Padre Jean-Pierre Longeat, OSB,
Presidente de la AIM

El trabajo según la Regla de san Benito

 

Antes de presentar los artículos que reflexionan sobre el manejo de personas y bienes, y las competencias requeridas para esto en los monasterios, es importante anclar nuestras reflexiones en una visión radicalmente religiosa: la conversión personal y las relaciones que esto implica. Así, el padre Jean-Pierre Longeat se preocupa de unir oración y trabajo, no como dos condiciones sucesivas, sino como una única declaración de conversión al servicio de Dios y de todos.

 

JPLongeatLa expresión “Ora et labora” es una caracterización relativamente común de la orden monástica. Incluso se ha convertido en el lema de la orden benedictina. De acuerdo a esta sentencia, la vida monástica debiera estar dividida en dos partes iguales, oración y trabajo. Sin embargo esto deja fuera elementos importantes. San Benito ciertamente nunca pensó en usarla como una descripción de la vida de los monjes. Ya que, de acuerdo a la tradición monástica, el trabajo es una forma de oración y la oración una forma de trabajo. Incluso los Padres del monacato comparan el monasterio como un taller (oficina) en el cual los monjes trabajan día y noche con las herramientas de las buenas obras que cubren todos los aspectos de la vida de los hermanos o hermanas, incluida la oración. “El taller en el que debemos trabajar diligentemente en todo esto es el recinto del monasterio y la estabilidad en la comunidad” (RB 4, 78).

DSC03205El trabajo, del que aquí tratamos, es la conversión personal, un trabajo de transformación en el cual la dimensión corporal está tomada en cuenta a través de las labores manuales. Cuando yo entré al monasterio a mediado de los setenta, la gente aún hablaba sobre la revolución cultural china y el Pequeño Libro Rojo del presidente Mao. Personalmente tuve poca experiencia con este tipo de literatura y, aunque no la tomé como mi guía, encontré que era una idea interesante pedirle a una sociedad intelectual que tuviera una experiencia con el trabajo manual. Cuando entré al monasterio, eso fue exactamente lo que encontré: sabios benedictinos manos a la obra e incluso el más artesano de los hermanos era asiduo a la lectio divina. Estoy convencido de que nuestras sociedades contemporáneas, ganarían considerablemente reformando el campo de la experiencia de un modo que se haga posible desarrollar una cultura que incluya todas nuestras facultades. El trabajar con nuestras propias manos hace posible participar en la transformación de la materia creada y compartir con todos la plena conciencia del tesoro que esto representa. Pero, para vivir esto por toda una vida, la oración es indispensable.

En griego este proceso de transformación se llama praktike, la vida práctica, la vida activa como opuesto de la contemplativa. A través de este trabajo corporal el corazón se transforma y viceversa. Nunca se puede repetir suficientemente que nuestras percepciones del mundo se originan en movimientos corporales. Es en estos movimientos misteriosos, nacidos en lo más íntimo de nuestro ser, que experimentamos la fuente productiva que vive en nosotros y entrega su energía, su sabiduría y su poder en la armoniosa difusión de nuestra inteligencia racional, intuitiva o práctica.

Es indispensable según san Benito, organizar el monasterio como un gran taller de conversión personal. Todo está ordenado de modo que los monjes estén constantemente involucrados en el trabajo de conversión. “El monasterio, si es posible, debe establecerse de tal manera que tenga todas las cosas necesarias, esto es, agua, molino, horno, huerta y diversos oficios que se ejerzan dentro del recinto del monasterio, para que los monjes no tengan necesidad de andar por fuera, pues en modo alguno conviene a sus almas” (RB 66, 6-7).

Tomando esto en consideración, debemos examinar el modo en que san Benito describe el trabajo manual en el monasterio. Dedica dos capítulos a él: el primero (48) tiene que ver en el modo en cómo se ha de organizar el trabajo durante el día: el segundo (57) tiene que ver con los responsable de los talleres, los artesanos del monasterio.

