que vive de forma “fluctuante”, en las ondas de lo efímero, navegando en internet, de noticias no profundizadas, de informaciones nunca verificadas, de experiencias nunca enraizadas, siempre inestables. He aquí la fragilidad que estamos llamados a afrontar, en nosotros mismos, en nuestras comunidades, en las personas que se acercan y a las que estamos enviados. La gran fragilidad del hombre de hoy es la “superficialidad fluctuante” donde la persona depende sin cesar del movimiento de la superficie de las cosas, como un tapón en las olas del mar.

Esta fragilidad no es el fruto del número de vocaciones, de la juventud de una comunidad, tal vez sí: a menudo el número la puede reforzar y dificulta la solución. A menudo, se dice que el gran número de las vocaciones en un país en vías de desarrollo es un fenómeno parecido al que se produjo en Europa o en Estados Unidos en la primera mitad del siglo XX. Puede ser verdad, pero no podemos olvidar que los jóvenes europeos y americanos de aquella época no habían crecido en una “cultura fluctuante” como crecen hoy los jóvenes de todos los continentes. No quiero idealizar los tiempos pasados, que también tenían sus grandes fragilidades, pero creo que podemos admitir que los jóvenes de esas épocas vivían una firmitas humana, psicológica, espiritual, religiosa más estable, mas enraizada en el ambiente familiar, social, eclesial, mucho menos superficiales y aproximativos que el de estos últimos decenios.

Si el problema es encontrarse en este estado de infirmitas, de imbecillitas, de flotar en la superficialidad, el desafío está más que nunca en la formación, en la formación como “acompañamiento”. Se trata de ofrecer a quien tiene una dificultad, a que esté de pie, que se quede de pie, que camine, dándole el apoyo necesario, el acompañamiento que precisa. El desafío es más que nunca pastoral, como en los tiempos de Cristo. “Al contemplar aquel gran gentío, Jesús sintió compasión, porque estaban decaídos y desanimados, como ovejas sin pastor. Y dijo a sus discípulos: La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rogad, pues, al dueño de la cosecha que envíe trabajadores a recoger su cosecha” (Mt 9, 36-38).

Tal vez son estos los obreros que Dios busca en el prólogo del Regla (v.14). No sólo misioneros para mandar a lo largo del mundo, sino hermanos y hermanas mayores que saben acompañarse a sí mismos y acompañar a otros hacia una estabilidad y una firmeza interior, humilde y misericordiosa, que permite a todo el rebaño hacer un camino a pesar de la fragilidad fluctuante que nos hace sufrir a todos. En el capítulo 27, están los sempectas, es decir, los seniores sapiens frates que están formados y enviados por el abad a consolar el fratem fluctuantem (RB27, 2-3).

Me parece que éste es un gran deber, el más urgente, el gran desafío en nuestra orden, en la Iglesia entera y para la sociedad. Y es la misericordia, la caridad la más urgente para el hombre de hoy. La formación intelectual, formal, existe, pero falta a menudo el acompañamiento para poder hacer una experiencia profunda y estable de la vida de comunión con Dios y con los hermanos y las hermanas, que en el carisma de san Benito, es esencial. La instrucción existe, pero poca sabiduría; vivimos juntos, pero nos falta comunión, compartimos poco sobre aquello que es lo más profundo de nuestra vida y en nuestra experiencia.

A propósito de todo esto, me parece que en nuestra orden, llena de límites y de fragilidades, sobre todo su Abad general, se diseña para los próximos años una prioridad, que ya la marcaron mis predecesores, una prioridad que es el compromiso para la formación de los formadores. Una formación que no se realice como un aprendizaje de técnicas y contenidos, sino más bien haciendo experiencia de encuentro y de comunión fraterna, donde los superiores, los formadores, y cada monje y cada monja llamado, sea quien sea, a ser el apoyo de sus propios hermanos y hermanas, puedan hacer así la experiencia de ser fratres o sórores fluctuantes consolados, sostenidos, acompañados por los seniores sapientes fratres. Esta experiencia estabiliza, hace a las personas capaces de caminar y de acompañar.

