ABADÍA NUESTRA SEÑORA DE LA ESPERANZA

RAFAELA

      Si miramos un mapa mundi y buscamos “Argentina” veremos un triangulito de color. Dentro de Argentina, la provincia de Santa Fe y dentro de ella Rafaela, apenas un puntito insignificante, si aparece. En este puntito insignificante, quiso Dios trasplantar un brote de una planta adulta: el Monasterio Nuestra Señora de la Esperanza, hijo de la Abadía Santa Escolástica de Buenos Aires.

      El 5 de marzo de 1978, Mons. Jorge Casaretto —obispo de Rafaela en ese entonces— presidió la ceremonia de fundación de este Monasterio que iniciaba su camino con un grupo de nueve hermanas, en un predio de cuatro hectáreas, a 10 kms. al Norte de Rafaela. Allí existía una casa de ejercicios espirituales del Obispado: “El Encuentro” donde funcionó, hasta 1971, una Escuela Familia Agrícola (EFA).

      El monasterio se fue construyendo poco a poco y aún faltan algunas dependencias.
      En 1995 se comenzó a levantar la iglesia abacial, a la fecha aún en construcción.

      La comunidad hoy está compuesta por 16 hermanas y dos de las fundadoras ya interceden por nosotras desde la Casa del Padre.

      El 14 de diciembre de 1987 fue Priorato independiente y, por rescripto del 18 de octubre de 1996, erigido en abadía.

      En 1988 comenzó a formarse quien sería desde el 11 de julio de 1990 nuestra primera oblata, esposa de un diácono permanente y madre de diez hijos, uno de ellos sacerdote diocesano, actualmente misionero en Xai Xai (Mozambique - África). Al presente el grupo de oblatos está compuesto por dos matrimonios y dos señoras.

      Aunque en todos los monasterios la hospitalidad es un aspecto importante de su vida, Nuestra Señora de la Esperanza tiene además un rasgo particular: tener a su cargo la casa de ejercicios espirituales de la Diócesis. Es así como por esta casa pasan, cada año, centenares de personas: grupos de los distintos movimientos laicales, retiros de sacerdotes y religiosas, o personas que llegan en busca de oración, de reflexión, de paz...

      Sin duda, esto constituye una riqueza para la comunidad monástica, porque su oración palpita con la vida de la iglesia local. Y al mismo tiempo sabemos que la gente cuenta con esa oración. Oración pobre,  pero que se hace todopoderosa al ser presentada por Cristo a Dios, nuestro Padre.

      Pero, además esta comunidad acompaña la marcha de la iglesia diocesana con otros servicios tales como el taller de imprenta, donde se realizan boletines parroquiales, noticieros diocesanos, revistas de los movimientos, etc. el taller de hostias que provee prácticamente a toda la diócesis, el taller de ornamentos litúrgicos y el taller de arte.

      Hoy podemos mirar hacia atrás y contemplar con gratitud las maravillas que Dios ha obrado. Como comunidad monástica que reza y trabaja “codo a codo” con la Iglesia diocesana. Como lugar privilegiado de encuentro con Dios y de los hermanos entre sí. Como seno materno donde vamos viendo gestarse, lenta pero decididamente la unidad de la Iglesia, a través de una búsqueda sincera de diálogo, de entendimiento, de trabajo compartido.

      Pero, ¿qué tienes que no hayas recibido?” dice el apóstol san Pablo. Y es verdad. Todo esto es una realidad porque Dios se hizo presente siempre a través de su Espíritu y a través de su Providencia generosa que nos llegó de manos de nuestros innumerables bienhechores. Una legión de personas que, podríamos decir, ya forman parte de nuestra familia monástica por la amistad que nos une.

“Demos gracias al Señor, por su misericordia,
por las maravillas que hace con los hombres”
             (salmo 106)