 

Capítulo 48: El trabajo manual de cada día

EsmeraldasEcuadorLa palabra “ociosidad” aparece varias veces en este capítulo y entrega la clave para su comprensión. “La ociosidad es enemiga del alma”(1), uno o dos mayores deben recorrer el monasterio “durante las horas en que los hermanos se dedican a leer y vean si acaso hay algún hermano llevado de la acedía, que pasa el rato sin hacer nada o hablando, y no se aplica a la lectura, y no sólo no es de provecho para sí mismo, sino que además estorba a los otros” (17-18).

El domingo, si “no quiere dedicarse a la meditación o a la lectura, se le asignará algún trabajo que realizar, para que no esté ocioso” (22), “a los hermanos enfermos o delicados se les asignará un trabajo o un oficio de tal naturaleza que ni estén ociosos, ni el peso del trabajo les abata o les haga desistir” (24).

El término “trabajo”, entonces, se aplica tanto para la lectura y la meditación como para la actividad manual. “Ociosidad” se aplica a la condición de alguien que esquiva el trabajo ordinario. En aquel tiempo, la ociosidad se aplicaba, de acuerdo al contexto, tanto a un valor, el l’otium clásico, cultivado por la aristocracia o a la pereza y la inutilidad. En el contexto posterior, una persona ociosa es considerada como negligente y perezosa. San Benito promueve la idea de que toda la vida del monje es un trabajo, por lo cual no hay espacio para un monje que viva en el otium de ninguna especie.

El hecho de que la ociosidad sea designada como la enemiga de la conversión del corazón, o enemiga del alma, muestra la importancia de no dormirse en el camino. San Benito invita al monje a estar continuamente alerta, aunque tratando de evitar el verse envuelto en alguna tensión, lo que no hace ningún bien. Es por esto que hace de la vigilancia del monje la base de la búsqueda espiritual.

La Regla para monjes no confronta la ociosidad con un trabajo manual productivo y útil, más bien, contrasta una vida que está completamente ocupada con trabajo, incluyendo la oración y la lectura, con una vida en la que esta perspectiva no juega ningún papel. Aun así, san Benito confía en que este trabajo no será muy oneroso. Desde el principio de su Regla dice “Al organizarla, esperamos no tener que establecer nada áspero, nada oneroso” (RB P 46). Repite esto varias veces en relación a circunstancias particulares, por ejemplo, si el mayordomo del monasterio debe encargarse de una comunidad muy numerosa, debe recibir ayuda, “con cuya ayuda pueda desempeñar con tranquilidad de espíritu el oficio que tiene encomendado” (RB 31,17). Dice lo mismo para otros servicios. Para Benito lo primordial es darle un lugar especial al trabajo del corazón. Quiere que los hermanos trabajen sin tristeza “para que nadie se perturbe ni entristezca en la casa de Dios” (RB 31, 19).

BeloHorizonteEs verdaderamente interesante para nosotros remarcar este modo de ver la vida en comunidad como un trabajo global incluyendo la oración, la lectura, la actividad manual y el servicio mutuo. Las actividades prácticas no son un trabajo suplementario que debe ser hecho de modo utilitarista o para ganar dinero. Estas ocupaciones, al igual que otras, como la lectio, la liturgia y la oración contemplativa, tienen por objeto la transformación de la persona en su totalidad para permitirle acercarse a Cristo y encarnar el Misterio Pascual. Esto es verdadero para todos, incluso los enfermos y aquellos que el domingo tienen dificultad para dedicarse a la lectura, y por lo tanto están en peligro de caer en la ociosidad. Debemos recalcar que especialmente para Benito, así como para todos los primeros monjes, el trabajo manual era también uno de los escenarios para la meditación. Mientras trabaja con sus manos, el monje mantenía en su mente un versículo de la Escritura y lo rumiaba sin cesar.