Nuestros monasterios de Vietnam han hecho y hacen aún, esfuerzos enormes para la formación, no solamente mandando los estudiantes al exterior, sino creando institutos de formación filosófica, teológica para toda la congregación. Pero son también muy conscientes, y lo resienten en su propia carne, que la gran necesidad es el acompañamiento en la vida monástica y comunitaria. Es por esto que estamos preparando para el próximo año una semana de formación para todos los superiores y formadores, justamente sobre el tema del acompañamiento. Un encuentro que tendrá lugar en Vietnam, con la participación de abades y abadesas vietnamitas y europeos. El objetivo no es sólo formar a los monjes y monjas vietnamitas, sino también y sobre todo que a todos nosotros, europeos, nos ayuden a comprender mejor su cultura y su espiritualidad. También participaran benedictinos y benedictinas.

Tengo que reconocer que, durante estos años, la gran sorpresa ha sido el constatar a qué punto los encuentros de la orden son momentos de gracia, de gracia palpable, inesperada, sobrepasando nuestras expectativas; más fuertes que nuestros miedos recíprocos y que nuestras divergencias de opiniones, de observancias, de estilos, de mentalidad y de cultura. Esto ha sido una gran sorpresa, no solamente para mí sino para todos. En particular, el Capítulo general de octubre del año pasado. Había un programa de temas donde sabíamos que íbamos a estar divididos y temíamos las fricciones entre las diferentes sensibilidades y culturas, porque, después de los últimos cinco años del último Capítulo general, los incidentes del recorrido, los desacuerdos, las dificultades de relación no habían faltado. Personalmente, tanto como los demás, había cometido errores, había faltado a la caridad y sobretodo de atención a la sensibilidad de unos y otros. Y he aquí que, desde el principio, hubo un soplo del Espíritu Santo que cambió todo lo que yo temía para profundizar la unidad, la escucha recíproca, la comprensión más profunda de unos y otros.

Puede ser que este fenómeno sorprendente empezó a manifestarse después de la meditación de apertura, que hice a partir del evangelio de los discípulos de Emaús y de algunas páginas de la regla de San Benito. Percibí que, en medio de nosotros, Cristo se hizo presente, y empezó a arder nuestro corazón por su presencia y su Palabra. Decía: Debemos desear todo el cuadro comunitario, litúrgico, pastoral, formador que nos asegure nuestra vocación cisterciense como una representación de este camino de sesenta estadios, de siete mil, o de once kilómetros que separan Jerusalén de Emaús. La fidelidad a la Regla, a nuestro carisma, a la vocación de nuestra comunidad, nos pone en este camino, en este momento, a la hora donde Jesús quiere encontrarnos y caminar con nosotros. Siempre está la sorpresa que Él nos alcanza, nos habla, y al final se manifiesta, pero hay también una fidelidad que nos dispone para hacer esta experiencia, que nos abre a este don del resucitado. Entonces es cuando la pasión, la esperanza y la gratuidad nos las concede como una gracia. El capítulo General también, como todos los momentos de encuentro entre nosotros, teníamos que vivirlos como si estuviéramos en camino, donde por la fe, creemos que Cristo se hace el encontradizo, nos acompaña, nos habla, se revela para llenarnos de una pasión, de una esperanza y de una gratitud que nosotros no podemos darnos a nosotros mismos ni en nosotros, ni en los demás. Era como estar en el Cenáculo en espera de Pentecostés, porque sería el Espíritu Santo quien es: la pasión, la esperanza y la gratitud que Jesús nos quería comunicar.

