Abadía de Santa Escolástica – Victoria, Buenos Aires
Argentina

      La Abadía de Santa Escolástica fue fundada desde la Abadía de Santa María, San Pablo (Brasil), que en el año 1939 acogió a un grupo de jóvenes argentinas, enviadas por el R. Padre Andrés Azcárate, abad de la Abadía de San Benito de Buenos Aires. Mientras las jóvenes, en Brasil, recibían la adecuada formación monástica, el P. Azcárate, secundado por un grupo de colaboradores, se dedicaba con esmero a levantar el edificio que albergaría al grupo fundador. Así el 16 de septiembre de 1941, cinco monjas brasileñas y las jóvenes argentinas, presididas por la R. Madre Plácida de Oliveira como priora, desembarcaron en la ciudad y puerto de Buenos Aires, instalándose en la localidad bonaerense de Punta Chica. Comenzaba así la vida monástica benedictina femenina en la Argentina.

      La comunidad fue creciendo y consolidándose fiel a la tradición viva recibida y abierta a la necesaria renovación de los tiempos, y fue extendiéndose, a lo largo de los años, a través de sus fundaciones, por el Cono Sur de América. En el año 1965, realizaba su primera fundación en Uruguay: el Monasterio de Santa María, Madre de la Iglesia. Años más tarde seguirían otras tres fundaciones en tierra argentina: el Monasterio Nuestra Señora de la Fidelidad en San Luis, el Monasterio Nuestra Señora de la Esperanza en Rafaela (Santa Fe), y el de Gaudium Mariae en San Antonio de Arredondo, Córdoba. Algunas otras ayudas, en general temporales, se realizarían en distintos momentos de la historia de la comunidad, enviando algún grupo de monjas a monasterios ya existentes como el Monasterio de la Santísima Trinidad de Lima (Perú), el de Santa María de Ahuatepec (México)  o el Monasterio Madre de la Unidad en Santiago del Estero, siempre con el deseo de colaborar con la irradiación y el afianzamiento de la vida monástica.

      En la actualidad (2002) la comunidad está integrada por 55 monjas de distintas generaciones, que como eslabones vivos en la transmisión ininterrumpida del carisma monástico, se entregan a la búsqueda exclusiva del Señor, ofreciendo a Dios su vida por la obediencia de la fe; y con el deseo de alcanzar  a todos, no sólo por la oración sino también sirviendo al hombre concreto en cuantos se acercan al monasterio, intentan responder desde el Evangelio a las fuertes exigencias de solidaridad y caridad oblativa propias de nuestro tiempo.

      Desde los comienzos la liturgia, gustada y vivida en la celebración de la Eucaristía y del Oficio Divino y cuidadosamente preparada en la lectio divina y en el estudio de los textos sagrados y del canto gregoriano, ocupó un lugar central en la vida de las monjas. Y hoy, reuniéndose en el coro siete veces al día para desempeñar este ministerio de oración, realizan allí la comunión y prestan así el servicio de la evangelización y la salvación de todos los hombres.

      El trabajo manual e intelectual se desarrolló también ampliamente desde el inicio de la fundación en diversos talleres, algunos de los cuales continúan todavía, como la confección de ornamentos, la encuadernación, la producción de iconos y objetos de arte; otros, en cambio, se han visto remplazados en respuesta a los reclamos de los tiempos nuevos. Hoy la impresión de libros, folletos, estampas, y la repostería artesanal contribuyen mejor al sustento de la comunidad y a las necesidades de los pobres, que cada día en mayor número golpean las puertas del monasterio.

      La vida de familia, cultivada con solicitud desde un principio y conservada en la comunidad como una valiosa herencia, se expresa concretamente en los trabajos -en su mayoría comunitarios-, en el sostén y la ayuda fraterna, en la recreación y en las reuniones comunitarias, donde se pone de manifiesto un espíritu de apertura y acogida, que trasciende luego los límites de la comunidad y alcanza a huéspedes y peregrinos que se acercan en busca de escucha, de oración y de consuelo.

      La jornada monástica, ritmada así por la alabanza divina, la aplicación al estudio, el trabajo y la vida fraterna, realiza y refleja la alegría de una existencia centrada en lo esencial y cotidianamente entregada a Dios y a los hombres.