 

Capítulo 57: Los Artesanos del Monasterio

Sin embargo, san Benito pone un considerable énfasis en la dimensión social del trabajo. Siempre ha habido corrientes de la tradición monástica que quisieron darle a la oración un lugar privilegiado a expensas del trabajo manual. San Benito, por el contrario, ve el valor de esta actividad. Va incluso a decir que “así son verdaderos monjes, cuando viven del trabajo de sus propias manos” (RB 48, 8). En el capítulo 57 describe como los monjes deben concebir su neg-otium (su negocio).

El primer punto se refiere a aquellos que tienen una competencia que les permite hacerse responsables de una actividad remunerada. Aquellos que tienen la ventaja de este conocimiento deben cultivar la humildad. Reciben este cargo del superior de su comunidad; esto es una situación completamente diferente de aquellos que eligen por sí mismos desarrollar alguna actividad. En nuestros monasterios frecuentemente son sometidos a una evaluación regular. Por supuesto que a algunos se les dará el mismo cargo por varios años. Hemos presenciado conversiones espectaculares debidas al solo hecho de satisfacer una necesidad u otra. San Benito detalla que “… si alguno de ellos se envanece por su habilidad en el oficio, porque le parece que aporta alguna ganancia al monasterio, sea este tal apartado del oficio y no vuelva a ejercerlo…” (RB 57, 2-3). Así, una vez más, san Benito está preocupado del progreso espiritual de los miembros de su comunidad, aunque sin actuar irresponsablemente en la organización del monasterio. Mantener unidas ambas dimensiones es una característica central del movimiento monástico. De aquí se extiende el problema de evitar darle a alguien una cierta dominación sobre otros por su trabajo o peor aún, herir la comunidad al cultivar la esfera de uno, pensando que es esencial para el bienestar de toda la comunidad.

RawasenengSan Benito está muy consciente de que el trabajo puede transformarse en un medio justificado de exaltarse sobre los otros sin importar el precio. Es por esto que recalca la necesidad de mantenerse lejos de cualquier fraude en todas las actividades comerciales. En este tema recuerda el fraude de Ananías y Sáfira en los Hechos de los Apóstoles, quienes mintieron acerca de su propiedad para evitar entregarlo todo a su comunidad y quedarse con una parte. El texto deja claro que ambos mueren por ello (Hch 5). Del mismo modo, los monjes que cometen fraude, morirán en el corazón por ello. Están trabajando con su comunidad para desposeerse de ellos mismos y no para el enriquecimiento en un orden diferente. ¡San Benito incluso va un poco más allá pidiendo a los monjes que vendan sus productos un poco más baratos que en el mercado para prevenir que puedan darle curso a la avaricia! Aunque este requerimiento no sea muy factible de poner en práctica en el mundo de hoy, su intención es perfectamente clara: el trabajo manual es parte de un gran todo. La forma en que termina este capítulo ampliamente lo confirma: “Para que en todas las cosas sea Dios glorificado” “ut in ómnibus glorificetur Deus”.

Otros dos capítulos tratan del hecho de que el monje no debe tener nada en propiedad (33 y 34). Se podría decir que los monjes viven la vida comunitaria más radicalmente que cualquier otra concepción socio-política. El fruto del trabajo es parte de esta distribución: todo es entregado a la comunidad y el monje que hizo el trabajo no tiene propiedad sobre ello. Además el 10% del fondo común está generalmente dedicado para donaciones a los necesitados. Para justificar esta práctica, san Benito hace referencia a la primera comunidad de Jerusalén “Nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo lo tenían ellos en común”(RB 33, Hch 4, 32b). Por otra parte, cada uno recibe lo que necesita, de acuerdo a la fórmula de los Hechos “y se repartía a cada uno según su necesidad” (Hch 4, 35b, Rb 34).