Cuando dije esto, el primer día del Capítulo General, estaba lejos de poder imaginarme que esto pudiera ocurrir, y más lejos aún de poder preverlo. En el fondo, esto ocurrió en el curso de un encuentro de Iglesia, es sencillamente la reproducción o una nueva manifestación de Pentecostés. Comprendí que Pentecostés es la fuente permanente de la vitalidad siempre nueva de la Iglesia y por tanto, también de la Orden. El problema es que, a menudo, pensamos que nuestros problemas, los problemas de la Iglesia, nuestra miseria de pecadores, nuestros conflictos y todo el mal que hay en nosotros y a nuestro alrededor, que todo esto puede ser más fuerte que Pentecostés. Pensamos que en Pentecostés, el don del Espíritu es una fuente que se ensucia o se apaga a medida que desciende hacia el valle. Al contrario, Pentecostés, es un acontecimiento, un don de Dios, que como don, siempre emana fresco y puro, que no depende ni de la coherencia, ni de lo que puede pasar después. Entonces, puede renovarse y nuestra vejez o nuestra degradación no pueden impedir esta novedad siempre viva.

Durante el Capítulo General, viendo esta sorprendente novedad producirse cada día un poco más, yo me decía: “Mira, a menudo yo vivo en la Orden como si yo viviera con una mujer vieja, decrepita, cada vez más aburrida y fea. No veo otra cosa que las arrugas, la decadencia física y moral” y en el fondo, creo que Dios ve la Orden así, como yo, incluso peor, porque Él lo ve todo. Y al contrario, de golpe me di cuenta, nos dimos cuenta que Dios mira nuestra orden, como a toda la Iglesia, como una esposa, bella, joven y llena de vida. El verdadero problema de la crisis de la Iglesia, de los institutos religiosos y de todas las comunidades eclesiales, es que nos miramos demasiado al espejo, en lugar de dejarnos mirar por Dios y de dejarle manifestar lo que somos verdaderamente, como somos realmente, nuestra belleza que permanece a sus ojos.

Esta belleza, la podemos ver sobre todo cuando nos encontramos y reunimos, cuando somos de forma visible Ekklesia, asamblea, convocada por Dios. Principalmente, para nosotros, es durante el Capítulo General y en los posteriores encuentros de la familia monástica. Entre los Capítulos, en nuestra Orden, tenemos dos sínodos de la Orden, que reúnen a los presidentes de las Congregaciones, así como la elección de cinco padres y cinco madres sinodales. Después del año 2010, tenemos una semana de cursos de formación para los superiores de la orden. El último fue en julio, con unos cincuenta participantes, casi la mitad de los superiores. Hay también un curso de formación monástica, para los jóvenes, menos jóvenes y monjas en formación de todo el mundo, en colaboración con el Ateneo de San Anselmo que cuenta también con una buena participación de estudiantes benedictinos, trapenses y de otras congregaciones monásticas. Cada uno de estos encuentros es ocasión para renovar la experiencia de esto que decía antes, la experiencia del espíritu que nos sorprende, de Cristo que nos alcanza y camina con nosotros, que nos habla, conforta, renueva las fuerzas y nuestras esperanzas para continuar el camino.

Durante el curso para los superiores, en julio, comprendimos y experimentamos que, para que estos encuentros fueran fecundos, era necesario escuchar juntos la Palabra de Dios. Cada día, empezábamos nuestro trabajo con un tiempo de lectivo divina compartida por grupos lingüísticos, con el evangelio del día. Para todos, esta experiencia ha sido muy positiva, y pensamos que en nuestros encuentros más oficiales, tendríamos que utilizar este método. Es como encontrar enseguida el acorde justo para la sinfonía de los diversos temas a tratar, sobre los cuales vamos a discutir y tomar decisiones.

Es también la nota justa para encontrar un diálogo entre las diferentes culturas y sensibilidades y enriquecernos los unos y los otros. Cada día estoy más convencido que sólo partiendo del Evangelio y de la Regla de San Benito es que nosotros podemos vivir estas diferencias culturales, diferencias de estilos de vida y psicológicas, en una forma sinfónica y enriquecida las unas por las otras. Durante el curso para los superiores, cuyo tema principal fue la misericordia, pedí a cada uno de los seis grupos lingüísticos preparar un capítulo sobre el capítulo 37 de la Regla: “Los ancianos y los jóvenes”. Algunas horas más tarde, nos encontramos para escuchar el resultado de los trabajos de cada grupo. Cada grupo había preparado un capitulo muy interesante y ninguno de los seis se parecía. Cada cultura había hecho una lectura de san Benito de modo original y enriquecedor para los demás.

Comprendí lo importante de apreciar, en todos los aspectos, esta riqueza sinfónica. Para que esto se pueda dar, es esencial que todos bebamos de la fuente de nuestra vocación, de nuestro carisma. Y que hay tiempos e instrumentos para compartir lo que el Espíritu dice a cada Iglesia, a cada familia en la gran familia de la Orden.

Además, este compartir nos pide humildad, humildad para reconocer que nos necesitamos. La comunión, antes de compartir nuestras riquezas, nace y se alimenta en compartir nuestras fragilidades. La situación de precariedad de nuestros días es sin duda una ayuda para esto. Cuando yo era joven abad, viví Capítulos Generales que eran un campo de batalla. El objetivo era el conflicto, era la victoria sobre el adversario. Algunas Congregaciones eran o se sentían aún fuertes y capaces de conquistar el poder (¿quién sabe qué poder?). Después vino para todos, de una forma u otra, la bendición de la fragilidad, del tener que reconocer que nadie es realmente fuerte y que, por tanto, es ridículo querer ser más fuerte que los demás. Es verdad, esta tentación está y estará siempre, pero en general, el clima ha cambiado, seguramente porque las mujeres participan en el Capítulo General. Constatamos, en general, que los hombres tienen más tendencia a “hacer política”, a discutir los problemas y las cuestiones teóricas; las mujeres, al contrario, son más atentas a las personas, a las comunidades y esto favorece la comunión y un espíritu de familia.

Renunciar a valorar el poder por encima del servicio y la comunión es el resultado de la atención a alimentar entre nosotros el reconocimiento de Cristo. La sed de poder que lleva a lamentar la división, o más bien a no desear la comunión como prioridad, es en realidad una forma de idolatría. Y la idolatría sólo se puede vencer con la adoración del Dios único, presente en medio de nosotros. Como el Resucitado en el cenáculo, en la orilla de mar, cuando, en el momento de reconocerlo, todos los miedos desaparecen, todas las penas y los chismorreos de los discípulos. Cuando fijamos nuestra mirada en Él nace una sinfonía entre nosotros que, de otro modo, sería imposible.

Después del Capítulo General, regresamos evidentemente a nuestras comunidades, a nuestros problemas. Un deseo grande y fuerte de ayudarnos mutuamente nació en nosotros, y yo lo percibo así en el Abad general. Durante el capítulo, durante el encuentro de los superiores, la conciencia de que no podemos avanzar sin ayudarnos, se ha reforzado.

Todos tenemos necesidad de sentirnos acompañados y sostenidos por los seniores sapientes fratres et sórores. Después de algunos años, grupos informales han nacido de superiores y superioras que se encuentran regularmente y mantienen contactos más estrechos para ayudarse en su tarea pastoral. En el curso de mis viajes y de mis visitas, y en el cuidado a las comunidades, particularmente a las más frágiles, sé que puedo contar con la ayuda de otros superiores de la Orden. Ser objeto de atención fraterna, es, para muchas de las realidades, la solución, la más importante, independientemente de lo que se puede o no se puede hacer, para que la comunidad pueda seguir existiendo.

En la Evangelii gaudium, el Papa tiene un pensamiento que para mí ha sido una gran consolación en mi ministerio y en la vida de la Orden. Es donde el Papa nos recuerda que el tiempo es superior al espacio. Escribe: “Dar la prioridad al tiempo significa ocuparse del proceso más que de poseer los espacios” (EG 222-225).

Esta idea es muy pacificadora, fecunda y estimulante, nos ayuda a discernir los pequeños pasos de nuestro ministerio que no son nunca insignificantes, ni inútiles, si empiezan y continúan en proceso de vida, que no tienen como horizonte un espacio de poder esperar, sino la eternidad que la gracia y el amor hacen que empiecen ya ahora.

Allí donde uno puede ver un proceso de vida, que empieza, aunque sea mínimo, encontramos la paz confiándonos con fe y esperanza a la obra que sólo Dios puede realizar.