 

Capítulo 31: El Mayordomo

Cada monasterio tiene alguien encargado de las necesidades materiales. En un principio estaba a cargo de la bodega, es decir, a cargo de las provisiones y de asegurarse de que a nadie le faltara nada. Hoy es mucho más que un bodeguero, es un trabajo enorme: está monopolizado con la administración; el personal monástico y laico; y toda clase de trabajos de mantención e inversiones. Por supuesto que está rodeado de ayudantes, pero su trabajo de supervisión sigue siendo pesado. Además debe asistir a numerosas reuniones para asegurarse de que su propio conocimiento está al día y conocer la legislación. Igualmente debe tener la preocupación de asegurar el mejoramiento y adquisición de recursos en cooperación con otras organizaciones monásticas.

Los consejos que le da san Benito a quien ejerce este cargo son extremadamente valiosos y pueden ayudar a personas que tengan estas responsabilidades en el mundo. Estas son las cualidades que uno quisiera encontrar en un mayordomo: sabiduría, madurez de carácter, avizor, moderado en la comida y la bebida; no debe ser altivo o nervioso, ni hiriente, ni perezoso, ni avaro, ni extravagante, sino temeroso de Dios y como un padre para toda la comunidad (RB 31,1-2).

Esto es en lo que más insiste san Benito: cualidades que permitan establecer relaciones humanas y vivirlas en paz. Por esta razón debe prestar mucha atención a todo lo que el abad puede decirle, y también cuidarse de no contristar a los hermanos. San Benito da este consejo invaluable: “Si un hermano le pide alguna cosa poco razonable, no le contriste despreciándole, sino que, dándole razón de ello con humildad, le niegue a quien se la pide indebidamente” y más adelante “sea, ante todo, humilde y, cuando no tenga lo que le piden, de una buena palabra por respuesta, porque está escrito: “Una buena palabra vale más que el mejor regalo” (RB 31,7.13-14).

La Regla continúa diciendo que debe darle especial cuidado a los enfermos, a los niños, a los huéspedes y a los pobres. La prioridad no está dada simplemente a la eficiencia, sino, sobre todo, al cuidado de la justicia y del amor. Finalmente, toda su vida debe estar marcada por un gran respeto por todo “considerará todos los objetos y bienes del monasterio como si fuesen vasos sagrados, nada tenga por despreciable” (RB 31,10).

Uno de los puntos en que Benito insiste es en el hecho de que el mayordomo cumplirá su tarea preocupándose del bien común, con la destreza y celo que esto requiere, pero guardando equilibrio y moderación. Así cuidará al mismo tiempo de los otros y de sí mismo con el mayor equilibrio posible.

En cuanto a los monjes, éstos cuidarán de no molestarlo sin una causa, que pueda sobrecargarlo. Por ello, “a las horas señaladas dense las cosas que se han de dar y pídanse las cosas que se han de pedir, para que nadie se perturbe ni se entristezca en la casa de Dios” (RB 31,18-19). El reflejo moderno de “todo en todo momento” no tiene lugar en el mundo benedictino aunque ocasionalmente es encontrado allí.

Así, el trabajo tiene un lugar preponderante en la regla de san Benito. Es el opuesto de ociosidad. Toda la vida es una labor de dar nueva vida, a un hombre nuevo en Cristo.

Hay en esta actitud de espíritu, una buena perspectiva para el manejo de toda la vida comunitaria. Abordar la vida de un grupo como un trabajo de conversión es un presupuesto necesario para cualquier avance. Es una condición indispensable poner en el centro de este trabajo la escucha, la vigilancia, la atención a la Palabra de Dios, meditación y silencio, para poder construir un pozo interior que le de vida a todo el ser. Solo entonces los diferentes aspectos de la vida “activa” en comunidad pueden desarrollarse de modo eficiente, apoyados por la liturgia y la vida fraternal, en servicio y actividades lucrativas, con la acogida y la generosidad necesaria para toda vida compartida en la verdad y el amor.

Esperemos que en nuestras comunidades una gestión de este tipo sea más importante que la preocupación de los problemas pasajeros, como nos aconseja la Regla de san Benito, siguiendo el Evangelio de san Mateo, sobre el abad: que busque primero el Reino de Dios y todas estas cosas se le darán por añadidura.

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